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La verdad acerca del Descubrimiento de Machu Picchu

Info2/12/2014
En 1911, el explorador Hiram Bingham EE.UU. vio Machu Picchu y regresó a la Universidad de Yale un poco decepcionado. Al año siguiente regresó a Perú, para hacer una limpieza de las ruinas y desentrañar el misterio. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo grande que era. En 1913, cuando la National Geographic publicó un artículo con varias páginas acerca de Machu Picchu, el mundo supo por primera vez acerca de la ciudad Inca, y Bingham llegó a ser famoso.

La verdad acerca del Descubrimiento de Machu Picchu


Durante el año 2011 se conmemoran los 100 años del descubrimiento de la ciudadela Machu Picchu por parte del inglés Hiram Bingham, sin embargo, no es un festejo para todos, ya que algunos cusqueños y peruanos se encuentran en plena campaña para que salga a la luz la verdad sobre el descubrimiento de la ciudad perdida de los Incas.

Machu Picchu se encuentra rodeada por una inmensa selva de imponentes montañas, está ubicada en la provincia de Urubamba, próxima a Cusco (“el ombligo del mundo”). La palabra compuesta quiere decir: Machu, anciano, y Picchu, montaña; esto da el significado de montaña anciana o montaña vieja a la ciudad de los Incas, uno de los restos arqueológicos más importantes del mundo. Machu Picchu era un santuario oculto, una ciudad pacífica hecha para la meditación, donde se realizaban ritos sagrados.



Algunos estudiosos establecen que durante 1535 se produjo un éxodo masivo, los incas abandonaron el lugar huyendo de la invasión de los españoles. Sin embargo, las teorías mas fuertes establecen que quienes allí vivían abandonaron inexplicable y definitivamente la llamada Ciudad de la Paz, quizá producto de alguna enfermedad o por enfrentamientos con otras tribus, y el crecimiento de la vegetación la devoró ocultándola por cientos de años. Los españoles nunca se enteraron de la existencia de esta ciudad y no existe registro en sus bitácoras de viaje .

Para el mundo entero en 1911 fue Hiram Bingham quien hizo el descubrimiento de Machu Picchu, apoyado por una expedición de la Universidad de Yale y la National Geographic Society. Cuando él llegó a este lugar el sitio no condecía con la descripción de lo que realmente estaba buscando: la ciudad de Vilcabamba, último refugio de los incas y el último punto de la resistencia contra los españoles. El hallazgo fue una casualidad. Antes de irse, Bingham dibujó un boceto bastante impreciso del Templo de las Tres Ventanas, visualizó una inscripción (un nombre y una fecha) en una de las paredes del templo y la escribió en su diario. El 25 de julio de 1911, el día siguiente de haber llegado a la ciudad perdida de los Incas, el Arqueólogo escribió en su diario de expedición “Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu”.

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Al año siguiente Bingham volvió a Machu Picchu con un grupo de científicos y campesinos, el equipo se instaló entre las ruinas y comenzaron tareas de limpieza para eliminar la selva que allí había crecido, después de meses la ciudadela Inca apareció frente a los ojos del Arqueólogo y recién ahí tomó magnitud del descubrimiento. En ese momento por motivos que se desconocen (pero que cada uno de los que están leyendo entenderán), Bingham mandó a borrar la leyenda inscripta en la piedra. En 1922 publicó su primer libro Inca Land, donde hace mención de este hecho, sin embargo en su publicación más famosa y difundida, Lost City of Incas, nada dice sobre Agustín Lizárraga ni la inscripción en la piedra del Templo. El “lanzamiento” mundial del descubrimiento lo realizó la revista National Geographic en 1913, por supuesto que allí no se nombraba a Lizárraga, el héroe fue Hiran Bingham.



Agustín Lizárraga era un agricultor, un hacendado, pero por determinadas características sobresalía entre su grupo y fue nombrado cobrador de impuestos del Ministerio de Transportes del Estado, era el encargado del mantenimiento de los puentes entre Cusco y Quillabamba. Se dice que conocía mejor que nadie a todas las personas que transitaban por esas zonas, sobretodo teniendo en cuenta que se estaban construyendo las vías férreas por lo que las rutas eran muy transitadas. Su interés en buscar nuevas tierras para el cultivo fue lo que lo llevó a descubrir Machu Picchu el 14 de Julio de 1902, 9 años antes que el inglés Birgham. Él y dos lugareños más recorrieron la ciudadela, Lizárraga escribió su nombre en la piedra de un templo y cuando volvieron a la ciudad contaron a todo el pueblo sobre el descubrimiento.

Cuenta la leyenda relatada por la familia Lizárraga que cuando Bingham volvió a Machu Picchu en 1912 uno de los campesinos convocados para la expedición fue Agustín Lizárraga, por su gran conocimiento de la zona y sus capacidades y habilidades físicas. En el transcurso de la expedición Bingham lo envió a realizar tareas al peligroso y caudaloso río Vilcanota (al cual nunca iba una sola persona, siempre las actividades se realizaban de a dos) y en un confuso episodio, Lizárraga perdió el equilibrio al pasar por un puente amarrado con sogas y murió. Su cuerpo nunca fue encontrado, sin embargo, se descubrió que las sogas que sostenían al puente habían sido ligeramente cortadas.

La familia Lizárraga no tiene ni tuvo reconocimiento gubernamental por el descubrimiento de su antepasado, ni siquiera una placa en algún lugar del Machu Picchu que nombre a Agustín (a diferencia de la que tiene Hiran Bingham); el descubrimiento fue en el año 2002 y, obviamente, no hubo ningún despliegue para conmemorarlo, sólo un festejo íntimo en el seno de la familia Lizárraga.

Indistintamente de la postura a adoptar, si a favor de Bingham, de Nat Geo o de Lizárraga, siempre es bueno saber la verdad.

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La historia como un cuento.

El autor de aquel mensaje extirpado era un labriego peruano, Agustín Lizárraga. Un hombre nacido en Mollepata (Perú) que a principios del siglo XX arrendaba una parcela de tierra en las faldas del inaccesible cerro donde se encuentra la ciudad perdida. Él había llegado hasta allí nueve años antes que el estadounidense, sin embargo, nada escribió Bingham sobre aquel hecho en el libro en el que se reafirmaba como descubridor del enclave (La ciudad perdida de las incas, 1948). Para el norteamericano fueron los honores, los museos, los reconocimientos y la placa que luce a la entrada de las ruinas. Hoy, los descendientes de Lizárraga piden que la historia devuelva los honores que se le negaron a su ancestro.


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“Yo de pequeño vivía en el lugar desde el que partió mi abuelo, a orillas del río Urubamba, bajo el Machu Picchu”, cuenta Lucho Lizárraga Valencia, nieto de aquel campesino cuzqueño. Este profesor de universidad, de 61 años, no llegó a conocer a su antepasado Agustín, ya que este murió –accidentalmente– antes de que él naciera, ahogado en el río Vilcanota en 1912, el año en el que Bingham iniciaba la fase de recuperación de los vestigios. De lo que sí fue testigo este descendiente es de la herencia testimonial que la proeza de su abuelo había dejado entre los vecinos de la zona. “No había televisión entonces y por las noches, como si fueran cuentos, recuerdo escuchar a mis padres y a mi abuela hablar sobre esa historia del descubrimiento”, evoca Lucho con marcada nostalgia. “Contaba mi abuela Clara que él subió hasta allí cuando el camino era inaccesible, y a veces, al contarla, se enfadaba. Decía que un gringo había llegado a las ruinas gracias a él y que se lo había llevado todo. Pero claro, para nosotros, que éramos niños, eso simplemente eran viejas historias sobre un abuelo que hacía tiempo había muerto”.



Sentado junto a Lucho asiente Américo Rivas, un ingeniero, familiar indirecto de los Lizárraga, nacido en Santa Teresa, una hacienda vecina de la misma zona. Rivas, contemporáneo de Lucho, había escuchado la misma historia hasta la saciedad desde crío y siempre se preguntó si alguien resolvería aquella “injusticia” histórica. Harto de esperar el reconocimiento, decidió investigar todo lo relacionado con aquel asunto y publicar el primer libro donde se recopilan todos los datos de esta otra versión del hallazgo (Agustín Lizárraga. El verdadero descubridor de Machupicchu, 2011). Rivas conoce cada detalle de aquel momento: “El 14 de julio de 1902 Agustín Lizárraga buscaba nuevas tierras de cultivo entre la maleza selvática acompañado de otros tres hombres del lugar: Enrique Palma Ruiz, administrador de una de las haciendas del territorio; Gabino Sánchez, el mayoral de la misma; y Toribio Recharte, su peón”, comienza a narrar.



“Cuando dieron con las ruinas, Lizárraga intuyó que ante sus ojos tenía una joya del pasado y por eso pintó su nombre y la fecha de su primera visita en las piedras de lo que hoy es conocido como el Templo de las tres ventanas” prosigue. Según los testimonios directos que recopiló Rivas, Lizárraga regresó varias veces hasta aquel lugar, y aunque carecía de padrinos que promulgasen su descubrimiento, trasladó la noticia de boca en boca entre familiares y amigos, que la propagaron desde Lima hasta París sin demasiada trascendencia. “La historia no cuenta que fue Agustín Lizárraga quien organizó la primera expedición turística al Machu Picchu cuando llevó allí a algunos de sus familiares y vecinos, los Ochoa, en 1904. Tampoco que fue él quien puso a trabajar en los campos de cultivo de las ruinas a las dos familias que encontró Bingham en el Machu Picchu el día que llegó hasta ese lugar”.

La última prueba.

Paradojas del destino, la corroboración de la desheredada historia de los Lizárraga, aún hoy desconocida por la gran mayoría del público incluso en Perú, la resucitó otro Bingham, Alfred, hijo del arqueólogo estadounidense. En su libro Retrato de un explorador (1989), el descendiente del norteamericano revelaba una frase crucial que su padre había anotado en sus diarios de viaje pero que olvidó citar en su libro: “Agustín Lizárraga es el descubridor del Machu Picchu, él vive en el puente de San Miguel”, había anotado su progenitor en los papeles.



“No hay más que decir a eso”, sostiene Rivas. Para redondear todas las pruebas con las que contaba solo le hacía falta una prueba visual que demostrase su versión. Y apareció. En 2011, con motivo del centenario del descubrimiento de Bingham, la Universidad de Yale amplió a gran tamaño un centenar de fotos de archivo realizadas por el explorador. “Creí que nunca lo vería, pero ellos mismos estaban dando la demostración. En su mismo centenario”, sonríe Rivas. En una de las imágenes aumentadas aparecía Sargento Carrasaco, un escolta cuzqueño acompañante de Bingham durante su expedición, posando junto al Templo de las tres ventanas. Sobre las piedras de la construcción se diferenciaba lo que en imagen pequeña era inapreciable, la parte final de una pintada (hoy inexistente) que daba la puntilla al asunto. “1902”, se llega a leer nítidamente bajo un nombre borroso. “Creo que el día que vi esa foto fue el más feliz de mi vida”, apunta Rivas.

Tras cien años de omisión de esa otra historia y una férrea presión mediática, hoy los expertos, las autoridades cuzqueñas y nacionales reconocen que en las ruinas de Machu Picchu estuvo Agustín Lizárraga antes que Bingham, aunque siguen dando al ahora llamado “descubridor científico” mayor atención. Por eso los Lizárraga, una saga repartida por todo el mundo, no dan por terminado el pleito. “Desde 2002 nos reunimos anualmente en una comida, a la que llamamos Lizarragada, para reivindicar la proeza del abuelo”, explica Marco Antonio Bolívar Lizárraga, bisnieto del descubridor.



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“Es justo que se reconozca la gran labor de Bingham con las ruinas, pero no que le otorguen su descubrimiento”, esgrime Carlos Lizárraga Álvarez, historiador y también bisnieto del de Mollepata. “Nosotros no pedimos plata, ni propiedades, ni indemnizaciones. Solo queremos ver la placa de mi abuelo colgada a la entrada de las ruinas. Es lo justo”, apostilla.

Los Lizárraga, contra el pasado.

Existe otro frente para la centenaria demanda de esta familia. En la última década a los Lizárraga les han salido competidores hacia la otra dirección de la historia. El doctor Jean Decoster, director del Museo Machu Picchu, de la Casa Concha de Cuzco, rebate que el descubrimiento sea del peruano y fundamenta su afirmación en un artículo del investigador norteamericano Paolo Greer. Según las indagaciones de este, existen mapas elaborados por exploradores, investigadores o empresarios extranjeros del siglo XIX que señalan el cerro Machu Picchu. Así pues, planos como los de Herman Göring, 1874; Charles Wienner, 1880; Augusto Berns, 1881; o Antonio Raimondi, 1890, entre otros, marcan explícitamente este lugar, en especial el de Berns, que nombra la zona como la Huaca del Inca.



Jorge Escobar, decano del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco, ubica el descubrimiento más atrás. Según sus pesquisas, “el Machu Picchu jamás fue un sitio desconocido”. Para demostrarlo hace referencia a más de una decena de documentos (el más antiguo, de 1537) donde se menciona un lugar llamado Picchu como enclave donde cultivar y para el que se expidieron contratos de explotación y compraventa.

Rivas ha dedicado tiempo y un extenso capítulo de su libro a desmontar todas esas teorías. “Acerca de lo de los Picchus que aparecen en los documentos del profesor Escobar, con quien he debatido de esto en alguna ocasión –explica el investigador–, yo le recuerdo que Picchu significa “montaña” en quechua, y que por eso ha encontrado esas referencias”. Respecto a la argumentación del doctor Decoster, afirma Rivas que “defiende lo indefendible”. “Lo que señalan los exploradores del siglo XIX es únicamente un lugar llamado Cerro Machu Picchu, el nombre del monte que se ve desde abajo. ¿Qué me hace estar tan seguro de que no vieron las ruinas? Hombre, no solo que fuese un lugar de acceso imposible para los medios de la época, sino que para que un explorador vea Machu Picchu y no escriba ni una sola letra sobre él, una de dos, o nunca lo ha visto, o le dio una parálisis cerebral”, ironiza. El mismo crédito le da al mapa que elaboró Berns en 1881 descubierto por Greer: “Este empresario señaló la Huaca del Inca porque buscaba inversionistas que patrocinasen su proyecto de recolección de oro y plata. Materiales que él simplemente creía que estaban allí porque alrededor del Machu Picchu existen otros vestigios incas que probablemente le esperanzaron en su propósito. Y si no, que me expliquen por qué en su mapa señala esa Huaca del Inca en el otro margen del río Urubamba y no en el que está la ciudad”.



Mientras el ingeniero ofrece datos puntuales, Lucho observa la foto de su abuelo en la portada del libro de Rivas y limpia una pequeña mancha sobre la imagen. “Hiram lo restauró y lo hizo famoso, por supuesto –arranca el nieto– pero mi abuelo estuvo primero, y dejó constancia con una inscripción que el propio Bingham borró. Nosotros tenemos la obligación de que la historia reescriba de una vez por todas su nombre y le dé el reconocimiento que muchos, por intereses diversos, le siguen negando. Seguiremos con nuestra lucha hasta que se haga justicia. Agustín Lizárraga, mi abuelo, es el verdadero gran descubridor”.


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