Hace cinco años, se documentó un rayo gamma que no encajaba con nuestro entendimiento de donde podría provenir. Su duración, 102 segundos, sugería que tendría que haberse originado de la explosión de una supernova. Sin embargo, no existía supernova alguna en esa región, lo que llevó a sus descubridores a afirmar: “estamos frente a un nuevo territorio: no tenemos teorías para guiarnos”.
Pero ahora, cinco años después, se contempla la posibilidad de que hayamos estado frente a un agujero blanco sin darnos cuenta. Parece que en realidad este rayo provenía del nacimiento de un agujero blanco que estaba arrojando materia para luego colapsarse en una fugaz implosión.
Como una poética contraparte a una de las entidades más enigmáticas y poderosas de nuestro universo, los agujeros negros, ahora parece que se confirmará la existencia de los agujeros blancos.
Como es de suponerse, los agujeros blancos son diametralmente opuestos en su comportamiento físico a sus populares “contrincantes”, ya que no permiten el flujo de materia a su interior y están permanentemente escupiendo o rebotando partículas y ondas que merodean su ubicación.
Hasta ahora se creía que los agujeros blancos eran una especie de extravagancia matemática cuya existencia era completamente hipotética. El mayor argumento científico para aludir a su existencia está relacionado directamente con el Principio de Polaridad.
Este Principio nos explica el funcionamiento del Universo Dual con la existencia de dos polos para mantener el equilibrio de las fuerzas, es decir, si existe un “agujero negro” en algún lugar del universo debiera existir un “agujero blanco”.