Después de “¡Tiburón!”, la célebre película de Steven Spielberg, algunos de nosotros no podemos dejar de sentir cierto temor cuando nos metemos al mar. Sin embargo, mucho antes de este asesino del celuloide existió uno de carne y hueso que sembró terror en un pueblecito de la costa este norteamericana y que bien pudo haber sido la inspiración para este filme.La emocionante historia de “¡Tiburón! 1916”
¡Tiburón! 1916
Sesenta años antes de Tiburón, el filme basado en la novela homónima de Peter Benchley, un escualo aún más voraz azoto a un pueblo de Nueva Jersey, matando a sus victimas con tal sigilo, que sólo un viejo lobo de mar supo lo que pasaba, ¡Lastima que nadie le creyó!
Por Michael Capuzzo / ilustraciones Patrick Arasmith
Anuncios desoídos
El Atlántico se extendía ante él como una piscina de diamantes que, mecidos por el suave oleaje, deshacían en mil reflejos la luz broncínea del atardecer. El joven Charles Vansant estaba ansioso por darse un chapuzón.
Mientras contemplaba el mar, un perro cobrador se le acerco a lamerle la mano. Charles, graduado de la Universidad de Pensilvania, se encontraba en Beach Heaven, bahía turística de la costa de Nueva Jersey,pasando con su familia el puente del Día de la Independencia de 1916.
Estaba enamorado, tenía pensado comprometerse y se sentía feliz con la vida que tenia por delante.
Atravesó a grandes trancos la parte poco profunda de la bahía cuando el agua le llegó al pecho, se zambulló de cabeza.
Algunos otros bañistas chapoteaban cerca de la orilla, y Charles no tardó en dejarlos atrás. Era fuerte y se adentro velozmente en aguas más profundas, seguido de cerca por el perro.
Mientras metía y sacaba rítmicamente la cara del agua y braceaba siguiendo la cadencia de las olas, cerró los ojos, que le ardían por efecto de la sal. Una corriente fría le lamía el torso. No lejos de él perro nadaba agitando las cuatro patas abajo la superficie y con la cola iba dejando una estela espuma.
En la playa, un pequeño grupo vio a Charles pasar la zona de rompientes. En el grupo se encontraban su padre, el acaudalado médico Eugene Vansant, y su hermana Louise.
De pronto, inexplicablemente el perro dio media vuelta y empezó a nadar hacia la orilla. Charles se detuvo lo llamó para que volviera,pero el animal salió de la playa y se quedo en la arena mirando al mar.
Por fin el joven desistió y comenzó a nadar de regreso. Mientras lo hacia los presentes notaron algo extraño.
Una aleta oscura asomó del agua y empezó a moverse hacia él.No era raro ver marsopas nadar en manadas cerca de la costa, pero aquella aleta iba sola y se dirigía demasiado aprisa hacia el nadador.
Quienes estaban en la playa se lo advirtieron, pero él al parecer no oía a causa del ruido de las rompientes.
Estaba ya cerca de la orilla, a no más de 1,50 metros de profundidad, y todo indicaba que se pondría a salvo… pero era tarde.
Del agua salieron unas enormes fauces, una membrana protectora blanca cubrió los ojos, y 50 dientes triangulares se cerraron sobre la pierna izquierda del joven con una presión de una tonelada por centímetro cuadrado.
Charles lanzó un grito de agonía.
En la playa, su padre y su hermana se quedaron petrificados de horror e incredulidad.
El nadador dio una valiente pelea, pero sus esfuerzos por soltarse sólo consiguieron que el monstruo le mordiera la arteria femoral aún con más saña, y que los dientes le llegaran al hueso. Louise recordaría después como su hermano se revolvía en el agua: “Nos acercamos corriendo y alcanzamos a ver una gran cantidad de sangre”.
Mientras Charles luchaba desesperadamente por salvarse, unos hombres se lanzaron en su ayuda al agua ensangrentada. El primero fue Alexander Ott, quien demostró una valentía extraordinaria al enfrentarse con la formidable fiera mientras cobraba su presa.
Tomando a Charles por las axilas, hizo intentos desesperados por arrastrarlos a las playas, pero por el extremo opuesto sintió una fuerza mucho más poderosa y vio la aterradora imagen del depredador prendido al muslo del joven.
El tiburón y Ott se disputaban a tirones el cuerpo de Charles. El tamaño de la criatura superaba con creces al de su víctima y tiraba de ella con una fuerza inimaginable.
Otros hombres corrieron al agua para ayudar y consiguieron arrastrar a Charles casi hasta la playa. Por increíble que parezca el pez los siguió hasta que su imponente cuerpo cónico rozó la arena.
La desesperada lucha continúo durante unos segundos más, pero de pronto la bestia soltó a su presa y se alejó, dejando un remolino de espuma al sumergir su aleta dorsal.
Charle Vansant quedo postrado en la playa, sangrando profusamente.
El doctor Eugene Vansant corrió al lado de su hijo. La pierna izquierda del joven, casi separada del cuerpo, era una masa informe y sanguinolenta. Mientras el médico le tomaba el pulso, cada vez mas débil, Ott improvisó un torniquete rasgando unos lienzos en tiras, pero no pudo contenerla hemorragia.
Llevaron a Charles a un hotel próximo, donde entre su padre y otros dos médicos le limpiaron y vendaron la pierna. Aun así, la hemorragia persistía.
A las 6:45 de la tarde, menos de dos horas después de haberse zambullido en el agua, Charles murió del choque producido por la abundante pérdida de sangre, ante la mirada de impotencia y aflicción de su padre.
Esa tarde un anónimo sombrío cernió sobre la población de Beach Heaven. El miedo a lo desconocido y al mar se apoderó de los turistas.
Incluso a quienes presenciaron el ataque debe haberles resultado difícil de creer lo que veían, pero sin duda todos coincidían en lo que declaro un testigo: “la muerte del señor Vansant es lo mas espantoso que he visto en mi vida”.
Los huéspedes de los hoteles, los pescadores y otros marinos experimentados sólo podían hacer conjeturas sobre el responsable de la muerte del Señor Vansant: una fiera marina de enorme tamaño, tan formidable que podía partir a un hombre por la mitad.
El médico que atendió a Charles certifico como causa inmediata de la muerte “una hemorragia de arteria femoral izquierda”, y como causa mediata, “una mordida de tiburón mientras nadaba”.
Era 1 de julio de 1916, y por primera vez en la historia de Estados Unidos se registraba semejante causa de muerte en un documento oficial.
Segundo ataque
Poco se sabía sobre el tiburón blanco en 1916. A muchos la idea de un pez devorador de seres humanos les parecía tan absurda como el mito de la serpiente de mar.
Ahora los investigadores suponen que nadar con un perro aumenta el riesgo de sufrir un ataque porque el movimiento rápido e irregular de las patas atrae a los tiburones blancos. El cobrador que nadaba junto a Charles Vansant emitía un ruido desigual que debió haber rebotado con feroz intensidad en la cabeza del escualo.
Apenas el verano del año anterior, en un editorial titulado“Hagamos justicia a los tiburones”, la redacción del New York Times había llamado la atención hacia la falta de informes verificables sobre ataques de estos animales contra seres humanos en la costa atlántica de Estados Unidos. “Al parecer es un error considerar a la tiburones un peligro en esta parte del mundo”, concluía el artículo.
A principios del siglo XX, los turistas afluían a las playas cada vez en mayor número. Hacía poco que el auge ferroviario de la era industrial había abierto las puertas de las poblaciones costeras al gran público.
Lo que nadie podía prever es que una serie de acontecimientos fortuitos se habían conjugado para enfrentar al hombre con la más temible fiera marina.
A fines de la primavera de 1916, el joven tiburón blanco que mas tarde cobraría la vida de Charles Vansant nadaba probablemente frente a la costa sureste de Estados Unidos.
Atrapado por la corriente del Golfo, fue arrastrado hacia el norte hasta algún punto situado a unos 110 kilómetros al este de la costa de Nueva Jersey, donde otra corriente lo acercó a tierra.
Estaba perdido y hambriento, y algunos especialistas suponen que había llegado a ser un peligroso depredador solitario, como los leones o elefantes que abandonan la manada y se vuelven cazadoras furtivos de hombres.
En aquella época, anterior a la radio y a la televisión, la mayoría de la gente no se entero del peligro sino hasta dos días después de la muerte de Vansant. Hubo que esperar a que el 3 de julio, la noticia sobre el joven muerto en un misterioso ataque en el mar saliera publicada en los diarios como el Evening Bulletin de Filadelfia.
Como a pesar del matado no había podido alimentarse, el tiburón siguió avanzando hacia el norte por la costa de Nueva Jersey hacia Nueva York, y la tarde del 6 de julio volvió a atacar.
Charles Bruder, botones del Hotel Essex and Sussex en Spring Like, Nueva Jersey, se había zambullido en el mar con la idea de nadir un buen rato. De repente, los huéspedes que se encontraban en la playa se sobresaltaron al oír unos gritos destemplados a un centenar de metros mar adentro.
-¡Un hombre que iba en una canoa roja se volcó! – exclamo una mujer.
Sin pérdida de tiempo, dos salvavidas se lanzaron al agua en una lancha de remos. Al acercarse se dieron cuenta de que lo que desde lo lejos parecía una embarcación roja era en realidad una gran mancha redonda de sangre,en medio de la cual flotaba Bruder.
Cuando los hombres se acercaron más, vieron un inmenso pez acometerlo repetidamente, “como un avión que se abalanzara sobre un dirigible”.Cuando los socorristas por fin consiguieron subir a Bruder a la embarcación,advirtieron que tenía las piernas desgarradas un poco más debajo de las rodillas.
Los salvavidas enfilaron a la playa y se pusieron a remar a toda velocidad, pero sus esfuerzos fueron en vano. Además de tener las piernas casi totalmente desprendidas del cuerpo, Bruder había sufrido un tremendo mordisco en el torso y se desangró antes de que pudiera darle atención médica.
Al divulgarse la noticia, todos los bañistas salieron del mar en desbandada. El gerente del hotel mandó al personal de la central telefónica que diera aviso a lo ocurrido a todos los operadores de la costa de Nueva Jersey. Fue así como se dio la primera voz de alarma general de tiburón de que se tiene noticia en Estados Unidos.
Pocos días después, John Nichols, uno de los ictiólogos más destacados de la época en ese país, comenzó a hacer averiguaciones sobre lo ocurrido, por cuenta del Museo Estadounidense de Historia Natural, de la Ciudad de Nueva York.
El director del museo, Frederic Lucas, lo había comisionado expresamente para que investigara el inusitado informe de un hombre muerto el 6 de julio como consecuencia del ataque del pez.
No obstante las declaraciones de los testigos presenciales,Nichols abordó la investigación con actitud escéptica, pues le parecía sumamente improbable que en aguas del Atlántico Norte hubiese un tiburón depredador de seres humanos. Según el NewYork Times, Nichols llego incluso a pensar si el animal responsable de la muerte de Bruder no seria una orca.
Tan descabellada resultaba en aquel entonces la idea de un ataque de tiburón en mares fríos, que otros escépticos conjeturaron que Bruder probablemente había sido victima de una tortuga gigante o de una caballa grande.
El mismo Frederic Lucas se contaba entre los escépticos.Estaba convencido de que los tiburones blancos rara vez se acercaban a la costa de Nueva Jersey, y aquellos que llegaban a hacerlo eran demasiado pequeños para representar un verdadero peligro.
El siguiente sábado, mientras sepultaban a Charles Bruder cerca de Spring Lake, las lanchas patrulla reconocían las aguas costeras, y otras embarcaciones menores echaron anclas cerca de las zonas de natación.
En las proas había hombres provistos de arpones y armas de fuego, apuntando hacia el agua. Llevaban grandes trozos de carne de cordero colgados de la borda como cebo para atraer al depredador.
Sin embargo, eran esfuerzos inútiles: lejos de caer en manos de sus perseguidores, la fiera siguió avanzando hacia el norte, sin que nadie supiera que estaba a punto de iniciar una serie de ataques sin precedentes en la historia.
Roces con la muerte
Durante varios días el miedo cundió por toda la costa de Nueva Jersey. En las aguas de varias playas de instalaron mallas metálicas “aprueba de tiburones” para proteger a los bañistas, y las que quedaron sin malla eran patrulladas periódicamente.
En una playa de Asbury Park, un salvavidas que remaba en una lancha vio acercarse de pronto una aleta gris. “Sacó su remo de su retén y golpeó enconadamente al escurridizo monstruo marino”, que escapo hacia el alta mar. El incidente bastó para que un centenar de personas, entre hombres,mujeres y niños, huyeran despavoridos de la playa.
Ese mismo día, sábado 8 de julio, un teniente de policía que trabajaba en una plataforma flotante frente a Bayonne, Nueva Jersey, en la bahía de Nueva York, oyó un alboroto y vio a unos niños salir del agua gritando que había un tiburón.
El agente escudriño la bahía y “vio a un escualo sacar la cabeza del agua cerca del lugar donde poco antes nadaban los niños”, informo el Herald de Nueva York. Al verlo acercarse a la orilla, el policía desenfundo el revólver y corrió al extremo dela plataforma. El inmenso pez iba nadando hacia la costa.
El policía hizo varios disparos, y algunas balas alcanzaron a la bestia en la cabeza, pero no la detuvieron.
El teniente siguió disparando hasta vaciar el revólver. El tiburón “pareció aturdido por unos momentos”, agregaba la nota del Herald,“pero después, pegando un coletazo, dio media vuelta y desapareció”.
A pesar de este encuentro al, día siguiente, 9 de julio, el pánico empezó a desvanecerse y la gente volvió a atestar playas. A muchos los tranquilizaron los comentarios del director de la Oficina de Pesca, según el cual no había motivo de alarma porque “los tiburones no son animales encarnizados”
Mientras los bañistas regresaban al mar, la fiera siguió avanzando hacia el norte al impulso de las corrientes costeras, mientras su hambre y su ferocidad alcanzaban un punto crítico.
Al cabo de varios días llego a Sandy Hook, en el extremo norte de la costa de Nueva Jersey. Allí, obedeciendo a su instinto de mantenerse cerca de la costa, se dirigió hacia el oeste y se interno en la bahía Raritan.
Luego, siguiendo el contorno de la bahía, avanzo hacia el sur y, pasando la población de Keyport, Nueva Jersey, remontó la desembocadura del río Matawan junto con el torrente de agua salada de la marea alta.
No lejos de la desembocadura, el río se estrecha de golpe unos 60 a 30 metros, y más adelante a apenas seis.
Con sus poderosos coletazos, el tiburón se adentró en un extraño mundo de agua dulce y turbia. Al ver estrecharse el fondo y las orillas del río, seguramente se sintió atrapado y se puso aún más desesperado e inquieto.
En agua dulce el tiburón blanco pierde el delicado equilibrio salino de su organismo, y sus funciones fisiológicas empiezan a fallar. Sin embargo, durante algún tiempo la enorme corpulencia del animal le permitió resistirlos mortales efectos de este desequilibrio.
Conforme continuaba su avance río arriba por las lodosas aguas, empezó a percibir, primero el oído y luego por el olfato, la presencia de posible presas. A unos dos kilómetros y medio de la desembocadura, en una zona pantanosa poblada de juncias, se encontraba el poblado rural de Matawan,Nueva Jersey.
La poza
El 11 de julio, Rennie Cartan, hijo de un aserrador del lugar, estaba ansioso por darse un chapuzón para refrescarse.
Acompañado de otros niños, bajó por entre la alta hierba dela ribera hasta una poza del Matawan. El río, de aguas tranquilas, era muy popular entre los chicos, a quienes les gustaba zambullirse allí en los tórridos días de verano.
Los niños se encamaron sobre los restos de un viejo muelle y, entre risas y gritos, se quitaron la ropa.
Rennie, muchacho atlético de 14 años, estaba sobre un pilote del muelle, bromeando con sus amigos, cuando perdió el equilibrio. Cediendo ala fuerza de gravedad y la alegría del momento, se dejo caer por la poza,riendo.
Los demás niños saltaron al agua tras él. En la oscuridad del fondo limoso y fresco, las piernas se les perdían de vista. En el alboroto que armaban ahogo momentáneamente un grito agudo.
Para Rennie, el placer de la zambullida se transformó de pronto en un intenso dolor ardiente que parecía desgarrarle el cuerpo. Sin dejar de gritar, salió rápidamente de la poza. Tenía la piel ensangrentada, como si se hubiera arañado con varias puntas de cuchillos.
Sus compañeros se apiñaron en torno suyo para calmarlo.Ninguno había visto nada de lo que sucedió. Los rasguños parecían dolorosos,pero no graves, y pensaron que se habría raspado accidentalmente con una rama.
Sin embargo Rennie no se tranquilizaba, decía que lo había golpeado y cortado algo que se movía en el agua, algo mayor que ningún pez que hubiera visto jamás, y que luego se había ido.
En opinión de algunos investigadores actuales, los ataques de tiburones suelen ir precedidos por una embestida que deja arañazos parecidos a los que sufrió Rennie. La piel del tiburón es tan gruesa y rasposa, que en otro tiempo los carpinteros la utilizaban para lijar las maderas más duras.
Cuando Rennie se fue a que le curaran las cortaduras, les advirtió a sus amigos que no volvieran a meterse en el agua, pero ellos no le hicieron ningún caso.Siguieron jugando como si no hubiera pasado nada, sin saber que el ruido de sus gritos y chapoteos resonaban en el angosto cauce del río y llegaba hasta el tiburón blanco, que ya tenía medidas a sus ruidosas presas.
Oleada de muertes
Al día siguiente, 12 de julio, Thomas Cottrell, capitán de barco jubilado de 58 años, se encontró con algo para lo cual no lo había preparado su larga experiencia afrontando lo desconocido y los elementos.
Mientras atravesaba el Matawan por un puente de tranvías,vio una enorme forma de color gris oscuro agitando las aguas del río.
En cuanto salió de su sorpresa e incredulidad, se dio cuenta de que era un tiburón grande, igual a los muchos que había visto en el Atlántico y en el Pacifico.
El pez paso debajo de él y avanzó con rectitud río arriba,en dirección al pueblo.
Forzando las cansadas piernas, Cottrell corrió a un teléfono y llamo a la peluquería de John Mulsoff, en la calle Principal. El peluquero que también era el policía de Matawan, escuchó, incrédulo, la advertencia de Cottrell de que había un tiburón en el río. Le pareció una locura y no le hizo caso.
Rojo de ira, el ex capitán echó a correr hacia el centro de Matawan con la idea de adelantarse al tiburón y advertir a la gente.
En el camino fue avisando a todo el que veía de la amenaza que se acercaba, hasta quedarse ronco de tanto gritar, pero sus palabras eran acogidas con escepticismo, miradas de desconcierto o risas desdeñosas.
Nadie podía creer que hubiera un tiburón acechando en el río.
Con todo, si Cottrell se había pasado la vida en el mar y estaba allí para contarlo, no era por haber desconfiado de su intuición. Fue a toda prisa al muelle y subió a bordo de su pequeña lancha a motor, la Skud,decidió a poner sobre aviso a los bañistas.
Ese día, todavía invisible en el luminoso cielo vespertino,la luna iba creciendo; faltaban tres días para que fuera luna llena.
En años recientes los investigadores del Archivo Internacional de Ataques de Tiburón han observado cierta influencia de “las fases de la luna y la altura de las mareas sobre la frecuencia de los ataques de tiburón”.
La marea ya comenzaba a subir por el río Matawan y a fortalecer al depredador con vivificante agua marina. El nivel del río no tardaría en alcanzar su punto más alto del mes.
El tiburón seguía nadando río arriba a la velocidad de un transeúnte, moviendo el cuerpo de un lado a otro y olfateando el agua en busca de más presas.
Poco antes de las 2 de la tarde Lester Stiwell, de 12 años,se reunió con varios amigos, entre ellos Albert O`Hara, Charlie Van Brunt y Johnson Cartan, juntos se dirigieron a toda prisa a la poza.
Irónicamente Johnson era primo de Renie Cartan, el muchacho que había tenido la aterradora experiencia el día anterior.
Sin embargo los niños arrojaron la ropa a la hierba y empezaron a zambullirse desde el ruinoso muelle, creían que no había ningún motivo para preocuparse.
-¡Mírenme nadar!-les dijo Lester mientras flotaba en el agua.
Un instante después, Charlie alcanzó a ver un inmenso pez oscuro que se acercaba a su amigo por debajo del agua. Lester dejó escapar un grito cuando el tiburón lo embistió, vuelto boca arriba y mostrando el vientre blanco y los impresionantes dientes.
Según el Herald de Nueva York los muchachos se quedaron mirando horrorizados, cómo el tiburón“sacudía a Lester como un gato a un ratón, y luego lo sumergía de cabeza al agua”. Cuando el escualo se lo llevaba hacia el fondo, le pegó un coletazo a Albert O’Hara, que salió disparado contra los pilotes del muelle.
Sin despegar los ojos del círculo rojo que se formaba en el agua, Albert exclamó:
-¡Ay, mató a Lester!
Durante un espeluznante segundo, Lester volvió a salir a la superficie, gritando y agitando desesperadamente los brazos. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, el tiburón se lo llevo para siempre.
Los niños salieron despavoridos del agua y, desnudos como estaba, echaron a correr cuesta arriba por la ribera, en dirección al centro de Matawan.
-¡Tiburón! ¡Tiburón!-vociferaban -¡un tiburón se llevo a Lester Stilwell!
Una muchedumbre se reunió alrededor de los niños. A algunos les parecía que lo más probable era que Lester, que era epiléptico, hubiera sufrido un ataque y se hubiera ahogado.
Unos socorristas se dirigieron al río, y el padre del niño, William Stilwell, salió a toda prisa de la fábrica de cestas donde trabajaba.
En la calle se encontró con su esposa y juntos se encaminaron al río.
Mientras las familias Cartan y Van Brunt tenían el consuelo de saber que sus hijos se encontraban a salvo, los padres de Lester no podían menos de preguntarse, llenos de ansiedad, que habría sido de su hijo.
“¡Me atrapó!”
Molestos de que nadie les creyera que el responsable de lo ocurrido había sido un tiburón, algunos de los amigos de Lester siguieron adelante por la calle Principal hasta la sastrería de Stanley Fisher, hombre corpulento de 24 años. “Sabían que era un gran nadador”, explicaba el Herald de Nueva York, “y amigo de todos los niños del pueblo”.
Fisher cerró el negocio y enfiló al río. En el camino se encontró con su amigo George Burlew, que decidió acompañarlo.
A los muchos lugareños que se apiñaban ya en el muelle y en las orillas del Matawan se sumaron William Stilwell y su esposa, que se quedaron mirando, consternados, el sitio donde Lester había desaparecido.
La llegada de Fisher infundió esperanzas a la muchedumbre, por que era uno de los hombre más fuertes del pueblo.
Burlew y él se pusieron sus trajes de baño. En aquella época, los hombres normalmente usaban,para nadar, unos pantalones cortos negros que les llegaban a la mitad del muslo, y una camiseta larga y sin mangas.
Casi un siglo después, el primer estudio mundial sobre los ataques de tiburón blanco, en el que se tuvieron en cuenta 179 casos, revelo que nueve de cada diez víctimas humanas llevaban ropa oscura, por lo general negra o azul.
Se cree que este atuendo les daba la misma coloración que a muchos animales marinos que son presas predilectas de los tiburones blancos.
Mientras la gente lanzaba gritos de advertencia desde las orillas, Fisher y Burlew se zambulleron en el río y empezaron a bucear por la parte central del cauce en busca del cuerpo de Lester Stilwell.
Según la crónica de un periódico, después de varias zambullidas, Fisher salió a la superficie y exclamó:
-¡Lo tengo!
Dos hombres se acercaron en una embarcación de remos para ayudarlo a sacar el cuerpo. También George Burlew se acerco nadando a su amigo para darle una mano, pero se detuvo al sentir una violenta agitación en el agua. El espectáculo que presencio entonces en medio del río se le quedaría gravado para siempre en la memoria.
-¡Me atrapó!- exclamo Stanley Fisher mientras, apasionado entre las fauces del tiburón, forcejeaba para soltarse.
El sastre se debatía desesperadamente para salvar la vida.“El tiburón lo sumergió tres o cuatro veces durante la lucha”, refería más adelante Burlew, “pero en cada ocasión Stanley se las arregló para regresar ala superficie”.
De pronto, según el Herald de Nueva York, Fisher “fue arrastrado de nuevo hacia el fondo de un tirón.
El agua se tiño de rojo en una zona que se fue ensanchando cada vez más y, cuando el joven pudo por fin salir a flote, estaba tan rendido que apenas podía hablar”.
Hombres y mujeres contemplaban el espectáculo horrorizados en la ribera. También George Burwel se sentía impotente para ayudar a su amigo.Luego, por increíble que parezca, Fisher consiguió soltarse del tiburón y nadó hacia la orilla, con el cuerpo de Lester Stilwell bajo el brazo.
Según el New York Times, estaba a punto de llegar a tierra cuando los testigos lo oyeron lanzar un terrible alarido y lo vieron levantar los brazos al aire. El cuerpo de Lester cayó al agua y Fisher se hundió detrás de él, arrastrado hacia el fondo por el tiburón.
Con una fortaleza admirable, el joven volvió a emerger y una vez mas intento llegar a la orilla. Los socorristas pudieron entonces sacarlo y ponerlo a salvo.
Los espectadores, horrorizados y asqueados, vieron que el tiburón le había arrancado a Fisher casi toda la carne entre la cadera y la rodilla derecha.
El médico que le dio los primeros auxilios allí mismo lo colocó en una camilla y acompaño a los hombres que cargaron con el cuesta arriba hasta la estación de trenes de Matawan. Allí Stanley Fisher,esforzándose por no perder la conciencia, se quedó esperando a que llegara el siguiente tren, en que lo llevarían al Hospital Monmouth Memorial, en Long Branch, a 15 Kilómetros al este.
Ayuda oportuna
Esa misma tarde, a unos 800 metros río abajo, el joven Joseph Dunn, su hermano mayor Michael y un amigo de ambos, Jerry Hourihan, se dirigieron al río.
Los hermanos vivían en la ciudad de Nueva York, pero estaban de visita a su tía.
Joseph corrió para ser el primero en zambullirse. Ninguno para ser el primero en zambullirse.Ninguno de los tres sabía que apenas media hora antes un tiburón había atacado a dos personas río arriba, y tampoco estaban enterados de las advertencias del capitán Cottrell, que seguía recorriendo el río en la Skud.
Eran cerca de las 4 de la tarde cuando los muchachos saltaron al agua y nadaron hasta la parte media del río.
A los pocos minutos se les acercó a toda prisa un viandante para advertirles de la presencia de un tiburón, y ellos volvieron nadando a toda prisa a los muelles. Jerry y Michael salieron del agua por una escalera. Joseph iba detrás de ellos con toda la rapidez que podía, pero el depredador ya lo seguía de cerca.
“Estaba como a tres metros de la orilla cuando sentí algo en los pies”, recordaría el muchacho. Entonces el depredador cerró las mandíbulas sobre la pierna de Joseph, que prorrumpió en gritos de pavor al sentirse arrastrado a aguas más profundas.
Michael, seguido de Jerry, regresó nadando al lado de su hermano para ayudarlo. Entre los dos tomaron a Joseph e intentaron arrebatárselo a tiburón.
La criatura tenía las poderosas mandíbulas firmemente cerradas pero después de una lucha feroz, de repente soltó a su presa. Michael y Jerry arrastraron entonces a Joseph que todavia iba gritando, hasta el muelle.
Por fortuna, en ese preciso momento pasaban por allí en la Skud el abogado de Matawan, Jacob Lefferts, y el capitán Cottrell. Las heridas que Joseph había sufrido tenían muy mal aspecto. Después de un rápido examen,lefferts, Cottrell y Michael colocaron al joven en la lancha.
Había sido una feliz coincidencia que acertaran a pasar por allí a tiempo para ayudarlo, pero mientras Cottrell conducía la embarcación río abajo, mirando la pierna desgarrada y sanguinolenta de Joseph, debe de haberse preguntado si la fortuna seguiría sonriéndoles.
La gente del pueblo creía que el tiburón estaba atrapado en el rió porque habían tendido mallas de alambre de orilla a orilla cerca de Keyport, el punto donde el Matawan desemboca a la bahía. Los hombres de la región se apostaron a lo largo de las riberas con escopetas y dinamita.
Poco antes de que se detonara la primera carga, hacia las 5 de la tarde, apareció una lancha navegando río abajo. Era Cottrell, que transportaba a Joseph Dunn. En cuanto la Skud llegó al embarcadero, unos hombres sacaron de inmediato a Joseph.
Llamaron a un médico, quien observó que el joven tenía gravemente lacerado el músculo de la pantorrilla. Lo bueno era que la mordedura“no había aplastado huesos ni cortado las grandes arterias de la pantorrilla”
El médico envolvió la pierna con vendajes y envió al herido al hospital. Por fortuna, Joseph habría de sobrevivir al ataque.
En cuanto se llevaron al herido y retiraron las embarcaciones que quedaban, resonaron en el río los primeros disparos. La explosión de una carga de dinamita levantó una masa de agua a gran altura sobre la multitud. Mientras tanto, el alcalde de Matawan anuncio que el gobierno municipal entregaría una recompensa de 100 dólares a la persona que matara al tiburón.
Esa noche se supo que el valiente sastre Stanley Fisher había muerto en el hospital. La única manera de desahogar el miedo y el dolor era dar rienda suelta a la ira, y durante toda la noche los hombres se balearon y dinamitaron cuanto veían moverse en el agua.
John Nichols, el funcionario del museo Estadounidense de Historia Natural, llegó para investigar la más reciente serie de ataques. A esas alturas ya había descartado la hipótesis de que el depredador fuera una orca. El 8 de julio había reconocido públicamente que un tiburón blanco había matado a Charles Bruder.
Ahora venia a Matawan para identificar al animal responsable de los últimos ataques.
Si le hubiera quedado alguna duda, al estudiar la desembocadura del río Matawan en Keyport el ictiólogo confirmo que una orca, animal que mide unos 7,50 metros de largo y pesa alrededor de cuatro toneladas y media, habría tenido grandes dificultades para remontar el río. Además, cuando entrevistó a los testigos presenciales,ninguno de ellos mencionó el característico chorro de agua de las ballenas.
A Nichols ya no le quedó duda de que el devorador de hombres del rio Matawan era un tiburón .
El 14 de julio, hacia las 5:30 de la mañana, dos hombres encontraron los restos a medio comer de Lester Stilwell en el turbio torrente.El entierro del niño se llevó a cabo al día siguiente, después de un breve oficio religioso en casa de la familia.
Después, la mayor parte del pueblo se congregó en el Cementerio Rose Hill para rendir homenaje también a Stanley Fisher, a quien se elogió como héroe.
Al decir del diario Shore Press, “casi no había mirada que no estuviera empañada por las lágrimas”,pues “Fisher era conocido y querido por casi todos en Matawan”
Esa tarde se descubrió un agujero en una de las mallas de alambre instaladas en la desembocadura del río.
El monstruo había escapado; el pueblo de Matawan había perdido la batalla contra él.
Lucha a muerte
Cuando se supo la desagradable noticia de que el tiburón blanco, devorador de hombres, andaba otra vez suelto por la bahía Raritan, el pánico volvió a cundir en la región.
Los hombres se hicieron a la mar armados y empezaron a matar escualos en números sin precedente.
En la costa, la gente se apiñaba para ver cortarles el estómago a los animales muertos, pero ninguno contenía los restos humanos que habrían valido la recompensa ofrecida por el gobierno de Matawan.
El Mounstro marino había llegado a ser la figura del momento en Estados Unidos. Las fotografías de los periódicos mostraban al lector tiburones de grandes fauces erizadas de dientes, en tanto que los editorialistas publicaban ensayos desmintiendo la idea de que estas criaturas fuesen inofensivas.
Los ciudadanos de Nueva Jersey pidieron ayuda tanto al gobierno estatal como la federal. Las ciudades costeras se hundieron en una crisis económica cuando los turistas hicieron la maleta para volver a casa y los hoteles situados a la orilla del mar se quedaron vacíos.
Los políticos reconocieron su impotencia para actuar. Era muy poco lo que podían hacer para luchar contra aquella amenaza, hasta entonces desconocida.
Presionando para afrontar la crisis con energía, el presidente Woodrow Wilson recurrió a su fiel secretario del Tesoro, William Gibbs McAdoo, para que emprendiera “una guerra contra los tiburones”. Sin embargo los planes originales de exterminar a los escualos de la extensa costa de Nueva Jersey resultaron impracticables y la campaña se abandonó.
El viernes 14 de julio, a primera hora de la mañana, Michael Schleisser, taxidermista neoyorquino que antes se dedicaba a la caza mayor, se preparó para ir de pesca a la bahía de Raritan con su amigo John Murphy. En el muelle de South Amboy, Nueva Jersey, recogió el mango de un remo roto, y Murphy le preguntó para que lo quería.
-nunca se sabe: por si llegamos a necesitarlo- respondió Schleisser.
Los amigos se dirigieron a la bahía Raritan en una lancha de motor de 2,40 metros de eslora, arrojaron una red por la popa y empezaron a arrastrarla por el agua.
Navegaron a baja velocidad durante alrededor de una hora,hasta que de pronto la embarcación se detuvo en seco. El motor empezó a fallar y se apagó, y vieron que algo había quedado atrapado en la red, algo de gran tamaño.
Mientras retrocedían con la popa en contra de la dirección del oleaje, el agua empezó a rebosar al interior por la borda: algo estaba tirando de la embarcación hacia abajo.
Schleisser vio asomar sobre la superficie del mar una ancha cola bifurcada. Con el corazón acelerado exclamo:
-¡Caramba, pero si es un tiburón!
Murphy se abalanzó sobre la proa para hacer contrapeso,mientras su amigo registraba la lancha en busca de un arma. No había nada salvo las cañas de pescar, la carnada y el mango del remo roto. Schleisser tomo este último y se acercó a la popa.
Mientras la embarcación se sacudía con violencia, el pecador plantó firmemente los pies en el suelo con la intención de asestarle un golpeen la cabeza a la criatura.
En cuanto se sintió seguro, descargó un golpe con todas sus fuerzas. Le dio al animal en la punta del hocico y, en un segundo intento cerca de las agallas. El tiburón reaccionó con furia y le brincó al brazo de Schleisser. La imponente cabeza le pegó en el antebrazo, y la áspera piel le hizo algunas cortaduras en la muñeca.
Cuanto mas salvajemente se sacudía la fiera, mas enmarañaba en la red. En un impulso desesperado, salto a la popa para atacar a los tripulantes. Schleisser le pegó entonces en la nariz otro fuerte golpe que le dejo aturdido. Aprovechando la momentánea tregua, el pescador lo golpeo varias veces más en las agallas y en la cabeza, hasta que el animal se quedó exánime y se deslizo por la red.
Los pescadores se dejaron caer rendidos en la lancha. Schleisser había matado al monstruo marino.
Cuando llegaron al muelle de South Amboy, los recibió una muchedumbre de curiosos que se habían reunido al ver el pez inusitadamente grande que iban remolcando.
Schleisser les relató,exhausto, cómo había sido su enfrentamiento con el tiburón, y agregó que la criatura le había presentado “la lucha por la vida más encarnizada que había tenido jamás “.
Resultó que el tiburón era una hembra joven, cuando muchos suponen que los tiburones asesinos son machos. Lo cierto es que los ejemplares de cualquier sexo son capaces de devorar seres humanos, pero las hembras resultan los adversarios más formidables porque tienen más fuerzas para mantener y proteger los huevos y, en el caso del tiburón blanco, son de mayor tamaño.
Con todo, quedaba por saber si Schleisser había matado al devorador de hombres que había azotado la costa de Nueva Jersey. El gentío tuvo que conformarse con observar y esperar mientras el gigantesco pez era sacado dela red.
Perdurable misterio
La presa que había capturado Schleisser, la cual media 2,30 metros de largo y pesaba 160 kilos, era de color azul grisáceo oscuro por el lomo y blanca por el vientre.
Cuando el taxidermista la abrió, descubrió en su interior un espeluznante montón de carne y huesos, presumiblemente humanos, que en conjunto, pesaban alrededor de siete kilos.
Schleisser ya tenía motivos para suponer que se trataba del depredador, pero sabía que debía fundamentar sus sospechas. Como conocía a Frederic Lucas, el director del Museo de Historia Natural, decidió enviarle los restos.
Pocos días después llevo el ejemplar, ya disecado y colocado sobre un soporte, a las oficinas de un periódico neoyorquino. Al otro día, la primera plana estaba enteramente dedicada a una de las notas más dramáticas dela historia del diario, bajo el titular “Hombre de Harlem mata un tiburón asesino de 2,30 metros en una lancha”.
Miles de personas desfilaron frente a una ventana de las oficinas del periódico, donde se había colgado al tiburón. Chicos y grandes por igual se quedaban boquiabiertos ante la vista de la feroz criatura.
John Nichols, el investigador del Museo de Historia Natural,llegó a la ciudad y abriéndose paso entre la multitud, se puso delante y se quedó mirando al depredador. Le bastó una ojeada para desvanecer todas sus dudas: observó el cuerpo ancho, en forma de torpedo, la aleta dorsal parecida a una media luna, el ancho hocico cónico, los ojos negros y los enormes dientes.Evidentemente las fauces del animal eran lo bastante grandes para que hubiera cobrado vidas humanas. Se trataba sin duda de un tiburón blanco.
Entre tanto su jefe, Frederic Lucas, había recibido la caja de huesos que le había enviado Schleisser y estuvo de acuerdo en que eran humanos.
Sin embargo, aún escéptico, no estaba dispuesto a aceptarlos como prueba de que el tiburón de Schleisser hubiera sido el causante de los ataques de Matawan. Según él,los restos provenían del cuerpo de un hombre “que ya llevaba algún tiempo muerto y no eran producto de un ataque en vida de la victima”.
A pesar de todo, otros especialistas independientes determinaron que entre los huesos encontrados en el estómago del animal estaba la tibia de un muchacho 28 centímetros de largo, presumiblemente la de Lester Stilwell, y un fragmento de costilla perteneciente a un hombre joven, que bien habría podido ser de Charles Bruder, el botones del Hotel Essex and Sussex.
Hoy en día se han extinguido las pruebas de los ataques de aquel remoto verano. Sin embargo, el comportamiento aberrante de ese tiburón blanco contribuyó a forjar la visión que ahora tenemos de la especie. En 1974, Peter Benchley se inspiró en el ejemplar asesino de 1916 para crear su villano ficticio Tiburón.
Todavía hoy, en una época de técnicas pesqueras que pretenden erradicarlo de los mares, de una ciencia resuelta a esclarecer sus secretos y de medios informativos que buscan revelar sus movimientos, el tiburón blanco sigue siendo esquivo y enigmático.
Casi un siglo después del fatídico verano de 1916, para la mayoría de los marinos y pescadores, ver un tiburón de éstos sigue siendo una experiencia que se da sólo una vez en la vida. Entre tanto, la terrible criatura subsiste en las profundidades donde siempre ha reinado: en los relatos de advertencia que hacen los padres a los hijos, en los susurros del inconsciente, en las sombras del mar y en las aguas de la desembocadura de un río.
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Revista Selecciones / Sección de libros / Junio del 2002
Condensado de “Closet to Shore: A True Story of Terror in an Age of Innocence”.
2001 por Michael Capuzzo, publicado por Broadway Books,
División de Random House, Inc.,de Nueva York.
http://tigrepelvar.wordpress.com/2007/10/14/el-primer-tiburon-asesino-en-usa-de-1916/
resumen de todo
http://www.findagrave.com/cgi-bin/fg.cgi?page=gr&GRid=20471069
charles vasant
http://theessexandsussex.com/history.html
hotel esses and sussex
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*Antes de publicarlo, pensaba en hacer otros post menos importantes, para asi ganar puntos en este y que la gente se interesara (creo que la gente se interesa mas cuando un post es muy puntuado), pero creo que eso es un poco infantil, ustedes me dirán si debo o no re-postearlo alguna próxima vez.
*Me pareció una historia increíble y estoy seguro de que les va a gustar, igual no la he visto con tanto detalle esta historia en Taringa ,solo le he visto en conjunto con otros hechos iguales.
*No sabia si ponerlo en paranormal por la descripción de los ataques, pero creo que por su contenido histórico y científico era mejor en info, disculpen por eso s si falata algo me avisan le agrego si es que puedo
*Agradezco mucho a: Aevr 23, El Viejo Guizmo y osus smith Quienes con sus trabajos sobre tiburones me ayudaron a entender mejor la naturaleza de estas increíbles y criaturas por lo que les recomiendo las interesantes de lecturas de ellos (no tengo los hipervinculos a la mano pero los pondre)
*Seguro vendrá un troll a poner un comentario que no tenga nada que ver y como siempre como el primero para destacar, (aunque me sorprendería que hubiera leído todo para comentar),
* Así que para ti troll que solo lees la última línea de los post’s, no comentarios (ni imágenes) troll por favor, que luego solo entran a ver ese comentario sin sentido, no nos llenes de tonteras.
¡Tiburón! 1916
Sesenta años antes de Tiburón, el filme basado en la novela homónima de Peter Benchley, un escualo aún más voraz azoto a un pueblo de Nueva Jersey, matando a sus victimas con tal sigilo, que sólo un viejo lobo de mar supo lo que pasaba, ¡Lastima que nadie le creyó!
Por Michael Capuzzo / ilustraciones Patrick Arasmith
Anuncios desoídos
El Atlántico se extendía ante él como una piscina de diamantes que, mecidos por el suave oleaje, deshacían en mil reflejos la luz broncínea del atardecer. El joven Charles Vansant estaba ansioso por darse un chapuzón.
Mientras contemplaba el mar, un perro cobrador se le acerco a lamerle la mano. Charles, graduado de la Universidad de Pensilvania, se encontraba en Beach Heaven, bahía turística de la costa de Nueva Jersey,pasando con su familia el puente del Día de la Independencia de 1916.
Estaba enamorado, tenía pensado comprometerse y se sentía feliz con la vida que tenia por delante.
Atravesó a grandes trancos la parte poco profunda de la bahía cuando el agua le llegó al pecho, se zambulló de cabeza.
Algunos otros bañistas chapoteaban cerca de la orilla, y Charles no tardó en dejarlos atrás. Era fuerte y se adentro velozmente en aguas más profundas, seguido de cerca por el perro.
Mientras metía y sacaba rítmicamente la cara del agua y braceaba siguiendo la cadencia de las olas, cerró los ojos, que le ardían por efecto de la sal. Una corriente fría le lamía el torso. No lejos de él perro nadaba agitando las cuatro patas abajo la superficie y con la cola iba dejando una estela espuma.
En la playa, un pequeño grupo vio a Charles pasar la zona de rompientes. En el grupo se encontraban su padre, el acaudalado médico Eugene Vansant, y su hermana Louise.
De pronto, inexplicablemente el perro dio media vuelta y empezó a nadar hacia la orilla. Charles se detuvo lo llamó para que volviera,pero el animal salió de la playa y se quedo en la arena mirando al mar.
Por fin el joven desistió y comenzó a nadar de regreso. Mientras lo hacia los presentes notaron algo extraño.
Una aleta oscura asomó del agua y empezó a moverse hacia él.No era raro ver marsopas nadar en manadas cerca de la costa, pero aquella aleta iba sola y se dirigía demasiado aprisa hacia el nadador.
Quienes estaban en la playa se lo advirtieron, pero él al parecer no oía a causa del ruido de las rompientes.
Estaba ya cerca de la orilla, a no más de 1,50 metros de profundidad, y todo indicaba que se pondría a salvo… pero era tarde.
Del agua salieron unas enormes fauces, una membrana protectora blanca cubrió los ojos, y 50 dientes triangulares se cerraron sobre la pierna izquierda del joven con una presión de una tonelada por centímetro cuadrado.
Charles lanzó un grito de agonía.
En la playa, su padre y su hermana se quedaron petrificados de horror e incredulidad.
El nadador dio una valiente pelea, pero sus esfuerzos por soltarse sólo consiguieron que el monstruo le mordiera la arteria femoral aún con más saña, y que los dientes le llegaran al hueso. Louise recordaría después como su hermano se revolvía en el agua: “Nos acercamos corriendo y alcanzamos a ver una gran cantidad de sangre”.
Mientras Charles luchaba desesperadamente por salvarse, unos hombres se lanzaron en su ayuda al agua ensangrentada. El primero fue Alexander Ott, quien demostró una valentía extraordinaria al enfrentarse con la formidable fiera mientras cobraba su presa.
Tomando a Charles por las axilas, hizo intentos desesperados por arrastrarlos a las playas, pero por el extremo opuesto sintió una fuerza mucho más poderosa y vio la aterradora imagen del depredador prendido al muslo del joven.
El tiburón y Ott se disputaban a tirones el cuerpo de Charles. El tamaño de la criatura superaba con creces al de su víctima y tiraba de ella con una fuerza inimaginable.
Otros hombres corrieron al agua para ayudar y consiguieron arrastrar a Charles casi hasta la playa. Por increíble que parezca el pez los siguió hasta que su imponente cuerpo cónico rozó la arena.
La desesperada lucha continúo durante unos segundos más, pero de pronto la bestia soltó a su presa y se alejó, dejando un remolino de espuma al sumergir su aleta dorsal.
Charle Vansant quedo postrado en la playa, sangrando profusamente.
El doctor Eugene Vansant corrió al lado de su hijo. La pierna izquierda del joven, casi separada del cuerpo, era una masa informe y sanguinolenta. Mientras el médico le tomaba el pulso, cada vez mas débil, Ott improvisó un torniquete rasgando unos lienzos en tiras, pero no pudo contenerla hemorragia.
Llevaron a Charles a un hotel próximo, donde entre su padre y otros dos médicos le limpiaron y vendaron la pierna. Aun así, la hemorragia persistía.
A las 6:45 de la tarde, menos de dos horas después de haberse zambullido en el agua, Charles murió del choque producido por la abundante pérdida de sangre, ante la mirada de impotencia y aflicción de su padre.
Esa tarde un anónimo sombrío cernió sobre la población de Beach Heaven. El miedo a lo desconocido y al mar se apoderó de los turistas.
Incluso a quienes presenciaron el ataque debe haberles resultado difícil de creer lo que veían, pero sin duda todos coincidían en lo que declaro un testigo: “la muerte del señor Vansant es lo mas espantoso que he visto en mi vida”.
Los huéspedes de los hoteles, los pescadores y otros marinos experimentados sólo podían hacer conjeturas sobre el responsable de la muerte del Señor Vansant: una fiera marina de enorme tamaño, tan formidable que podía partir a un hombre por la mitad.
El médico que atendió a Charles certifico como causa inmediata de la muerte “una hemorragia de arteria femoral izquierda”, y como causa mediata, “una mordida de tiburón mientras nadaba”.
Era 1 de julio de 1916, y por primera vez en la historia de Estados Unidos se registraba semejante causa de muerte en un documento oficial.
Segundo ataque
Poco se sabía sobre el tiburón blanco en 1916. A muchos la idea de un pez devorador de seres humanos les parecía tan absurda como el mito de la serpiente de mar.
Ahora los investigadores suponen que nadar con un perro aumenta el riesgo de sufrir un ataque porque el movimiento rápido e irregular de las patas atrae a los tiburones blancos. El cobrador que nadaba junto a Charles Vansant emitía un ruido desigual que debió haber rebotado con feroz intensidad en la cabeza del escualo.
Apenas el verano del año anterior, en un editorial titulado“Hagamos justicia a los tiburones”, la redacción del New York Times había llamado la atención hacia la falta de informes verificables sobre ataques de estos animales contra seres humanos en la costa atlántica de Estados Unidos. “Al parecer es un error considerar a la tiburones un peligro en esta parte del mundo”, concluía el artículo.
A principios del siglo XX, los turistas afluían a las playas cada vez en mayor número. Hacía poco que el auge ferroviario de la era industrial había abierto las puertas de las poblaciones costeras al gran público.
Lo que nadie podía prever es que una serie de acontecimientos fortuitos se habían conjugado para enfrentar al hombre con la más temible fiera marina.
A fines de la primavera de 1916, el joven tiburón blanco que mas tarde cobraría la vida de Charles Vansant nadaba probablemente frente a la costa sureste de Estados Unidos.
Atrapado por la corriente del Golfo, fue arrastrado hacia el norte hasta algún punto situado a unos 110 kilómetros al este de la costa de Nueva Jersey, donde otra corriente lo acercó a tierra.
Estaba perdido y hambriento, y algunos especialistas suponen que había llegado a ser un peligroso depredador solitario, como los leones o elefantes que abandonan la manada y se vuelven cazadoras furtivos de hombres.
En aquella época, anterior a la radio y a la televisión, la mayoría de la gente no se entero del peligro sino hasta dos días después de la muerte de Vansant. Hubo que esperar a que el 3 de julio, la noticia sobre el joven muerto en un misterioso ataque en el mar saliera publicada en los diarios como el Evening Bulletin de Filadelfia.
Como a pesar del matado no había podido alimentarse, el tiburón siguió avanzando hacia el norte por la costa de Nueva Jersey hacia Nueva York, y la tarde del 6 de julio volvió a atacar.
Charles Bruder, botones del Hotel Essex and Sussex en Spring Like, Nueva Jersey, se había zambullido en el mar con la idea de nadir un buen rato. De repente, los huéspedes que se encontraban en la playa se sobresaltaron al oír unos gritos destemplados a un centenar de metros mar adentro.
-¡Un hombre que iba en una canoa roja se volcó! – exclamo una mujer.
Sin pérdida de tiempo, dos salvavidas se lanzaron al agua en una lancha de remos. Al acercarse se dieron cuenta de que lo que desde lo lejos parecía una embarcación roja era en realidad una gran mancha redonda de sangre,en medio de la cual flotaba Bruder.
Cuando los hombres se acercaron más, vieron un inmenso pez acometerlo repetidamente, “como un avión que se abalanzara sobre un dirigible”.Cuando los socorristas por fin consiguieron subir a Bruder a la embarcación,advirtieron que tenía las piernas desgarradas un poco más debajo de las rodillas.
Los salvavidas enfilaron a la playa y se pusieron a remar a toda velocidad, pero sus esfuerzos fueron en vano. Además de tener las piernas casi totalmente desprendidas del cuerpo, Bruder había sufrido un tremendo mordisco en el torso y se desangró antes de que pudiera darle atención médica.
Al divulgarse la noticia, todos los bañistas salieron del mar en desbandada. El gerente del hotel mandó al personal de la central telefónica que diera aviso a lo ocurrido a todos los operadores de la costa de Nueva Jersey. Fue así como se dio la primera voz de alarma general de tiburón de que se tiene noticia en Estados Unidos.
Pocos días después, John Nichols, uno de los ictiólogos más destacados de la época en ese país, comenzó a hacer averiguaciones sobre lo ocurrido, por cuenta del Museo Estadounidense de Historia Natural, de la Ciudad de Nueva York.
El director del museo, Frederic Lucas, lo había comisionado expresamente para que investigara el inusitado informe de un hombre muerto el 6 de julio como consecuencia del ataque del pez.
No obstante las declaraciones de los testigos presenciales,Nichols abordó la investigación con actitud escéptica, pues le parecía sumamente improbable que en aguas del Atlántico Norte hubiese un tiburón depredador de seres humanos. Según el NewYork Times, Nichols llego incluso a pensar si el animal responsable de la muerte de Bruder no seria una orca.
Tan descabellada resultaba en aquel entonces la idea de un ataque de tiburón en mares fríos, que otros escépticos conjeturaron que Bruder probablemente había sido victima de una tortuga gigante o de una caballa grande.
El mismo Frederic Lucas se contaba entre los escépticos.Estaba convencido de que los tiburones blancos rara vez se acercaban a la costa de Nueva Jersey, y aquellos que llegaban a hacerlo eran demasiado pequeños para representar un verdadero peligro.
El siguiente sábado, mientras sepultaban a Charles Bruder cerca de Spring Lake, las lanchas patrulla reconocían las aguas costeras, y otras embarcaciones menores echaron anclas cerca de las zonas de natación.
En las proas había hombres provistos de arpones y armas de fuego, apuntando hacia el agua. Llevaban grandes trozos de carne de cordero colgados de la borda como cebo para atraer al depredador.
Sin embargo, eran esfuerzos inútiles: lejos de caer en manos de sus perseguidores, la fiera siguió avanzando hacia el norte, sin que nadie supiera que estaba a punto de iniciar una serie de ataques sin precedentes en la historia.
Roces con la muerte
Durante varios días el miedo cundió por toda la costa de Nueva Jersey. En las aguas de varias playas de instalaron mallas metálicas “aprueba de tiburones” para proteger a los bañistas, y las que quedaron sin malla eran patrulladas periódicamente.
En una playa de Asbury Park, un salvavidas que remaba en una lancha vio acercarse de pronto una aleta gris. “Sacó su remo de su retén y golpeó enconadamente al escurridizo monstruo marino”, que escapo hacia el alta mar. El incidente bastó para que un centenar de personas, entre hombres,mujeres y niños, huyeran despavoridos de la playa.
Ese mismo día, sábado 8 de julio, un teniente de policía que trabajaba en una plataforma flotante frente a Bayonne, Nueva Jersey, en la bahía de Nueva York, oyó un alboroto y vio a unos niños salir del agua gritando que había un tiburón.
El agente escudriño la bahía y “vio a un escualo sacar la cabeza del agua cerca del lugar donde poco antes nadaban los niños”, informo el Herald de Nueva York. Al verlo acercarse a la orilla, el policía desenfundo el revólver y corrió al extremo dela plataforma. El inmenso pez iba nadando hacia la costa.
El policía hizo varios disparos, y algunas balas alcanzaron a la bestia en la cabeza, pero no la detuvieron.
El teniente siguió disparando hasta vaciar el revólver. El tiburón “pareció aturdido por unos momentos”, agregaba la nota del Herald,“pero después, pegando un coletazo, dio media vuelta y desapareció”.
A pesar de este encuentro al, día siguiente, 9 de julio, el pánico empezó a desvanecerse y la gente volvió a atestar playas. A muchos los tranquilizaron los comentarios del director de la Oficina de Pesca, según el cual no había motivo de alarma porque “los tiburones no son animales encarnizados”
Mientras los bañistas regresaban al mar, la fiera siguió avanzando hacia el norte al impulso de las corrientes costeras, mientras su hambre y su ferocidad alcanzaban un punto crítico.
Al cabo de varios días llego a Sandy Hook, en el extremo norte de la costa de Nueva Jersey. Allí, obedeciendo a su instinto de mantenerse cerca de la costa, se dirigió hacia el oeste y se interno en la bahía Raritan.
Luego, siguiendo el contorno de la bahía, avanzo hacia el sur y, pasando la población de Keyport, Nueva Jersey, remontó la desembocadura del río Matawan junto con el torrente de agua salada de la marea alta.
No lejos de la desembocadura, el río se estrecha de golpe unos 60 a 30 metros, y más adelante a apenas seis.
Con sus poderosos coletazos, el tiburón se adentró en un extraño mundo de agua dulce y turbia. Al ver estrecharse el fondo y las orillas del río, seguramente se sintió atrapado y se puso aún más desesperado e inquieto.
En agua dulce el tiburón blanco pierde el delicado equilibrio salino de su organismo, y sus funciones fisiológicas empiezan a fallar. Sin embargo, durante algún tiempo la enorme corpulencia del animal le permitió resistirlos mortales efectos de este desequilibrio.
Conforme continuaba su avance río arriba por las lodosas aguas, empezó a percibir, primero el oído y luego por el olfato, la presencia de posible presas. A unos dos kilómetros y medio de la desembocadura, en una zona pantanosa poblada de juncias, se encontraba el poblado rural de Matawan,Nueva Jersey.
La poza
El 11 de julio, Rennie Cartan, hijo de un aserrador del lugar, estaba ansioso por darse un chapuzón para refrescarse.
Acompañado de otros niños, bajó por entre la alta hierba dela ribera hasta una poza del Matawan. El río, de aguas tranquilas, era muy popular entre los chicos, a quienes les gustaba zambullirse allí en los tórridos días de verano.
Los niños se encamaron sobre los restos de un viejo muelle y, entre risas y gritos, se quitaron la ropa.
Rennie, muchacho atlético de 14 años, estaba sobre un pilote del muelle, bromeando con sus amigos, cuando perdió el equilibrio. Cediendo ala fuerza de gravedad y la alegría del momento, se dejo caer por la poza,riendo.
Los demás niños saltaron al agua tras él. En la oscuridad del fondo limoso y fresco, las piernas se les perdían de vista. En el alboroto que armaban ahogo momentáneamente un grito agudo.
Para Rennie, el placer de la zambullida se transformó de pronto en un intenso dolor ardiente que parecía desgarrarle el cuerpo. Sin dejar de gritar, salió rápidamente de la poza. Tenía la piel ensangrentada, como si se hubiera arañado con varias puntas de cuchillos.
Sus compañeros se apiñaron en torno suyo para calmarlo.Ninguno había visto nada de lo que sucedió. Los rasguños parecían dolorosos,pero no graves, y pensaron que se habría raspado accidentalmente con una rama.
Sin embargo Rennie no se tranquilizaba, decía que lo había golpeado y cortado algo que se movía en el agua, algo mayor que ningún pez que hubiera visto jamás, y que luego se había ido.
En opinión de algunos investigadores actuales, los ataques de tiburones suelen ir precedidos por una embestida que deja arañazos parecidos a los que sufrió Rennie. La piel del tiburón es tan gruesa y rasposa, que en otro tiempo los carpinteros la utilizaban para lijar las maderas más duras.
Cuando Rennie se fue a que le curaran las cortaduras, les advirtió a sus amigos que no volvieran a meterse en el agua, pero ellos no le hicieron ningún caso.Siguieron jugando como si no hubiera pasado nada, sin saber que el ruido de sus gritos y chapoteos resonaban en el angosto cauce del río y llegaba hasta el tiburón blanco, que ya tenía medidas a sus ruidosas presas.
Oleada de muertes
Al día siguiente, 12 de julio, Thomas Cottrell, capitán de barco jubilado de 58 años, se encontró con algo para lo cual no lo había preparado su larga experiencia afrontando lo desconocido y los elementos.
Mientras atravesaba el Matawan por un puente de tranvías,vio una enorme forma de color gris oscuro agitando las aguas del río.
En cuanto salió de su sorpresa e incredulidad, se dio cuenta de que era un tiburón grande, igual a los muchos que había visto en el Atlántico y en el Pacifico.
El pez paso debajo de él y avanzó con rectitud río arriba,en dirección al pueblo.
Forzando las cansadas piernas, Cottrell corrió a un teléfono y llamo a la peluquería de John Mulsoff, en la calle Principal. El peluquero que también era el policía de Matawan, escuchó, incrédulo, la advertencia de Cottrell de que había un tiburón en el río. Le pareció una locura y no le hizo caso.
Rojo de ira, el ex capitán echó a correr hacia el centro de Matawan con la idea de adelantarse al tiburón y advertir a la gente.
En el camino fue avisando a todo el que veía de la amenaza que se acercaba, hasta quedarse ronco de tanto gritar, pero sus palabras eran acogidas con escepticismo, miradas de desconcierto o risas desdeñosas.
Nadie podía creer que hubiera un tiburón acechando en el río.
Con todo, si Cottrell se había pasado la vida en el mar y estaba allí para contarlo, no era por haber desconfiado de su intuición. Fue a toda prisa al muelle y subió a bordo de su pequeña lancha a motor, la Skud,decidió a poner sobre aviso a los bañistas.
Ese día, todavía invisible en el luminoso cielo vespertino,la luna iba creciendo; faltaban tres días para que fuera luna llena.
En años recientes los investigadores del Archivo Internacional de Ataques de Tiburón han observado cierta influencia de “las fases de la luna y la altura de las mareas sobre la frecuencia de los ataques de tiburón”.
La marea ya comenzaba a subir por el río Matawan y a fortalecer al depredador con vivificante agua marina. El nivel del río no tardaría en alcanzar su punto más alto del mes.
El tiburón seguía nadando río arriba a la velocidad de un transeúnte, moviendo el cuerpo de un lado a otro y olfateando el agua en busca de más presas.
Poco antes de las 2 de la tarde Lester Stiwell, de 12 años,se reunió con varios amigos, entre ellos Albert O`Hara, Charlie Van Brunt y Johnson Cartan, juntos se dirigieron a toda prisa a la poza.
Irónicamente Johnson era primo de Renie Cartan, el muchacho que había tenido la aterradora experiencia el día anterior.
Sin embargo los niños arrojaron la ropa a la hierba y empezaron a zambullirse desde el ruinoso muelle, creían que no había ningún motivo para preocuparse.
-¡Mírenme nadar!-les dijo Lester mientras flotaba en el agua.
Un instante después, Charlie alcanzó a ver un inmenso pez oscuro que se acercaba a su amigo por debajo del agua. Lester dejó escapar un grito cuando el tiburón lo embistió, vuelto boca arriba y mostrando el vientre blanco y los impresionantes dientes.
Según el Herald de Nueva York los muchachos se quedaron mirando horrorizados, cómo el tiburón“sacudía a Lester como un gato a un ratón, y luego lo sumergía de cabeza al agua”. Cuando el escualo se lo llevaba hacia el fondo, le pegó un coletazo a Albert O’Hara, que salió disparado contra los pilotes del muelle.
Sin despegar los ojos del círculo rojo que se formaba en el agua, Albert exclamó:
-¡Ay, mató a Lester!
Durante un espeluznante segundo, Lester volvió a salir a la superficie, gritando y agitando desesperadamente los brazos. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, el tiburón se lo llevo para siempre.
Los niños salieron despavoridos del agua y, desnudos como estaba, echaron a correr cuesta arriba por la ribera, en dirección al centro de Matawan.
-¡Tiburón! ¡Tiburón!-vociferaban -¡un tiburón se llevo a Lester Stilwell!
Una muchedumbre se reunió alrededor de los niños. A algunos les parecía que lo más probable era que Lester, que era epiléptico, hubiera sufrido un ataque y se hubiera ahogado.
Unos socorristas se dirigieron al río, y el padre del niño, William Stilwell, salió a toda prisa de la fábrica de cestas donde trabajaba.
En la calle se encontró con su esposa y juntos se encaminaron al río.
Mientras las familias Cartan y Van Brunt tenían el consuelo de saber que sus hijos se encontraban a salvo, los padres de Lester no podían menos de preguntarse, llenos de ansiedad, que habría sido de su hijo.
“¡Me atrapó!”
Molestos de que nadie les creyera que el responsable de lo ocurrido había sido un tiburón, algunos de los amigos de Lester siguieron adelante por la calle Principal hasta la sastrería de Stanley Fisher, hombre corpulento de 24 años. “Sabían que era un gran nadador”, explicaba el Herald de Nueva York, “y amigo de todos los niños del pueblo”.
Fisher cerró el negocio y enfiló al río. En el camino se encontró con su amigo George Burlew, que decidió acompañarlo.
A los muchos lugareños que se apiñaban ya en el muelle y en las orillas del Matawan se sumaron William Stilwell y su esposa, que se quedaron mirando, consternados, el sitio donde Lester había desaparecido.
La llegada de Fisher infundió esperanzas a la muchedumbre, por que era uno de los hombre más fuertes del pueblo.
Burlew y él se pusieron sus trajes de baño. En aquella época, los hombres normalmente usaban,para nadar, unos pantalones cortos negros que les llegaban a la mitad del muslo, y una camiseta larga y sin mangas.
Casi un siglo después, el primer estudio mundial sobre los ataques de tiburón blanco, en el que se tuvieron en cuenta 179 casos, revelo que nueve de cada diez víctimas humanas llevaban ropa oscura, por lo general negra o azul.
Se cree que este atuendo les daba la misma coloración que a muchos animales marinos que son presas predilectas de los tiburones blancos.
Mientras la gente lanzaba gritos de advertencia desde las orillas, Fisher y Burlew se zambulleron en el río y empezaron a bucear por la parte central del cauce en busca del cuerpo de Lester Stilwell.
Según la crónica de un periódico, después de varias zambullidas, Fisher salió a la superficie y exclamó:
-¡Lo tengo!
Dos hombres se acercaron en una embarcación de remos para ayudarlo a sacar el cuerpo. También George Burlew se acerco nadando a su amigo para darle una mano, pero se detuvo al sentir una violenta agitación en el agua. El espectáculo que presencio entonces en medio del río se le quedaría gravado para siempre en la memoria.
-¡Me atrapó!- exclamo Stanley Fisher mientras, apasionado entre las fauces del tiburón, forcejeaba para soltarse.
El sastre se debatía desesperadamente para salvar la vida.“El tiburón lo sumergió tres o cuatro veces durante la lucha”, refería más adelante Burlew, “pero en cada ocasión Stanley se las arregló para regresar ala superficie”.
De pronto, según el Herald de Nueva York, Fisher “fue arrastrado de nuevo hacia el fondo de un tirón.
El agua se tiño de rojo en una zona que se fue ensanchando cada vez más y, cuando el joven pudo por fin salir a flote, estaba tan rendido que apenas podía hablar”.
Hombres y mujeres contemplaban el espectáculo horrorizados en la ribera. También George Burwel se sentía impotente para ayudar a su amigo.Luego, por increíble que parezca, Fisher consiguió soltarse del tiburón y nadó hacia la orilla, con el cuerpo de Lester Stilwell bajo el brazo.
Según el New York Times, estaba a punto de llegar a tierra cuando los testigos lo oyeron lanzar un terrible alarido y lo vieron levantar los brazos al aire. El cuerpo de Lester cayó al agua y Fisher se hundió detrás de él, arrastrado hacia el fondo por el tiburón.
Con una fortaleza admirable, el joven volvió a emerger y una vez mas intento llegar a la orilla. Los socorristas pudieron entonces sacarlo y ponerlo a salvo.
Los espectadores, horrorizados y asqueados, vieron que el tiburón le había arrancado a Fisher casi toda la carne entre la cadera y la rodilla derecha.
El médico que le dio los primeros auxilios allí mismo lo colocó en una camilla y acompaño a los hombres que cargaron con el cuesta arriba hasta la estación de trenes de Matawan. Allí Stanley Fisher,esforzándose por no perder la conciencia, se quedó esperando a que llegara el siguiente tren, en que lo llevarían al Hospital Monmouth Memorial, en Long Branch, a 15 Kilómetros al este.
Ayuda oportuna
Esa misma tarde, a unos 800 metros río abajo, el joven Joseph Dunn, su hermano mayor Michael y un amigo de ambos, Jerry Hourihan, se dirigieron al río.
Los hermanos vivían en la ciudad de Nueva York, pero estaban de visita a su tía.
Joseph corrió para ser el primero en zambullirse. Ninguno para ser el primero en zambullirse.Ninguno de los tres sabía que apenas media hora antes un tiburón había atacado a dos personas río arriba, y tampoco estaban enterados de las advertencias del capitán Cottrell, que seguía recorriendo el río en la Skud.
Eran cerca de las 4 de la tarde cuando los muchachos saltaron al agua y nadaron hasta la parte media del río.
A los pocos minutos se les acercó a toda prisa un viandante para advertirles de la presencia de un tiburón, y ellos volvieron nadando a toda prisa a los muelles. Jerry y Michael salieron del agua por una escalera. Joseph iba detrás de ellos con toda la rapidez que podía, pero el depredador ya lo seguía de cerca.
“Estaba como a tres metros de la orilla cuando sentí algo en los pies”, recordaría el muchacho. Entonces el depredador cerró las mandíbulas sobre la pierna de Joseph, que prorrumpió en gritos de pavor al sentirse arrastrado a aguas más profundas.
Michael, seguido de Jerry, regresó nadando al lado de su hermano para ayudarlo. Entre los dos tomaron a Joseph e intentaron arrebatárselo a tiburón.
La criatura tenía las poderosas mandíbulas firmemente cerradas pero después de una lucha feroz, de repente soltó a su presa. Michael y Jerry arrastraron entonces a Joseph que todavia iba gritando, hasta el muelle.
Por fortuna, en ese preciso momento pasaban por allí en la Skud el abogado de Matawan, Jacob Lefferts, y el capitán Cottrell. Las heridas que Joseph había sufrido tenían muy mal aspecto. Después de un rápido examen,lefferts, Cottrell y Michael colocaron al joven en la lancha.
Había sido una feliz coincidencia que acertaran a pasar por allí a tiempo para ayudarlo, pero mientras Cottrell conducía la embarcación río abajo, mirando la pierna desgarrada y sanguinolenta de Joseph, debe de haberse preguntado si la fortuna seguiría sonriéndoles.
La gente del pueblo creía que el tiburón estaba atrapado en el rió porque habían tendido mallas de alambre de orilla a orilla cerca de Keyport, el punto donde el Matawan desemboca a la bahía. Los hombres de la región se apostaron a lo largo de las riberas con escopetas y dinamita.
Poco antes de que se detonara la primera carga, hacia las 5 de la tarde, apareció una lancha navegando río abajo. Era Cottrell, que transportaba a Joseph Dunn. En cuanto la Skud llegó al embarcadero, unos hombres sacaron de inmediato a Joseph.
Llamaron a un médico, quien observó que el joven tenía gravemente lacerado el músculo de la pantorrilla. Lo bueno era que la mordedura“no había aplastado huesos ni cortado las grandes arterias de la pantorrilla”
El médico envolvió la pierna con vendajes y envió al herido al hospital. Por fortuna, Joseph habría de sobrevivir al ataque.
En cuanto se llevaron al herido y retiraron las embarcaciones que quedaban, resonaron en el río los primeros disparos. La explosión de una carga de dinamita levantó una masa de agua a gran altura sobre la multitud. Mientras tanto, el alcalde de Matawan anuncio que el gobierno municipal entregaría una recompensa de 100 dólares a la persona que matara al tiburón.
Esa noche se supo que el valiente sastre Stanley Fisher había muerto en el hospital. La única manera de desahogar el miedo y el dolor era dar rienda suelta a la ira, y durante toda la noche los hombres se balearon y dinamitaron cuanto veían moverse en el agua.
John Nichols, el funcionario del museo Estadounidense de Historia Natural, llegó para investigar la más reciente serie de ataques. A esas alturas ya había descartado la hipótesis de que el depredador fuera una orca. El 8 de julio había reconocido públicamente que un tiburón blanco había matado a Charles Bruder.
Ahora venia a Matawan para identificar al animal responsable de los últimos ataques.
Si le hubiera quedado alguna duda, al estudiar la desembocadura del río Matawan en Keyport el ictiólogo confirmo que una orca, animal que mide unos 7,50 metros de largo y pesa alrededor de cuatro toneladas y media, habría tenido grandes dificultades para remontar el río. Además, cuando entrevistó a los testigos presenciales,ninguno de ellos mencionó el característico chorro de agua de las ballenas.
A Nichols ya no le quedó duda de que el devorador de hombres del rio Matawan era un tiburón .
El 14 de julio, hacia las 5:30 de la mañana, dos hombres encontraron los restos a medio comer de Lester Stilwell en el turbio torrente.El entierro del niño se llevó a cabo al día siguiente, después de un breve oficio religioso en casa de la familia.
Después, la mayor parte del pueblo se congregó en el Cementerio Rose Hill para rendir homenaje también a Stanley Fisher, a quien se elogió como héroe.
Al decir del diario Shore Press, “casi no había mirada que no estuviera empañada por las lágrimas”,pues “Fisher era conocido y querido por casi todos en Matawan”
Esa tarde se descubrió un agujero en una de las mallas de alambre instaladas en la desembocadura del río.
El monstruo había escapado; el pueblo de Matawan había perdido la batalla contra él.
Lucha a muerte
Cuando se supo la desagradable noticia de que el tiburón blanco, devorador de hombres, andaba otra vez suelto por la bahía Raritan, el pánico volvió a cundir en la región.
Los hombres se hicieron a la mar armados y empezaron a matar escualos en números sin precedente.
En la costa, la gente se apiñaba para ver cortarles el estómago a los animales muertos, pero ninguno contenía los restos humanos que habrían valido la recompensa ofrecida por el gobierno de Matawan.
El Mounstro marino había llegado a ser la figura del momento en Estados Unidos. Las fotografías de los periódicos mostraban al lector tiburones de grandes fauces erizadas de dientes, en tanto que los editorialistas publicaban ensayos desmintiendo la idea de que estas criaturas fuesen inofensivas.
Los ciudadanos de Nueva Jersey pidieron ayuda tanto al gobierno estatal como la federal. Las ciudades costeras se hundieron en una crisis económica cuando los turistas hicieron la maleta para volver a casa y los hoteles situados a la orilla del mar se quedaron vacíos.
Los políticos reconocieron su impotencia para actuar. Era muy poco lo que podían hacer para luchar contra aquella amenaza, hasta entonces desconocida.
Presionando para afrontar la crisis con energía, el presidente Woodrow Wilson recurrió a su fiel secretario del Tesoro, William Gibbs McAdoo, para que emprendiera “una guerra contra los tiburones”. Sin embargo los planes originales de exterminar a los escualos de la extensa costa de Nueva Jersey resultaron impracticables y la campaña se abandonó.
El viernes 14 de julio, a primera hora de la mañana, Michael Schleisser, taxidermista neoyorquino que antes se dedicaba a la caza mayor, se preparó para ir de pesca a la bahía de Raritan con su amigo John Murphy. En el muelle de South Amboy, Nueva Jersey, recogió el mango de un remo roto, y Murphy le preguntó para que lo quería.
-nunca se sabe: por si llegamos a necesitarlo- respondió Schleisser.
Los amigos se dirigieron a la bahía Raritan en una lancha de motor de 2,40 metros de eslora, arrojaron una red por la popa y empezaron a arrastrarla por el agua.
Navegaron a baja velocidad durante alrededor de una hora,hasta que de pronto la embarcación se detuvo en seco. El motor empezó a fallar y se apagó, y vieron que algo había quedado atrapado en la red, algo de gran tamaño.
Mientras retrocedían con la popa en contra de la dirección del oleaje, el agua empezó a rebosar al interior por la borda: algo estaba tirando de la embarcación hacia abajo.
Schleisser vio asomar sobre la superficie del mar una ancha cola bifurcada. Con el corazón acelerado exclamo:
-¡Caramba, pero si es un tiburón!
Murphy se abalanzó sobre la proa para hacer contrapeso,mientras su amigo registraba la lancha en busca de un arma. No había nada salvo las cañas de pescar, la carnada y el mango del remo roto. Schleisser tomo este último y se acercó a la popa.
Mientras la embarcación se sacudía con violencia, el pecador plantó firmemente los pies en el suelo con la intención de asestarle un golpeen la cabeza a la criatura.
En cuanto se sintió seguro, descargó un golpe con todas sus fuerzas. Le dio al animal en la punta del hocico y, en un segundo intento cerca de las agallas. El tiburón reaccionó con furia y le brincó al brazo de Schleisser. La imponente cabeza le pegó en el antebrazo, y la áspera piel le hizo algunas cortaduras en la muñeca.
Cuanto mas salvajemente se sacudía la fiera, mas enmarañaba en la red. En un impulso desesperado, salto a la popa para atacar a los tripulantes. Schleisser le pegó entonces en la nariz otro fuerte golpe que le dejo aturdido. Aprovechando la momentánea tregua, el pescador lo golpeo varias veces más en las agallas y en la cabeza, hasta que el animal se quedó exánime y se deslizo por la red.
Los pescadores se dejaron caer rendidos en la lancha. Schleisser había matado al monstruo marino.
Cuando llegaron al muelle de South Amboy, los recibió una muchedumbre de curiosos que se habían reunido al ver el pez inusitadamente grande que iban remolcando.
Schleisser les relató,exhausto, cómo había sido su enfrentamiento con el tiburón, y agregó que la criatura le había presentado “la lucha por la vida más encarnizada que había tenido jamás “.
Resultó que el tiburón era una hembra joven, cuando muchos suponen que los tiburones asesinos son machos. Lo cierto es que los ejemplares de cualquier sexo son capaces de devorar seres humanos, pero las hembras resultan los adversarios más formidables porque tienen más fuerzas para mantener y proteger los huevos y, en el caso del tiburón blanco, son de mayor tamaño.
Con todo, quedaba por saber si Schleisser había matado al devorador de hombres que había azotado la costa de Nueva Jersey. El gentío tuvo que conformarse con observar y esperar mientras el gigantesco pez era sacado dela red.
Perdurable misterio
La presa que había capturado Schleisser, la cual media 2,30 metros de largo y pesaba 160 kilos, era de color azul grisáceo oscuro por el lomo y blanca por el vientre.
Cuando el taxidermista la abrió, descubrió en su interior un espeluznante montón de carne y huesos, presumiblemente humanos, que en conjunto, pesaban alrededor de siete kilos.
Schleisser ya tenía motivos para suponer que se trataba del depredador, pero sabía que debía fundamentar sus sospechas. Como conocía a Frederic Lucas, el director del Museo de Historia Natural, decidió enviarle los restos.
Pocos días después llevo el ejemplar, ya disecado y colocado sobre un soporte, a las oficinas de un periódico neoyorquino. Al otro día, la primera plana estaba enteramente dedicada a una de las notas más dramáticas dela historia del diario, bajo el titular “Hombre de Harlem mata un tiburón asesino de 2,30 metros en una lancha”.
Miles de personas desfilaron frente a una ventana de las oficinas del periódico, donde se había colgado al tiburón. Chicos y grandes por igual se quedaban boquiabiertos ante la vista de la feroz criatura.
John Nichols, el investigador del Museo de Historia Natural,llegó a la ciudad y abriéndose paso entre la multitud, se puso delante y se quedó mirando al depredador. Le bastó una ojeada para desvanecer todas sus dudas: observó el cuerpo ancho, en forma de torpedo, la aleta dorsal parecida a una media luna, el ancho hocico cónico, los ojos negros y los enormes dientes.Evidentemente las fauces del animal eran lo bastante grandes para que hubiera cobrado vidas humanas. Se trataba sin duda de un tiburón blanco.
Entre tanto su jefe, Frederic Lucas, había recibido la caja de huesos que le había enviado Schleisser y estuvo de acuerdo en que eran humanos.
Sin embargo, aún escéptico, no estaba dispuesto a aceptarlos como prueba de que el tiburón de Schleisser hubiera sido el causante de los ataques de Matawan. Según él,los restos provenían del cuerpo de un hombre “que ya llevaba algún tiempo muerto y no eran producto de un ataque en vida de la victima”.
A pesar de todo, otros especialistas independientes determinaron que entre los huesos encontrados en el estómago del animal estaba la tibia de un muchacho 28 centímetros de largo, presumiblemente la de Lester Stilwell, y un fragmento de costilla perteneciente a un hombre joven, que bien habría podido ser de Charles Bruder, el botones del Hotel Essex and Sussex.
Hoy en día se han extinguido las pruebas de los ataques de aquel remoto verano. Sin embargo, el comportamiento aberrante de ese tiburón blanco contribuyó a forjar la visión que ahora tenemos de la especie. En 1974, Peter Benchley se inspiró en el ejemplar asesino de 1916 para crear su villano ficticio Tiburón.
Todavía hoy, en una época de técnicas pesqueras que pretenden erradicarlo de los mares, de una ciencia resuelta a esclarecer sus secretos y de medios informativos que buscan revelar sus movimientos, el tiburón blanco sigue siendo esquivo y enigmático.
Casi un siglo después del fatídico verano de 1916, para la mayoría de los marinos y pescadores, ver un tiburón de éstos sigue siendo una experiencia que se da sólo una vez en la vida. Entre tanto, la terrible criatura subsiste en las profundidades donde siempre ha reinado: en los relatos de advertencia que hacen los padres a los hijos, en los susurros del inconsciente, en las sombras del mar y en las aguas de la desembocadura de un río.
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Revista Selecciones / Sección de libros / Junio del 2002
Condensado de “Closet to Shore: A True Story of Terror in an Age of Innocence”.
2001 por Michael Capuzzo, publicado por Broadway Books,
División de Random House, Inc.,de Nueva York.
http://tigrepelvar.wordpress.com/2007/10/14/el-primer-tiburon-asesino-en-usa-de-1916/
resumen de todo
http://www.findagrave.com/cgi-bin/fg.cgi?page=gr&GRid=20471069
charles vasant
http://theessexandsussex.com/history.html
hotel esses and sussex
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*Antes de publicarlo, pensaba en hacer otros post menos importantes, para asi ganar puntos en este y que la gente se interesara (creo que la gente se interesa mas cuando un post es muy puntuado), pero creo que eso es un poco infantil, ustedes me dirán si debo o no re-postearlo alguna próxima vez.
*Me pareció una historia increíble y estoy seguro de que les va a gustar, igual no la he visto con tanto detalle esta historia en Taringa ,solo le he visto en conjunto con otros hechos iguales.
*No sabia si ponerlo en paranormal por la descripción de los ataques, pero creo que por su contenido histórico y científico era mejor en info, disculpen por eso s si falata algo me avisan le agrego si es que puedo
*Agradezco mucho a: Aevr 23, El Viejo Guizmo y osus smith Quienes con sus trabajos sobre tiburones me ayudaron a entender mejor la naturaleza de estas increíbles y criaturas por lo que les recomiendo las interesantes de lecturas de ellos (no tengo los hipervinculos a la mano pero los pondre)
*Seguro vendrá un troll a poner un comentario que no tenga nada que ver y como siempre como el primero para destacar, (aunque me sorprendería que hubiera leído todo para comentar),
* Así que para ti troll que solo lees la última línea de los post’s, no comentarios (ni imágenes) troll por favor, que luego solo entran a ver ese comentario sin sentido, no nos llenes de tonteras.