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Confieso que soy fanático de Wendy Sulca

Confieso que soy fanático de Wendy Sulca

Quisiera poder confesarlo con una sonrisa altanera, culpar al alcohol por todas esas madrugadas de fiesta en las que he aprovechado la confusión para poner sus canciones. Me encantaría poder decir que no canto al son de sus huaylas, sino que las declamo con oscura ironía, que todo es parte de un chiste muy elaborado en el que esta niña, prodigio internacional de la música folclórica peruana, es una simple excusa para burlarme de algo más profundo y relevante. Lo cierto, sin embargo, es que me gusta. Y sé que estas palabras, dichas por fuera del confesionario y del consultorio del psiquiatra, tendrán consecuencias nefastas. Pero siento que ha llegado el momento de asumirlo con valentía, de decir claramente: me gusta Wendy Sulca.

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No es fácil aceptarlo. La sola mención de su nombre provoca el rechazo de los amigos y el desprecio de los intelectuales. Por eso me parece importante explicar, justificar si se quiere, esta insólita adhesión y evitar así el rechazo que conlleva. Habría que empezar por decir que a estas alturas no viene al caso presentar a Wendy: todos hemos caído en alguno de sus videos mientras recorremos los oscuros rincones de YouTube y hemos sido testigos del fenómeno. Hemos llorado y reído con ella (y en muchas ocasiones hemos llorado de la risa). Podría entonces escudarme en su fama, decir, por ejemplo, que mi embeleco es el resultado de la programación neurolingüística, de la suma perversa de la publicidad en las redes sociales. Y es que ¿quién no reconoce esos versos de inocencia falaz que la lanzaron a la fama: “de día y de noche/ yo quiero tomar mi tetita”? Quien no ha sonreído al oír la infantil exclamación “cada vez que la veo a mi mamita/ me está provocando con su tetita” que en cualquier otra boca sonaría impúdica? ¿Hay acaso alguien que no se haya conmovido al ver a la niña maravilla entonando, a sus ocho años y sin dos dientes delanteros, el principio precoz, desgarrador, desvergonzado de Cerveza, cerveza, ese que dice “cerveza, cerveza, quiero tomar cerveza/porque ya bastante sufro en la vida”? Pero esa explicación, tan superficial, no da cuenta de los años que he pasado siguiendo su carrera, del tiempo dedicado a analizar su universo poético.

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Por supuesto, mucho tienen que ver las letras de sus canciones con mi fascinación. He pasado horas discutiendo el sentido oculto de sus versos con literatos y periodistas, compositores y musicólogos, sociólogos y hasta neurobiólogos sin llegar jamás a conclusiones definitivas. Como la gran literatura, la música de Wendy Sulca se presta para las más extravagantes interpretaciones. Si se quiere, se puede encontrar en su obra – es decir en sus canciones y en los videos que las acompañan, dos partes fundamentales de un conjunto perfecto – improbables construcciones sintácticas, reflejos del carácter absurdo de la existencia, de los deseos y pulsiones del ser humano (pienso, por ejemplo, en la cabalística versión que grabara Sulca de Like a Virgin de Madonna, en la que, en medio de los sonidos anacrónicos del sintetizador, se adivina un delirio lésbico, herético, antropofágico: “Touched for the very first time/Una virgen de pasión/ dentro mío”, nos dice Wendy con la mirada fija en el lente y la sonrisa fingiendo inocencia).

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Pero también encontramos pasajes que nos hablan de la fatalidad del destino, del amor perdido y los duelos eternos. Pasajes personales, testimoniales, en el tono más intimista del que es capaz el escabroso género en el que se desenvuelve la artista (¿qué es la canción “Papito”, aquella en la que una voz en off consuela con tono de animador de fiesta a la pequeña huérfana, sino una declaración de amor tardía, un lamento por la pérdida irremediable del padre?). Otras, más profundas aún, denuncian, con crudeza, la realidad de la sociedad, la soledad del hombre frente al fracaso de la modernidad: “Yo soy pobre, muy pobrecita/por ser pobre me desprecian/Ay Dios mío ¿por qué no tengo las riquezas que otros tienen?” se lamenta Wendy antes de agregar, con resignación rabiosa, sin intentar siquiera rimar: “Muchas veces he llorado/¡suplicándote Dios mío!/¿por qué tanto sufrimiento?/en mi casa solo hay pobreza”.

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Algunos compararan a Wendy Sulca con otras estrellas virtuales de la música andina, en particular con esos que han surfeado, como ella, la ola de popularidad 2.0 y los videos virales en internet. De hecho, uno de los eventos que marcó su carrera fue la colaboración con su compatriota La Tigresa del oriente y el ecuatoriano Delfín “El carnicero de la canción” Quishpe (el tristemente celebre autor de “Torres Gemelas”). Bajo la batuta de algún adinerado bromista que se hizo pasar por productor, estos tres personajes grabaron la canción En tus tierras bailaré en la que, pese a la terrible amenaza del título, alaban la grandeza del estado israelí, sin haber puesto jamás los pies en la tierra prometida e ignorando, según dicen, las posibles repercusiones geopolíticas que semejante acto pudiera traer. La canción, como habían previsto los expertos en marketing, fue un éxito rotundo, al menos en términos de audiencia, y en 2010 la primera Super Band de la música andina se presentó en el YouFest en Buenos Aires, en lo que los juristas más celebres del continente ya han clasificado como un verdadero concierto para delinquir. No obstante, más allá de esta desafortunada relación laboral y de la ausencia de dotes musicales reconocibles, pocas cosas unen a los tres individuos.

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Porque Wendy no está en el mismo saco que los otros dos imitadores, es esta singularidad otro de los argumentos para comprender mi fanatismo. Por un lado, La Tigresa y Delfín se han contentado con la fama alcanzada y han decidido seguir siendo bufones esperpénticos de la civilización del espectáculo, villanos de la música, cada uno con su disfraz (licras con motivos de leopardo para ella, pantalones de vaquero blancos para él, con su nombre impreso en cada pierna, no vaya a ser que el público, de la emoción, lo olvide). Wendy, en cambio, tiene ya una trayectoria musical y explora, con o sin suerte (pero siempre con gracia), diferentes estilos. Canta con Fito Paez y comparte tarima con Calle 13, mientras que Delfín, por ejemplo, baila sobre tristes platos de sopa en comerciales de bajo presupuesto.

Wendy Sulca

Pero la cosa va mucho más lejos. Puedo incluso asegurar, sin miedo a equivocarme, con la certeza del convertido que Wendy Sulca será la Miley Cyrus de los Andes. Famosa desde los ocho años, la llamada Reina de los niños del Perú, ha pasado de animar las verbenas y jolgorios en los caseríos cercanos a su natal San Juan de Miraflores a dar conciertos en Argentina, México, Colombia y España, a figurar en los medios de todo el continente (citemos, por ejemplo, la entrevista que le hizo Jaime Bayly, el artículo en la Rolling Stones de Argentina, o el de Noisey, la revista musical de Vice). Hablamos aquí de una estrella de la música popular, artista si se quiere, a la altura de las cantantes pop que por años (desde Britney Spears, aseguran algunos) han venido invadiendo la escena musical a punta de alaridos, gemidos, destapes y noviazgos desafortunados.

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Wendy, dispuesta a ser parte de la cultura de masas, ha dejado de ser la niña que aparecía en sus primeros vídeos. Poco queda ya de esa muchachita envuelta en aparatosos trajes típicos, hechos por su manager, que es también su mamá (¿o viceversa?). Lo que vemos hoy es una adolescente de jeans y escote que coquetea con su tecladista en el estudio de grabación, al son de canciones de Madonna, con el pelo agitándose al viento de un ventilador escondido. Así es, la niña revelación del folclor ha crecido, no solo físicamente, sino en lo que a su música se refiere, incursionado ahora en el pop, mezclando ritmos típicos con el toque necesario de electrónica que se necesita para triunfar en el mercado internacional (es decir, lo justo para que pueda ser bailado en una discoteca a las cinco de la mañana). Su último éxito, una versión en español de la omnipresente Wrecking Ball de Miley Cyrus (se los dije), tiene ya millones de visitas en YouTube.

like a virgin

Tal y como la querida Hannah Montana, la caricatura que era Wendy Sulca va saliendo del capullo y se convertirá pronto en otra cosa, en algo inesperado y absurdo que encarnará y renovará, sin duda, el arquetipo de la estrella pop latinoamericana, con todo el exceso y el exotismo que eso conlleva (seamos francos, Jennifer Lopez puede ser muy oriunda del Bronx, pero su historia es anecdótica junto al cuento de hadas de esta diva inca, con sus rasgos indígenas y su historia trágica, que llegó a la cima del estrellato gracias a unos videos caseros publicados en internet). La de Wendy es la historia del éxito que acompaña la construcción de las leyendas. Es una historia, además, que aún está escribiéndose, que se desarrolla, YouTube mediante, a la vista de todos para nuestro mayor deleite.

wrecking ball

Pronto, muy pronto, cantara nuestra diva en varios idiomas, como Shakira (con la ventaja, claro, de que Wendy domina ya el quechua, mientras que la colombiana apenas maúlla el inglés) e incursionará en otros ritmos más arriesgados (me encantaría, y sé que no soy el único, oír su voz chillona cantando una ranchera, un vallenato, por ejemplo). Esta cerca el día en el que dejará la máscara de niña inocente para volverse la muchachita atrevida, la estrella terrible de la tecnocumbia. No se sorprendan, por ejemplo, si un día cualquiera, al abrir el periódico se enteran de que algún antiguo novio ha publicado fotos o videos comprometedores de la señorita Sulca o si la ven en las portadas de los tabloides con ojeras y signos claros de resaca (“cerveza, cerveza/ quiero tomar cerveza”). Y es que parece que en lo que a su trayectoria respecta, esta niña, que ya no lo es tanto, va directo a posicionarse, contra todos los pronósticos y las concepciones estéticas, en el centro del campo cultural. Por eso me gusta, por su potencial, por lo imposible de su ascenso.

Confieso que soy fanático de Wendy Sulca

En suma, y para concluir esta larga confesión aclaratoria, quiero añadir que cuando dije antes “me gusta” Wendy Sulca, me refiero no solo a su música y a su voz imposible, sino al conjunto, al concepto que hay detrás de todos estos elementos. Por eso hago parte de sus 77 mil seguidores en Twitter, de los más de 50 millones de usuarios que han visto sus vídeos, de los fanáticos que han ido a sus conciertos. Puede ser, claro, que ella represente el extremo de lo ridículo, la desfachatez sin limites del que está convencido de lo que quiere y sale a buscarlo por encima de su integridad artística, de su dignidad. Tal vez cuando la veo me siento tranquilo de saber que alguien está ocupando ese lugar, que alguien ha decidido, sin ironía, encarnar el espíritu de lo kitsch. No lo sé. Lo único cierto es que es esa capacidad suya para ser hilarante, profunda y arquetípica de la época sin proponérselo, sin tan siquiera sospecharlo es lo que más me atrae. Es esta obstinada inocencia, que ha tomado el lugar del talento en la ecuación lo que más me fascina de esta joven promesa del espectáculo. Por eso, y aprovechando que ha cumplido hace unos días dieciocho años, le escribo estas sencillas palabras a manera de homenaje y le reitero mi admiración a la niña maravilla. La adolescente prodigio, la reina del tecno-folklor, la princesa del Youtube. Larga vida a Wendy Sulca y buen viento para todos sus proyectos musicales, artísticos y, ¿por qué no?, políticos.

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