hoy les voy a dejar una serie de informes de la buenos aires secreta que nadie o pocos conocemos, espero que lo disfruten y recuerden, comentar y puntuar no cuesta nada. gracias!!!! La estatua del hombre sin tumba: En Recoleta, rinde homenaje al diplomático sueco que salvó a miles del Holocausto. El monumento es simple pero tiene la fuerza suficiente para evocar al homenajeado. Y aunque se trata de un héroe, la figura no está sobre ningún pedestal, ni montado en un gran caballo, ni empuñando espada alguna: está de pie junto a una pared donde sólo grabaron su apellido. La obra se encuentra en Austria y Figueroa Alcorta, fue inaugurada el 17 de noviembre de 1998 y recuerda a Raoul Gustaf Wallenberg, un hombre que, con apenas 31 años de vida, se convirtió en un símbolo de lucha contra los abusos de poderosos y dictadores. Hijo de una prestigiosa familia donde había muchos diplomáticos y banqueros, Wallenberg nació en Suecia el 4 de agosto de 1912. Pero su acción se encaminó hacia otro rumbo, ya que estudió Arquitectura en la Universidad de Michigan, en Estados Unidos. Sin embargo, aquella herencia familiar vinculada con la diplomacia, iba a entrar con fuerza en su vida. Todo comenzó en 1939, cuando empezó a trabajar en una empresa internacional que tenía contactos en Hungría. Eso le permitió acceder a zonas que ya habían sido ocupadas por los alemanes. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y la barbarie nazi ya se esparcía por Europa. Su preocupación por las persecuciones de las que era testigo, hizo que Wallenberg fuera designado como primer secretario de la legación sueca en Budapest, que tenía un departamento humanitario. Aquel nombramiento iba a ser clave para muchos. La historia y los testimonios de los sobrevivientes recuerdan que, utilizando pasaportes de su país, el hombre salvó a miles de judíos que tenían marcado un destino trágico como parte de “la solución final” que promovían los nazis. Dicen que Wallenberg, esgrimiendo salvoconductos suecos, llegó a subirse a los trenes para rescatar a gente que iba hacia los campos de concentración y exterminio. En enero de 1945, cuando ya las tropas rusas ocupaban Budapest y el final de la Guerra estaba muy cercano, Raoul Wallenberg seguía en esa ciudad. Y lo último que se sabe de él es que fue detenido por fuerzas soviéticas y entregado a la NKVD, la agencia de inteligencia luego conocida como KGB. Se cree que lo acusaban de haber hecho espionaje para Estados Unidos. Desde entonces ese hombre, que había enfrentado al poder de los alemanes, está desaparecido. En 2000 una versión sostenía que había muerto en 1947 en la sede de la KGB en Moscú. Pero eso nunca se pudo confirmar. Desde su desaparición, a Wallenberg se lo conoce como “el héroe sin tumba”. El monumento que está en Recoleta fue realizado por el escultor Philip Jackson, un hombre nacido en Inverness, Escocia, en 1944. Es una réplica del que el mismo autor realizó en 1996 y que un año después fue instalado en la Great Cumberland Place, en el área de Marylebone, en Londres. Jackson, al que denominan “un escultor con magia”, había trabajado como reportero gráfico hasta que comenzó a realizar sus obras, preferentemente en mármol. Argentina es el primer país sudamericano en erigir un monumento dedicado a la memoria de Wallenberg. Y se eligió esta ciudad porque muchas de las personas salvadas por el sueco vinieron a vivir al país. Claro que este monumento no es el único que en Buenos Aires recuerda un hecho trágico vinculado con la numerosa comunidad judía de la Argentina. En Plaza Lavalle, frente a Tribunales, una obra de 1,60 por 1,60 metros (está hecha en quebracho y mármol) recuerda a las víctimas del atentado terrorista a la AMIA. Está allí desde 1996 y su autora es Mirta Kupferminc, una artista argentina, nacida en Buenos Aires, que es hija de una mujer húngara y un hombre polaco, inmigrantes que llegaron al país como sobrevivientes de Auschwitz. Lola Mora debió esperar 93 años: En el Congreso ya reinstalaron réplicas de las esculturas de la artista quitadas en 1921 Dicen que Lola Mora fue amante de Julio A. Roca, que era bisexual y que se casó con un hombre 17 años menor para acallar rumores. También dicen que, ni bien murió, sus sobrinas quemaron todos sus papeles para que nada de esto se supiera. Cuentan que vestía bombachas de gaucho y que quiso entrar en la masonería, pero la rechazaron por ser mujer. Pero poco se sabe con certeza sobre Dolores Candelaria Mora Vega. Ni siquiera su fecha y lugar de nacimiento. Según su acta de bautismo, nació el 22 de abril de 1867 en Trancas, Tucumán. Pero muchos dan por cierta la versión de una vecina de El Tala, que dijo que la escultora le contó que la dieron a luz en una estancia de esa localidad, el 17 de noviembre de 1866. A Lola Mora la estigmatizaron como libertina porque se atrevió a ser artista y a mostrar el esplendor del cuerpo humano. Algo inaceptable para la sociedad pacata y machista de inicios del siglo XX. El 1° de marzo, en la inauguración de las sesiones ordinarias, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner saldó una deuda histórica con ella, cuando descubrió las réplicas de dos grupos escultóricos que había creado para la explanada del Congreso. Los originales, emplazados en 1907, fueron quitados hace 93 años, calificados como “adefesios horribles”. Uno de ellos representaba dos leones, la Libertad y el Progreso, y el otro, a la Justicia, el Trabajo y la Paz. Y la Paz tenía un seno descubierto. “No demuestran nuestra cultura ni nuestro buen gusto artístico”, afirmó el diputado conservador Luis Agote, que instó a que los retiraran. En 1921, las esculturas fueron donadas a Jujuy. Hace diez años, hubo intentos oficiales para recuperarlas. Como los jujeños se negaron a cederlas, se recurrió a la tecnología para replicarlas. “Las escaneamos en 3D y corregimos virtualmente los daños, con la guía de fotos antiguas –detalla el arquitecto Luis Gorodner, de Progorod S.A., a cargo de la tarea–. La empresa Fabrinco caló los moldes en poliuretano rígido, que se rellenaron con mármol molido, cemento blanco y hormigón armado. Después se soldó pieza por pieza”. Hija de un hacendado, Lola Mora tomó clases particulares en Tucumán con el pintor italiano Santiago Falcucci, que le inculcó su estilo neoclasicista y romántico. Cuando expuso sus trabajos se armó revuelo, sólo por el hecho de que era mujer. En 1896, ganó por concurso una beca nacional para perfeccionarse en Roma. Allí fue discípula del pintor Francesco Paolo Michetti y del escultor Giulio Monteverde, que la convenció de que se dedicara sólo a la escultura. Tres años después, durante la segunda presidencia de Roca, Lola volvió al país con un boceto de la Fuente de las Nereidas. Se la ofreció a la Municipalidad a cambio de que le pagaran los materiales. El intendente Adolfo Bullrich la aceptó para ponerla en Plaza de Mayo. En Roma, la escultora talló en mármol las distintas partes. Y en 1902, las trajo a Buenos Aires. Pero los moralistas se horrorizaron al ver la versión de Mora del nacimiento de Venus, con tritones y nereidas desnudos y la diosa del amor sentada en una valva. Y se opusieron a que la fuente estuviera frente a la Catedral. Terminó en el Parque Colón, en Alem y Perón. La escultora espantó a todos porque usaba pantalones y se trepaba a los andamios. La fuente fue inaugurada el 21 de mayo de 1903, pero 15 años después la relegaron a la Costanera Sur. También en 1903, a Mora le encargaron las obras para el Parlamento. Las diseñó en su atelier de Roma, donde Roca solía visitarla. En 1906, ya aquí, se fue a vivir al Congreso, donde instaló un taller para terminar el trabajo. Allí se enamoró de Luis Hernández, un empleado legislativo mucho menor que ella con quien estuvo casada seis años. El castillo de La Boca y sus leyendas: Se luce por su arquitectura y por los mitos que lo habitan: fantasmas, duendes y suicidios. Quienes abonan la leyenda la llaman “la torre del fantasma”. Y hablan de gnomos y del suicidio de una pintora muy bohemia. Los más fantasiosos dicen que se escuchan ruidos de cadenas y gritos. Del otro lado están quienes descreen de todo eso, lo desmienten y agregan: nunca existió tal suicidio y todo es parte de otra incomprobable leyenda urbana. Son los que conocen al lugar como “el castillo de La Boca”. Lo concreto es que la construcción ya tiene más de un siglo y, con su estilo catalán modernista, sigue luciéndose en el cruce de la avenida Almirante Brown con la calle Wenceslao Villafañe y la avenida Benito Pérez Galdós, en ese barrio al que muchos vecinos todavía definen como “República”. El edificio ocupa un terreno con forma de trapecio y cuentan que todo empezó cuando alguien con visión comercial le sugirió a María Luisa Auvert Arnaud que lo comprara para hacer allí una casa de renta. La mujer era una rica estanciera con campos en la zona de Rauch y aquello le pareció oportuno, ya que el barrio crecía fuerte por la llegada de muchos inmigrantes. Promediaba la primera década del siglo XX. Así fue como ella le encargó la construcción al arquitecto Guillermo Alvarez, un hombre nacido en 1880 en la gallega provincia de Orense. Alvarez era hijo de un carpintero que emigró hacia la Argentina en 1885. Por su descendencia catalana, la mujer pidió que la obra tuviera la impronta de esa Catalunya lejana. Entonces el diseño tuvo la estética que imperaba en Barcelona. Con planta baja y dos pisos, en la ochava (une las tres calles) la construcción (terminada en 1908) está rematada por una torre con almenas. Es el único sector del edificio que tiene un tercer piso. Además, la parte superior de la torre incluye un tanque de agua, posiblemente el primero de ese tipo que se instaló en La Boca. Ornamentada con motivos geométricos de gran factura, la torre acompaña la belleza del conjunto, también trabajado con delicadeza. En 1910, la Municipalidad le otorgó un primer premio por su arquitectura. Dicen que cuando Auvert Arnaud vio el edificio, optó por convertirlo en su vivienda. Lo decoró a su gusto, trayendo hasta plantas desde España. Los que adhieren a la leyenda, incluyen entre esas plantas algunas con hongos alucinógenos. Y sostienen que en esos hongos solían habitar los “follet”, unos pequeños duendes traviesos que convirtieron el lugar en inhabitable. Cuentan que, por eso, la estanciera dejó el edificio y se fue a Rauch. Allí es donde comienza la otra parte de la leyenda que incluye a una bella mujer llamada Clementina, una artista plástica que había venido a estudiar a Buenos Aires. La ubican viviendo en la torre, como una de las inquilinas que fueron allí cuando el edificio se convirtió en casa colectiva. Y agregan que una vez los duendes fueron fotografiados, se enojaron y provocaron el suicidio de Clementina, por instigación o por acción directa. Nunca pudo comprobarse, pero el mito se mantiene. Y ya que se habla de mitos, no muy lejos del “castillo de La Boca”, en Barracas, también hay otros lugares que alimentan leyendas. Uno es “la casa de los leones”, una mansión que fue de Eustaquio Díaz Vélez. La construcción está en Montes de Oca al 100, junto a la ex Casa Cuna. Cuentan que ahí había tres leones enjaulados, a los que soltaban de noche para que protegieran la casa. Y dicen que cuando la hija de Díaz Vélez celebraba su compromiso con un joven, también de buena familia, un león se soltó y en medio de la fiesta despedazó al novio. Afirman que el dueño de la mansión mató al león con un certero disparo de escopeta. Y que, al poco tiempo, la deprimida hija terminó suicidándose. Caras de la estación Constitución: Una parte del gran edificio remite a la Francia renacentista. La otra es más moderna. Si uno lo mira desde la plaza, en el frente que da a la calle Brasil, se parece al castillo de Maisons Laffitte, de Francia. Y algo de eso hay porque se dice que, para su diseño, los arquitectos ingleses Samuel Parr, James Strong y John Edweston Parr (hijo de Samuel) se inspiraron en aquel edificio neo renacentista. Pero si uno hace unos metros y lo ve desde la calle Hornos, todo es diferente. Allí la imagen que pensaron el inglés Paul Bell Chambers y el estadounidense Louis Newbery Thomas tiene una propuesta mucho más moderna. El edificio con esas dos caras es el de la imponente estación Constitución, uno de los centros ferroviarios clave de la Ciudad y pieza histórica de una Buenos Aires que entonces tenía y mostraba riqueza, al menos para construir esas obras. En 1865 hubo una primera estación. La habían diseñado los ingenieros Petto y Betts y se había construido con materiales traídos de Inglaterra por la empresa dueña del Ferrocarril del Sud. Estaba frente al viejo Mercado del Sur, ése que cada año recibía a miles de carretas que llevaban al puerto la lana y los cueros que llegaban en los trenes y se despachaban hacia Europa. Pero como pronto quedó chica, aquella construcción se cambió en 1885 por la que pensaron los Parr junto con Strong. El resultado es ese edificio de estilo académico francés (es decir: que guarda simetrías) con cúpulas y mansardas cubiertas con tejas de pizarra, de gran resistencia. Apenas cuatro años más tarde hubo reformas. Pero el continuo crecimiento del volumen de cargas y pasajeros llevó a que hacia principios del siglo XX la estación volviera a resultar insuficiente. Así es que antes del final de la primera década se genera un nuevo proyecto, el de Bell Chambers y Newbery Thomas. La idea era un gran rectángulo, con un imponente hall central cubierto por una importante bóveda de cañón corrido con más de 90 metros de largo y casi 40 de altura, sostenida por arcos de acero unidos con losas de cemento. Para aprovechar la luz natural, en cada extremo (sobre Hornos y sobre Lima) y en los laterales tendría grandes ventanales. Cuentan que la idea se tomó de las antiguas salas de los baños termales de la vieja Roma. Hoy, ese hall y esa bóveda son uno de los espacios públicos más grandes de Buenos Aires. En septiembre de 1925 se puso la piedra fundamental y se empezó la construcción. Pero el crack financiero mundial de 1929 dejó trunca la obra. Sólo se hizo el gran hall y los laterales. Y la parte del viejo edificio que sería demolida quedó sobre la calle Brasil. Por eso la estación muestra esas dos caras mencionadas al principio. Allí, en la construcción que conserva un gran reloj, aún se mantiene un símbolo de lo que significaba el ferrocarril a finales del siglo XIX: una gran rueda con dos alas; la conjunción de velocidad y movimiento. La estación Constitución es buen reflejo de un Buenos Aires diferente y ostentoso, de los tiempos en que era “La París de América”. Claro que no sólo tiene edificios para mostrar. También hay monumentos como los que evocan a dos figuras importantes de nuestro pasado. Ambos están en la vecina plaza que lleva el mismo nombre de la estación. Se trata de Juan Bautista Alberdi (un tucumano que fue inspirador de la Constitución Nacional y uno de los más grandes pensadores de la Argentina) y de Juan José Castelli, aquel abogado conocido como “el orador de la Revolución de Mayo” que no sólo lideró ejércitos libertadores sino que también reclutó militantes para la causa patriota. A él lo abatió un cáncer de lengua en octubre de 1812. espero que les allá gustado, en otro post seguire subiendo mas informes...
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