Agbogbloshie es un asentamiento ilegal a las afueras de la capital de Ghana, Accra. En sus poco más de 16 kilómetros cuadrados se hacinan más de 7.000 personas, aunque se calcula que van y vienen unas 40.000. El principal medio de subsistencia consiste en quemar dispositivos para obtener cobre, aluminio, acero o latón. El proceso libera todo tipo de sustancias tóxicas como plomo o mercurio que impregnan el aire, la tierra, el agua, y a sus 'trabajadores'.
¿Cómo llegan tantas toneladas de resíduos electrónicos hasta este vertedero en África? En 1992 entró en vigor el tratado de Basilea, un documento firmado por 180 países que trata de controlar los movimientos transfronterizos de desechos tóxicos o potencialmente peligrosos.
Lamentablemente, hay países como Estados Unidos que firmaron el tratado, pero se negaron a ratificarlo. Otros gobiernos y otras empresas que sí lo ratificaron simplemente han encontrado maneras más creativas de enviar los gadgets que no quieren a Agbogbloshie y a otros lugares similares. A veces la supuesta ayuda para reducir la brecha digital en los países en vías de desarrollo no es más que una excusa para deshacerse de dispositivos que los propios habitantes de estos países acaban tirando por ser demasiado viejos.
El problema de estos residuos, lejos de desaparecer, no hace sino aumentar a medida que los márgenes de renovación de smartphones, tablets o televisores son cada vez más cortos.
