Mañana viernes, se realizará en Nueva York la segunda reunión entre los representantes del gobierno argentino y los de los fondos buitre. La posición de la argentina avanza por los carriles previsibles de llevar adelante un acuerdo que solamente sea posible en la medida en que se ponga en práctica a partir del 2 de enero de 2015, con la certeza de que un eventual pago a partir de esa fecha, en la que cae la cláusula RUFO, no modifique en nada los acuerdos de reestructuración de deuda en los años 2005 y 2010, que realizó el país por más de 120 mil millones de dólares.
La parada es brava, y queda claro lo que significa enfrentar el fenomenal peso del sistema financiero internacional. La primera decisión de impulsar la reestructuración de deuda hubiera sido imposible de llevar adelante si hubiera imperado el criterio de prudencia y buenos modales con el que se camufla el poder económico político y mediático desde adentro del país para imponer el acatamiento a lo que se diga desde los centro de poder mundial.
Es la primera vez en 40 años que una delegación de un gobierno argentino viaja al centro del poder financiero internacional a no pedir la escupidera, a no solicitar renegociaciones a expensas de agravar el endeudamiento externo, a no suplicar a los funcionarios de los organismos de crédito internacionales que le extiendan al país mas dólares a cualquier precio, hipotecando su futuro. La política de endeudamiento externo entre 1976 y 2001, analizada con rigurosidad y objetividad, constituye el gran plan económico que condujo a la Argentina a su desintegración en el año 2001.
La decisión del gobierno de no acatar el fallo de Griesa es una fuerte interpelación a la dirigencia política argentina que no encuentra de qué manera desmarcarse de la dificultad que enfrenta el país en esta instancia. Los apoyos a las negociaciones que lleva adelante el gobierno disponen de una mirada escéptica y en gran parte cínica de la clase política argentina, casi expectante, sin pronunciamientos contundentes condenando el fallo. La gran preocupación que exhiben radica en que la presidenta o el ministro de economía no agravien, no descalifiquen a los poderosos, porque si no, la ira de los poderosos soplará como un castigo bíblico al país.
En esta oportunidad, una vez más, el kichnerismo es la única fuerza política que contraría la lógica de acatamiento que predomina en la dirigencia política argentina de someterse al sistema del poder mundial para no ser castigado. La pregunta es contra fáctica pero con un poco de honestidad intelectual su repuesta deja de serlo: si el kirchnerismo no existiera, y la dirigencia política estuviera compuesta solamente por lo que conforma en la actualidad el arco opositor ¿algún partido, algún dirigente entre todos ellos hubiera enfrentado el fallo, o lo hubiera acatado sin chistar? Lo que incomoda, lo que molesta del kirchnerismo es que interpele al resto de las fuerzas políticas a tener que desnudar sus verdaderas posiciones.
La pequeñez opositora al kirchnerismo le suele endilgar la propensión de otorgarle una impronta de épica a cada una de las diversas dificultades que le han tocado enfrentar durante estos once años, épica que le confiere al relato oficial un peso emocional. Es muy factible que las decisiones que se tomaron desde 2003 hasta la fecha resulten impregnadas por una cuota de épica. La Argentina de las décadas pasadas se había acostumbrado a creer que los buenos modales, y hacerse amigo del juez era el camino de la prosperidad. Ante ese pasado, no hay duda de que cierta épica recorre las acciones casi solitarias del gobierno nacional.
La parada es brava, y queda claro lo que significa enfrentar el fenomenal peso del sistema financiero internacional. La primera decisión de impulsar la reestructuración de deuda hubiera sido imposible de llevar adelante si hubiera imperado el criterio de prudencia y buenos modales con el que se camufla el poder económico político y mediático desde adentro del país para imponer el acatamiento a lo que se diga desde los centro de poder mundial.
Es la primera vez en 40 años que una delegación de un gobierno argentino viaja al centro del poder financiero internacional a no pedir la escupidera, a no solicitar renegociaciones a expensas de agravar el endeudamiento externo, a no suplicar a los funcionarios de los organismos de crédito internacionales que le extiendan al país mas dólares a cualquier precio, hipotecando su futuro. La política de endeudamiento externo entre 1976 y 2001, analizada con rigurosidad y objetividad, constituye el gran plan económico que condujo a la Argentina a su desintegración en el año 2001.
La decisión del gobierno de no acatar el fallo de Griesa es una fuerte interpelación a la dirigencia política argentina que no encuentra de qué manera desmarcarse de la dificultad que enfrenta el país en esta instancia. Los apoyos a las negociaciones que lleva adelante el gobierno disponen de una mirada escéptica y en gran parte cínica de la clase política argentina, casi expectante, sin pronunciamientos contundentes condenando el fallo. La gran preocupación que exhiben radica en que la presidenta o el ministro de economía no agravien, no descalifiquen a los poderosos, porque si no, la ira de los poderosos soplará como un castigo bíblico al país.
En esta oportunidad, una vez más, el kichnerismo es la única fuerza política que contraría la lógica de acatamiento que predomina en la dirigencia política argentina de someterse al sistema del poder mundial para no ser castigado. La pregunta es contra fáctica pero con un poco de honestidad intelectual su repuesta deja de serlo: si el kirchnerismo no existiera, y la dirigencia política estuviera compuesta solamente por lo que conforma en la actualidad el arco opositor ¿algún partido, algún dirigente entre todos ellos hubiera enfrentado el fallo, o lo hubiera acatado sin chistar? Lo que incomoda, lo que molesta del kirchnerismo es que interpele al resto de las fuerzas políticas a tener que desnudar sus verdaderas posiciones.
La pequeñez opositora al kirchnerismo le suele endilgar la propensión de otorgarle una impronta de épica a cada una de las diversas dificultades que le han tocado enfrentar durante estos once años, épica que le confiere al relato oficial un peso emocional. Es muy factible que las decisiones que se tomaron desde 2003 hasta la fecha resulten impregnadas por una cuota de épica. La Argentina de las décadas pasadas se había acostumbrado a creer que los buenos modales, y hacerse amigo del juez era el camino de la prosperidad. Ante ese pasado, no hay duda de que cierta épica recorre las acciones casi solitarias del gobierno nacional.