Viena, 1783. En el palacio de Schönbrunn tiene lugar la presentación de un insólito invento: un autómata que juega al ajedrez. Una máquina 'pensante' con apariencia de turco, que puso en jaque a la nobleza del sigo XVIII, y constituyó una de las grandes estafas en la historia.
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Fragmento de "La Máquina de Ajedrez", de Robert Löhr (Título original: Der Schachautomat.) 2005.

Presburgo, 1769
La mesa de ajedrez, o mejor dicho, la cómoda sobre la que se sentaba el androide, tenía apenas dos varas de ancho y una y cuarto de hondo y de alto. Las cuatro patas llevaban ruedas incorporadas. En la cara delantera se distinguían tres puertas: en el lado izquierdo una sola, y a la derecha las dos hojas de la otra. Bajo las puertas, ocupando toda la anchura de la mesa, había un largo cajón. Tanto el cajón como las puertas estaban equipados con cerraduras. En la cara posterior de la mesa había igualmente dos puertas que podían cerrarse a la derecha y a la izquierda del ajedrecista; ambas eran claramente más pequeñas que las de la parte delantera. El taburete en el que se sentaba el androide estaba fijado a la mesa de ajedrez por la parte delantera. La madera era de nogal, y estaba revestida en las puertas con un chapado de madera de raíz. La placa superior se había deslizado sobre la mesa de modo que solo podía volver a sacarse tirando hacia delante, en dirección opuesta al androide. En el centro de la placa superior había un hueco cuadrado; allí se colocaría pronto el tablero de ajedrez, que en ese momento todavía se encontraba sobre una de las mesas de trabajo.

Cuando Jakob y Kempelen sacaron, tirando con cuidado, la placa superior y abrieron las cinco puertas, Tibor pudo ver el interior de la máquina. El suelo estaba totalmente forrado con fieltro verde. Como las puertas de la parte delantera, el espacio interior estaba dividido también en dos secciones, de las que la izquierda ocupaba un tercio, y la derecha los restantes dos tercios. Las dos partes estaban separadas por un tabique de madera. La sección derecha estaba vacía, con excepción de dos arcos de latón que parecían partes de un sextante.
El mecanismo de relojería del autómata se encontraba en la sección más pequeña de la izquierda: abajo de todo había un cilindro del que a intervalos irregulares sobresalían unas puntas. Sobre el cilindro se había montado un peine con once varillas de metal, que, según supuso Tibor, debían ser golpeadas o pellizcadas por las puntas, como las cuerdas de un clavicordio o de un címbalo.
(...)

Tibor volvió a mirar la máquina. Él era pequeño, pero no tanto como para poder meterse en aquella mesa de ajedrez, y menos si además tenía que moverse. La sección mayor de la derecha tal vez hubiera bastado, si no estuvieran allí los arcos de latón.
Kempelen se anticipó a la pregunta de Tibor.
— Y ahora empieza la magia.
Jakob introdujo las manos en el interior de la mesa y desplazó lateralmente el tabique entre los dos compartimientos —pues no se trataba de un tabique sino de dos mitades—, y así los dos espacios quedaron de repente unidos. Ahí no acabó todo, porque Jakob abatió a continuación hacia un lado una trampilla de madera revestida de fieltro que cubría el suelo de la sección derecha. Finalmente, el último truco estaba en el cajón bajo las tres puertas, que tenía solo la mitad de la profundidad de la mesa, de manera que, después de apartar el doble suelo, podían ganarse todavía unos veinticinco centímetros de espacio adicionales.
Jakob trajo un taburete para Tibor, y mientras los dos le sostenían, el enano se introdujo en la máquina, se sentó a la izquierda, detrás del mecanismo de relojería, y estiró las piernas en el espacio libre que quedaba por detrás del medio cajón. Había espacio suficiente. Tibor no chocaba con nada, ni siquiera con el mecanismo que quedaba junto a su hombro derecho. Era como si Wolfgang von Kempelen hubiera construido el autómata a su medida. El inventor no podía ocultar su orgullo.

— Pero ¿cómo voy a jugar al ajedrez? —preguntó Tibor—. Apenas puedo moverme.
A la izquierda de Tibor, en el lugar donde se sentaba el androide, había una tabla en la pared. Kempelen soltó una fijación, y la tabla cayó hacia abajo sobre la falda de Tibor. A través de la abertura que había dejado al descubierto, Tibor podía ver el interior del hombre de madera. Kempelen desplazó una vara de latón hacia el exterior del vientre del androide hasta situarla sobre la tabla que Tibor tenía en la falda y la movió varias veces. Al mismo tiempo se movió la mano izquierda del turco.
— Esto es un pantógrafo —explicó—. Cada movimiento que haces aquí abajo, lo realiza arriba el turco en proporción aumentada. De momento solo puede mover el brazo, pero pronto tendrá una mano, y entonces también podrá sujetar las piezas.
— ¿Y cómo podré ver el tablero?
(...)
En cuanto el nuevo año empezó y Jakob estuvo de vuelta, Kempelen expuso su idea: no hacía falta ver el tablero. Bastaba con saber qué pieza se había movido. Por eso tenía intención de insertar un potente imán debajo de cada pieza y colocar en la cara inferior del tablero algo que ese imán atrajera o dejara caer cuando se moviera.
(...)
Colocaron sesenta y cuatro clavos de latón en la cara inferior de las casillas. En cada clavo descansaba una plaquita de hierro en cuyo centro se había taladrado un agujero. Cuando se colocara el imán en una casilla, este atraería la plaquita hacia sí; cuando se retirara, la plaquita caería sobre la cabeza del clavo.
A la izquierda: Las piezas imantadas y el tablero secundario con sus resortes para seguir la partida.
A la derecha: Las articulaciones que permitían al Turco tomar y mover las piezas del tablero principal.
Aquí el libro completo:
La Máquina de Ajedrez - Robert Löhr
La Máquina de Ajedrez - Robert Löhr
Antes de cada partida, Kempelen retiraba el lienzo que cubría al Turco, y procedía a exhibir el interior de la máquina, de manera que los presentes observaran que sólo se trataba de un montón de simples piezas de relojería, y nada más que ello era lo que hacía mover y 'pensar' al autómata. Dichas piezas estaban colocadas con el único propósito de persuadir. El mecanismo se iniciaba mediante una manivela que le daba cuerda, y sólo servían para producir ruido y confirmar que sencillamente y sin más trucos, se trataba de una construcción mecánica.
Kempelen abría las puertas de la mesa, y con una vela procedía a alumbrar las diferentes secciones, mostrando que nada, o mejor dicho nadie, se encontraba dentro.
Con esa misma vela, al terminar la exhibición, encendía desde una de las puertas traseras, la vela del individuo ajedrecista oculto, ya que dentro de la caja sólo había oscuridad.
El humo de la vela se elevaba por el interior del cuerpo del Turco, llegaba hasta el cráneo, y luego atravesaba el fez o turbante, que tenía una serie de filtros para deshacerse de la característica emanación grisácea. Por si eso fuese poco, también estaba pensado cómo disimular el aroma característico de la vela: colocando otra vela sobre la mesa, así los individuos no tenían motivos para sospechar.
El Turco además, o más bien el hombre oculto dentro de la máquina, podía mover los ojos de madera tirando de unas cuerdas que bajaban por el interior del cuerpo del autómata. De la misma manera, mediante cables podía mover la cabeza hacia adelante y luego de nuevo hacia atrás. Se dispuso que un movimiento de inclinación de la cabeza hacia adelante significaría "jaque"; dos inclinaciones, "jaque a la dama", y tres inclinaciones "jaque mate".
Si acaso surgía el infortunio de que al operario oculto se le apagase la vela, sólo debía dar vuelta completamente los ojos del Turco, de manera que quedaran totalmente blancos a la vista de su oponente y el resto de invitados, y claro, a la vista de Kempelen. Lo que se trataba de un movimiento más para los presentes, extraño pero divertido, era una señal clave para Kempelen, que interrumpía el juego con la excusa de ajustar tornillos, y encendía nuevamente la vela del oculto.
Cada tanto durante el juego, el mecanismo de relojería también se detenía. Por lo que Kempelen o su ayudante volvían a darle cuerda. En su interior, el jugador había practicado cómo detener los movimientos del Turco al mismo tiempo que se detenía el traqueteo, de modo que los presentes corroboraban una vez más estar frente a un conjunto de engranajes crujientes.
El Turco era zurdo y usualmente realizaba el primer movimiento (es decir, jugaba con blancas).
Video que muestra su funcionamiento:
Otro video que recrea el momento de su presentación ante la nobleza en Varsovia, extraído de la película Le joueur d’echecs, de 1926:
El Turco fue construido para la emperatriz María Teresa de Austria, y presentado en el palacio de Schónbrunn, en Viena en 17770.
Wolfgang von Kempelen empleó seis meses en su construcción, aunque las sucesivas presentaciones le inspiraban o casi obligaban el modificado de mínimos detalles.
Sinceramente no encuentro material fuerte, al menos en español o de última inglés, pero según relata Robert Löhr en su novela, el primer oponente del Turco fue Friedrich von Knauss. La novela introduce tanto anécdotas como personajes ficticios, claro, pero de esta manera relata la realidad y expone a hombres de la historia.
Knauss era el mecánico de la corte, relojero e inventor, y formaba parte del gabinete físico-matemático-astronómico de la realeza. También era un gran jugador de ajedrez y un conocido y respetado fabricante de autómatas, entre los cuales se encontraba la "Máquina Prodigiosa Que Todo Lo Escribe", presentada en 1760.
Tal como se puede imaginar, surgió una rivalidad diplomática entre von Kempelen y von Knauss, pero de eso tal vez me encargue en otro post.
Como era debido, el autómata ganaba todas o casi todas las partidas, empatando sólo algunas. Algo increíble si se considera que muchos sus oponentes eran jugadores fuertes en el juego, como algunos personajes famosos de la época.
Contrincantes
Algunos de esos personajes fueron, a lo largo de las décadas, en presentaciones en diversas ciudades, y mientras El Turco cambió de dueño y de operario: los ya nombrados Friedrich von Knauss y María Teresa I de Austria, el Emperador José II de Habsburgo, el Duque ruso Pavel, Federico II el Grande, la Zarina Catalina II de Rusia y el Zar Pablo I de Rusia; los maestros ajedrecistas profesionales Johann Allgaier, Hyacinthe Henri Boncourt, Peter Williams, Jacques F. Mouret (sobrino nieto del gran ajedrecista Phillidor), Aaron Alexandre, y William Schlumberger. También William Lewis, Benjamín Franklin, Charles Babbage (matemático británico y científico de la computación), Edgar Allan Poe y muchos otros fueron derrotados. Napoleon Bonaparte, por su parte (cuack) también se enfrentó al Turco y perdió, pero su partida fue una de las más destacadas porque osó hacer trampa, a lo cual el autómata respondió tirando las piezas del tablero.
El propio Philidor fue uno de los pocos que ganó contra El Turco, y en sus propias palabras fue “la partida más dura que había jugado nunca”.
Pero, ¿contra quién perdían estos grandes ajedrecistas? ¿Quién o quiénes eran tan habilidosos como para derrotar a estos célebres personajes de la historia desde el interior de un muñeco?

Ajedrecistas ocultos en El Turco
Robert Löhr nos presenta en la novela a un enano, de nombre Tibor.
Pero él mismo aclara que es un personaje ficticio introducido en la novela.
Joseph Friedrich Freiherr von Racknitz, un funcionario público de Dresde, construyó una réplica del Turco en 1789, a fin de explicar su funcionamiento. Von Racknitz afirmaba que dentro de la máquina se ocultaba una persona. Prácticamente descifró la maquinaria que le permitía mover el brazo, los ojos, la cabeza, en fin, jugar. Pero sus medidas eran inexactas, y su exposición sólo permitía que la persona oculta, un imbatible jugador, fuese un enano, algo bastante extraño, o más extraño aún, un niño.
Publicó un ensayo llamado "Über den Schachspieler des Herrn von Kempelen und dessen Nachbildung" ("Acerca de los jugadores de ajedrez del Señor von Kempelen y su réplica")

Otro célebre que publicó un ensayo sobre el engaño del que tantos crédulos se fascinaban, fue el mismo Edar Allan Poe. Acá se los dejo en PDF: Malzel´s Chess Player

La realidad es que el primer operario del Turco es un misterio. Tampoco se sabe a ciencia cierta cuántos fueron los maquinistas durante la época en que Kempelen aún era su dueño.
Luego de la muerte de Johann Wolfgang Ritter von Kempelen de Pázmánd, o sea, Kempelen, el autómata pasó por varias manos. Cuando llegó a manos de Johann Nepomuk Mäzel, un mecánico e inventor de la corte de Viena, el primer ajedrecista que se ocultó en la máquina fue el mismo Johann Allgaier, quien le ganó al tramposo Bonaparte. La lista continua con los ya nombrados ajedrecistas Boncourt, Aaron Alexandre, William Lewis, Jacques Mouret y William Schlumberger.
Mäzel en ocasiones hizo que dentro de la máquina se ocultara un niño, y que mediante señas desde un maestro oculto entre el público, el niño dominara al muñeco y jugara la partida.
Se dice que una particularidad de William Schlumberger es que era un hombre gordo. Esto resultó que naturalmente le fuera complicado movilizarse, y cuenta la historia que cierta ocasión quedó atrapado dentro de la máquina hasta que, en un grito de auxilio en una presentación, dejó el secreto descubierto.
Sin embargo, Poe no lo describe de la misma manera:
"Hay un hombre, Schlumberger, que asiste a él (Maelzel o al autómata) dondequiera que vaya, pero que no tiene otra ocupación aparente que la de ayudar en el embalaje y desembalaje del autómata.
Este hombre es de mediano tamaño, y tiene una notable inclinación a encorvarse en los hombros.
Si sabe jugar ajedrez o no, no estamos informados.
Es indudable, sin embargo, que nunca se lo vé durante las exhibiciones del autómata, aunque con frecuencia es visible justo antes y justo después de la exposición.
Schlumberger se pone enfermo de repente, y durante su enfermedad no se efectúan exhibiciones.
Estos hechos son bien conocidos por muchos de nuestros ciudadanos. La razón por la asignada para la suspensión de los jugadores de ajedrez de actuaciones, no era la enfermedad de Schlumberger..."
Cuenta la leyenda, posiblemente realidad, que en una exhibición, un espectador gritó de forma deliberada "¡Fuego!", y el ajedrecista oculto en El Turco salió alarmado de la máquina, también dejando en evidencia que el autómata no era más que una pieza manejada por un humano.
Estos supuestos o verídicos incidentes, o detalles cualesquiera que pudieran ser revelados por los cada vez menos crédulos espectadores, junto a los ensayos de Racknitz y Poe que explicaban los mecanismos del autómata y afirmaban que dentro se ocultaba un hombre, hicieron que El Turco perdiera su máscara definitivamente.
La verdad es que durante 85 años e innumerables presentaciones victoriosas, El Turco pasó por varias manos dueñas y al menos unos 15 ajedrecistas ocultos, y fue trasladado por casi toda Europa y hasta por el continente americano.
En 1838 la máquina se exhibió en el museo chino de Philadelphia.
Unos años más tarde, en 1854, un incendio acabó con la máquina y su entrañable historia.
En 1857 finalmente se publica oficialmente el secreto de El Turco en una revista de ajedrez.
Como curiosidad, un siglo y medio después, en la misma ciudad de Filadelfia donde las llamas destruyeron al Turco, Garry Kaspárov sufriría la primera derrota del hombre contra una verdadera máquina de ajedrez, la Deep Blue. Pero esa es otra historia...
Retrato de Wolfgang von Kempelen.