En un pueblecito llamado Carcarañá, en la provincia argentina de Santa Fe, está
encerrado un secreto centenario: la supuesta visita de una nave marciana y sus
trofeos cósmicos.
Don Manuel Acevedo, casado, 73 años, es un veterano periodista de deportes
que lleva más de treinta años escribiendo en "La Capital", sobre goles,
gambetas y tiros libres. Pero en 1967, cuando el diario decano de la prensa
argentina cumplía un siglo de vida, le encargaron pegarle una revisada al
archivo a fin de rescatar notas para hacer un suplemento. Fue allí que le llamó
la atención la nota publicada en octubre de 1877 bajo el título de: "Eureka!
Eureka!", y que hablaba de un "aerolito" descubierto por un químico francés en
Carcarañá (o, mejor dicho, Carcarañá Este en aquél entonces, porque la
localidad que hoy es Corres, se llamaba Carcarañá Oeste). Le gustó tanto que se
tomó el trabajo de copiarlo íntegramente a máquina. El artículo no se publicó
pero diez años después, al leer en distintos medios que "en años anteriores a
1947 no se había hablado de los OVNIs", se acordó del tema y planteó en el
diario la publicación de aquél suceso, para desmentir lo que erróneamente se
decía.
"... Yo no sé hasta dónde va a seguir ese asunto... Imagínese que mi mujer y yo
veníamos los fines de semana a matear en el rancho y resulta que ahora el
camino de tierra se llena de autos y de los dos lados del alambrado la gente
empieza a buscar con picos y palas... Es una fiebre ésa, la que se desató
cuando lo del artículo de Acevedo en "La Capital"... Si seguimos así, Carcarañá
se va a convertir en un solo agujero...". Don Ricardo Berti, propietario del
campo que según los antiguos mapas ocupa el lote 58, "ondulado y lleno de
quebraditas" se quejaba con una sonrisa por esa paz perturbada por los
arqueólogos de fin de semana que se habían lanzado, desde 1978, a la búsqueda
de un supuesto OVNI caído... en 1877.
De platos voladores y seres extraterrestres
Con este título, La Capital del 27 de marzo de 1978 reflotó lo que había
publicado el 13 de octubre de 1877. Un químico francés, llamado A. Servarg, en
una carta enviada al diario, refería que había descubierto una roca negra de
forma ovoide de 30 "varas" de largo por 45 de ancho. Contaba que telegrafió
entonces a un geólogo (Mr. Davis, que no hay que confundir con el malogrado
sepulturero lovecraftiano) que se hallaba en ese momento en Córdoba y a otro
colega (Mr. Paxton) para examinar juntos el extraordinario hallazgo. "Para
analizar las distintas materias conchabamos a un peón argentino llamado Jesús
Villegas. Son notables a primera vista las rajaduras y asperezas de las cuales
han debido desprenderse pedazos considerables; la masa entera está cubierta con
cierto esmalte negro, desde tres hasta nueve y media pulgadas de espesor. El
interior contiene 5 % de carbón al estado de grafito, sulfuro de hierro
magnético; un carbonato de fierro (sic) el cual puede considerarse como una
variedad de breu merite (?), sustancia ésta extremadamente escasa; silicio,
talco, algunos minerales complexos (sic) que no se encuentran en la tierra, por
ejemplo la Sheibirshite, que es un fósforo doble de fierro y níquel;
clorhidrato de amoníaco, sal muy volátil, su presencia en el aerolito es una
prueba que el estado candente de la superficie no ha durado largo tiempo y que
el calor no ha penetrado hasta el interior de la masa y esto es concordante con
la poca conductividad de su composición y, por fin, contenía cesium...".
La descripción, minuciosa, sigue hasta lo inimaginable: relata que "la piedra
era muy dura y de repente la mecha encontró un hueco y se hundió más de dos
varas...". Decidieron entonces contratar a otro peón (Pedro Cerro) para
agrandar el agujero y poder entrar en el interior de la excavación. Lo lograron
seis días después. Servarg, Paxton y Davis se encontraron en una estancia que
"medía dos varas y media en todos los sentidos" y encontraron "... una ánfora
de metal blanco, mal trabajada, de plata y zinc, toda acribillada de agujeros y
con dibujos extraños. La emoción nos cortaba las palabras...". El asombro
sigue: "Después de observar minuciosamente toda la estancia nos convencimos que
tenía por piso una plancha, un cuadrado de dos varas. Bajamos de nuevo a esta
segunda cueva y descubrimos una galería rectangular, perforada en el granito y
llena de estalagmitas calcáreas. En el centro se destacaba un cuerpo humano
envuelto en un sudario calcáreo; era extendido como quien duerme y apenas medía
vara y dos cuartas, su cabeza un tanto levantada, se perdía bajo una almohada
de carbonato de cal... igual que sus piernas... Atacando el calcáreo con el
ácido, pusimos al descubierto una momia muy bien conservada. Desgraciadamente
no hemos podido sacar las piernas sin deteriorarlas; la cabeza ha salido casi
intacta; no tiene cabellos, el cutis debía ser liso y sin barba, pero ahora es
arrugado y parece cuero curtido; el cerebro es triangular, la cara aplastada,
en vez de nariz tiene una trompa saliendo desde la frente, una boca muy pequeña
con solo catorce dientes, dos órbitas de las cuales habían sacado los ojos, los
brazos muy largos, cinco dedos, de los cuales el cuarto es mucho más corto que
los demás, la estructura general es muy débil..."
El relato agrega que además de la tumba y su misterioso ocupante, había una
pequeña chapa de plata con unos dibujos "como suelen hacerlos los niños, de un
rinoceronte, una palma y el sol, y alrededor de este último, varias estrellas y
hemos hallado muy aproximadamente a las que separan los planetas Mercurio,
Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Neptuno (es extraño que no se mencione a
Saturno y Urano) sólo el planeta Marte era mucho más grande que los otros. Esta
distinción acordada a Marte en daño a los demás planetas, ¿no nos demuestra con
claridad el amor propio de sus habitantes? reflexiona Servarg en la carta
agregando que "a nuestro parecer no hay duda que el aerolito es una ínfima
porción del planeta llegado a la Tierra por voluntad del todopoderoso para
enseñarnos que hay seres racionales en otros mundos". El final desafiaba: "El
esqueleto del habitante planetario, el ánfora, así como la plancha de plata
estarán exhibidos en valde (sic) durante mi permanencia en Carcarañá Este, en
la casa de don Francisco Ringoni, frente a la estación central. El aerolito
está a tres millas del norte de Carcarañá Este, cerca de la costa; es un paseo
de una hora desde la estación para ir a verlo y volver...".
Alberto Leingruber tiene 54 años. Su bisabuelo Albert, alemán nacido en
Stütgart fue propietario, entre 1888 y 1890 del Hotel Franzini. Su padre Julio
dejó grabado un cassette donde cuenta: "Mi abuelo lo contó muchas veces. El
estaba en el campo. Decía que se vino una bola de fuego, desde el pueblo, que
se clavó en el suelo y produjo un fuego muy grande. Era una cosa roja. Él la
vio en la costanera. ¿Qué hay ahora?. Hay un parque, el parque Sarmiento...".
Es la otra punta de la duda. ¿A qué se refirió el químico Servarg cuando habló
de un "paseo de una hora para ir y volver desde la estación"?. ¿A un paseo a
caballo o a pie?. Si era a pie, bien podría tratarse del parque Sarmiento,
también a orillas del Carcarañá y con las mismas onduladas características...
La búsqueda de los "arqueólogos de fin de semana" llevó, trece años atrás, al
intendente de Carcarañá a poner un cartel en la zona más cuidada del parque:
"Prohibidas las excavaciones".
Hace unos años murió Cayetano Moriconi, quien alguna vez supo contar: "Mi
finado padre me lo dijo hace una punta de tiempo. Calcule... yo tendría
dieciséis años, allá por 1919, era un chiquilín... fue como una lluvia de
fuego, que cató por el lado del río. Mire, más o menos donde hoy está el campo
de Mandolesi. Yo no me acuerdo de quién era ese campo antes. Además, con los
años, uno nombra a Mandolesi y lo demás se le borra. Averiguando, me dijeron
que Mandolesi lo compró en el año 34... pero seguro que tiene que haber
pasado, porque incluso mi padre lo habló con unos amigos después, adelante
mío... Claro, como de eso no se habló más, después la cosa se fue perdiendo...
Usted sabe como pasa en el campo, hay mucho trabajo y la gente no tiene tiempo
para perder... pero que pasó, seguro, porque mi padre lo vio".
Un siglo después, las huellas reaparecen, aunque ya no quedan sobrevivientes.
Fundado en 1870, el pueblo tendría, en aquél entonces, unos cien habitantes.
Tal vez, ciento cincuenta. En 1886 una epidemia de cólera diezmó a la
población. Según consta en las "Memorias de la fundación de las colonias suizas
sobre el Ferrocarril Central Argentino", escritas por Juan Meyer, un maestro
suizo, y Luis Weihmüller, "los enfermos incurables y todavía vivos eran tomados
por horquetas en la base del cuello y arrojados al crematorio improvisado" para
evitarles sufrimientos e impedir la propagación de la contagiosa enfermedad. En
ese mismo relato, traducido del alemán al castellano por Walter Schmidlin (su
hijo fue intendente de Carcarañá entre 1960 y 1973), consta la existencia de
los hoteles Mageran y Franzini, lugares donde, según "La Capital" del 15 de
octubre de 1877, se exhibieron los hallazgos de Servarg. Antoine Mageran, el
francés propietario del hotel, llegó a Carcarañá en 1873 y se fue a Francia en
1892 con dos hijos y una hija jóvenes. Quizás no se fueron con las manos tan
vacías, después de todo...
Y un comentario final sobre la momia, el ánfora y ainda mais. Las
investigaciones no han terminado pienso regresar pronto a "barrer" la zona
con un buen equipo esto, claro está, siempre y cuando los carcarañenses no me
declaren persona non grata por aquellos lares a partir de estas líneas y,
ciertamente, nadie ha hecho un estudio realmente a fondo del terreno. Oh, sí,
se han caminado arriba abajo toda la costa por ambas márgenes, llevado algunos
detectores de metales y punteado la tierra... pero eso no basta. No basta para
afirmar, como dijera un actor metido a ovnílogo, que "el terreno tiene todas
las características de las zonas preferidas por OVNIs" (¿ah, sí?. ¿Y cuáles son
ésas?. Porque si el tema es la presencia de agua, los árboles y el terreno
ondulado conozco lugares así donde lo más raro que se vio en los cielos fue un
avión) pero tampoco, como dijera algún otro, "no existe el meteorito porque no
lo hemos encontrado", cuando el método de búsqueda empleado no ha agotado todas
las posibilidades. La necesidad de zanjar un misterio engaña a la razón, al
punto de llevarnos a declamar que algo es falso sólo por la tranquilidad
psicológica que significa dar carpetazo final a un tema. Algunas mentes no
resisten misterios muy prolongados pese a que, como dijera el poeta Paúl
Eluard, "los mejores enigmas son aquellos que nunca podremos develar".
Pero también hay suspicacias. Servarg según se sabe tenía intereses
económicos en el Hotel Mageran, con lo cual un incremento de visitantes le
sería beneficioso. Y, por otro lado, un buen conocido nuestro, de quien
supiéramos años atrás en plan de investigaciones, nos contó que su bisabuelo,
cumpliendo a principios de siglo el servicio militar en la cercana población de
San Lorenzo fue movilizado, con gran despliegue de tropas, hacia la zona de
Carcarañá porque "los ingleses custodiaban algo muy importante" y que
mediante gran equipo se cargó en ferrocarril con destino provisorio el
puerto de Buenos Aires y final suponemos la brumosa Albión. Pudo haber sido
algún cargamento comprometedor en esos tiempos previos al pacto Roca-Rucinam y
la entrega de buena parte de la soberanía argentina al imperialismo británico.
Pero también pudo haber sido el meteorito.
Fuente: Gustavo Fernández.
Publicado en "Al Filo de la Realidad" nº 3 ( www.alfilodelarealidad.com.ar )
encerrado un secreto centenario: la supuesta visita de una nave marciana y sus
trofeos cósmicos.
Don Manuel Acevedo, casado, 73 años, es un veterano periodista de deportes
que lleva más de treinta años escribiendo en "La Capital", sobre goles,
gambetas y tiros libres. Pero en 1967, cuando el diario decano de la prensa
argentina cumplía un siglo de vida, le encargaron pegarle una revisada al
archivo a fin de rescatar notas para hacer un suplemento. Fue allí que le llamó
la atención la nota publicada en octubre de 1877 bajo el título de: "Eureka!
Eureka!", y que hablaba de un "aerolito" descubierto por un químico francés en
Carcarañá (o, mejor dicho, Carcarañá Este en aquél entonces, porque la
localidad que hoy es Corres, se llamaba Carcarañá Oeste). Le gustó tanto que se
tomó el trabajo de copiarlo íntegramente a máquina. El artículo no se publicó
pero diez años después, al leer en distintos medios que "en años anteriores a
1947 no se había hablado de los OVNIs", se acordó del tema y planteó en el
diario la publicación de aquél suceso, para desmentir lo que erróneamente se
decía.
"... Yo no sé hasta dónde va a seguir ese asunto... Imagínese que mi mujer y yo
veníamos los fines de semana a matear en el rancho y resulta que ahora el
camino de tierra se llena de autos y de los dos lados del alambrado la gente
empieza a buscar con picos y palas... Es una fiebre ésa, la que se desató
cuando lo del artículo de Acevedo en "La Capital"... Si seguimos así, Carcarañá
se va a convertir en un solo agujero...". Don Ricardo Berti, propietario del
campo que según los antiguos mapas ocupa el lote 58, "ondulado y lleno de
quebraditas" se quejaba con una sonrisa por esa paz perturbada por los
arqueólogos de fin de semana que se habían lanzado, desde 1978, a la búsqueda
de un supuesto OVNI caído... en 1877.
De platos voladores y seres extraterrestres
Con este título, La Capital del 27 de marzo de 1978 reflotó lo que había
publicado el 13 de octubre de 1877. Un químico francés, llamado A. Servarg, en
una carta enviada al diario, refería que había descubierto una roca negra de
forma ovoide de 30 "varas" de largo por 45 de ancho. Contaba que telegrafió
entonces a un geólogo (Mr. Davis, que no hay que confundir con el malogrado
sepulturero lovecraftiano) que se hallaba en ese momento en Córdoba y a otro
colega (Mr. Paxton) para examinar juntos el extraordinario hallazgo. "Para
analizar las distintas materias conchabamos a un peón argentino llamado Jesús
Villegas. Son notables a primera vista las rajaduras y asperezas de las cuales
han debido desprenderse pedazos considerables; la masa entera está cubierta con
cierto esmalte negro, desde tres hasta nueve y media pulgadas de espesor. El
interior contiene 5 % de carbón al estado de grafito, sulfuro de hierro
magnético; un carbonato de fierro (sic) el cual puede considerarse como una
variedad de breu merite (?), sustancia ésta extremadamente escasa; silicio,
talco, algunos minerales complexos (sic) que no se encuentran en la tierra, por
ejemplo la Sheibirshite, que es un fósforo doble de fierro y níquel;
clorhidrato de amoníaco, sal muy volátil, su presencia en el aerolito es una
prueba que el estado candente de la superficie no ha durado largo tiempo y que
el calor no ha penetrado hasta el interior de la masa y esto es concordante con
la poca conductividad de su composición y, por fin, contenía cesium...".
La descripción, minuciosa, sigue hasta lo inimaginable: relata que "la piedra
era muy dura y de repente la mecha encontró un hueco y se hundió más de dos
varas...". Decidieron entonces contratar a otro peón (Pedro Cerro) para
agrandar el agujero y poder entrar en el interior de la excavación. Lo lograron
seis días después. Servarg, Paxton y Davis se encontraron en una estancia que
"medía dos varas y media en todos los sentidos" y encontraron "... una ánfora
de metal blanco, mal trabajada, de plata y zinc, toda acribillada de agujeros y
con dibujos extraños. La emoción nos cortaba las palabras...". El asombro
sigue: "Después de observar minuciosamente toda la estancia nos convencimos que
tenía por piso una plancha, un cuadrado de dos varas. Bajamos de nuevo a esta
segunda cueva y descubrimos una galería rectangular, perforada en el granito y
llena de estalagmitas calcáreas. En el centro se destacaba un cuerpo humano
envuelto en un sudario calcáreo; era extendido como quien duerme y apenas medía
vara y dos cuartas, su cabeza un tanto levantada, se perdía bajo una almohada
de carbonato de cal... igual que sus piernas... Atacando el calcáreo con el
ácido, pusimos al descubierto una momia muy bien conservada. Desgraciadamente
no hemos podido sacar las piernas sin deteriorarlas; la cabeza ha salido casi
intacta; no tiene cabellos, el cutis debía ser liso y sin barba, pero ahora es
arrugado y parece cuero curtido; el cerebro es triangular, la cara aplastada,
en vez de nariz tiene una trompa saliendo desde la frente, una boca muy pequeña
con solo catorce dientes, dos órbitas de las cuales habían sacado los ojos, los
brazos muy largos, cinco dedos, de los cuales el cuarto es mucho más corto que
los demás, la estructura general es muy débil..."
El relato agrega que además de la tumba y su misterioso ocupante, había una
pequeña chapa de plata con unos dibujos "como suelen hacerlos los niños, de un
rinoceronte, una palma y el sol, y alrededor de este último, varias estrellas y
hemos hallado muy aproximadamente a las que separan los planetas Mercurio,
Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Neptuno (es extraño que no se mencione a
Saturno y Urano) sólo el planeta Marte era mucho más grande que los otros. Esta
distinción acordada a Marte en daño a los demás planetas, ¿no nos demuestra con
claridad el amor propio de sus habitantes? reflexiona Servarg en la carta
agregando que "a nuestro parecer no hay duda que el aerolito es una ínfima
porción del planeta llegado a la Tierra por voluntad del todopoderoso para
enseñarnos que hay seres racionales en otros mundos". El final desafiaba: "El
esqueleto del habitante planetario, el ánfora, así como la plancha de plata
estarán exhibidos en valde (sic) durante mi permanencia en Carcarañá Este, en
la casa de don Francisco Ringoni, frente a la estación central. El aerolito
está a tres millas del norte de Carcarañá Este, cerca de la costa; es un paseo
de una hora desde la estación para ir a verlo y volver...".
Alberto Leingruber tiene 54 años. Su bisabuelo Albert, alemán nacido en
Stütgart fue propietario, entre 1888 y 1890 del Hotel Franzini. Su padre Julio
dejó grabado un cassette donde cuenta: "Mi abuelo lo contó muchas veces. El
estaba en el campo. Decía que se vino una bola de fuego, desde el pueblo, que
se clavó en el suelo y produjo un fuego muy grande. Era una cosa roja. Él la
vio en la costanera. ¿Qué hay ahora?. Hay un parque, el parque Sarmiento...".
Es la otra punta de la duda. ¿A qué se refirió el químico Servarg cuando habló
de un "paseo de una hora para ir y volver desde la estación"?. ¿A un paseo a
caballo o a pie?. Si era a pie, bien podría tratarse del parque Sarmiento,
también a orillas del Carcarañá y con las mismas onduladas características...
La búsqueda de los "arqueólogos de fin de semana" llevó, trece años atrás, al
intendente de Carcarañá a poner un cartel en la zona más cuidada del parque:
"Prohibidas las excavaciones".
Hace unos años murió Cayetano Moriconi, quien alguna vez supo contar: "Mi
finado padre me lo dijo hace una punta de tiempo. Calcule... yo tendría
dieciséis años, allá por 1919, era un chiquilín... fue como una lluvia de
fuego, que cató por el lado del río. Mire, más o menos donde hoy está el campo
de Mandolesi. Yo no me acuerdo de quién era ese campo antes. Además, con los
años, uno nombra a Mandolesi y lo demás se le borra. Averiguando, me dijeron
que Mandolesi lo compró en el año 34... pero seguro que tiene que haber
pasado, porque incluso mi padre lo habló con unos amigos después, adelante
mío... Claro, como de eso no se habló más, después la cosa se fue perdiendo...
Usted sabe como pasa en el campo, hay mucho trabajo y la gente no tiene tiempo
para perder... pero que pasó, seguro, porque mi padre lo vio".
Un siglo después, las huellas reaparecen, aunque ya no quedan sobrevivientes.
Fundado en 1870, el pueblo tendría, en aquél entonces, unos cien habitantes.
Tal vez, ciento cincuenta. En 1886 una epidemia de cólera diezmó a la
población. Según consta en las "Memorias de la fundación de las colonias suizas
sobre el Ferrocarril Central Argentino", escritas por Juan Meyer, un maestro
suizo, y Luis Weihmüller, "los enfermos incurables y todavía vivos eran tomados
por horquetas en la base del cuello y arrojados al crematorio improvisado" para
evitarles sufrimientos e impedir la propagación de la contagiosa enfermedad. En
ese mismo relato, traducido del alemán al castellano por Walter Schmidlin (su
hijo fue intendente de Carcarañá entre 1960 y 1973), consta la existencia de
los hoteles Mageran y Franzini, lugares donde, según "La Capital" del 15 de
octubre de 1877, se exhibieron los hallazgos de Servarg. Antoine Mageran, el
francés propietario del hotel, llegó a Carcarañá en 1873 y se fue a Francia en
1892 con dos hijos y una hija jóvenes. Quizás no se fueron con las manos tan
vacías, después de todo...
Y un comentario final sobre la momia, el ánfora y ainda mais. Las
investigaciones no han terminado pienso regresar pronto a "barrer" la zona
con un buen equipo esto, claro está, siempre y cuando los carcarañenses no me
declaren persona non grata por aquellos lares a partir de estas líneas y,
ciertamente, nadie ha hecho un estudio realmente a fondo del terreno. Oh, sí,
se han caminado arriba abajo toda la costa por ambas márgenes, llevado algunos
detectores de metales y punteado la tierra... pero eso no basta. No basta para
afirmar, como dijera un actor metido a ovnílogo, que "el terreno tiene todas
las características de las zonas preferidas por OVNIs" (¿ah, sí?. ¿Y cuáles son
ésas?. Porque si el tema es la presencia de agua, los árboles y el terreno
ondulado conozco lugares así donde lo más raro que se vio en los cielos fue un
avión) pero tampoco, como dijera algún otro, "no existe el meteorito porque no
lo hemos encontrado", cuando el método de búsqueda empleado no ha agotado todas
las posibilidades. La necesidad de zanjar un misterio engaña a la razón, al
punto de llevarnos a declamar que algo es falso sólo por la tranquilidad
psicológica que significa dar carpetazo final a un tema. Algunas mentes no
resisten misterios muy prolongados pese a que, como dijera el poeta Paúl
Eluard, "los mejores enigmas son aquellos que nunca podremos develar".
Pero también hay suspicacias. Servarg según se sabe tenía intereses
económicos en el Hotel Mageran, con lo cual un incremento de visitantes le
sería beneficioso. Y, por otro lado, un buen conocido nuestro, de quien
supiéramos años atrás en plan de investigaciones, nos contó que su bisabuelo,
cumpliendo a principios de siglo el servicio militar en la cercana población de
San Lorenzo fue movilizado, con gran despliegue de tropas, hacia la zona de
Carcarañá porque "los ingleses custodiaban algo muy importante" y que
mediante gran equipo se cargó en ferrocarril con destino provisorio el
puerto de Buenos Aires y final suponemos la brumosa Albión. Pudo haber sido
algún cargamento comprometedor en esos tiempos previos al pacto Roca-Rucinam y
la entrega de buena parte de la soberanía argentina al imperialismo británico.
Pero también pudo haber sido el meteorito.
Fuente: Gustavo Fernández.
Publicado en "Al Filo de la Realidad" nº 3 ( www.alfilodelarealidad.com.ar )