El cabezazo, por supuesto. Lo que fuera que le dijera Materazzi y el cabezazo al pecho delante de, qué sé yo, dos mil, tres mil millones de espectadores. El árbitro español chivándose a Horacio Elizondo y el gran Zinedine Zidane retirándose con la mirada gacha y una apariencia de orgullo intacto. Lo que no había conseguido el Marca lo consiguió Medina Cantalejo acercándose a una tele, así se escribe la historia.
A mí, sin embargo, me gusta quedarme con lo de antes, con lo sumamente improbable que era que Zidane llegara a ese partido, su segunda final de la Copa del Mundo. Repasemos un poco los hechos: en febrero de 2006, Florentino Pérez renuncia como presidente del Real Madrid y deja en su lugar al inefable Fernando Martín, por entonces empresario de éxito y propietario de la gran inmobiliaria Martinsa Fadesa. La presidencia le duraría dos meses y la empresa poco más de dos años, provocando un cataclismo en la economía española comparable al que provocaría Lehman Brothers en el mundo apenas unas semanas después.
Era aquel Real Madrid un equipo imposible: entrenaba López-Caro, Gravesen mandaba en el campo y en los despachos lo hacía Benito Floro tras la dimisión de Arrigo Sacchi. Lo mismo perdía 6-1 en Zaragoza que se quedaba a un gol de remontar la eliminatoria la semana siguiente. De los famosos «galácticos» quedaba Ronaldo, lesionado; Beckham, perdido; y el propio Zidane. Figo, el primero de la lista, se había ido el año anterior, entre sonadas quejas, y Michael Owen solo había durado una temporada, lo que tardó el Madrid en darse cuenta de que el Balón de Oro era un premio muy matizable.
De hecho, cuando Zidane llegó al Madrid la palabra «galáctico» no estaba en el vocabulario de la prensa. Eso lo trajo, en 2002, Ronaldo. Zidane fue el fichaje más caro de la historia del fútbol, todo lo caro que da de sí una servilleta en blanco. Venía de varios años en la Juventus con un halo de genio incompleto: nadie tenía su elegancia, su control, su manejo del balón y del cuerpo… pero a menudo la cabeza se le iba del partido, lo que provocaba ausencias notables o reacciones exageradas.
Una de ellas, por ejemplo, estuvo a punto de acabar con su leyenda de héroe nacional en Francia. Zidane, estandarte de la integración magrebí en Marsella por sus orígenes argelinos, vivió el Mundial del 98 al filo del desastre: tras un buen primer partido ante Sudáfrica, Francia ganaba el segundo cómodamente a Arabia Saudí cuando, con todo decidido y ya en el minuto 71, Zidane recibió una entrada algo torpe de un jugador saudí y reaccionó clavándole los tacos en el muslo con alevosía.
Aquello no tenía sentido. Ya había sido expulsado en la Juventus por acciones de ese tipo, pero nadie podía esperarse una reacción así del que ya se presentaba como mejor jugador del mundo, con permiso de Ronaldo. La sanción no se quedó en la tarjeta roja que le mostró el árbitro sino que hubo que sumar otros dos partidos: el intrascendente último partido de la liguilla de grupos y el de octavos de final, que no fue ante España, como se intuía, sino ante la Paraguay de Chilavert, Gamarra y Ayala.
Francia ganó 1-0, con gol de Laurent Blanc en la prórroga, minuto 116. De haber quedado eliminada, Zidane bien podría haber seguido el camino de otros jugadores con talento y mala cabeza como Ginola y Cantona. En cambio, diez días después, los galos se proclamaban campeones del mundo por primera vez en su historia ante una descolorida Brasil. Zidane marcó dos goles de cabeza y fue proclamado mejor jugador del torneo.
La marcha del Madrid, los octavos ante España
Volvamos en cualquier caso a 2006: el Madrid lleva tres años sin ganar un solo título y, lo que es peor, el Barcelona se ha llevado las dos últimas ligas con cierta comodidad y está a punto de ganar su segunda Copa de Europa, la primera desde 1992. Estamos ante un fin de ciclo como la copa de un pino y Martín, asediado, decide convocar elecciones para presentarse a las mismas, cosa que no hará porque ya hemos visto que no es el tipo más fiable del mundo.
El anuncio de elecciones se hace un 26 de abril, justo cuando el equipo está luchando por clasificarse para la siguiente Champions en dura disputa con Valencia, Sevilla y Osasuna. Dos días antes, como último síntoma de decadencia, Zidane ha anunciado en Canal Plus Francia que ya no aguanta más y que dejará el fútbol después del Mundial. Tiene treinta y tres años y una temporada más de contrato, pero los sinsabores de las últimas temporadas le han dejado tocado y prefiere renunciar al dinero a cambio de algo de tranquilidad.
Aquejado de unas molestias, el jugador se pierde el partido decisivo en Pamplona —victoria del Madrid, 0-1— y apenas puede disputar unos minutos en Santander. Su despedida, eso sí, será por todo lo grande: en casa, ante el Villarreal, es sustituido en el minuto 88 para que reciba la ovación que merece después de un enorme partido con gol incluido. Todo el Bernabéu se pone de pie y aplaude como quizá no lo haya hecho desde aquellas exhibiciones ante Valencia o Deportivo en 2002.
Mientras, como una metáfora de lo que han sido los últimos años, Raúl Bravo entra en el campo para aguantar el empate en casa. Enfrente, el Villarreal.
Su último tanto con la camiseta blanca llega nueve días después, en Sevilla. Una locura de partido que al descanso ya va 4-2 y cuyo marcador solo se mueve para registrar el zurdazo del número cinco a la salida de un córner, un remate seco con su pierna mala después de un rechazo, nostalgia de Glasgow. Fin de cinco años mágicos donde los títulos han acompañado solo a medias: una liga y una Copa de Europa. Ahora bien, su Copa de Europa, ahí queda eso.
El mal año del Madrid eclipsa el buen momento de forma de Zidane y eso, junto al pésimo mundial de 2002 y la decepción de la Eurocopa de 2004, alejan a Francia de las apuestas cara a la Copa del Mundo de Alemania. Sumen además una alarmante sucesión de empates a cero en la fase de clasificación y tendrán un equipo bajo sospecha. Con todo, la plantilla sigue siendo espectacular: ahí está Zidane, ahí está Henry, y ahí están Trezeguet, Barthez, Thuram, Vieira… más los sólidos Diarra, Sagnol, Abidal, Malouda y compañía. Como cara nueva, una cara rasgada por una infancia violenta, Franck Ribery, el extremo del Olympique de Marsella que hace su presentación en sociedad.
La primera fase es un horror: empate ante Suiza, empate ante Corea del Sur y victoria justita ante Togo después de llegar al descanso con el habitual 0-0. En el horizonte de octavos aparece, ahora sí, España. La España de Luis Aragonés, que viene de pasearse en su grupo, ganando los tres partidos, con ruletas de Puyol incluidas y un Fernando Torres en estado de gracia. A los 28 minutos, David Villa adelanta a los españoles de penalti.
Francia parece despedirse del Mundial cuando en realidad acaba de llegar.
La exhibición ante Brasil
A Zidane lo quiso jubilar el Marca y quizá eso fuera un error. No me gusta darle demasiada importancia a esos detalles porque supongo que no basta con que un periódico te pique para que al día siguiente armes una venganza perfecta, pero la portada ahí queda y con la portada un cierto sentido del ridículo. Con 1-0 en contra, dos jugadores toman toda la responsabilidad: Zidane, por supuesto, y el mencionado Ribery. Lo del marsellés se acaba convirtiendo en una exhibición culminada con el gol que supone el empate, justo antes del descanso.
España se ha visto en cuartos de final y ahora vuelve a estar en la casilla de inicio. Es la España de los traumas y las decepciones, la que ve una eliminatoria y le entra un ataque de nervios. Incapaz de decidir, como diría Menotti, si quiere ser toro o torero, los de Luis se van empequeñeciendo conforme Zidane se multiplica. Joaquín está a punto de hacer el 2-1 en el minuto 79 pero tres minutos más tarde, Zizou saca una falta para que Patrick Vieira cabecee el 1-2 en el segundo palo.
Como si se tratara de algo personal, aún tiene tiempo de hacer el 1-3 en el descuento después de dejar tirado a Puyol en un recorte y ajustar el balón lejos de Casillas.
Los «abuelos franceses» pasan de ronda y Brasil no puede sino celebrarlo. Vigente campeona, la seleçao dispone de un equipo de ensueño: Ronaldinho, Ronaldo, Kaká, Juninho, Roberto Carlos, Lucio, el veteranísimo Cafú… y si hay problemas, esperan Robinho y Adriano desde el banquillo. Los brasileños han ganado los tres partidos de la liguilla y se han deshecho en octavos de final de la pujante Ghana con un 3-0 que calla a los críticos de Parreira. ¿Qué pueden temer contra una selección claramente inferior?
A los treinta segundos, Zidane ya les ha dado la primera pista: recibe entre dos defensores en su propio campo, se va de ellos pisando la pelota con el tacón y se lanza a por un tercer defensa al que esquiva con un autopase entre el «ooooh» generalizado del público alemán. La jugada acaba en nada, un mal pase a Henry, pero es una manera de recordar que 1998 no queda tan lejos y que para que una pesadilla se acabe primero te tienes que despertar.
Vean el vídeo por favor para darse cuenta de la maravilla que fue aquel partido de Zidane, incluyendo el pase, de nuevo al segundo palo, para que Henry anote el 1-0 y deje a los brasileños sin su cuarta final consecutiva. «Magical Zidane» repite el comentarista cada vez que Zizou se saca de la manga un sombrero, un taconazo, un «uno-dos» que deja tirado a cualquier defensa. El público lo disfruta, la prensa jalea este último baile completamente inesperado.
En semifinales, espera Portugal. La Portugal del veterano Figo y el jovencísimo Cristiano Ronaldo, ambos entrenados por Scolari. Es un partido horrible, como todo el mundo preveía, pero el destino es el destino y gana Francia… con gol de Zidane de penalti. Una Francia pétrea, con Vieira y Makelele, los dos grandes medio centros defensivos de la década, escoltando la genialidad de Zizou y permitiendo cierta libertad a Ribery, Malouda y Henry en la delantera.
Lo lógico sería esperar una final Alemania-Francia, pero no, Italia se ha cargado un día antes a los anfitriones con dos goles maravillosos en la prórroga, especialmente el primero, del desconocido Grosso, lateral cuya carrera prácticamente empieza y acaba en ese campeonato. Conducidos por un sensacional Andrea Pirlo, los italianos se preparan, como cada doce años, a jugar una final mundialista. Enfrente, ya sabemos, la mística.
El último penalti de Zinedine Zidane
Ahora sí. Ahora, 9 de julio de 2006, Zinedine Zidane está ante el día de su retirada. Nadie espera un gran partido porque al margen de Zizou y de Pirlo no hay mucho donde rascar. Las dos estrellas de Francia, como hemos dicho, vienen siendo sus dos centrocampistas de contención mientras, en Italia, Lippi ha hecho de Cannavaro el mejor central del mundo durante cuatro semanas.
Los dos tienen motivos para ser favoritos: Francia ha eliminado al vigente campeón e Italia ha hecho lo propio con los anfitriones. Todo se decidirá en pequeños detalles, como sucediera seis años atrás, en la Eurocopa de Bélgica y Holanda, cuando Italia ya estaba celebrando el título y Wiltord empató en el descuento, poco antes de que Trezeguet anotara su gol de oro en la prórroga y le diera a Francia el doblete Mundial-Eurocopa.
Por decirlo de alguna manera, Francia tiene más experiencia pero Italia tiene más rabia. Los dos saben que es una oportunidad única y Shakira ameniza el previo con una versión en directo de su «Hips don´t lie», una de sus tantas canciones ininteligibles.
El partido promete pocos goles pero a los seis minutos Malouda se mete en el área, nota un leve contacto de Materazzi y Elizondo pita penalti. Es el momento que todo el mundo espera pero llega demasiado pronto. Sí, todos queremos un gol de Zidane en su último partido, pero no en el minuto siete y no de penalti. Demasiado vulgar. El jugador francés parece pensar lo mismo: sin riesgo no hay gloria y una vez que hemos llegado hasta aquí la gloria es lo mínimo a lo que aspirar.
Calmado frente a Buffon, Zidane toma muy poca carrerilla y cuando ve que su excompañero en la Juventus se vence a un lado, decide marcarse un «Panenka» en toda regla. La pelota sale de su pie con ansiolíticos, medio dormida, dispuesta a ir donde le digan… pero un poquito alta. Tan alta que por un momento Zidane se queda mirando cómo golpea en el travesaño, bota y sale fuera de la portería. ¿Es gol? Zidane por si acaso lo celebra, no vaya a ser, pero los italianos protestan con cierta timidez.
No sirve de nada, el balón ha botado un metro dentro y Elizondo señala el centro del campo: 1-0 para Francia.
Ahí debió acabar el partido. Hace poco alguien me comentaba si nunca había escrito sobre el empate y esta es la historia de un empate: a los pocos minutos Materazzi remedió su error en un córner y puso el 1-1. A partir de ahí, ya saben, la eterna segunda parte, el miedo a perder, la sensación de que Francia era mejor pero… y luego el cabezazo, Medina Cantalejo, la imagen de Zidane caminando hacia el vestuario y dejando la Copa del Mundo a un lado, presagio de lo que vendría después. Trezeguet, el que le dio la Eurocopa a Francia en 2000, falló su penalti, el penalti que quizá no le correspondía, e Italia fue campeona del mundo veinticuatro años después gracias a un último lanzamiento de nuestro amigo Grosso.
Zidane nunca pidió perdón y nunca aceptó disculpas. Se retiró, como había prometido, demostrando que podía seguir jugando hasta que se aburrieran todos sus críticos. El problema era que el que estaba aburrido era él. Una vez coincidió con Materazzi en el Bernabéu y se dieron la mano. Un fotógrafo capturó el momento y el italiano lo voceó a los cuatro vientos. Zidane aseguró no saber quién era. «Si fuera un tipo normal, como Kaká o como Figo, le habría dado la mano sin problemas, pero a alguien como él, no», afirmó, como si nada, con la misma parsimonia con la que se destroza un equipo pisando el balón solo un segundo de más.