link: https://www.youtube.com/watch?v=K86B-xturvc primera parte: aqui (VII) Una pieza de relojería Carmine Galante, del clan de los Bonanno, se hacía grande, y muy peligroso. El colmo había sido el tabú que Galante había roto traficando con drogas, actividad que estaba vedada, ancestralmente, a los Hombres Hechos. La Familia aprobó su muerte, y De Meo postuló a su hombre. El golpe se aprobó, y el trabajo fue encargado a Richard. Galante era un Capitán, y tenía su propia banda de matones siempre a su alrededor. De Meo trazó un plan sencillo. Galante solía comer en la terraza interior de una pizzería. Se haría allí, según un plan que propuso De Meo, y que aprobó Richard. Era un plan sencillo, pero muy peligroso, pues implicaba un enfrentamiento abierto, a tiro limpio, con la banda de Galante. Richard comía en el interior del local. Solo, armado. Llevaba ocultas dos pistolas del 357, muy potentes, y un 38 más manejable. Galante y sus esbirros comían en el patio. Como estaba previsto. Se presentaron ruidosamente los locos de De Meo, y los matones de Galante salieron a la puerta, alarmados. Empezó el tiroteo allí. Como estaba previsto. Richard se levantó y sacó las 357. Caminó a lo largo del pasillo que llevaba al patio, y a la puerta se encontró cara a cara con Carmine Galante. Richard disparó con ambas pistolas repetidamente, lanzando a Galante contra un rincón del patio. Richard salió por el callejón trasero. Allí le esperaba De Meo en coche. Le recogió y desaparecieron. -¿Todo bien? -Como un maldito reloj. Delante, las cosas habían ido bien, sin bajas para De Meo. Galante y sus hombres estaban muertos. La popularidad de Richard creció hasta sus máximos históricos, máxime cuando no cobró nada a la familia por el golpe. La noticia, además, dio la vuelta al mundo cuando un fotógrafo obtuvo una vista inmejorable del patio interior, desde una vivienda vecina. Véase que Galante, arriba, conserva su puro en la boca Richard era una pieza de relojería, y sus trabajos siguieron saliendo bien. Richard conoció en aquella época a Robert Pronge, otro asesino a sueldo. Se vieron por primera vez acechando al mismo tipo, un hombre importante realmente inaccesible. Coincidieron dos veces en el hotel del tipo en el espacio de un par de horas, y ambos estaban convencidos de que el otro era un asesino a sueldo. Poco después, se volvieron a encontrar, frente a la casa del tipo. Richard se acercó a un carrito de helados, y se encontró al tipo, de nuevo. Se presentaron el uno al otro, e hicieron buenas migas. Pronge sentía verdadera pasión por el asesinato. Antiguo miembro de Operaciones Especiales, poseía un arsenal de rifles, artefactos explosivos activados a distancia, y todo tipo de herramientas. Ejecutaba sus trabajos mediante un sinfín de procedimientos, y utilizaba todo tipo de artilugios para ello. Lo que encandiló a Richard fue un artilugio que había inventado Pronge: un pequeño aerosol con cianuro mezclado con un compuesto que se absorbe por la piel. El resultado era un spray mortífero al contacto. Richard se mostró tan fascinado, que Pronge le invitó a acompañarle en un trabajo. Ofreció a Richard acabar con la víctima usando el spray. El trabajo salió a las mil maravillas, y Richard incluyó el spray entre sus objetos de culto. Pronge también mataba por diversión, y de vez en cuando salían por ahí para probar sus inventos y sus nuevos juguetes. Richard dijo, ya en la cárcel, que De Meo y Pronge eran las dos personas más peligrosas que había conocido. Después de haber matado a Galante por traficar con droga, De Meo decidió ocupar el lugar vacante, y envió a Richard a cerrar un trato de cocaína con unos hermanos brasileños, en Río de Janeiro. Richard cerró exitosamente el trato, pero nada más volver, De Meo le envió otra vez a Río con el encargo de matar a los hermanos brasileños. Al parecer, se la habían jugado con la droga. Richard, de nuevo en Río, compró una pistola del 38 en los bajos fondos y acechó a los hermanos. Los vio salir de un bar con unos amigos. Se reían, habían bebido. Richard salió del coche, caminó hacia ellos, y mató a los cuatro a tiro limpio. Como un maldito reloj. (VIII) Arena en el engranaje En los últimos setenta y primeros ochenta, empiezan a manifestarse fallos en el mecanismo de relojería que mantiene a Richard alejado de todas las investigaciones policiales. Como él mismo vaticinaba, De Meo no podía durar, un asesino tan sanguinario e impulsivo sólo podía atraer la desgracia. Sin embargo, no toda la culpa era de De Meo. Richard, a pesar de haber en un entrado de paranoia contínua que le hacía variar contínuamente sus rutas, a menudo efectuando giros inesperados y aleatorios mientras conducía, tratando de despistar y desconcertar a cualquiera que le estuviera siguiendo, un día cometió un error de bulto al ocultar un cadáver. Tenía que cobrar a un tipo, Malliband, que siempre se las arreglaba para enternecer a los cobradores. Al final, quedó claro: no quería pagar. Incluso amenazó a Richard. -¿No querrás que le pase algo a tus hijitas, eh, Richard? El cual, sin pensarlo más, le disparó cinco veces. Ocultó su cadáver en un bidón, sin quemarlo. El bidón fue a parar a un pozo, pero la tapa se rompió al caer, y el bidón comenzó a sangrar. Cuando, al poco, el dueño del desgüace descubrió el cadáver, la policía se presentó en la oficina de Richard. No lograron relacionarle con el homicidio, pero había estado a punto. Nunca habían llegado tan cerca. Tiempo después, Phil Solimene debía dinero a su cuñado Percy House, y éste le apretaba las tuercas sacándole información. House trabajaba para Richard como ladron de casas de lujo. Solimene contó lo de Richard y el desdichado Malliband, y otros secretos. Corrió la voz y mucha, mucha gente, estuvo al corriente de aquella muerte en particular. Sí tuvo De Meo mayor incidencia en la siguiente falla en la gestión de riesgos de Kuklinski. Había un tipo, Peter Calabro. Un tipo despiadado, que había tenido tratos de sangre con el propio De Meo. Calabro entró en tiranteces con Gravano, un Capitán de los Gambino, y decretó su muerte. De Meo también decidió la muerte de Calabro, y ofreció A Richard para que hiciera el trabajo, cuya logística proporcionó Gravano. Richard esperó a Calabro con la furgoneta cruzada en la carretera, agazapado tras el capó. Cuando Calabro llegó, redujo la velocidad, y Richard le disparó en la cabeza, a bocajarro, con una escopeta de postas de dos cañones. Calabro murió en el acto. Richard lo dejó allí, los hombres de De Meo se ocuparían del cadáver. Richard no lo sabía aún, porque Gravano, entre toda la información que facilitó a Richard, olvidó incluir un dato fundamental: Calabro era un corrupto. Un policía corrupto. Un policía. El asunto Masgay tampoco resultó muy beneficioso, a largo plazo. Masgay era cliente de Richard y Solimene. No quería pagar una partida de cintas vírgenes. Concertó una cita entre Masgay y Solimene en el almacén de éste, y Richard mató a Masgay de dos tiros en la cabeza. Ocultaron el cuerpo, concienzudamente ésta vez, pero Solimene también se chivó de ésta muerte cuando habló del asunto Malliband a terceros, y el rumor que relacionaba a Kuklinski y varios cadáveres con nombre y apellido salió a la luz. Richard sentía que perdía el control de su seguridad. Demasiada gente estaba al corriente de sus andanzas. Descargaba la rabia que ésto le producía matando a golpes, con sus propias manos y empleándose a fondo, a sus víctimas. Mató de ésta manera a no menos de diez tipos, muertes todas aprobadas por la Familia, usándolos como sacos de boxeo. Matar con sus manos le proporcionaba una poderosa sensación de control. Por aquellos días, el detective Pat Kane investigaba una red de asaltantes especializados en casas de lujo, una banda que llevaba un tal Percy House, cuñado de un tal Phil Solimene, y a las órdenes de un tal Richard, el Grandullón. Y sus pesquisas le llevaron hasta la indiscreción de Solimene. Kane andaba, pues, tras la pista de Percy House y un tal Richard, el Grandullón. Cuando se detuvo a House, éste no quiso hablar. Temía demasiado a Richard. Sin embargo, Kane encontró a una mujer, amante de House, que sí habló. Aquella mujer les dijo el nombre de Richard. Dio detalles de la muerte de uno de los miembros de la banda de asaltantes. Richard los había matado para que no hablaran, y House tenía suerte de estar en la cárcel. Kane encontró uno de los cadáveres, tal y como lo había dicho la mujer. El detective ya tenía nombre, cara y dirección para El Grandullón, su gran x: se llamaba Richard Kuklinski. Kane se dio cuenta de que no estaba ante un caso de robo con asalto, sino ante algo más grande. Su olfato no le engañó. Richard, sin saber exactamente lo que se estaba cociendo, podía también oler a la policía en el ambiente, y cambió de lugar el cadáver de Masgay, pero alguien lo volvió a encontrar por casualidad, y Kane empezó a tirar del hilo: cintas vírgenes, almacén de Solimene, Richard Kuklinski. Richard, por entonces, llevaba negocios de compraventa de armas y drogas por todo el país, y no bajaba el ritmo de cadáveres que dejaba tras de sí. Aquellos primeros 80 fueron muy violentos, las bandas mataban a cualquiera por cualquier motivo, si alguno. Pronge, el heladero de Mister Softee, también empezó a inquietar a Richard. Encargó a Kuklinski la muerte de la señora Pronge, y de su propio hijo. Richard se negó por una cuestión de principios, pero se quedó inquieto por los derroteros que tomaba su amigo. Otro día, Pronge le confió a Richard que le habían encargado la muerte de una familia, y que planeaba matarlos envenenando el embalse que regaba sus tierras. Lo que hubiera matado a varios cientos de personas. Richard ya no se fiaba de Pronge. Un día le hizo una visita sorpresa. Pronge trabajaba en su carrito de Mister Softee. Allí mismo, Richard le disparó cuatro veces por la espalda, con silenciador. Salió de allí y nunca volvió. A Hoffman, el farmacéutico, también lo mató por aquellos días. Richard ya no se fiaba de él. Le convenció de hacer negocios en el garaje de Richard, y allí le disparó en el cuello. El arma se encasquilló para un segundo tiro, y Richard tuvo que pelear con Hoffman a vida o muerte. Acabó empapado de sangre, y tuvo que darle otro golpe letal en la cabeza para rematarlo. Lo selló en un bidón y lo dejó en un descampado, a la vista de cualquiera. Un día, el bidón desapareció, y nunca más nadie preguntó por él. Roy De Meo había caído en desgracia. Era una sombra de lo que fue. La cocaína y la paranoia se lo habían merendado. La última vez que él y Richard se entrevistaron a solas, Roy se puso a contarle sus penas, todos están en contra mía, estoy en el punto de mira. Richard comprendió que Roy de Meo tenía los días contados, y que era cuestión de semanas que alguien lo quitara de enmedio. La única razón por la que Roy no tenía más enemigos era porque mataba a todo el mundo. Sus amigos estaban muertos, o con otros capitanes. Richard supo que nadie haría muchas preguntas si aparecía muerto y que, si lo dejaba escapar, nunca consumaría su vieja venganza. Aquí te pillo, aquí te mato, que se dice coloquialmente. Le disparó en el coche cuatro o cinco veces, a quemarropa, y lo remató a golpes de pistola. Un viejo sueño. Lo metió en el maletero, y ahí dejó Richard a De Meo. Y nadie preguntó por él. Con House entre rejas y Pronge, Hoffman y De Meo muertos, Richard se quedaba sin opciones. Por otro lado, el detective Kane ya estaba tras la pista de Richard, y sólo estaba esperando a que éste cometiera un error. Richard era muy precavido, y por tanto, era muy difícil someterle a un seguimiento. Los policías siempre terminaban por perderle la pista. Pero era una cuestión de tiempo y perseverancia. Kane comprendió que sólo podría llegar a Richard a través de Solimene. Richard, por aquellos días, andaba metido en tráfico de divisas, compraventa de krugerands. Voló algunas veces a Zurich, y una vez, incluso a Nigeria. Su socio en ésto era un tal John Spasudo. Era un negocio lucrativo, y permitía a Richard quitarse de enmedio casi todo el tiempo, lo que ralentizó la investigación de Kane. El tal Spasudo no era santo de la devoción de Richard, que lo tenía por algún tipo de degenerado sexual. El tipo ofrecía sexualmente a su mujer, y también a su amante, lo que incomodaba a Richard. El colmo llegó para Kuklinski cuando Spasudo presentó a Richard a otro tipo, uno que tenía muchos niños pequeños secuestrados en el sótano para disfrute de cualquiera. Incluso le ofrecieron uno a Richard, que declinó fríamente. Cuando Richard vio aquello, supo que mataría al tipo, pero antes tuvo que volver a Zúrich. Spasudo le encargó otro lucrativo viaje a Zurich. Allí mató a un abogado árabe que pedía más dinero. Lo hizo con su spray de cianuro. De vuelta en casa, se pasó por “la guardería” del amigo de Spasudo. Allí estaba el tipo, con dos tipos de feo aspecto. Richard los mató a los tres, y liberó después a los niños. Ésta escena recuerda un poco a Taxi Driver. También sorprendió a Spasudo acostado con una niña, un día al visitarle por sorpresa. Richard sabía que no podía matarle sin más, porque demasiada gente los relacionaría inmediatamente, pero juró matar a su degenerado socio. Además, era su única salida laboral seria. Mientras, iba y venía de Europa (Zurich, Luxemburgo…) primero comprando y vendiendo dinero, llegando más tarde a rechazar incluso una venta de diamantes de contrabando. Sabía moverse por Europa, se las arreglaba bien. Su contacto allí era Remi, un abogado corrupto hasta las trancas, y trabajaban bien juntos. En casa le esperaba otra cara nueva. Un tal Dominick Provanzano, viejo amigo de Phil Solimene. Éste Provanzano era un maleante estrafalario, dandi grasiento, con peluquín falsísimo y bigotillo. Éste Provanzano conseguía cosas raras, pedidos especiales. Phil respondía por él. Provanzano empezó por pasarse por la tienda, el local de Phil, dejándose caer de cuando en cuando, convirtiéndose en parroquia habitual, con el tiempo. Su “gancho” era el propio Phil. Su controlador, Pat Kane. Dominick Provanzano era el alias de Dominick Polifrone, agente infiltrado. Su objetivo prioritario era propiciar la detención de Richard Kuklinski haciéndose pasar por un maleante de bajos vuelos. Y estaba haciendo un trabajo realmente bueno. Richard, por aquella época, ya vivía en la contínua sensación de que en cualquier momento, un grupo de federales le daría el alto saliendo de todas partes. Intuía, además de sospechar, que Solimene no era seguro ya, y aunque mantenían contacto telefónico, Richard dejó de pasarse por la tienda. La imaginaba llena de micrófonos, probablemente. Sabía que todo podía terminar en un segundo, y no se fiaba de nadie. Hasta el novio de su hija Merrick sabía demasiado acerca de sus actividades. Richard barajaba contínuamente si matar al chico, pero como él y Barbara lo apreciaban, nunca llegó a dar el paso. Se podía decir, sin temor a equivocarse, que Richard tenía planes para todos. (IX) EL ÚLTIMO VALS CASTELLANO DEBE MORIR A mitad de los años 80, con De Meo fuera de circulación,Richard, esquivo con la tienda de Solimene, se dedicaba a su negocio de distribución de porno, y a sus viajes a Europa. En una de sus estancias en casa, recibió Richard una llamada de Gravano. Uno de los pocos grandes que conocía bien. Gravano le requería para un trabajo especial. El último gran golpe. Paul Castellano era un gran hombre de la mafia, pero sus costumbres impropias y descuidadas habían llenado de micrófonos ocultos media New York. Paul Castellano debía morir. Un gran golpe, un trabajo importante. La logística la proporcionaba Gravano. El plan estaba ya trazado cuando le llegó el contrato a Richard. Tenía que esperar a Castellano en la calle. Cuando el coche de Castellano se detuviera en el lugar esperado, Richard caminaría hasta el coche y dispararía al conductor, que sería la única compañía de Castellano. Los chicos de Gravano se encargarían de Paul. Richard sólo tenía que matar al conductor. El hombre de hielo sintió lástima por no poder hacer el tiro importante, pero así eran las cosas. El coche de Castellano se detuvo en el lugar correcto. Richard se acercó al conductor y sacó el arma. De la nada salieron los otros hombres de Gravano, que acribillaron a Castellano. El conductor y guardaespaldas no lo vio venir, se quedó pasmado con las manos en el volante. Richard lo abatió a tiros y desapareció. El reloj había marchado una última vez. Richard estuvo en paz consigo mismo, después de un trabajo bien hecho, como en los viejos tiempos. Ni siquiera quiso cobrar. Llegó a casa a tiempo de envolver los regalos de navidad y pasar una tarde feliz con su familia. No hay como Zurich para ajustar un reloj. Paul Castellano muerto en su coche OBSESIÓN Kane, sin embargo, pasó las navidades trabajando. Su vida personal había quedado relegada. Había llegado a obsesionarse con Richard. Era normal, puesto que incluso antes de llegar al apodo Richard el Grandullón, Kane ya intuía que andaba suelta y delante de sus narices una bestia desconocida, y sólo él en todo el planeta habría sido capaz de unir todas las piezas del rompecabezas. Ahora ya le tenía delante, pero Richard no ofrecía grietas por donde agarrarlo. VISITAS NAVIDEÑAS Kane perdió la paciencia y decidió provocar a Richard. Ir a su casa. Molestarle. A ver qué hacía. Ni corto ni perezoso, se plantó, de traje y corbata, y acompañado de otro oficial, una mañana navideña, en casa de Richard Kuklinski. Richard abrió, les recibió con corrección, muy contenido. Kane le soltó a bocajarro todos los nombres de los que podía echar mano. ¿Conoce a Masgay, a Malliband, a Hoffman, a Deppner, a Smith? Richard se hizo el tonto. Kane preguntó por De Meo. Rob le dijo a Kane que veía en sus ojos que no le gustaba. ¿Por qué no le gusto, agente? Lo veo en sus ojos. Los despachó con educación, pero de muy malas pulgas. Y reconoció que había conocido a Roy de Meo. Un error fatal. Pat Kane había logrado su objetivo, pinchar a la bestia, desafiarla. Había dado en el clavo. El punto débil de Richard Kuklinski. Su orgullo. Kane salió de la oficina feliz y puntual, tomó unas copas con sus compañeros antes de irse a casa, sin saber que Richard le estaba siguiendo de cerca. Kuklinski le espió mientras el oficial cenaba con su familia. El Hombre de Hielo había resuelto matar a Patrick Kane. Más visitas. Unos colombianos apretaron las tuercas a Spasudo, el contacto con Zurich. Y Spasudo no tuvo mejor idea que mandarlos a casa de Richard, sin ningún motivo. Llamaron los traficantes a la casa, y Richard no abrió. Podía ver a Spasudo esperando escondido en el coche. Por la noche, Richard visitó a Spasudo, lo agarró del cuello, le pidió explicaciones. Debió de ser todo un ejercicio de autocontrol para Kuklinski el no matarle allí mismo. Pensando en resolver la situación y montárselo en Europa, Richard no mató a Spasudo. Se concentró en Kane. Luego iría a por los colombianos. Pero sabía que no era sencillo. Kane era un policía, y le estaba buscando las cosquillas. Nadie podía relacionarlo con su muerte. Richard resolvió que la mejor opción sería hacerle desaparecer, pero el infarto también era una opción. Se decantó por lo segundo. Pero sus reservas de cianuro se habían terminado. Con Hoffman muerto, su única opción era Solimene. Llamó a Phil Solimene. Polifrone, el agente infiltrado, estaba allí, con Phil. Richard preguntó por Provenzano, finalmente. -¡Hey, Dom! ¡Big Richard pregunta por tí! El agente infiltrado Dominick Polifrone, alias Dominick Provenzano, se puso al teléfono. Richard le dijo que le veía en el Dunkin´Donuts. Polifrone se dirigió hacia allí. Dominick Polifrone sabía que se jugaba la vida en aquella entrevista. Iba armado, y confiaba en sus facultades para engañar a Richard y no tener que usar el arma. En caso contrario, Polifrone era, además de detective privilegiado y actor de primera, un excelente tirador. Polifrone supo engañar a Richard cara a cara. Richard le hizo un pedido, tenía que “acabar con unas ratas”. Provenzano/Polifrone le prometió que le llamaría. El problema para Polifrone llegó cuando la jefatura, ya actuando conjuntamente con la fiscalía del estado, se negó a proporcionarle cianuro. -Dale largas.- Le dijeron. Y tantas largas tuvieron por resultado que Richard planeaba deshacerse de Polifrone, con o sin cianuro. Barbara Kuklinski declaró más tarde que Richard estuvo muy introvertido, más que nunca, después de la visita de los colombianos. Acaso Richard se había dado cuenta de que la barrera entre la vida y su familia había sido quebrada para siempre. Y, por lo demás, Richard se rindió a Polifrone, decidió confiar. Richard sospechaba de él, como de todos los demás. Más, incluso, pues era el más nuevo. Sin embargo, debió de resolver Richard que si no podía confiar en Polifrone, entonces estaba jodido del todo, de modo que no tenía más opción. Pasase lo que pasase, lo iba a matar después para borrar sus huellas, pero decidió confiar en él. Dominick le tiró de la lengua por teléfono y Richard mordió el anzuelo, reconoció saber manejar cianuro para matar personas. Incluso le habló del spray. Polifrone fue un héroe sólo con esa llamada, que quedó grabada. Hubo aplausos en comisaría. Su arriesgado y brillante trabajo obtuvo el reconocimiento de sus compañeros y superiores. ATANDO CABOS Pero Richard se fue a Zurich, a cerrar unos asuntos con Remi. Allí, Remi le informó de que dos tipos querían chantajear al inversor que acogía los negocios de Richard y Remi. Amenazando la gran teta suiza de las divisas. Richard los siguió y los mató a tiros en las afueras. Se deshizo de los cuerpos y volvió a su hotel. De vuelta en New Jersey, Polifrone le habló de un chico judío rico dispuesto a dar mucho dinero por cocaína. Richard y Polifrone convinieron matar al chico, y quedarse con el dinero. Pero Kuklinski tuvo que viajar a Carolina del Sur. Un tipo no quería pagar una deuda de juego. Richard viajó allí y mató al tipo a tiros. Luego, volvió a Zúrich. Su objetivo era conseguir cianuro. No lo logró, pero Remi le distrajo con un cheque muy jugoso que tenía que llegar pronto. Mientras, Kane volvió a pinchar a Kuklinski, visitando su casa en ausencia del cabeza de familia. -Señora Kane, creemos que su marido es un asesino. Richard regresa al instante, y queda otra vez con Polifrone, que le vuelve a tirar de la lengua. Queda grabada en el micro de polifrone la voz de Richard describiendo cómo matar personas usando cianuro. Y poco más tarde, Polifrone vuelve a camelar a Richard, diciéndole que matarían al chico judío usando cianuro. Richard y él lo planearon todo. Richard planeaba, en secreto, matar a ambos, judío y Polifrone, a tiros. Ignoraba que ni el cianuro ni el chico judío existían, y además, Polifrone llevaba otro micro. El 17 de Diciembre de 1986, Richard y su mujer fueron de compras. De vuelta, Barbara tenía jaqueca. Richard se ofreció para llevarla al médico. Salieron en coche, de nuevo. Nada más salir del garage, Richard y su mujer se toparon con el operativo que se había preparado en previsión de que Richard se dirigiera a matar a Polifrone. Barbara fue detenida junto a Richard, que tuvo que ser reducido por varios hombres antes de ser esposado. Kane le leyó sus derechos. Richard, fuera de sí, rugía: ¡Os mataré a todos, cabrones! ¡A todos! La llamada la hizo a Phil Solimene: -Phil, voy para allá a hacerte una visita. Era una llamada de broma, pues Richard estaba esposado y bajo custodia. Pero Phil salió corriendo, despavorido, de la tienda. Se le escaparon Spasudo, los colombianos, Polifrone y, por supuesto, Pat Kane. Y todo el resto de la humanidad. El 23 de Marzo de 2006, 20 años después, murió en la cárcel Richard Kuklinski. Se le atribuyen de cien a ciento cincuenta asesinatos.
Richard Kuklinski - Iceman (+ entrevista) [2]
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