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Algo más que un simple cuartetero

Info7/15/2015
El sistema, que siempre existió y que siempre fue un tren manejado por los mismos, arrasa, furioso, con todo a su paso. Los que se suben, bien y los que no, a llorar al campito. Esos, los que llorando en el campito caminan en paralelo por fuera del sistema, son los famosos parias sociales. Las lacras, los choros, las putas, los feos, los pobres, los descartables, los evitables, los innecesarios. Los negros de mierda. Marginados por señores de traje y corbata a vivir hacinados en un rincón, los negros de mierda no son negros de mierda; son víctimas de un círculo vicioso en el que giran sin cesar la discriminación y la ignorancia. Desamparados por Dios y por la Patria, varias generaciones de marginados encontraron contención en un señor poco agraciado, de sonrisa contagiosa, cabello enrulado y contextura más bien fortachona. Y negro, claro. Ese señor se llama Juan Carlos Jiménez Rufino y desde hace más de cuarenta años se hace cargo de un sector de la sociedad del que nadie se quiere hacer cargo. Desde hace más de cuarenta años está bailando en un escenario sembrando alegría y fe entre el dolor y la desesperanza. Desde hace más de cuarenta años contagia sonrisas y pide que hagan palmas porque el que no hace palmas es un triste. Y en los bailes de Jiménez, se sabe, nadie puede estar triste. Desde hace más de cuarenta años viene regalando taxis y casas en sus shows para que los desprotegidos puedan tener trabajo y un techo. Desde hace más de cuarenta años les viene repitiendo a sus bailarines que ellos no son negros de mierda y que sus derechos valen tanto como el de un político o el de un policía. Desde hace más de cuarenta años viene dándole identidad a una inmensa parte de la sociedad que, hasta la llegada de Jiménez, nunca la tuvo y nadie se preocupó por que la tenga. Si bien solo con esto la Mona es merecedor del más alto peldaño al que un pueblo puede colocar a su héroe, el héroe tiene todavía más razones para estar en donde está. Durante la dictadura cívico-militar encabezada por Jorge Rafael Videla en 1976 la música de cuartetos sufrió una salvaje mutilación y Jiménez fue el artista más perseguido entre todos los que la practicaban. Aún así no le soltó la mano a su gente y, a riesgo de convertirse en blanco fácil, siguió organizando bailes en la clandestinidad. Con un sensual contorneo de cintura y una voz poco afinada le hizo pito catalán a los milicos, que, enfurecidos, cada tanto se las arreglaban para atraparlo con la mano palma arriba y luego palma abajo haciendo el universal gestito del tunga tunga. Un par de palos, calabozo por unas horas (a veces días) y de nuevo a las andadas. El idilio entre la Mona y su pueblo fiel no la cortó ni la más sangrienta dictadura en la historia de nuestro país. El aporte de Jiménez a la construcción social y cultural de Córdoba es incalculable. Reducirlo a un simple cuartetero es un acto que desnuda violencia o ignorancia. Perdonenmé sus detractores si por todos estos motivos me atrevo a defender a La Mona Jiménez.
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