La leyenda del acorazado del bolsillo Admiral Graf Spee comenzó a forjarse cuando zarpó del puerto de Wilhelmshaven el 21 de agosto de 1939, diez días antes del estallido de la Segunda Guerra y que continuó a lo largo y ancho del océano Atlántico durante dos meses y medio, durante los cuales interceptó, saqueó y hundió nueve buques mercantes enemigos. Ese tipo de navíos no podían escapar del rápido Graf Spee, mientras que los de guerra no podían alcanzarlo. Esto se convirtió en la obsesión del almirantazgo británico.
La mayor velocidad del Graf Spee y la tecnología de su radar, que le permitía detectar los otros barcos antes de que ellos lo hicieran, le daba una ventaja clave. Si quería huir, podía hacerlo sin problemas. Y si quería presentar batalla, era temible. Quizás esa confianza fue la que traicionó al capitán Langsdorff cuando el 13 de diciembre aparecieron en su zona el crucero Exeter y otras dos naves británicas, el Ajax y Achilles, el capitán decidió hacer frente a la batalla.
En un primer momento, la puntería y la potencia de sus cañones alcanzaron al Exeter que fue gravemente dañado en dos andanadas y el Ajax también fue alcanzado. Pero en lugar de huir a mar abierto, Langsdorff se retiró hacia el estuario del Río de la Plata, debido a los daños que recibió su navío. Allí quedó encerrado tratando de reparar los daños.
El principal problema era que los daños estructurales le impedían atravesar el cerco y navegar a través del océano. Entonces decidió atracar en el puerto de Montevideo, pensando que allí encontraría espacio y tiempo para las reparaciones.
Pronto recibió presiones diplomáticas. Tenía que liberar a los prisioneros y tenía un plazo de apenas 72 horas para dejar el puerto o el barco quedaría secuestrado hasta el final del conflicto, lo que permitiría a los aliados conocer los secretos tecnológicos del Graf Spee.
Desde Berlín recibió la orden salir del puerto y entablar combate pero el capitán Langsdorff no quería enviar a la muerte a sus marinos forzando una batalla creía totalmente perdida: la inteligencia británica le hizo creer que estaba rodeado por más unidades de la que había en realidad.
El 17 de diciembre colocó explosivos por todo el barco y al día siguiente, zarpó del puerto hacia aguas internacionales manejado solo por 40 miembros de la tripulación e hizo volar por los aires el acorazado. Se hundió a las 20:55. Desde la costa, miles de uruguayos vieron el espectáculo de las explosiones, el incendio y la desaparición del navío bajo las aguas. Quedó apenas a 11 metros de profundidad.
Tanto el capitán como los demás hombres que dejaron el Graf Spee minutos antes del final fueron recogidos por un vapor argentino y se refugiaron en Buenos Aires. El 20 de diciembre de 1939, el capitán Hans Langsdorff se puso su uniforme de gala y se suicidó de un disparo. Así puso fin a uno de los episodios que marcaron los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial.

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