MUJERES Y VACAS.
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Llegan los fanáticos islamistas de Boko Haram, ofrecen intercambiar veinte mujeres por ochocientas vacas y el mundo civilizado se rasga las vestiduras. ¡Qué salvajes!, gritan las gargantas y las conciencias se remueven asqueadas ante tamaño atraso feudal. Sin embargo, ¿a qué vienen tantos aspavientos?, ¿de qué nos sorprendemos? Por supuesto, comparto la repugnancia por estos salvajes perdidos en el Medioevo islamista, con la cabeza hueca llena de ideas violentas, secuestradores de niñas, asesinos de inocentes, y en los ratos libres, negociadores de vacas por mujeres.
Pero es una repugnancia muy fácil y, sobre todo, muy hipócrita. Porque detrás de esas niñas y mujeres que no valen nada y que pueden ser secuestradas, violentadas, violadas, hay algo más profundo que no nos escandaliza tanto: la minusvaloración y el desprecio general hacia la mujer que practica buena parte del islam, tanto en la mayoría de países donde gobierna, como en las ideologías que alienta en las montañas de la yihad. Es decir, tanto en su versión salvaje africana vacuna, como en su más refinada, lujosa, carcelaria, petrodolareada, la mujer siempre tiene la misma consideración: bajo cero. ¿Qué diferencia hay entre vender una mujer por veinte vacas y permitir casarse con niñas de nueve años, como ocurre en Yemen? ¿Y qué diferencia con las mujeres saudíes que no pueden enseñar ni un tobillo, bajo pena de latigazos o incluso muerte?
Y, por supuesto, no pueden casarse con quien quieran, ni conducir un coche, ni pueden enseñar su rostro, ni etcétera ¿Y qué diferencia hay con las niñas de Qatar, de Emiratos, del norte de Malasia, de los barrios integristas de la muy democrática Europa? ¿Qué diferencia con las niñas de nuestras escuelas que desaparecen de clase cuando les llega la regla y son casadas a la fuerza? Y por preguntar, ¿hay tanta diferencia en considerar que la mujer puede ser objeto de transacción de vacas, con esas mujeres encarceladas en prisiones de tela, secuestradas del mundo aunque vivan en el corazón del mundo? Esa es la cuestión que no queremos plantearnos, que el problema no es solamente la versión más primitiva de la opresión de la mujer por parte del yihadismo violento.
El problema es la versión legal, refinada e igualmente esclavista que practican nuestros aliados del Golfo, amigos amantísimos con los que negociábamos, viajamos y miramos hacia otro lado cuando llegan sus mujeres esclavas. Si no nos escandalizan los millares de leyes que secuestran a la mujer en los países islámicos, ni las mujeres "emburkadas" en cárceles de tela en nuestros propios barrios, ni las lapidaciones legales de Irán, ¿por qué debe escandalizarnos la versión heavy metal africana de la misoginia islamista? Unos lo hacen con leyes y lujos, otros con hambre y miseria. Pero en todos late la misma idea: la mujer no vale nada. Perdón, vale algo, veinte vacas.