PSICOPATÍA Y SOCIOPATÍA
En el 1801 Pinel, describió pacientes cuyas facultades mentales estaban intactas pero, que, no obstante, se envolvían en actos impulsivos y contraproducentes para ellos mismos. Pinel percibió en estas personas, lo que calificara como la folie raisonnante (“el delirio racional”) significando que estos individuos entendían totalmente lo incongruente de sus acciones pero, que, a pesar de todo, continuarían actuando del mismo modo.
Hacia el principio del siglo XX, Henry Maudsley (1835-1918), en Inglaterra, empezaría a escribir acerca de la “imbecilidad moral”, anticipando premonitoriamente que estas personas no podían ser rehabilitadas por el sistema correccional.
En los Estados Unidos, el prominente psiquiatra y patricio, Benjamin Rush (1745-1813) (“Padre de la Psiquiatría” de ese país) designó el mismo comportamiento como “locura moral”, observando que estas personas, desde muy temprano en sus vidas, desarrollaban maneras socialmente negativas. En la opinión del controvertido psiquiatra, rubricante de la constitución de su país, y asimismo santo patrón de la American Psychiatric Association, estos individuos resultarían ser más problemáticos para otros, en lugar de ser “enfermos”.
El uso del término “psicópata” se comenzó a aplicar en Alemania, durante las décadas finales del Siglo XIX, aunque en este caso, abarcaba consigo la presencia de trastornos biológicos. Resultando en que al principio del Siglo XX la categoría de “inferioridad psicopática constitucional” se había constituido en el comodín que definiera la mayoría de los trastornos médicos, fueran éstos emocionales o físicos.
Mucho después sería cuando los daños al cerebro y las condiciones fisiológicas fueran segregados en diferentes categorías diagnósticas.
El próximo paso consistió en remover la palabra “constitucional” de la clasificación, dejando la amplia e inelegante terminología de “personalidad psicopática”, carente de precisión diagnóstica: relegando el término solamente para el uso en aquellas personas quienes no eran psicóticas o neuróticas, pero que, sin embargo, causaran problemas a su comunidad.
Más y más los psiquiatras continuarían esforzándose en encontrar soluciones a la definición de este concepto. Pero tuvieron que esperar hasta el año 1941 cuando la noción del psicópata fuera firmemente establecida con la publicación del libro La máscara de la sanidad por Hervey Cleckley, autor celebrado de Las Tres Caras de Eva.
En esta obra, de trascendencia monumental, el autor ofrece 16 criterios para la formulación diagnóstica de la psicopatía, incluyendo, temperamento excitable, tendencias manipulativas, irresponsabilidad, egocentrismo, superficialidad emocional, carencia de empatía o ansiedad, e inclinación a cometer más clases de crímenes y de peor naturaleza que otros infractores.
Cleckley describiría los psicópatas como siendo igualmente más violentos, más inclinados a la reincidencia, y poco responsivos al tratamiento.
En el 1952, en la nomenclatura psiquiátrica oficial, la categoría “psicópata” fue reemplazada con la de la “personalidad psicopática”, mientras que ambos términos se usarían de manera intercambiable bajo la rúbrica de los “trastornos de la personalidad”.
Finalmente, con la segunda edición de The Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-II) en 1968, la designación de “personalidad sociopática” cedió el paso a “trastorno de la personalidad tipo antisocial”.
Doce años más tarde DSM-III introdujo una lista de criterios explícitos para identificar individuos que, por mucho tiempo habían sido catalogados como psicópatas, llamándoles Trastorno Antisocial de la Personalidad (TAP). Este criterio enfatizaba la violación de normas sociales, en lugar de destacar rasgos de temperamento. Dejando a muchos investigadores descontentos porque, eliminando de la descripción los atributos de carácter, para ellos, resultaba en insuficiente rigor diagnóstico.
Durante los años setentas del siglo pasado, algunos investigadores ignoraron el DSM mientras desarrollaban, por su propia parte, herramientas de investigación más sofisticadas para apuntalar la importancia tradicional de la noción de la existencia diagnóstica e independiente del psicópata, como Cleckley la había concebido.
Más adelante Robert Hare y sus colegas en el Canadá diseñaron la Psychopathic Checklist (PCL-R), con veinte puntos cubriendo ambos: rasgos y comportamientos. Sin embargo, por razones políticas, la mayoría de los seguidores ciegos del DSM en los EE UU, se aferraron indiscriminadamente -a pesar de la realidad en su contra- a este último sistema, producto del “Gran DSM” implicando que TAP y la psicopatía eran lo mismo, lo que nunca fuera cierto.
El Trastorno Antisocial de la Personalidad es una categoría mucho más amplia, que incluye personas que no calificarían en el PCL-R como psicópatas. Y, que, si bien es cierto, que algunos psicópatas pueden ser diagnosticables como TAP, lo mismo, recíprocamente, nunca podría aplicar a todas las personas diagnosticables como TAP. Por consecuencia, ambos términos se refieran a categorías traslapadas, pero esencial y fundamentalmente distintas.
Hacia el principio del siglo XX, Henry Maudsley (1835-1918), en Inglaterra, empezaría a escribir acerca de la “imbecilidad moral”, anticipando premonitoriamente que estas personas no podían ser rehabilitadas por el sistema correccional.
En los Estados Unidos, el prominente psiquiatra y patricio, Benjamin Rush (1745-1813) (“Padre de la Psiquiatría” de ese país) designó el mismo comportamiento como “locura moral”, observando que estas personas, desde muy temprano en sus vidas, desarrollaban maneras socialmente negativas. En la opinión del controvertido psiquiatra, rubricante de la constitución de su país, y asimismo santo patrón de la American Psychiatric Association, estos individuos resultarían ser más problemáticos para otros, en lugar de ser “enfermos”.
El uso del término “psicópata” se comenzó a aplicar en Alemania, durante las décadas finales del Siglo XIX, aunque en este caso, abarcaba consigo la presencia de trastornos biológicos. Resultando en que al principio del Siglo XX la categoría de “inferioridad psicopática constitucional” se había constituido en el comodín que definiera la mayoría de los trastornos médicos, fueran éstos emocionales o físicos.
Mucho después sería cuando los daños al cerebro y las condiciones fisiológicas fueran segregados en diferentes categorías diagnósticas.
El próximo paso consistió en remover la palabra “constitucional” de la clasificación, dejando la amplia e inelegante terminología de “personalidad psicopática”, carente de precisión diagnóstica: relegando el término solamente para el uso en aquellas personas quienes no eran psicóticas o neuróticas, pero que, sin embargo, causaran problemas a su comunidad.
Más y más los psiquiatras continuarían esforzándose en encontrar soluciones a la definición de este concepto. Pero tuvieron que esperar hasta el año 1941 cuando la noción del psicópata fuera firmemente establecida con la publicación del libro La máscara de la sanidad por Hervey Cleckley, autor celebrado de Las Tres Caras de Eva.
En esta obra, de trascendencia monumental, el autor ofrece 16 criterios para la formulación diagnóstica de la psicopatía, incluyendo, temperamento excitable, tendencias manipulativas, irresponsabilidad, egocentrismo, superficialidad emocional, carencia de empatía o ansiedad, e inclinación a cometer más clases de crímenes y de peor naturaleza que otros infractores.
Cleckley describiría los psicópatas como siendo igualmente más violentos, más inclinados a la reincidencia, y poco responsivos al tratamiento.
En el 1952, en la nomenclatura psiquiátrica oficial, la categoría “psicópata” fue reemplazada con la de la “personalidad psicopática”, mientras que ambos términos se usarían de manera intercambiable bajo la rúbrica de los “trastornos de la personalidad”.
Finalmente, con la segunda edición de The Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-II) en 1968, la designación de “personalidad sociopática” cedió el paso a “trastorno de la personalidad tipo antisocial”.
Doce años más tarde DSM-III introdujo una lista de criterios explícitos para identificar individuos que, por mucho tiempo habían sido catalogados como psicópatas, llamándoles Trastorno Antisocial de la Personalidad (TAP). Este criterio enfatizaba la violación de normas sociales, en lugar de destacar rasgos de temperamento. Dejando a muchos investigadores descontentos porque, eliminando de la descripción los atributos de carácter, para ellos, resultaba en insuficiente rigor diagnóstico.
Durante los años setentas del siglo pasado, algunos investigadores ignoraron el DSM mientras desarrollaban, por su propia parte, herramientas de investigación más sofisticadas para apuntalar la importancia tradicional de la noción de la existencia diagnóstica e independiente del psicópata, como Cleckley la había concebido.
Más adelante Robert Hare y sus colegas en el Canadá diseñaron la Psychopathic Checklist (PCL-R), con veinte puntos cubriendo ambos: rasgos y comportamientos. Sin embargo, por razones políticas, la mayoría de los seguidores ciegos del DSM en los EE UU, se aferraron indiscriminadamente -a pesar de la realidad en su contra- a este último sistema, producto del “Gran DSM” implicando que TAP y la psicopatía eran lo mismo, lo que nunca fuera cierto.
El Trastorno Antisocial de la Personalidad es una categoría mucho más amplia, que incluye personas que no calificarían en el PCL-R como psicópatas. Y, que, si bien es cierto, que algunos psicópatas pueden ser diagnosticables como TAP, lo mismo, recíprocamente, nunca podría aplicar a todas las personas diagnosticables como TAP. Por consecuencia, ambos términos se refieran a categorías traslapadas, pero esencial y fundamentalmente distintas.
Los investigadores que aplican el concepto tradicional concebirían la psicopatía como un amplio trastorno caracterizado por rasgos específicos, como son la falta de remordimiento y empatía, la tendencia a la mentira, egocentrismo, manipulación habitual, labia insincera, emociones superficiales, poca tolerancia a la frustración, relaciones interpersonales episódicas y tenues, estilo de vida parasítica, e inclinados a la violación persistente de las normas sociales. Muchos de esos criterios son difíciles de asignar por ser subjetivos.
De acuerdo a Robert Hare, "la psicopatía es uno de los mejores validados conceptos en toda la psicopatología".
Si uno endorsa los criterios diagnósticos de Hare -evadiendo los de Feighner- para un psicópata, lo que encontramos es un individuo engañoso, manipulativo, narcisista, que carece de remordimiento y empatía. Por su parte (¡sorpresa!), se cree que el sociópata es capaz de sentimientos de culpa, de abrigar alguna forma de empatía y de desarrollar relaciones estables; pero “solamente dentro de ciertos parámetros”.
Por ejemplo, él/ella, profesarían lealtades a un grupo específico, pero no a toda la sociedad. Ya que a ellos no les importan las normas sociales, las que rompen, con indiferencia, si, así hacerlo, les sirven sus fines.
Así que, si en la superficie, éstos aparentan ser insensibles como los psicópatas, asimismo todavía pueden sentir remordimientos por haber hecho daño a alguien dentro de su grupo, cuadrilla, o familia. Lo que los hace ser selectivos en la expresión de sus comportamientos negativos dentro de su clan a quienes juran fidelidad.
Como resultado de las imprecisiones diagnósticas de que “gozamos” (o de que “padecemos”) gracias a DSM, las diferencias entre un psicópata y un sociópata permanecen borrosas.
DSM-IV-TR
DSM-IV lista las definiciones TAP y psicopatía juntas bajo el acápite de Personalidades Antisociales, debido al hecho de que ambas categorías comparten rasgos comunes. Es como si dijéramos que la gordura disoréxica y el síndrome de Cushing, aunque no entidades idénticas, pueden ser clasificadas como formas de la obesidad epidémica, solamente porque se parecen entre sí.
Muchos, todavía persisten, en el uso de los términos sociopatía, psicopatía, y Trastorno Antisocial de la Personalidad de manera intercambiable.
Para empeorar la confusión actual, los investigadores, aún disputan no sólo si existe una diferencia entre un sociópata y un psicópata, sino que no están de acuerdo en lo que éstas serían, si es que, de veras, existen, tales diferencias.
Aun aquellos profesionales que identifican distinciones entre los varios diagnósticos aceptan el hecho de que las características entre las categorías son confusas y muy similares entre sí.
Rasgos que son comunes a las clasificaciones de psicopatía y sociopatía:
Ambos, los sociópatas y los psicópatas, manifiestan una falta de interés en los sentimientos y derechos de otros. Lo que, se cree que, generalmente, aparece desde la edad de 15 años, y lo que se acompaña por la crueldad hacia los animales. Esos rasgos, son distintivos y repetitivos, creando un patrón de mala conducta que excede lo aceptado, como simples travesuras de la adolescencia.
Ambos: el psicópata y el sociópata, carecen de sentimientos de culpa o de remordimiento. Ambos proyectan una ausencia radical de conciencia moral y son totalmente egoístas. Ambos, con regularidad, ignoran las leyes, los códigos éticos y las reglas que a todos aplican, siendo indiferentes a poner en peligro -las propias- y las vidas de los demás.
De las características más salientes, algunos todavía sostienen, que el sociópata tiende a ser menos organizado en sus comportamientos que el psicópata, resultando ser más ansioso y fácilmente agitado, alguien quien es apto a vivir en la periferia social sin soporte económico sólido o persistente.
Por la otra parte, algunos contienden que el psicópata se inclina a ser extremadamente bien dispuesto, discreto y manipulativo. Su personalidad manifiesta es, a menudo, carismática y encantadora, escondiendo la persona real que existe por detrás.
Y, como Kohut nos ilustrara cuando hablara del narcisismo, si es cierto que los psicópatas no tienen sentimientos por los demás, ellos pueden imitar los comportamientos que los hacen parecer sinceros.
Muchos creen que, todos los factores siendo iguales, que uno tendería a confiar más en un psicópata que en un sociópata. Lo aconsejable sería permanecer alerta, y desconfiado, frente a ambos tipos de individuos.
Debido a la putativa, mejor organización en la personalidad del psicópata, éste, puede haber adquirido una educación más avanzada que la que regularmente obtiene el sociópata promedio, quien, probablemente carece de los atributos de la atención necesarios para lograr éxitos escolares.
Mientras que los psicópatas, pueden eludir y “volar bajo el radar” de la sociedad, aparentando mantener familias estables y trabajo productivo; el sociópata, a menudo, carece de los talentos necesarios para poder pretender comportamientos normales.
Desde el punto de vista de la criminología, las faltas cometidas por el sociópata son típicamente desorganizadas y espontáneas, mientras que las del psicópata son bien planeadas, lo que las hace más difíciles de detectar que las de los sociópatas.
Lo que puede decirse, como sinopsis, es que, desde todos los puntos diagnósticos, las diferencias son sutiles y que ambas categorías poseen rasgos abundantes de la otra.
Para añadir oscuridad a nuestro dilema, tenemos que recordar que no todos quienes carecen de la empatía son sociópatas o psicópatas, como sucede en los casos del narcisismo patológico (NP) o de los trastornos del espectro del autismo, incluyendo el síndrome de Asperger, con el cual, en nuestra experiencia, la psicopatía puede relacionarse.
De acuerdo a Robert Hare, "la psicopatía es uno de los mejores validados conceptos en toda la psicopatología".
Si uno endorsa los criterios diagnósticos de Hare -evadiendo los de Feighner- para un psicópata, lo que encontramos es un individuo engañoso, manipulativo, narcisista, que carece de remordimiento y empatía. Por su parte (¡sorpresa!), se cree que el sociópata es capaz de sentimientos de culpa, de abrigar alguna forma de empatía y de desarrollar relaciones estables; pero “solamente dentro de ciertos parámetros”.
Por ejemplo, él/ella, profesarían lealtades a un grupo específico, pero no a toda la sociedad. Ya que a ellos no les importan las normas sociales, las que rompen, con indiferencia, si, así hacerlo, les sirven sus fines.
Así que, si en la superficie, éstos aparentan ser insensibles como los psicópatas, asimismo todavía pueden sentir remordimientos por haber hecho daño a alguien dentro de su grupo, cuadrilla, o familia. Lo que los hace ser selectivos en la expresión de sus comportamientos negativos dentro de su clan a quienes juran fidelidad.
Como resultado de las imprecisiones diagnósticas de que “gozamos” (o de que “padecemos”) gracias a DSM, las diferencias entre un psicópata y un sociópata permanecen borrosas.
DSM-IV-TR
DSM-IV lista las definiciones TAP y psicopatía juntas bajo el acápite de Personalidades Antisociales, debido al hecho de que ambas categorías comparten rasgos comunes. Es como si dijéramos que la gordura disoréxica y el síndrome de Cushing, aunque no entidades idénticas, pueden ser clasificadas como formas de la obesidad epidémica, solamente porque se parecen entre sí.
Muchos, todavía persisten, en el uso de los términos sociopatía, psicopatía, y Trastorno Antisocial de la Personalidad de manera intercambiable.
Para empeorar la confusión actual, los investigadores, aún disputan no sólo si existe una diferencia entre un sociópata y un psicópata, sino que no están de acuerdo en lo que éstas serían, si es que, de veras, existen, tales diferencias.
Aun aquellos profesionales que identifican distinciones entre los varios diagnósticos aceptan el hecho de que las características entre las categorías son confusas y muy similares entre sí.
Rasgos que son comunes a las clasificaciones de psicopatía y sociopatía:
Ambos, los sociópatas y los psicópatas, manifiestan una falta de interés en los sentimientos y derechos de otros. Lo que, se cree que, generalmente, aparece desde la edad de 15 años, y lo que se acompaña por la crueldad hacia los animales. Esos rasgos, son distintivos y repetitivos, creando un patrón de mala conducta que excede lo aceptado, como simples travesuras de la adolescencia.
Ambos: el psicópata y el sociópata, carecen de sentimientos de culpa o de remordimiento. Ambos proyectan una ausencia radical de conciencia moral y son totalmente egoístas. Ambos, con regularidad, ignoran las leyes, los códigos éticos y las reglas que a todos aplican, siendo indiferentes a poner en peligro -las propias- y las vidas de los demás.
De las características más salientes, algunos todavía sostienen, que el sociópata tiende a ser menos organizado en sus comportamientos que el psicópata, resultando ser más ansioso y fácilmente agitado, alguien quien es apto a vivir en la periferia social sin soporte económico sólido o persistente.
Por la otra parte, algunos contienden que el psicópata se inclina a ser extremadamente bien dispuesto, discreto y manipulativo. Su personalidad manifiesta es, a menudo, carismática y encantadora, escondiendo la persona real que existe por detrás.
Y, como Kohut nos ilustrara cuando hablara del narcisismo, si es cierto que los psicópatas no tienen sentimientos por los demás, ellos pueden imitar los comportamientos que los hacen parecer sinceros.
Muchos creen que, todos los factores siendo iguales, que uno tendería a confiar más en un psicópata que en un sociópata. Lo aconsejable sería permanecer alerta, y desconfiado, frente a ambos tipos de individuos.
Debido a la putativa, mejor organización en la personalidad del psicópata, éste, puede haber adquirido una educación más avanzada que la que regularmente obtiene el sociópata promedio, quien, probablemente carece de los atributos de la atención necesarios para lograr éxitos escolares.
Mientras que los psicópatas, pueden eludir y “volar bajo el radar” de la sociedad, aparentando mantener familias estables y trabajo productivo; el sociópata, a menudo, carece de los talentos necesarios para poder pretender comportamientos normales.
Desde el punto de vista de la criminología, las faltas cometidas por el sociópata son típicamente desorganizadas y espontáneas, mientras que las del psicópata son bien planeadas, lo que las hace más difíciles de detectar que las de los sociópatas.
Lo que puede decirse, como sinopsis, es que, desde todos los puntos diagnósticos, las diferencias son sutiles y que ambas categorías poseen rasgos abundantes de la otra.
Para añadir oscuridad a nuestro dilema, tenemos que recordar que no todos quienes carecen de la empatía son sociópatas o psicópatas, como sucede en los casos del narcisismo patológico (NP) o de los trastornos del espectro del autismo, incluyendo el síndrome de Asperger, con el cual, en nuestra experiencia, la psicopatía puede relacionarse.