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Creepypastas Parte 2

Paranormal3/23/2013


Un agradecimiento a @Fosfatir por la imagen de bienvenidos

Hola a todos, hoy les traigo unas cuantas creepypastas de la pagina http://creepypastas.com

Solo les quiero pedir disculpas por la falta de imágenes (si las agregaba excedía el limite de caracteres)


En el bus:

Las calles, caminos y polvosos carriles de Colombia han sido territorio fértil para mitos y leyendas incluso antes de la llegada de los españoles. Se habla de cuentos como “La Patasola”, un alma en pena de una pierna que por siempre está en la búsqueda de su hijo, y como “El Duende”, un trasgo con las piernas invertidas que conducía viajeros a su perdición, por siglos perturbando su tranquilidad. Aunque estas historias principalmente inquietaban a aquellos que circulaban o residían en áreas rurales, el crecimiento de las ciudades trajo consigo un florecimiento de leyendas urbanas cimentadas en la desconfianza que todavía albergamos en algún lugar dentro de la tecnología moderna. Un ejemplo de esto es el bus fantasma que presuntuosamente merodea las calles de la ciudad por las noches. Según se relata, mujeres jóvenes que lo abordan desacompañadas son encontradas mutiladas en campos de la periferia unos días después; una irreparable mirada de profundo terror ilustrando el momento de su último, atormentado aliento.

….Con eso dicho, dado a que ciertamente no eres una jovenzuela —al menos no la última vez que revisaste— y son las cuatro treinta en un martes por la tarde, buses fantasmas y duendes minusválidos son la última cosa en tu mente. Has estado usando el sistema de transporte público de Bogotá por más de dos décadas, y tu mayor preocupación es que los niveles de tráfico han estado todo excepto manejables desde que el último alcalde tomó el cargo. Sin embargo, tu casa está a ochenta bloques de distancia, así que tu única opción es esperar hasta que el bus correcto llegue. Caminar seguramente llevaría más que lidiar con algún embotellamiento.

….Cuando el bus mostrando la señal de ruta que esperabas se asoma, su tarifa es doscientos pesos más baja que la cobrada estos días. Indicio que el vehículo en cuestión es más antiguo y un poco menos confortable que la mayoría, pero a ningún conductor de buses en la historia le ha importado un comino eso. Ciudadanos que se consideran más ricos y “por sobre” este medio de transporte pagan siete veces más por ser paseados en un taxi, estadísticamente exponiéndose a mayores probabilidades de ser asaltados. Más poder para ellos, ¿eh?

….Nunca uno que deja ir la oportunidad de conseguir más descuento, le preguntas al conductor si te llevaría sólo por mil. Los ojos del hombre ni se apartan del camino en lo que toma tu billete y lo desliza en el monedero colgando de la palanca de cambios. Satisfecho, diriges tu atención a la cabina; lo que haría este viaje ideal sería un asiento desocupado.

….Curiosamente no hay suficientes pasajeros como para que alguien tuviera que ir de pie. Unos cuantos asientos disponibles a la vista, así que escoges uno en la izquierda, por el centro del bus. Tanto el asiento del pasillo como el de la ventana están libres, y suspiras agradecido en lo que te recuestas sobre uno con tu pierna descansando en el otro. Este viaje no debería llevar mucho.

….La radio del conductor está apagada y la batería de tu celular murió hace una hora; sin nada más que hacer pasas el rato viendo por la ventana, observando vendedores ofrecer su mercancía y conductores moviendo su cabeza al ritmo de cual fuera la música que escuchan. La posición que tomaste rápidamente comienza a volverse incómoda para tu espalda, entonces te enderezas y te das un momento para examinar a tus compañeros de viaje. Ninguno de ellos parecen estar viajando juntos, dado que todos están en silencio mirando al frente del bus. Son también inusualmente viejos —no en el sentido que tienen más de cien, pero en que ninguno parece tener menos de sesenta y cinco—. Encuentras esto un poco extraño, y por un momento la idea de que no perteneces ahí se dispara en tu mente. Es un pensamiento tonto, pero combinado con el particularmente fuerte —aunque no necesariamente atípico— olor a moho y metal te hace esperar impaciente el final del viaje. Como restan todavía otros treinta o cuarenta bloques, vuelves a mirar por la ventana y dejas que tu mente fluya por un tiempo.

….El anuncio de la Pastelería de Pacho te saca de tu ensueño veinte minutos después. Te levantas y haces tu camino a la salida posterior, donde buscas por el pequeño botón plateado que le hará al conductor saber que has llegado a tu parada. Cuando lo encuentras bajo la puerta, notas que nadie ha abordado ni salido del transporte desde que te subiste. Dejándolo a un lado como otra extraña coincidencia, presionas el botón y te agarras de la

….Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

….Qué… ¿qué acaba de pasar? Miras alrededor y distingues que todos están sentados como hace un segundo. Tratar de hacer contacto visual con ellos es inútil, parecen estar perdidos divagando en lo que sea que sus viejas mentes divaguen. La necesidad de decir algo te llega, pero escoges permanecer silente. ¿Qué dirías, de todas formas? Estabas probablemente tan sumido en tus pensamientos que simplemente imaginaste haberte levantado a sonar la campana del conductor. Sí, más seguro fue eso. Además, estás dos bloques por sobre tu parada, debes bajar del bus. Te levantas —una vez más— y te diriges a la salida trasera, algo intranquilo por el estoico desinterés de los otros pasajeros por lo que ocurre a su rededor.

….Ahí está el botón, justo donde recuerdas que estaba. Excepto que no puedes recordarlo, por supuesto, pues nunca has estado realmente aquí atrás; quizá le viste de reojo cuando entraste al bus. Tras agarrar el pasamanos —estos conductores ocasionalmente paran al mero instante que suena la campana—, pones tu pulgar en el botón

….Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

….Un frío desgarrador recorre tu espalda, que no decae, y en su lugar se esparce a través de cada una de tus extremidades. No es un cambio de temperatura en tu cuerpo o el ambiente, es el escalofrío que sientes cuando de pronto eres consumido por ese miedo que ligeramente precede al terror. No sabes exactamente qué ocurre, pero te quieres ir, ya no quieres seguir ahí ni un momento más. Un sentimiento de amarga soledad ahora está royendo tu mente; lo que sea que estas persona a tu alrededor piensan, claramente no les interesa en lo absoluto lo que está pasando contigo.

….Por lo tanto, una vez más decides guardar silencio y sólo levantarte de tu asiento, obviando el hecho de que lo hiciste con menor agilidad de la que normalmente lo hubieras hecho. Lo único que pretendes en este momento es salir del bus. Además, ya ha avanzado más de diez bloques pasada tu calle, una desagradablemente larga distancia para caminar.

….En lo que reanudas tu trayecto hacia la parte trasera, una anciana mujer en las últimas filas voltea hacia ti. Su expresión no te dice nada, pero la manera en que te mira —en tu torso, para ser precisos—, como si fueras sólo otra parte del vehículo llevan más allá la casi abrumadora sensación de terror ahora corriendo a través de tus venas. La ignoras, no puedes entrar en pánico, no ahora. Te paras en la parte trasera del bus y en lugar de ir por el botón, le gritas al conductor. Le dices que pare, que te deje ir, que ya has sonado la campana dos veces, pero nada viene de él. Le maldices, le dices de qué morirá y deseas terribles males que caigan sobre su ser, pero la puerta continúa asegurada. El hombre no está escuchando. O no le importa. O no quiere que te bajes. Pero a ti no te interesa lo que él quiere o no, así que te agarras del pasamanos, das un paso atrás que te da impulso, y tiras una sólida patada directo a la columna de bisagras que

….Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

….Te toma un momento darte cuenta de la situación. Quizá más que un momento, un minuto completo. Y en lo que comprendes la poca intensión del bus de permitirte bajar de él, también te das cuenta que tu rodilla derecha duele con una innatural y punzante tensión. Es la misma pierna que usaste contra la puerta, y ahora se siente que está al borde de estar rota. Aunque esto rápidamente se vuelve una preocupación distante cuando estimulas el músculo con un masaje, porque ahí es cuando te das cuenta de tus manos.

….Éstas no son manos para alguien de 30 años. Son arrugadas, marcadas por bien definidas venas e incluso pigmentadas por paños de la edad. Mientras le das más de un vistazo a tus manos y brazos, incontenible horror envuelve cada rincón de tu psique. Tocas tu rostro y percibes una rugosidad que no debería tener lugar en tus mejillas. Tu cabeza está cubierta por unas cuantas hebras de cabello anémico; con la yema de tu dedo reposando sobre tu áspero cuero cabelludo, una chispa de electricidad brota a través de él y va hacia dentro, hasta las profundidades más íntimas de tu ser. Tus ojos se despojan de todo brillo, completamente abiertos e incrédulos. Debes abandonar este bus maligno, debes irte de una vez antes de que finalice lo que ha comenzado.

….Cuidadosamente haces tu camino fuera del asiento y te diriges al frente, hacia el conductor. Quizá puedas razonar con él, o quizá puedas azotarlo a muerte con una linterna o algo, como siempre hay una variedad de utensilios y aparatos en el frente de l

….Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

….Te toma unos buenos cinco o diez minutos asimilar lo que está pasando contigo, entender que tu vida está yéndose frente a tus ojos. Tus manos son ahora como esas de tu abuela, tu espalda molesta desde su base, y todo el recorrido hasta tu cuello; tus ojos apenas pueden concentrarse en las enormes señales estampadas sobre las ventanas. Tu mente denota carecer también de su previa agudeza, te lleva un tanto decidirte por efectuar otro atentado para salir del bus.

….Quizá la violencia no es la respuesta, quizá puedas abrir la puerta con gentileza. Quizá si consideras al bus como algo viviente, un gentil ser viviente en vez de un ente demoniaca, te dejará salir, quizá…

….La anciana te está viendo de nuevo. Adviertes su chaqueta azul, que es demasiado grande para ella; si vistiera con una blusa de la misma talla, colgaría libre fuera de su delgada contextura. Una fina, vacilante lágrima se forma en su rostro, y se desliza serpenteante por sus delicadas fracciones para acabar en su muñeca con un deje melancólico. Hay un reloj Totto verde alrededor de esa muñeca, de la clase que actualmente es la onda entre los niños de la secundaria.

….Examinas la puerta. Dos paneles unidos por una línea vertical de bisagras, recubierta desde la derecha por una almohadilla de caucho para evitar lesiones al maniobrarla. La puerta está ligeramente hundida hacia el interior, y notarlo se proyecta en ti con un último despojo de esperanza. Si sólo pudieras introducir

….Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

….¡Qué carajos! ¡¿Qué carajos está pasando?! ¡Mis manos, son viejas, son las de un bendito anciano!, ¡todo mi cuerpo lo es!

….El señor detrás de ti se pone en pie, te vuelves a él y le gritas; le tomas de su rostro y aplicas presión con tu mano, y le gritas, que te diga cómo bajar; de su boca intenta salir un murmullo escoltado por hilos de sangre tejidos por su roída dentadura…

….Por Dios, sus dientes…; mis dientes, son diminutos, polvo casi, ¡¿qué carajos, cuánto tiempo he estado aquí?! A la mierda, voy a romper la ventana con mi codo y me vale que me lo fracture; no quiero morir aquí, no

….Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

….Tras un considerable periodo de tiempo, te enfocas insistente en tus manos. Son las repulsivas, artríticas, teñidas en sangre garras de una vieja bruja que ha visto más que la porción de horrores de su generación.

….¿Vieja bruja? Esa no es la expresión correcta. Tu rodilla todavía duele, pero no tanto como tu codo. Se siente roto… Ah, sí. El bus. Te debes bajar del bus. Sabes que te debes de bajar de él ya. No recuerdas exactamente por qué, pero es imprescindible que lo hagas. Es urgente. Era urgente. Estás tan cansado.

….Tratas de sacar tu cuerpo del asiento pero tu rodilla se tambalea bajo el peso; y caes. Debes bajarte del bus. Recuerdas estos buses, solían llevarte al trabajo. Te recuestas. Intentarás bajar del bus, en un momento. Necesitas descansar. El bus puede esperar.

….Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

….Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.




Psicosis:

Domingo.

No estoy seguro de por qué estoy escribiendo esto en papel y no en mi computadora. No es que no confíe en mi computadora… sólo… Necesito organizar mis ideas. Poner todos los detalles en un lugar objetivo, un lugar donde sepa que lo que escribo no puede ser borrado o… cambiado… no que haya pasado. Es mi memoria, enturbia las cosas, las reensambla.

Estoy comenzando a sentirme agobiado en este diminuto apartamento. Quizá ese es el problema. Sí, tenía que ir y escoger el más barato apartamento, el único en todo el sótano. La falta de ventanas hace que el día y la noche parezcan la misma cosa. No he salido en unos días porque he estado sumergido en este proyecto de programación, supongo que quería acabarlo de una buena vez. Horas de estar sentado delante de un monitor puede hacer que cualquiera se sienta extraño, lo sé, pero no creo que sea por eso.

No estoy seguro de cuándo comencé a sentir que algo andaba raro. Ni tan siquiera puedo definir qué es. Probablemente porque no he hablado con nadie en un tiempo. Eso es lo primero que me inquietó. Todos con los que normalmente hablo por msn mientras programo han estado ausentes, o simplemente desconectados. Mis mensajes no fueron respondidos. El último correo que recibí fue de un amigo diciéndome que charlaría conmigo cuando volviera de la tienda, y eso fue ayer. Le llamaría con mi celular, pero aquí la señal es terrible. Sí, eso es. Sólo necesito llamar a alguien. Voy a salir.



Bueno, eso no se dio tan bien. Mientras la sensación de temor se desvanece, me siento un poco ridículo por haber estado asustado en absoluto. Me miré en el espejo antes de salir, pero no me afeité la barba de dos días que he crecido. Después de todo saldría tan sólo para hacer una corta llamada. Aunque sí me cambié de camisa, pues era hora de almorzar, y supuse que me encontraría al menos con una persona que conociera. O al menos eso era lo que quería, ojalá lo hubiera hecho.

Cuando salía, ligeramente abrí la puerta de mi apartamento. Una sensación de ahogo ya de alguna forma se había evacuado de mi cuerpo, por una razón desconocida. Se lo atribuí a no haber hablado con nadie más que yo por uno o dos días. Me asomé en el deslucido corredor, tan deslucido como el corredor de un sótano puede ser. Apenas iluminado por un trío de lámparas de neón que no dejan de chasquear, encendiéndose y apagándose en una agonía que al parecer durará mucho tiempo todavía. En un extremo, la gran puerta metálica que lleva a la sala principal del edificio. Estaba cerrada, por supuesto. Dos oxidadas máquinas expendedoras a su lado; compré un refresco de una de ellas mi primer día aquí, pero tenía pasada la fecha de caducidad desde hace dos años. Estoy bastante seguro que nadie más en el edificio sabe que estas máquinas están aquí abajo, que mi tacaña casera simplemente no le interesa re abastecer.

Deslicé mi puerta con suavidad, y seguí el camino procurando no hacer sonido alguno. No tengo idea de por qué decidí hacer eso, pero era divertido rendirse al absurdo impulso de no perturbar el letárgico zumbido de las máquinas expendedoras, camuflarse con el rumor general del pasillo. Llegué al primer descanso de escaleras y subí hasta la puerta principal del edificio. Miré por la cuadrada ventanilla de la puerta, y para mi gran sorpresa, definitivamente no era hora de almuerzo. La penumbra de la noche envolvía las calles de la ciudad, y las luces de los automóviles que daban vuelta en la intersección iluminaban a la distancia como faroles. Nubes púrpuras y negras por el brillo de la ciudad colgaban inmóviles del firmamento. Nada se movía excepto por los pocos abedules de la acera meneados por el viento. Recuerdo temblar aunque no tenía frío. Quizá fue por el viento de afuera. Podía vagamente oírlo a través de la puerta, y sabía que era esa particular clase de viento de media noche, ese que es constante, frío y callado, salvo por la dulce melodía que sonaba cuando se abría paso entre las incontables hojas de los árboles.

Decidí no salir.

En su lugar, levanté mi celular a la altura de la ventanilla, y revisé el medidor de señal. Las barritas llenaron el medidor, y sonreí. Tiempo de escuchar la voz de alguien más, recuerdo que pensé, aliviado. Era algo tan extraño, el tenerle miedo a nada. Negué con mi cabeza riéndome de mi mismo en silencio. Marqué el número de mi mejor amiga Amanda y acerqué el teléfono a mi oreja. Sonó una vez… y entonces paró. Nada pasó. Escuché el silencio por unos buenos veinte segundos, y colgaron. Fruncí el seño y miré al medidor de señal; todavía lleno. Estaba marcando su número de nuevo cuando el teléfono sonó en mi mano, asustándome. Lo pasé a mi oreja.

“¿Bueno?”, pregunté, reteniendo el ligero shock de oír hablar la primera voz en días, aún si se tratase de la mía. Estaba tan acostumbrado a los regulares sonidos del edificio, de mi computador y el de las máquinas expendedoras en el corredor. No hubo ninguna respuesta a mi saludo en un principio, pero luego, una voz se escuchó.

¿Qué hay?”, dijo claramente la voz de un joven, al otro lado de la línea. “¿Quién habla?”

“Juan”, le respondí, confundido.

“Ah, perdón, número equivocado”, contestó, y colgó.

Bajé el celular lentamente y recargué mi cuerpo contra la pared. Eso fue extraño. Revisé en mi registro de llamadas, el número era desconocido. Antes de que pudiera meditar sobre ello, el celular sonó de nuevo, asombrándome una vez más. Está vez miré el número antes de contestar. También era desconocido. Coloqué el aparato junto a mi oído, pero permanecí en silencio. Todo lo que escuché fue el usual sonido de fondo de un celular. Entonces, una voz familiar acabó con mi tensión.

“¿Juan?”, fue la única palabra, por la voz de Amanda.

Suspiré aliviado.

“Hey, eres tú”, contesté.

“¿Quién más iba a…? Ah, el número. Estoy en una fiesta en la Séptima Avenida, y mi teléfono murió justo cuando me llamaste. Éste es el teléfono de alguien más, naturalmente”.

“Ah, bueno”, le dije.

“¿Dónde estás?”, preguntó.

Paseé los ojos por lo muros y su pintura descarapelada, la puerta que tenía frente, con su pequeña ventilla.

“En mi departamento”, suspiré. “Sólo me sentía un poco encerrado. No sabía que era tan tarde”.

“Deberías venir aquí”, me dijo, riendo.

“Nah, no estoy de humor para ir a caminar solo a estas horas”, dije, mirando por la ventanilla a la silente y airosa calle que secretamente me causaba un poco de temor. “Creo que mejor voy a seguir trabajando o me iré a dormir”.

“¡Tonterías!”, contestó. “¡Puedo ir a traerte! ¿Tu departamento queda cerca de aquí, cierto?”

“¿Que tan borracha estás?”, le pregunté divertido. “Tú sabes dónde vivo”.

“Ah, claro. ¿Supongo que puedo llegar allí caminando, no?”

“Puedes si quieres desperdiciar media hora”.

“Cierto”, contestó. “Bueno, me tengo que ir, ¡suerte con tu trabajo!”

Bajé el teléfono de nuevo, viendo a los números parpadear en la pantalla mientras la llamada finalizaba. El inquieto zumbido de las máquinas se reprodujo en mis oídos. Las dos llamadas extrañas y la vista a esa tétrica calle terminaron por encarrilarme de nuevo a mi soledad en esta vacía sala. Tal vez por haber visto tantas películas de terror, tuve la súbita idea de que algo inexplicable podría asomarse por la ventanilla de la puerta y verme, alguna clase de horrible entidad que se pasa orbitando en el borde de la soledad, esperando el momento para arrastrarse hasta algún ser humano que se ha alejado demasiado de los de su clase. Sabía que el miedo era irracional, pero no había nadie cerca, así que… bajé las escaleras, corriendo por el pasillo hasta mi cuarto, cerrando la puerta tras mío lo más velozmente que pude, procurando mantener el silencio. Como dije, me siento un poco ridículo por haber estado asustado de nada, y el temor ya se ha desvanecido. Escribir esto me ayuda mucho, me hace darme cuenta de que nada anda mal. Filtra mis pensamientos incompletos y miedos, dejando sólo hechos concretos y objetivos. Es tarde, recibí una llamada de un número equivocado, y al teléfono de Amanda se le agotó la carga, así que llamó de vuelta con otro teléfono. Nada extraño está pasando.

Aun así, hubo algo inusual en esa conversación. Sé que pudo haber sido por el alcohol que había tomado… ¿O fue ella a quién sentí extraña? O fue… sí, ¡eso es! No me di cuenta hasta ahora, hasta escribirlo. Sabía que hacer esto ayudaría. Ella dijo que estaba en una fiesta, ¡pero lo único que escuché en el fondo fue silencio! Claro, eso no significa nada en particular, pues ella pudo haber ido afuera a tomar la llamada. No… eso tampoco pudo ser. ¡No escuché el rumor del viento! ¡Necesito ir a ver si el viento está soplando!

Lunes.

Olvidé terminar de escribir anoche. No sé qué esperaba ver cuando crucé por el pasillo y asomé el rostro por la ventanilla. Me siento ridículo. El miedo de anoche me parece vago e irrazonable ahora. No puedo esperar para salir y ver la luz del día. Voy a revisar mi correo, afeitarme, darme un baño, ¡y finalmente salir de aquí! Un momento… Creo que escuché algo.



Era un trueno. Todo eso sobre la luz del día y el aire fresco no pasó. Subí por el camino de escaleras, sólo para encontrar decepción. El cristal en la puerta principal era sacudido por la corriente de lluvia torrencial que se desataba afuera. Sólo una muy gris, débil luz se filtraba desde las nubes en lo alto y llegaba hasta aquí; pero al menos sabía que era de día, incluso si era un decaído y húmedo día. Intenté quedarme a esperar que un relámpago iluminase la escena, pero la lluvia era muy fuerte y no pude visualizar nada más que indistinguibles siluetas paseándose por extraños ángulos de la corriente bañando la ventanilla. Decepcionado, me di la vuelta, pero no quería volver a mi cuarto. En su lugar, deambulé por las escaleras, al primer piso, al segundo. Terminé en el tercer piso, el más alto del edifico. Miré a través del vidrio que había a un lado de las escaleras, en la pared que conectaba a las habitaciones; pero era de esos gruesos y distorsionados que bloquean la luz. No que hubiera mucho que ver en la lluvia después de todo.

Me paseé por el alfombrado pasillo del piso. Las diez o tantas puertas de madera, pintadas de azul hace mucho tiempo, estaban todas cerradas. Escuché atentamente mientras caminaba, pero era medio día, así que no me sorprendió no oír nada más que el sonido de la lluvia afuera. En lo que permanecí allí parado, en ese turbio lugar, tuve la extraña y fugaz impresión que las puertas estaban cimentadas como silenciosos monolitos de granito esculpidos por una antigua y olvidada civilización para un insondable propósito de guardián. Cayó un relámpago que iluminó el pasillo, y pude haber jurado que, sólo por un momento, las viejas y roídas puertas azules se vieron justo con ásperas rocas. Me reí de mi mismo por dejar que mi imaginación me jugara así, pero entonces se me ocurrió que el resplandor de ese rayo debe significar que hay ventanas cerca. Una distante memoria me llegó, y de inmediato recordé que el tercer piso tiene una alcoba con una puerta corrediza de cristal a la vuelta de donde estoy.

Emocionado por mirar la ciudad desde arriba, en medio de la lluvia e incluso quizá, ver a otra persona, caminé velozmente a la alcoba, encontrando la larga y delgada puerta corrediza. Era bañada como la ventanilla de la puerta principal. Extendí mi mano a la manilla para hacerlo, pero dudé. Tenía la más extraña sensación de que si la abría, vería algo completamente terrible del otro lado. Todo ha estado tan raro últimamente… Así que ingenié un plan, y volví aquí para llevar lo que necesitaba. No pienso realmente que lograré algo con ello, pero estoy aburrido, llueve, y me estoy volviendo loco de remate. Regresé a traer mi cámara web. De ninguna forma el cable alcanzaría llegar hasta el tercer piso, por lo que, en su lugar, voy a ocultarla entre las dos máquinas expendedoras en el oscuro extremo del sótano, pasar el cable por debajo de mi puerta, y poner cinta de aislar sobre él para camuflarlo en la tira de plástico que se corre por la base de las paredes del corredor. Sé que es tonto, pero no tengo nada mejor que hacer…

Bueno, nada pasó. Dejé abierta la puerta de mi apartamento, me llené de coraje, fui hasta la puerta metálica, la abrí y corrí como alma que lleva el diablo de nuevo a mi cuarto y azoté la puerta. Miré por la cámara web de mi computadora atento, viendo en la transmisión el pasillo afuera de aquí y una parte de las escaleras. Sigo observando en este momento, y no aparece nada interesante. Desearía que el ángulo de la cámara fuera distinto, que pudiera ver al menos una parte de mi puerta. ¡Hey! ¡Alguien se conectó!



Usé un más antiguo modelo de cámara que tenía en mi closet para chatear con mi amigo. No supe cómo explicarle por qué quería que fuera una vídeo-llamada, pero se sintió bien ver la cara de otra persona. No pudo hablar por mucho tiempo, y no hablamos de nada importante, pero me siento mucho mejor. Mi absurdo miedo ya casi ha pasado. Ya lo habría dejado a un lado, sino fuera por lo… extraño que transcurrió la conversación. Sé que he dicho que todo me ha parecido extraño, pero… sus respuestas fueron tan vagas. No puedo recordar ni una cosa específica que me haya dicho… ningún nombre, lugar o evento en particular… Pero si me pidió mi dirección de correo, para mantenerse en contacto. Un momento, me llegó un correo.

Estoy a punto de salir. Recibí un correo de Amanda para pedirme que nos reuniéramos en “el lugar donde siempre vamos”. Me encanta la pizza, y he estado comiendo de las sobras que había en lo que una vez fue una alacena decorosa; así que no puedo esperar. De nuevo, me siento ridículo por estos últimos días. Debería quemar este diario cuando regrese.

Otro correo.



Oh por Dios. Casi ignoro el correo y abro la puerta. Por poco y abro la puerta. Por poco y abro la puerto, pero leí el correo primero. Era de un amigo que tengo un buen tiempo sin ver, y fue enviado a muchísimos correos que deben ser cada contacto que tiene guardado. Carecía de título, y decía, simplemente:

“ve con tus propios ojos no confíes en él”

¿Qué demonios puede significar eso? No me lo puedo sacar de la cabeza. ¿Es un mensaje enviado para advertir que algo ocurrió? ¡La frase claramente se mandó sin completar! En cualquier otro día hubiera tomado esto como spam, pero las palabras “ve con tus propios ojos”, no puedo evitar sino releer este diario y repasar estos últimos días, y caer en cuenta de que no he visto a ninguna persona con mis propios ojos o hablado con alguien cara a cara. La conversación en línea con mi amigo fue tan extraña, tan vaga, tan… misteriosa, ahora que lo pienso. ¿En serio fue misteriosa? ¿O es el miedo que está nublando mi memoria? Mi mente juega con los eventos que he organizado aquí, señalando que no ha habido ni un tan solo dato que haya dado sin sospechar. El “número equivocado” que obtuvo mi nombre y la subsecuente llamada de Amanda, el amigo que pidió mi dirección de correo… Yo le saludé primero cuando vi que estaba conectado. Y luego recibí un correo apenas terminó la conversación, ¡oh por Dios! ¡La llamada con Amanda! ¡Le dije por el teléfono, le dije que estaba a media hora de la Séptima Avenida! ¡Ellos saben que estoy cerca de allí! ¡¿Qué si están tratando de encontrarme?! ¿Dónde está todo el mundo? ¡¿Por qué no he visto o escuchado de nadie en días?!

No, no, esto está mal. Es de locos. Necesito calmarme.



Despertando:

Desperté.

Está brillante aquí. Demasiado brillante. ¿Qué es este lugar?, ¿un hospital?, ¿una prisión? Tiene 4 paredes, un rígido catre y un respiradero. ¿No hay una puerta?

Piensa… ¿Qué pasó? Algo pasó, ¿dónde estaba anoche?, ¿dónde quedé dormido? Maldición… no puedo pensar. No puedo pensar en nada. ¿Es esto alguna clase de experimento? No puedo pensar. ¡No puedo tan siquiera recordar mi maldito nombre!

Mira a tu alrededor, tarado. Paredes sólidas; encerrado en una habitación. Estoy en un psiquiátrico. ¡Eso es! ¡Soy un desquiciado! O lo era, al menos. Estoy en paz con ello ahora. ¿Estoy curado? ¿Me puedo ir?

Me levanto. Me reviso; estoy desnudo. Aunque bastante limpio, como el resto del cuarto. Todo cuanto me rodea es blanco y pulcro. Está demasiado brillante aquí.

—¿Hola?… ¿Hay alguien aquí?… ¡Necesito ayuda! —grito. No hay respuesta—. ¡Alguien, por favor, ayuda!

Camino alrededor palpando las paredes. ¿Dónde está la puerta? Tiene que haber una. ¿Qué demonios? ¡Tiene que haber una puerta!

No la hay, simples paredes. Miro bajo el catre en busca de algo, lo que fuese. Nada, tampoco.

¿Sí estoy en un psiquiátrico? Esto parece tan irreal. ¿Por qué no puedo recordar mi nombre?

—Hey, al fin te levantaste. —Escucho la voz de un hombre venir por el respiradero. Corro hacia él emocionado.

—¡Sí! ¿Qué está pasando? ¿Quién eres? —le grito entusiasmado.

—¿No recuerdas nada, cierto? —me pregunta.

—No. No recuerdo nada antes de despertarme, hace un momento.

—No te preocupes —dijo con un tono divertido en su voz—, creo que te irá bien.

¿Me irá bien?

—Por favor —ruego—, ¿qué está sucediendo?

Sólo escucho silencio.

—¡Dime! —grito. Se hace eco por el respiradero, y nunca llega una respuesta.

Horas pasan.

Se me ha dejado a solas con mis pensamientos. Intento llegar a los rincones de mi mente, descubrir quién rayos soy. Esto es todo tan ajeno para mí.

Camino por las paredes, sintiendo cada centímetro, buscando una salida. Tiene que haber algo. ¡No es como si este lugar se construyera a mi alrededor! ¿Por qué no puedo encontrar nada? Grito por ayuda hasta que mi garganta se seca. Si alguien está escuchando, si ese hombre sigue allí afuera, no va a responder.

Exhausto, me recuesto.

Al despertar encuentro comida. Una bandeja con pan, arroz y un filete puestos al otro extremo del cuarto. Hay un vaso con agua junto. Estoy muy hambriento; sin vacilar, camino para comer el platillo. Está delicioso. Cuando me lo acabo, recobro conciencia de dónde estoy.

Me muevo hacia el respiradero y grito. —¿Hola?

—¡Hola! —Escucho de vuelta, en un tono alegre.

—¿Quién eres? —pregunto.

—¿Disfrutaste tu comida? —me da de respuesta.

—¡¿Dónde estoy?! ¡Déjame salir!

—Saldrás pronto. ¡Tenemos que asegurarnos de que estés saludable!

¿Qué? ¿En serio soy un jodido experimento? Estoy suficientemente saludable. Quiero respuestas. Quiero saber dónde estoy.

—¡Déjame salir ahora, desgraciado!

La voz se fue de nuevo. Por más que le grito no me responde, estoy solo.

Repaso mi rutina de buscar por una salida, y claro, no la encuentro. Siento que necesito usar el baño, pero no hay nada parecido aquí. Tengo demasiada dignidad como para hacerlo en una esquina. No dejaré que me vean hacer eso.

Eventualmente me recuesto y lloro. Grito y grito y lloro hasta estar completamente agotado. No tardo en quedar dormido de nuevo.

Algo extraño pasa entonces, sueño.

En mi mente estoy volando. Veo tres árboles, ríos; todo iluminado por rayos de sol. Puedo sentir una incómoda sensación en mi estómago y boca. Me duelen un poco. Despierto de nuevo en la prisión. Todavía siento un poco de dolor en mi estómago. Lo sobo con mi mano y palpo algo rugoso. Cuando miro abajo, veo una protuberante cicatriz allí. La misma cosa está en mi mejía. Estoy asustado, pero más que todo, enojado. Están jugando conmigo. Esperan a que me duerma y comienzan con sus malditos juegos. Miro a las paredes y grito. Quiero salir de esto.

—¿Estás bien? —Escucho esa familiar voz de nuevo.

—¡Me heriste desgraciado!, ¡me abriste! ¡¿Qué demonios me hiciste?! —Golpeo el respiradero tan fuerte como puedo. Lo voy a romper. Voy a hacer a golpes mi camino hasta ese hombre y obligarlo a que me de respuestas. Lo golpeo y golpeo una y otra vez. Mi mano duele demasiado. Creo que la rompí. No me importa. Continúo golpeando y gritando.

—Por favor, cálmate. Siento haberte hecho daño. Lo haré todo mejor pronto. ¿Te sientes sólo?

Me rehúso a contestar. Lo ignoro, justo como él me ignora a mí. Al diablo con él. No parece importarle si respondo o no. No le importo. A nadie, de hecho. Soy un animal, un jodido experimento.

—Por favor, no te preocupes. Las cosas mejorarán, ¡lo prometo! —Y con eso se fue.

Me siento en mi rígida y pequeña cama, viendo a mi mano. No puedo mover mis dedos sin que un punzante dolor asalte mi brazo. Es ahora que me doy cuenta de cuán jodido está esto. ¿Qué me hice? Ese respiradero no se va a mover ni romper, sin importar lo que haga. Nada se va a mover o romper. Estoy atascado. Eso es todo lo que hay. Estoy atascado y no me iré a ningún lado.

Mi mente divaga, y el tiempo pasa.

Despierto. Me han dejado más comida. La voz habla de vez en cuando, diciéndome tonterías encriptadas que ni me importa tratar de entender. Luego duermo. Sueño a veces, no siempre. Algunos son pesadillas. Que las paredes se achican y achican hasta que no queda más espacio para mí y soy aplastado. Mis huesos se quiebran y mis pulmones colapsan. Estoy aterrado. Quiero salir.

Me despierto de nuevo para ser abordado por más dolor en mi cuerpo. Hay una nueva cicatriz en mi pecho a lo largo de mi costilla, y otra en mi cabeza. Éstas se ven un poco más grandes que las usuales, y también duelen más. Pero esto no es, en lo absoluto, lo más inusual del día.

Miro a lo largo de la habitación y no puedo creer lo que veo. Hay una mujer aquí. Una mujer, de unos 17, recostada en el suelo, completamente desnuda. Es hermosa. Estoy lleno de alegría. No sé qué tienen en mente, pero no me importa. ¡Hay otra persona aquí! Alguien a quien puedo tocar, ¡y mirar! Alguien que sé que es real. Que quizá pueda ayudarme a salir de aquí.

Me levanto y camino hacia ella. Toco su hombro y comienzo a hablarle.

—Hey, ¿hola?… Despierta. —Sus ojos parpadean y dirige su mirada a mí. Está asustada. No sé por lo que ha pasado, pero no comparte mi entusiasmo por estar con otro ser humano. Grita y se arrincona en el extremo de la habitación. Intento calmarla, en vano.

—¡Por favor, no! ¡No voy a lastimarte! —digo lo más sosegado que puedo—. ¡Estoy de tu lado! Por favor, cálmate. Confía en mí —Ella sólo queda encogida en el rincón—. Escucha, he estado aquí por tanto tiempo. ¿Sabes algo acerca de todo esto?, o ¿quién nos retiene aquí? —Sólo responde con un callado sollozo—. Bueno, no tienes que preocuparte, ya veremos qué hacer. Saldremos de aquí, ¿sí? Saldremos de aquí. —Me doy cuenta de que puede necesitar algún tiempo para volver a la realidad. Voy al respiradero, dándole su espacio.

—Estará bien —escucho desde dentro del respiradero—, sólo necesita un momento para acostumbrarse. —Y tengo que darle la razón.

Eventualmente, después de horas de llorar, se calma. Me siento con ella e intento hacerle algunas preguntas. Nunca responde; de hecho, no creo que pueda comprender lo que le digo. Pero siento que el sonido de mi voz la calma un poco, así que sigo hablando. Le cuento de mis experiencias de estar aquí comenzando desde que desperté. Intento repasar cada detalle en el que puedo pensar de mi tiempo en esta prisión. Entonces me abraza y me siento increíble. La cálida, suave piel de su desnudo cuerpo contra mí es diferente que cualquier cosa que haya experimentado en esta dura y fría habitación. Corro mis dedos por su cabello y gime ligeramente. Nos sentamos allí en el piso por horas. Ahora veo que sí comprende. A pesar de esta jodida situación, me siento mucho mejor ahora.

Los días continúan pasando. Las cicatrices se desvanecen y ninguna nueva aparece. La comida viene y ahora se nos ha dado el “lujo” de tener un lugar para ir al baño. La chica y yo nos hemos intimado mucho. Incluso hicimos el amor unas cuantas veces.

Estamos sentados en el suelo besándonos. Acabamos de hacer el amor y fue hermoso. Ella confía en mí, y yo en ella. Nunca le haría daño, y nunca dejaría que nadie más lo hiciese.

—Te amo. —le digo, y beso su cabello. Me sonríe y lo repite. Sé que entiende su significado; puedo oírlo en su voz. En lo que se prepara para dormir me prometo que saldré de esta habitación, y la llevaré conmigo.

Entonces pasa. Despierto y no está. Desesperado corro al respiradero.

—¡¿Qué has hecho con ella?! ¡Devuélvemela! —grito.

—¡No te preocupes! —dice la voz a la que estoy acostumbrado—, ella está bien. ¡Sólo fue a un nuevo lugar! Es algo en lo que hemos estado trabajando por un tiempo, ¿te gustaría verlo?

Estoy confundido, molesto y asustado. No tiene punto luchar. Él tiene el control. Tiene mi voluntad. Me seco las lágrimas y le digo que sí. Le ruego, de hecho. Le prometo que seré bueno, que haré cualquier cosa que desee. Que no trataré de huir ni golpear las paredes ni nada malo.

—Sólo por favor, déjame estar con ella. Por favor.

—Pronto. —me responde, casi burlándose con sus palabras.

—¡Por favor! —No puedo hacer esto sin ella. La voz se va y me deja solo de nuevo y me quiero morir. Haría lo que fuese para matarme y terminar con todo esto. Pero no puedo dejarla. Me necesita, y le prometí que nunca la dejaría. Lloro y grito en el rincón hasta que toso sangre. Finalmente vomito y me desmayo del cansancio.

Despierto en un lugar extraño. ¿Es un sueño? Veo que tiene árboles, pasto. El hermoso cielo por sobre mío. ¡No estoy en la prisión! ¡Esto no puede ser real!, pero lo es. ¡Lo es! Un momento, ¿qué significa esto?

Corro. Corro por todos lados buscándola. Me lo prometió. Ella tiene que estar aquí. Comienzo a encariñarme realmente de este lugar. Miro a mi alrededor y veo que todavía estoy confinado. Grandes muros blancos rodean el área extendiéndose por al menos 20 pies sobre el suelo. Me preocuparé por eso cuando esté con ella de nuevo. Por ahora sólo tengo que encontrarla. Los árboles son tan bellos. Todo lo es, sólo falta ella.

La escucho. Grita de alegría y corre hacia mí. Nos abrazamos y lloramos así como nos besamos apasionadamente. Estoy feliz. Estoy tan feliz por que me dejaron estar con ella de nuevo. Luego de que ambos nos calmamos, decidimos dar un recorrido por el lugar.

Por horas vagamos el área. Quien sea que es nuestro captor, en serio se esforzó en este lugar. Hay un río que fluye a través de la entera instalación. Una inmensa máquina que se alza más allá de los muros y hasta el cielo. Cuando nos acercamos a ella se nos ofrece comida. Toda la comida que podríamos desear. Y toda es deliciosa. Esto es increíble. Nos servimos todo cuanto podemos hasta estar completamente saciados. El hombre del respiradero nunca nos habla aquí, pero sé que nos observa.

Pero nos topamos con algo. Ella sonríe emocionada al notarlo. “¡Mira, mira!”, me susurra. Lo que vemos es un árbol, justo como los otros. Aunque está peligrosamente cerca del muro y alto suficiente como para poder subirlo y saltarlo. Sería una tremenda caída, y valdría la pena sólo para llegar al fondo de todo esto. Esta es nuestra forma de escapar; pero tenemos que ser cuidadosos. Le digo que tenemos que esperar, calmarnos. Si nos apuramos podríamos arruinarlo todo. Ella entiende. Sé que no le gusta. Le digo que espere un día o dos para ingeniar la mejor manera de hacer esto.

Esa noche escucho de nuevo la voz de mi viejo amigo. Está fuera de mi vista, como siempre.

—Olvídalo —me dice—. Sólo disfruta de tu nuevo hogar.

—Prisión —le corrijo—. Esta es una jodida prisión. Y todo lo que he esperado desde que desperté ha sido la maldita verdad, y no he recibido nada de ti. Estás enfermo. He estado aquí, como rehén, por meses, ¡años! ¡Sólo dime quién soy! —Silencio.

Está decidido, saldremos de aquí.

El sol se levanta y hago mi trayecto hasta mi amada. Supongo que estará en el árbol. Cuando por fin llego veo que ya ha escalado la mitad del camino.

—¡Espera! —le grito. Me mira y sonríe. Hace un ademán para que vaya hacia ella. Todavía estoy asustado, pero me doy cuenta de que no me puedo permitir tal cosa. Tengo que darle la cara a estas personas, estos bastardos. Voy con todo lo que tengo.

Juntos rápidamente nos hacemos hasta la cima del árbol. Ella alcanza la rama más alta y se apoya por el lado del muro. Miro a su rostro y veo una expresión de total y desenfrenado éxtasis. Ha ganado. Lo sabe. Lo que sea que ve al otro lado, sabe que es la libertad. Me sonríe y veo la curiosidad infantil en sus ojos. Sin ser capaz de esperar más, se inclina hacia mí, me besa y sube sobre el muro.

¡Demonios! La escucho llegar abajo con una caída. Ella grita y oigo su cuerpo golpear el suelo del otro lado. Por favor que esté bien. ¡Que nada le haya pasado! Sin pensar me movilizo a la cima del muro y salto de allí.

La caída resulta fuerte para mí también. Cuando caigo sobre el suelo siento un dolor como ningún otro que he sentido de mis cicatrices. Aunque no creo que nada esté roto. Ella está llorando sobándose la pierna. La reviso, pero parece estar bien. Veo algo diferente en ella. Quizá es por la luz; su piel se mira más áspera. Está sucia por la caída, yo también. Finalmente me pongo en pie y reviso en dónde estamos ahora.

Miro arriba en la pared que acabamos de escalar, orgulloso de nuestro logro. Luego escucho algo. Un tanto cerca de nosotros veo otro edificio. Uno grande en forma de platillo con una puerta mecánica que acaba de abrirse.

Caminamos hacia él lentamente, teniendo cuidado de no lastimarnos más. Mis piernas todavía me están matando. Así como nos acercamos, el edificio hace un increíble sonido que nos detiene en seco. Fuera de la puerta caminan… otros. Las únicas otras personas que he visto.

No son como nosotros. Son más altos. Son más delgados. Visten con prendas y el tono de su piel es mucho más claro que el nuestro. Tienen que haber al menos dos docenas de ellos. Uno de ellos se nos acerca. Camina hasta unos 15 ó 20 pies de distancia de nosotros y se detiene. Nos mira intensamente. Todo lo que podemos hacer es devolverle la mirada. Cuando por fin habla me golpea con fuerza. Este hombre, este hombre que estoy viendo de cara a cara, es el hombre del respiradero. Él es la voz que me ha enjaulado y atormentado por tanto tiempo.

—¿Pero qué han hecho? —nos dice. No puedo definir por sus grandes y negros ojos si está molesto o triste—. Han arruinado todo lo que hemos hecho por ustedes.

—¡Jódete! —le grito—, ¡no estamos para ser tus malditos esclavos!

Congela su mirada en nosotros por minutos. Voltea a sus compañeros, todavía dentro del edificio. Deja salir un fuerte suspiro y nos mira de vuelta.

—Sabíamos que era sólo cuestión de tiempo. Tendrán que hacer las cosas por su cuenta ahora. Ésta es, me temo, la única forma en que pueden aprender.

No sé qué decir. No estoy seguro de a qué se refiere. No sé tampoco si me interesa. Sólo lo quedo viendo, abrazando a mi amada.

Camina de vuelta al edificio y la puerta se cierra. La construcción entera se desplaza al aire. En medio de un intenso destello, las paredes y todo dentro de nuestra antigua prisión, desaparece, sin dejar rastro. El edifico volador se eleva más y más hasta que lo perdemos de vista. Finalmente, estamos solos.

Juntos vagamos por el área, buscando respuestas. Estoy comenzando a sentirme intranquilo ahora. Tengo hambre, y por la primera vez que puedo recordar, no tengo comida. No hay ningún dispensador, no hay ninguna máquina, ninguna mágica bandeja esperándome.

Ha sido muy diferente este último par de años. Estábamos tan perdidos cuando se fueron. Me odio por admitirlo, pero quiero volver con ellos. Quiero volver a escuchar su voz y tener mi comida, que me limpien y se encarguen de mí. Lo que comemos ahora sabe terrible. La forma en que vivimos es terrible. Nos ensuciamos. Nos lastimamos. Cuando dormimos ya no somos limpiados ni curados como antes. Nos despertamos de la misma forma en que nos fuimos a dormir.

No fue sino hasta que se fueron que nos dimos cuenta de cuánto los necesitábamos.

Es helado aquí afuera. Tenemos que matar animales que merodean y usar sus pieles para mantenernos calientes. Nos sentimos estúpidos, sucios y sin esperanza. Odiamos en lo que nos hemos convertido. A veces me despierto por la noche y trato de regresar su voz a mi cabeza. Intento hablar con él y seguir esperando y esperando por una respuesta. Pero no la hay. Quien sea que fuesen, se han ido para siempre. Sólo somos Eva y yo ahora.

Hemos trabajado fuerte para construir un refugio estable que albergue a nuestra familia. Estamos esperando nuestro primer hijo. Es difícil, pero sé que podemos hacerlo. En la cansada noche ella se recuesta, yo tomo su mano y acaricio su cabello.

—¿Dónde crees que hayan ido, Adán?, ¿crees que alguna vez volverán por nosotros?

Intento ser valiente por ella. —No lo sé, quizá lo hagan. Nos aman, sé que todavía lo hacen.

Beso su cabello como lo he hecho tantas veces antes. Y espero, más que nada, que lo que acabo de decirle sea verdad.


SREDNI VASHTAR:

Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.

La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo “por su bien” cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado.

En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas prontas a abrirse para indicarle que no hiciera esto o aquello, o recordarle que era la hora de ingerir un remedio, Conradín hallaba pocos atractivos. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados, como si hubieran sido raros ejemplares de su especie crecidos en el desierto. Sin embargo, hubiera resultado difícil encontrar quien pagara diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi oculta por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada, y en su interior Conradín halló un refugio, algo que participaba de las diversas cualidades de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos provenientes de la historia y otros de su imaginación; estaba también orgulloso de alojar dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de ralo plumaje, a la que el niño prodigaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón, dividido en dos compartimentos, uno de ellos con barrotes colocados uno muy cerca del otro. Allí se encontraba un gran hurón de los pantanos, que un amigo, dependiente de carnicería, introdujo de contrabando, con jaula y todo, a cambio de unas monedas de plata que guardó durante mucho tiempo. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente ala Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión.

La Mujerse entregaba a la religión una vez por semana, en una iglesia de los alrededores, y obligaba a Conradín a que la acompañara, pero el servicio religioso significaba para el niño una traición a sus propias creencias. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla, Conradín oficiaba un místico y elaborado rito ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el gran hurón. Ponía en el altar flores rojas cuando era la estación y moras escarlatas cuando era invierno, pues era un dios interesado especialmente en el aspecto impulsivo y feroz de las cosas; en cambio, la religión dela Mujer, por lo que podía observar Conradín, manifestaba la tendencia contraria.

En las grandes fiestas espolvoreaba el cajón con nuez moscada, pero era condición importante del rito que las nueces fueran robadas. Las fiestas eran variables y tenían por finalidad celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que padeció por tres días la señora De Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo, y llegó incluso a convencerse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el malestar hubiera durado un día más, la nuez moscada se habría agotado.

La gallina del Houdán no participaba del culto de Sredni Vashtar. Conradín había dado por sentado que era anabaptista. No pretendía tener ni la más remota idea de lo que era ser anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. La señora De Ropp encarnaba para Conradín la odiosa imagen de la respetabilidad.

Al cabo de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla despertaron la atención de su tutora.

-No le hará bien pasarse el día allí, con lo variable que es el tiempo -decidió repentinamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que había vendido la gallina del Houdán la noche anterior. Con sus ojos miopes atisbó a Conradín, esperando que manifestara odio y tristeza, que estaba ya preparada para contrarrestar con una retahíla de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradín no dijo nada: no había nada que decir. Algo en esa cara impávida y blanca la tranquilizó momentáneamente. Esa tarde, a la hora del té, había tostadas: manjar que por lo general excluía con el pretexto de que haría daño a Conradín, y también porque hacerlas daba trabajo, mortal ofensa para la mujer de la clase media.

-Creí que te gustaban las tostadas -exclamó con aire ofendido al ver que no las había tocado.

-A veces -dijo Conradín.

Esa noche, en la casilla, hubo un cambio en el culto al dios cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.

-Haz algo por mi, Sredni Vashtar.

No especificó su pedido. Sredni Vashtar era un dios, y un dios nada lo ignora. Y ahogando un sollozo, mientras echaba una mirada al otro rincón vacío, Conradín regresó a ese otro mundo que detestaba.

Y todas las noches, en la acogedora oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes, en la penumbra de la casilla, se elevó la amarga letanía de Conradín:

-Haz algo por mi, Sredni Vashtar.

La señora De Ropp notó que las visitas a la casilla no habían cesado, y un día llevó a cabo una inspección más completa.

-¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? -le preguntó-. Supongo que son conejitos dela India. Haréque se los lleven a todos.

Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave, y luego se dirigió a la casilla para completar su descubrimiento. Era una tarde fría y Conradín había sido obligado a permanecer dentro de la casa. Desde la última ventana del comedor se divisaba entre los arbustos la casilla; detrás de esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a la mujer, y la imaginó después abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con sus ojos miopes el lecho de paja donde yacía su dios. Quizá tantearía la paja movida por su torpe impaciencia. Conradín articuló con fervor su plegaria por última vez. Pero sabía al rezar que no creía. La mujer aparecería de un momento a otro con esa sonrisa fruncida que él tanto detestaba, y dentro de una o dos horas el jardinero se llevaría a su dios prodigioso, no ya un dios, sino un simple hurón de color pardo, en un cajón. Y sabía que la Mujerterminaría como siempre por triunfar, y que sus persecuciones, su tiranía y su sabiduría superior irían venciéndolo poco a poco, hasta que a él ya nada le importara, y la opinión del médico se vería confirmada. Y como un desafío, comenzó a cantar en alta voz el himno de su ídolo amenazado:

Sredni Vashtar avanzó:
Sus pensamientos eran rojos y sus dientes eran blancos.
Sus enemigos pidieron paz, pero él le trajo muerte.
Sredni Vashtar, el hermoso.

De pronto dejó de cantar y se acercó a la ventana.

La puerta de la casilla seguía entreabierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miró a los estorninos que volaban y corrían por el césped; los contó una y otra vez, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró para preparar la mesa para el té. Conradín seguía esperando y vigilando. La esperanza gradualmente se deslizaba en su corazón, y ahora empezó a brillar una mirada de triunfo en sus ojos que antes sólo habían conocido la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados: por la puerta salió un animal largo, bajo, amarillo y castaño, con ojos deslumbrados por la luz del crepúsculo y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín se hincó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió al arroyuelo que estaba al extremo del jardín, bebió, cruzó un puentecito de madera y se perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar.

-Está servido el té -anunció la criada de expresión agria-. ¿Dónde está la señora?

-Fue hace un rato a la casilla -dijo Conradín.

Y mientras la criada salió en busca de la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar un pedazo de pan. Y mientras lo tostaba y lo untaba con mucha mantequilla, y mientras duraba el lento placer de comérselo, Conradín estuvo atento a los ruidos y silencios que llegaban en rápidos espasmos desde más allá de la puerta del comedor. El estúpido chillido de la criada, el coro de interrogantes clamores de los integrantes de la cocina que la acompañaba, los escurridizos pasos y las apresuradas embajadas en busca de ayuda exterior, y luego, después de una pausa, los asustados sollozos y los pasos arrastrados de quienes llevaban una carga pesada.

-¿Quién se lo dirá al pobre chico? ¡Yo no podría! -exclamó una voz chillona.

Y mientras discutían entre sí el asunto, Conradín se preparó otra tostada.


Una niña perversa:

Esta tarde empujé a Arturo a la fuente. Cayó en ella y se puso a hacer gluglú con la boca, pero también gritaba y fue oído. Papá y mamá llegaron corriendo. Mamá lloraba porque creía que Arturo se había ahogado. Pero no era así. Ha venido el doctor. Arturo está ahora muy bien. Ha pedido pastel de mermelada y mamá se lo ha dado. Sin embargo, eran las siete, casi hora de acostarse, cuando pidió pastel, y a pesar de eso mamá se lo dio. Arturo estaba muy contento y orgulloso. Todo el mundo le hacía preguntas. Mamá le preguntó cómo había podido caerse, si se había resbalado, y Arturo ha dicho que sí, que se tropezó. Es gentil que haya dicho eso, pero yo sigo detestándolo y volveré a hacerlo en la primera ocasión.

Por lo demás. si no ha dicho que lo empujé yo, quizá sea sencillamente porque sabe muy bien que a mamá le horrorizan las delaciones. El otro día, cuando le apreté el cuello con la cuerda de saltar y se fue a quejar con mamá diciendo: “Elena me ha hecho esto”, mamá le ha dado una terrible palmada y le ha dicho: “¡No vuelvas a hacer una cosa así!” Y cuando llegó papá ella se lo ha contado y papá también se puso furioso. Arturo se quedó sin postre. Por eso comprendió, y esta vez, como no ha dicho nada, le han dado pastel de mermelada. Me gusta enormemente el pastel de mermelada: se lo he pedido a mamá yo también, tres veces, pero ella ha puesto cara de no oirme. ¿Sospechará que yo fui la que empujó a Arturo?

Antes, yo era buena con Arturo, porque mamá y papá me festejaban tanto como a él. Cuando él tenía un auto nuevo, yo tenía una muñeca, y no le hubieran dado pastel sin darme a mí. Pero desde hace un mes, papá y mamá han cambiado completamente conmigo. Todo es para Arturo. A cada momento le hacen regalos. Con esto no mejora su carácter. Siempre ha sido un poco caprichoso, pero ahora es detestable. Sin parar está pidiendo esto y lo otro. Y mamá cede casi siempre. A decir verdad, creo que en todo un mes solo lo han regañado el día de la cuerda de saltar, y lo raro es que esta vez no era culpa suya.

Me pregunto por qué papá y mamá, que me querían tanto, han dejado de repente de interesarse en mí. Parece que ya no soy su niñita. Cuando beso a mamá, ella no sonríe. Papá tampoco. Cuando van a pasear, voy con ellos, pero continúan desinteresándose de mí. Puedo jugar junto a la fuente lo que quiera. Les da igual. Sólo Arturo es gentil conmigo de cuando en cuando, pero a veces se niega a jugar conmigo. Le pregunté el otro día por qué mamá se había vuelto así conmigo. Yo no quería hablarle del asunto, pero no pude evitarlo. Me ha mirado desde arriba, con ese aire burlón que toma adrede para hacerme rabiar, y me ha dicho que era porque mamá no quiere oir hablar de mí. Le dije que no era verdad. Él me dijo que sí, que había oído a mamá decirle eso a papá y que le ha dicho: “No quiero oír hablar nunca de ella.” Ese fue el día que le apreté el cuello con la cuerda. Después de eso, yo estaba tan furiosa, a pesar de la palamada que él había recibido, que fui a su recámara y le dije que lo mataría.

Esta tarde me ha dicho que mamá, papá y él iban a ir al mar, y que yo no iría. Se rió y me hizo muecas. Entonces lo empujé a la fuente.

Ahora duerme y papá y mamá también. Dentro de un momento iré a su recámara y esta vez no tendrá tiempo de gritar, tengo la cuerda de saltar en las manos. Él la olvidó en el jardín y yo la tomé.

Con esto, se verán obligados a ir al mar sin él. Y luego me iré a acostar sola, al fondo de ese maldito jardín, en esa horrible caja blanca en la que me obligan a dormir desde hace un mes.


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