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Apología de la mujer peluda

Info6/6/2014
Apología de la mujer peluda Por un estándar de belleza más justo Mi amigo Kevin, que se licenció en filosofía en Berkeley y ahora es un luchador por los derechos civiles y apoya todo tipo de buenas causas (igualdad económica, control de armas, matrimonio homosexual, bienestar de los territorios palestinos, producción de café orgánico...), me reprochó el otro día por organizarle una cita a ciegas con una mujer que tiene una sombra de bigote. Vale, era más que una sombra. ¿Has visto alguna vez una foto de Frida Kahlo y has tenido un impulso lujurioso, como yo lo he tenido, hacia sus fabulosamente gruesas cejas, esos arcos oscuros que ondean sobre sus ojos como las alas extendidas de un cuervo? Si miras detenidamente esa foto, verás dos delgadas franjas de hermoso vello oscuro que parecen haber sido dibujadas con lápiz en un ángulo de 45 grados sobre cada lado de su labio superior. La mujer con la que organicé la cita para Kevin, una hermosa y feroz poeta y traductora llamada Jill, que se graduó con honores en literatura comparada en una universidad que rechazó a Kevin, y con quien yo había salido años atrás, tiene esas mismas cejas y ese mismo vello oscuro, pero en ambos casos un poco más oscuro y más grueso. También tiene vello en las axilas, grueso, denso y húmedo, que Kevin no llegó a descubrir porque nunca lograron pasar de una copa rápida en un bar. La chica también tenía vello desde el tobillo hasta la parte alta de los muslos (Kevin pudo verlo cuando ella cruzó las piernas) y un camino de vello desde el ombligo hasta su descuidada vagina; no hay que olvidar mencionar el vello en el antebrazo y el que crecía alrededor de sus areolas y un poco de deliciosa pelusa donde la raya de las nalgas se encontraba con la parte inferior de la espalda. En otras palabras, Jill, al igual que Kevin, es —¡uuuuh!— un mamífero con vello corporal. Cuando dos chicas de piel suave le preguntaron a Gaby Hoffmann en el Sundance Film Festival sobre la vagina falsa superpeluda que usó para la película Crystal Fairy, ella respondió: “No, esa era yo. Soy un ser humano. Tengo vello”. Exacto. Volviendo al enfado de Kevin. Hace semanas, cuando me dijo que estaba “solo” y “listo para sentar cabeza” y que quería saber si conocía a alguien “remotamente adecuada” para él, parecía tener algunos requisitos: “sabes lo que estoy buscando, tío. Brillante, que no esté obesa, que sepa cómo afinar una guitarra. Y que nunca haya ido a Ibiza”. “Ningún problema”, le dije, e inmediatamente pensé en Jill. Ágil, con los pies en la tierra, habla seis idiomas, no usa maquillaje; una versión joven de Patti Smith. Cuanto más le hablaba de ella, diciéndole lo guapa que estaba con el vestido Marimekko de su madre, sin sujetador, y con esas plataformas vintage de Candie, más triste me sentía yo por ya no estar con ella. Su cita duró 45 minutos. Kevin le dijo que “se estaba recuperando de una intoxicación” y tenía que llegar a casa temprano. La siguiente mañana, me echó la bronca. “¿En qué estabas pensando?” me dijo, enfadado. “¿Por qué me ocultaste deliberadamente el detalle más importante de su apariencia?” Era cierto que se lo había ocultado. Cuando Kevin no pudo encontrar una foto suya por internet —ya que la chica no está en ninguna red social ni en ninguna parte del ciberespacio— y me pidió que le mandara una, le mentí y le dije que no tenía. En la única foto que tenía de ella se le veía claramente el bigote, y yo sabía que eso sería lo que rompería el encanto. La mayoría de los chicos a quienes les había mostrado esta foto a lo largo de los años me decían: “no me lo puedo creer”. Supuse que Kevin reaccionaría de forma similar. Así que mentí y dije que no tenía una foto. Tenía la esperanza de que Kevin, la persona más progresista que conozco, se daría cuenta, al conocer a Jill, de que su bigote, en comparación con su belleza en general y lo fabulosa que es, era un detalle sin importancia. Mi otra gran esperanza era que ella, como pasó en mi caso, acabara gustándole. “¿De verdad era eso lo que más destacaba de su aspecto?” le pregunté. “Yo pensaba que su gran cuerpo, o su gran estilo, o sus grandes y luminosos ojos azules pálidos, o incluso su manera adorable de parpadear y bajar la cabeza cuando ríe, lo cual quizá nunca viste porque su bigote te cambió el humor de repente, eran grandes candidatos para ser el detalle más relevante de su apariencia. Y también sucede, que le omití a ella el detalle más destacable de tu apariencia. Es más, a ella también le oculté algunos detalles importantes sobre tu aspecto físico, como los pelos que te asoman por la nariz y las orejas, o los parches esporádicos de pelo en tu espalda”. Kevin se sonrojó. Defendí a Jill de manera muy personal, y me arrepiento de ello. Por unos momentos, ambos estábamos demasiado avergonzados para hablar, nos quedamos mirándonos mutuamente en silencio, e intenté con gran esfuerzo no mirar hacia su nariz ni sus orejas. “No estás siendo justo conmigo”, dijo finalmente. “Perdona si mi mente abierta tiene un límite. Pero yo nunca dije que fuera un santo. Si alguien aquí fue insensible, eres tú. Me mandas a una cita a ciegas y esperas, de repente, sin avisarme antes de lo que me iba a enfrentar, que pueda derribar mágicamente ideales de feminidad que han estado establecidos desde, no sé, ¿décadas? Igual más. Las estatuas de mujeres en la Antigua Grecia no tenían vello púbico, ¿lo sabes?” “¿Y las estatuas de los hombres en la Antigua Grecia tenían tanto vello?” Un poco de vello púbico a lo sumo, y de vez en cuando una barba, pero aparte de eso siempre estaban más pulidos que el mármol. La idea de ser lampiño, a juzgar por las estatuas, por lo visto es independiente del género. Pero olvidémonos de la Antigua Grecia. Hay que prestar atención a dónde vivimos. ¿Sabías que las mujeres en Estados Unidos no se rasuraban las axilas hasta alrededor de 1915? ¿Y sabes por qué? Porque se lo dijo un anuncio en Harper’s Bazaar que mostraba una mujer en un vestido sin mangas con un brazo alzado. Luego cuando los vestidos se hicieron cortos, también se les hizo ver que el vello en las piernas era un problema. Estos ‘ideales de la feminidad’ a los que te refieres, por lo menos en Estados Unidos, son más nuevos de lo que te imaginas”. Kevin, ahora a la defensiva, replicó. “Si te hubiera organizado una cita con una mujer con barba”, dijo, “¿qué harías? Imagínate que ella es brillante, tiene buen cuerpo, mucho estilo, habla seis idiomas, se graduó con honores y está guapísima con el vestido Marimekko de su mamá, pero resulta, desafortunadamente, que tiene una capa visible de pelusa oscura en las mejillas. No es común, pero sucede. Las mujeres con más vello del habitual tienen poca barba. ¿Podrías obviar eso y centrarte es sus atributos positivos? Y vayamos un poco más lejos. ¿Qué pasaría si esta mujer, en lugar de barba, tuviera, como tú, entradas? No es común, pero sucede. A veces las mujeres también tienen pérdida de cabello. ¿Olvidarías los convencionalismos y saldrías con una mujer calva? O, como yo, ¿la pondrías en un nivel diferente al tuyo?” Me había acorralado, y ambos los sabíamos. Vivir en una sociedad es estar condicionado por sus ideales. Es inevitable. Algunos logramos resistirlos mejor que otros y tomamos nuestras propias decisiones. ¿Pero quién de nosotros es perfecto? ¿Quién era yo —quien definitivamente tendría problemas para superar la barba o las entradas de una mujer en una cita a ciegas— para juzgar a Kevin por tener objeciones al bigote de Jill? Con espíritu conciliatorio, Kevin se preguntó si no estaríamos siendo muy crueles con nosotros mismos, y que después de todo no éramos hipócritas. “Poner a la mujer en un estándar de belleza diferente del que nos aplicamos a nosotros mismos es arbitrario si las mujeres y los hombres son iguales”, me dijo. “Pero no lo son. Los hombres, por lo general, son más velludos que las mujeres, y tienen vello en lugares de su cuerpo que por lo general las mujeres no tienen. ¿Acaso no es el ideal de belleza femenina —por ejemplo, no tener vello—, por lógica, la extensión estética de una distinción biológica objetiva? Estoy de acuerdo en que es una extensión, pero no estaba seguro de que fuera tan lógica. Solo porque las mujeres tienen menos vello en sus cuerpos que los hombres, y en menos lugares, ¿hace menos arbitrario el hecho de presionarlas para deshacerse de todo el vello o de la mayor parte?
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