InicioInfoEl Caso Mortara
Hace 50 años, en 1962, una mujer católica en Liverpool con inclinación por objetos antiguos salió a buscar un bello regalo para el cumpleaños de 60 de su marido. Encontró una cigarrera de oro de unas 100 libras. Cuando la trajo a casa y se lo presentó a su marido, éste le informó que había decidido dejar de fumar. Volvió al negocio y la cambió por otra cosa: una pintura de óleo que describe a un niño judío beatífico, rodeado por clérigos católicos, en una emocional escena en Italia.

Parece que fue una buena compra: ayer la pintura recién "descubierta", “El secuestro de Edgardo Mortara,” por Moritz Daniel Oppeheim (1800-1882) , fue rematado en la venta anual de Judaica de Sotheby por más de US$400,000 y comprado por un coleccionista privado americano.

El cuadro, perdido por más de un siglo, describe el notorio caso de Edgardo Mortara, un niño italiano judío de 6 años que autoridades de la iglesia tomaron por la fuerza de la casa de su familia en Bologna en 1858.


Pío IX había llegado al Papado en 1846 con fama de liberal y simpatizante de la causa nacional italiana. El emperador de Austria, Fernando I, mandó incluso un cardenal con órdenes de ejercer el derecho de veto, pero llegó tarde al cónclave, donde una alianza entre cardenales centristas y liberales se había impuesto a los conservadores. El nuevo Papa fue acogido con satisfacción por los regímenes democráticos europeos, con desazón por los absolutistas.

Lo primero que hizo Pío IX fue decretar una amnistía para los presos políticos, e introducir un principio de participación parlamentaria en la administración de los Estados de la Iglesia, una cámara electiva por voto censitario llamada la Consulta. También tomó una medida de simbólica apertura doctrinal y trascendencia social, abolir el gueto judío de Roma, la prohibición de que los hebreos vivieran fuera de su judería.

Pero en 1848, a los dos años de tan prometedor pontificado, la Revolución estalló en Francia y se extendió como la pólvora por Europa. En Roma los revolucionarios proclamaron la República y Pío IX tuvo que huir de forma vergonzosa, disfrazado. Encontró refugio bajo los Borbones de Nápoles y solicitó ayuda a las potencias católicas.

Un ejército francés lo repuso en el poder, y al volver a sentarse en el trono de San Pedro renegó de sus ideas liberales y decidió ser un Papa-rey absoluto. Entre los primeros que pagaron el desengaño de Pío IX estaban los judíos, pues reinstauró el gueto en Roma. Era el principio de un pontificado sólidamente reaccionario y el más largo que ha tenido la Iglesia, en el que se proclamó el dogma de la infalibilidad del Papa para no dejar resquicios a la crítica dentro del catolicismo.




En este ambiente de intolerancia, la Inquisición de Bolonia (parte de los Estados de la Iglesia) tuvo conocimiento por casualidad de una situación de peligro en casa de un próspero comerciante judío llamado Momolo Mortara. Aunque estaba prohibido que los hebreos tuvieran criados cristianos –una de las muchas medidas discriminatorias que padecían-, esta era una de esas típicas leyes que nadie cumple, pues había muchos acomodados burgueses judíos y muchos cristianos pobres.

Los Mortara tenían ocho hijos, y un servicio doméstico numeroso. Una joven criada, Anna Morisi, declaró que cuando el niño pequeño que cuidaba, llamado Edgardo, se puso gravemente enfermo, a punto de morir, había procedido según su conciencia cristiana y lo había bautizado, “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, con el agua de un jarrón. El bautismo in extremis, absolutamente válido para la Iglesia, había sucedido cinco años atrás. Ahora Edgardo tenía casi siete, estaba ya en la edad de uso de razón, y desde el punto de vista católico más dogmático no se podía permitir que un niño cristiano perdiese su fe por vivir entre infieles.

Repercusión internacional.

La Inquisición envió a la policía a casa de los Mortara con orden de sacar al niño de la custodia paterna. El imaginable estupor de los padres fue seguido por una escena de tragedia, con la madre arrojada sobre la cama en que estaba el niño, cubriéndolo con su cuerpo. Los agentes de la autoridad se ablandaron y permitieron que Edgardo pasara en casa esa última noche de su vida como judío, pero al día siguiente se lo llevaron.

Los Mortara removieron Roma con Santiago, nunca mejor aplicado el dicho, pues llegaron a ser recibidos en audiencia por Pío IX –que lo más que concedió fue el derecho de visita de los padres, pero siempre vigilados– mientras que las repercusiones del “secuestro del niño judío” se extendían por todo el mundo.

El caso Mortara se convirtió en un paradigma de intolerancia religiosa, en un momento en que en Europa se enfrentaban los movimientos liberales y democráticos con las fuerzas del absolutismo y la reacción, que tenían en la Iglesia de Roma un firme sostén. Inglaterra y Holanda, incluso Francia, que había repuesto a Pío IX en el poder, o el Reino de las Dos Sicilias, donde se había refugiado en su exilio, intentaron gestiones diplomáticas con el Papa para que deshiciera el entuerto, sin éxito. Tampoco lograron nada los banqueros Rothschild, aunque eran prestamistas del Papa.

Europa se dividió en dos, con la prensa progresista denunciando el secuestro y la conservadora defendiendo el derecho y la obligación de la Iglesia de actuar como lo había hecho. En España, donde era muy vivo el debate sobre si la Constitución debía incluir la libertad de religión o no, y donde el sector ultramontano católico animaba la rebelión carlista, el caso Mortara era una constante referencia en los periódicos.

Los desesperados esfuerzos de los padres no les sirvieron de nada, se quedaron sin su hijo, internado en la Casa de los Catecúmenos de Roma, una institución creada en el siglo XVI para albergar a judíos y musulmanes que quisieran ser bautizados. Pero el caso Mortara se volvió contra el Papa. Pío IX se había convertido en un importante obstáculo para la unidad italiana, y el conde Cavour, primer ministro del Piamonte y timonel del proceso unificador, atizó el fuego del escándalo contra el Papa-rey.

Algunos historiadores creen que el caso Mortara influyó en la decisión de Napoleón III de retirar en 1869 al ejército francés que sostenía la soberanía papal en los Estados de la Iglesia. Aunque esa decisión política tuviera causas más complejas, incluida la inminente guerra franco-prusiana, es cierto que al emperador de los franceses le irritó que Pío IX prestara oídos sordos a sus gestiones para devolver al niño judío.

Sin las bayonetas francesas el trono de San Pedro no podía mantenerse en pie. En septiembre de 1870 las fuerzas italianas invadieron los Estados Pontificios y el día 20 asaltaron y tomaron Roma. Pío IX –y tras él sus sucesores- se convirtió en el prisionero del Vaticano.

Vocación católica.

¿Qué había sido mientras tanto del niño judío? Educado muy católicamente en la Casa de los Catecúmenos, Edgardo Mortara había mostrado desde la adolescencia vocación religiosa y, según el periódico oficial romano Civiltà Cattolica, rechazó regresar con sus padres a menos que estos se convirtieran al catolicismo. Algunos sostienen incluso que llegó a vivir un mes con su familia, pero que quiso regresar a Roma, e ingresó como novicio en el convento agustino de San Pietro in Vincoli.

Al llegar a los 19 años en 1870, poco antes del asalto italiano, pronunció sus votos religiosos. El caso es que entre los soldados italianos que tomaron Roma y acabaron con el poder del Papa-rey iba Ricardo Mortara, el hermano mayor de Edgardo, que tenía en aquella campaña contra el Papa una motivación particular: liberar al niño judío. Sin embargo cuando se presentó en el convento fue recibido por su hermano con un ¡vade retro! por llevar el “uniforme asesino” del ejército que había derrocado al Papa.

Pío IX excomulgó a la dinastía Saboya y Edgardo Mortara, que decía que el Papa era su auténtico padre, veía a los italianos como sus temibles enemigos. Puesto que el Reino de Italia había tomado el poder, no le quedaba más camino que el exilio, en lo que influyó también el temor a ser reclutado para el ejército italiano, ya que estaba en edad militar.

Logró atravesar las líneas italianas y huyó a Austria, donde cinco años después sería ordenado sacerdote. El padre Mortara viajó por Europa y se convirtió en un notable políglota, capaz de predicar en seis lenguas. Regresó a Italia y volvió a ver a su familia –hay fotos de estos encuentros- intentando convertirlos al catolicismo, lo que no logró. Como dato curioso, vino a España para estudiar la lengua vasca y se instaló en Oñate, Guipúzcoa. Unamuno cita que le escuchó predicar en euskera en Guernica. Moriría también en el extranjero, en Bélgica, en 1940, casi con 90 años dedicados al servicio de la Iglesia.
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