Por Nicolás Mavrakis @nmavrakis
I
Hacia el final de los años noventa, un profesor de biología en la secundaria habló sobre órganos de choque. Los órganos donde —explicó— impactan las tensiones psíquicas, el lugar físico donde el espíritu somatiza (del griego σομα, cuerpo). Ese fue un paso importante en mi relación con la piel, que es el órgano más grande de todos, incluso más que el cerebro, y el segundo preferido por todos los hombres. No me acuerdo del nombre del profesor que puso palabras al conflicto —alguien le dijo una vez que usaba una camisa idéntica a la de los empleados de McDonald´s— aunque entonces mi piel y yo fuimos menos extraños. El lenguaje, sin dudas, es el elemento determinante para descubrir el motivo de una lucha. Sin sus precisiones, la lucha sería imposible. Mi piel y yo. Una relación a largo término, así que tratamos de llevarnos de la manera más civilizada posible. No es fácil.
Los primeros golpes los dio la piel cuando yo no podía defenderme. Me pareció una falta de diplomacia, pero después empecé a verlo como un casus belli a mi favor. Faltaban años para comprender los rigores de la diplomacia. Así que la palabra forúnculo (del latín furuncŭlus, ladronzuelo) se sumó a mi léxico cuando no hacía mucho que había aprendido a caminar y cuando hacía bastante menos que había aprendido a hablar. Forúnculo era una palabra tan real que la mayor parte de las veces podía verla en el espejo. Primero como una pequeña erupción de contornos colorados y punta blancuzca, después como una erupción respetable, con el epicentro oscuro y la piel alrededor colorada y sensibilizada. Más tarde, forúnculo se transformaba en la clase de palabra que se podía ver y se podía sentir: un dolor preciso y agudo, un dolor palpitante que bailaba con tranquilidad en medio de la espalda, en medio de la frente, en medio de la nuca. El dolor podía ser tan abominable que me lo trataban con paños de agua tibia y saquitos de té. La piel me enseñó muchas palabras gracias a esa particular capacidad para volverlas visibles y tangibles. Esto tiene sentido porque forúnculo tenía un hermano mayor y fantasmal —no se podía ver entonces ni ahora— de nombre más gracioso: estafilococo. No era precisamente la clase de personaje que bailaría con una careta gigante en un cumpleaños de chicos de seis años. Pus era otra palabra, el hermano menor de forúnculo y estafilococo. Menor porque era más corta, pero también porque cuando el forúnculo en algún punto de mi cuerpo explotaba, lo que emergía del interior de la dermis no era lava sino pus. Un compuesto de suero, leucocitos, células muertas y otras sustancias repugnantes que entre los cinco y diez años representaba el último enemigo en pie antes del próximo combate.
II
Durante mi vida como alumno de primaria traté de una manera ambigua con esas apariciones en la piel. Una piel de por sí muy blanca, muy limpia, sin imperfecciones, sin cicatrices, ni manchas, ni desórdenes visibles de ningún tipo. Todo era perfecto hasta que dejaba de serlo de una manera teratológica (del griego τeρας, monstruo). Pero el orden, al final, se restablecía. Y unas semanas después de la erupción, ni siquiera quedaban cicatrices. Ninguno de mis compañeritos me cargaba —y el que una vez me hizo estallar un forúnculo por accidente realmente me ahorró con algo de dolor una semana de padecimiento— y ninguna de mis compañeritas dejaba de sentirse atraída por mí por eso (lo cual todavía, por suerte, sigue pasando). Aunque me acuerdo que tuve algún orzuelo —otra palabra del género realista que podía dejarme un ojo al estilo Rocky Balboa— también sé que no fue grave. Los forúnculos aparecerían no más de dos o tres veces en todo el año. Y nunca inhibieron mi capacidad para estigmatizar a otros por sus defectos. En la cadena darwiniana de la infancia, el verdadero inadaptado es el hipersensible que no se anima a experimentar la crueldad. Por su lado, lo que mis padres —médicos— me explicaban era que mi piel era muy sensible —algo que más adelante se matizaría con términos menos elegantes como grasosa— y que no me hiciera problema. En definitiva, no era grave. Y eso, repetido por padres médicos, disuelve con eficacia muchas inquietudes. De haber preguntado más, me habría preparado para el verdadero escenario bélico que me esperaba: la pubertad.
Durante esta etapa más beligerante de mi relación con la piel ambos embajadores fueron retirados de sus respectivos territorios. El diálogo fue interrumpido y la Convención de Ginebra se transformó en una ficción inicua (del latín iniqŭus, contrario a la equidad). Oh, sí, habría muchos secuestros clandestinos, muchas torturas ilegales, muchas ejecuciones y muchos bombardeos con armas químicas sobre poblaciones civiles durante la etapa de la pubertad. Cruda y verdadera y rejuvenecedora guerra. En las palabras de Cormac McCarthy: “It makes no difference what men think of war, said the judge. War endures. As well ask men what they think of stone. War was always here. Before man was, war waited for him. The ultimate trade awaiting it´s ultimate practitioner. That is the way it was and will be. That way and not some other way”. Fue la época de una piel eruptiva e irritable y de un arsenal de nuevos sustantivos como acné (del griego aχνη, eflorescencia), foliculitis, eccema (del griego eκζεμα, erupción) y celulitis, que en su acepción clínica se refiere a la inflamación del tejido conjuntivo subcutáneo, y también de muchos adjetivos del género dramático como nodular y papuloso. Este despliegue de violencia fue posible —por mi parte— gracias al exilio simultáneo del mundo donde había mujeres, ocurrido entre los últimos años de la escuela primaria y toda la secundaria. Para la mirada de los jesuitas entre los que fui educado, el acne vulgaris era irrelevante porque la mirada masculina registraba —y registra— únicamente tres instancias: la fraternidad masculina (el amor), la ausencia de fraternidad masculina (el odio) y las mujeres, cuyos cuerpos sirven para la multiplicación de lo primero o lo segundo. La ausencia de testigos interesados, por lo tanto, me permitió recurrir a tristes e indignas fórmulas —todas las cremas, pomadas, lociones y ungüentos que puso a mi alcance un acceso irrestricto a la industria farmacológica— al punto tal que, por un lado, aunque nunca tuve confirmación clínica, mi piel se hipersensibilizó para siempre, y por otro llegué a convertirme en un gran sommelier de ácidos fusídicos aromatizados. A pesar de todo, como ocurre con nuestros olores íntimos, desde el sudor y la cera de los oídos hasta la mierda, también llegó a haber en aquel aroma mutante algo satisfactorio, una fetidez personal que me decía quién era.
Había una pomada de color rojizo que se solidificaba sobre la piel como si fuera revoque y un ungüento que brillaba en la oscuridad. Oír sobre un grano o un punto negro me resultaba tan enternecedor como a un rescatista especializado en terremotos oír sobre el polvo que se acumula todos los días sobre un televisor. Lo mío era una guerra de ocupación, con avanzadas y retrocesos, tierras robadas y rescatadas, períodos de paz y ataques sorpresa. La guerra, de hecho, me obligó a convertirme en alguien suspicaz. Mi piel se hacía cada vez más sensible a cualquier contacto y yo me hice cada vez más sensible al radar de los agentes patógenos. La guerra me cambió. Desarrollé el hábito de entrar a un lugar, detectar el baño y lavarme las manos. No es asquerosidad: es inteligencia y contrainteligencia. Desarrollé la disciplina de no tocar a nadie —otro hábito perdurable— a menos que sea inevitable —la mano para los hombres, besito distante para las mujeres— y no tocar billetes, barandas ni pasamanos —las plataformas de gérmenes más populares del mundo— y no me preocupa que eso pueda interpretarse como repugnancia al género humano (más allá de la guerra, el género humano es bastante repugnante).
Una de las lecciones más duras fue aprender a no responder el llamado del trabajo, las reuniones sociales y el sexo si la guerra lo requería. Evitar todo lo que fuera necesario por la piel, que basa casi todos sus ataques en factores psicológicos. Esto, como toda disciplina, requiere voluntad. La gimnasia cotidiana de medir el tiempo de exposición social, controlar el brillo y la grasitud y conocer los efectos inmediatos de la sudoración requiere astucia y voluntad. En la guerra, por otro lado, cualquier distracción se paga. En verano, el calor y la piel pueden derivar en un desastre. En invierno, el frío y la piel pueden derivar en un desastre. Los pañuelos que se usan durante un resfrío son una desgracia para la piel de la nariz. Las toallas de tela reseca: otro elemento desmoralizador. Piercings y tatuajes son tan ajenos para mi existencia como las leyes del matrimonio igualitario. Un whisky barato puede convertirme en un árbol de Navidad, mientras que el Lagavulin es el verdadero néctar de los dioses. En 2002, cuando la guerra atravesaba un período de alto el fuego, por algún tipo de distracción conocí cara a cara a uno de los hermanos más inadaptados de estafilococo: se llama estreptococo y le gusta comer carne. Sé que está ahí afuera, sé que está haciéndose más fuerte.
III
¿Qué enseña la guerra con la piel? ¿A estar en alerta permanente? ¿A desconfiar de lo que no parezca libre de patógenos? ¿A descubrir la fuerza de la negatividad vitalicia? En mi caso, la guerra me educó en el arte de envidiar la piel de los otros. Una piel cetrina (del latín citrīnus, de citrus, cidra) es más inmune al flagelo que una piel negra. Tampoco tengo registro de asiáticos con la piel afectada, al margen de las asiáticas que quieren occidentalizarse con cosmetología y se destruyen la piel. Pero incluso eso es meramente reactivo y basta saberlo para curarse. (Y los asiáticos no tardan demasiado en descubrir lo que les conviene). Los pobres, por ejemplo, tienen buenas pieles, pieles resistentes por las que sí estaría dispuesto a dar algunas monedas. Imaginar la locura es un problema gnoseológico para las mentes sanas, pero imaginar una piel inmune es ontológicamente imposible para una piel en guerra. ¿Cómo será vivir en el descuido? ¿Cómo será caminar sobre un territorio virgen sin pensar en las minas terrestres de aceponato de meilpresdnisolona? ¿En qué ocupa su energía una mente para la que la doxiciclina y el clotrimazol son palabras con las que no va a cruzarse ni cuando juegue al ahorcado con un toxicólogo? Desde hace años, después de bañarme, uso un secador sobre la piel. La recomendación la hizo una dermatóloga de guardia uruguaya en Punta del Este a la que tuvieron que llevarme durante una urgencia. De esto hay testigos.
El mayor descubrimiento de mi guerra con la piel, sin embargo, es reciente. En términos léxicos, compone una hermosa combinación de palabras. En mi mente se representan con luces de neón. Dermatitis seborreica (del latín sebum, sebo) crónica. Tres divinidades infernales, tres gorgonas que se pasean sobre mi piel. La dermatóloga que me diagnosticó la enfermedad —un término fuerte para un trastorno que no es contagioso ni debilitante pero que de todos modos tiene la volatilidad de una enfermedad, la sensación de que otra presencia comparte tu cuerpo—, una catedrática amable, tampoco se ahorró una frase: “Como decía un profesor en la universidad, es algo que va con uno de la cuna al cajón”. Cicerón no habría encontrado una fórmula más elocuente. Cuando se lo conté, mi padre —un hombre con el que nos tratamos de usted sin ironía— se permitió cierto optimismo. Dijo que nunca le creyera a nadie, en especial a un médico. Dijo que el trabajo de un médico es asustar al paciente para que obedezca y no fracase el tratamiento. Por su lado, la dermatóloga dijo que se trataba de algo genético. Como nacer negro o asiático, como nacer mujer o como nacer homosexual o gnomo; algo inevitable, algo que me esperaba desde antes que yo pudiera saberlo; en pocas palabras, me comunicó que no había salvación: la guerra estaba perdida. (“Se podía salvar a la gran masa aunque solamente a costa de enormes sacrificios de tiempo y de perseverancia. Pero a un judío, en cambio, jamás se le podría liberar de su criterio”, escribió Hitler en Mi lucha).
La relación con mi piel evolucionó hacia un matrimonio indisoluble. Lo llevo como puedo y trato de no chocar demasiado. Vivimos en el mismo lugar pero cada uno tiene su televisor y su heladera, cada uno intenta hacer su vida sin molestar demasiado al otro —aunque el General Ceporexin, al que estoy dispuesto a defender en cualquier corte marcial, es capaz de volver si lo provocan—, cada uno intenta que los saludos en el living y los encontronazos inevitables en la cama, un par de veces cada uno o dos meses, sean civilizados. Es un vínculo católico tradicional: solo la muerte nos va a separar. Nuestros embajadores, por supuesto, se tratan con cortesía y con dureza porque los términos de la rendición no son fáciles. Nadie quiere ceder. Así que juegan al ajedrez pero con fichas distintas. El movimiento de un antibiótico de mediano plazo, por ejemplo, tiene como respuesta un antimicótico de corto. Algo así como cuando los soviéticos sacaron sus misiles de Cuba para que después los norteamericanos sacaran sus misiles de Turquía. Por su lado, la dermatitis seborreica crónica genera narcisismo —como la crónica en la que creen los periodistas—, siempre que se pueda imaginar un Narciso a quien no le gusta lo que ve —algo imposible para la insensatez de los periodistas— y también establece una forma propia de mirar. Los espejos de los baños y los retrovisores de los autos son despiadados, mientras que los espejos ahumados de los aviones elogian y consuelan. Lo que yo repito es que mi piel es muy sensible, mi piel es muy sensible, mi piel es muy sensible. Para terminar: mi padre mencionó que se trataba de una enfermedad psicosomática, pero esa no es más que la ideología romántica del adversario. La percepción de que la piel y uno no son enemigos sino partes del mismo sujeto y que pensarse desde el desdoblamiento de una batalla absurda no es más que neurosis fuera de control. Fascinante, sin dudas. Pero yo no hablo con psicólogos sobre mi piel porque estoy en guerra hasta el cajón//////PACO
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I
Hacia el final de los años noventa, un profesor de biología en la secundaria habló sobre órganos de choque. Los órganos donde —explicó— impactan las tensiones psíquicas, el lugar físico donde el espíritu somatiza (del griego σομα, cuerpo). Ese fue un paso importante en mi relación con la piel, que es el órgano más grande de todos, incluso más que el cerebro, y el segundo preferido por todos los hombres. No me acuerdo del nombre del profesor que puso palabras al conflicto —alguien le dijo una vez que usaba una camisa idéntica a la de los empleados de McDonald´s— aunque entonces mi piel y yo fuimos menos extraños. El lenguaje, sin dudas, es el elemento determinante para descubrir el motivo de una lucha. Sin sus precisiones, la lucha sería imposible. Mi piel y yo. Una relación a largo término, así que tratamos de llevarnos de la manera más civilizada posible. No es fácil.
Los primeros golpes los dio la piel cuando yo no podía defenderme. Me pareció una falta de diplomacia, pero después empecé a verlo como un casus belli a mi favor. Faltaban años para comprender los rigores de la diplomacia. Así que la palabra forúnculo (del latín furuncŭlus, ladronzuelo) se sumó a mi léxico cuando no hacía mucho que había aprendido a caminar y cuando hacía bastante menos que había aprendido a hablar. Forúnculo era una palabra tan real que la mayor parte de las veces podía verla en el espejo. Primero como una pequeña erupción de contornos colorados y punta blancuzca, después como una erupción respetable, con el epicentro oscuro y la piel alrededor colorada y sensibilizada. Más tarde, forúnculo se transformaba en la clase de palabra que se podía ver y se podía sentir: un dolor preciso y agudo, un dolor palpitante que bailaba con tranquilidad en medio de la espalda, en medio de la frente, en medio de la nuca. El dolor podía ser tan abominable que me lo trataban con paños de agua tibia y saquitos de té. La piel me enseñó muchas palabras gracias a esa particular capacidad para volverlas visibles y tangibles. Esto tiene sentido porque forúnculo tenía un hermano mayor y fantasmal —no se podía ver entonces ni ahora— de nombre más gracioso: estafilococo. No era precisamente la clase de personaje que bailaría con una careta gigante en un cumpleaños de chicos de seis años. Pus era otra palabra, el hermano menor de forúnculo y estafilococo. Menor porque era más corta, pero también porque cuando el forúnculo en algún punto de mi cuerpo explotaba, lo que emergía del interior de la dermis no era lava sino pus. Un compuesto de suero, leucocitos, células muertas y otras sustancias repugnantes que entre los cinco y diez años representaba el último enemigo en pie antes del próximo combate.
II
Durante mi vida como alumno de primaria traté de una manera ambigua con esas apariciones en la piel. Una piel de por sí muy blanca, muy limpia, sin imperfecciones, sin cicatrices, ni manchas, ni desórdenes visibles de ningún tipo. Todo era perfecto hasta que dejaba de serlo de una manera teratológica (del griego τeρας, monstruo). Pero el orden, al final, se restablecía. Y unas semanas después de la erupción, ni siquiera quedaban cicatrices. Ninguno de mis compañeritos me cargaba —y el que una vez me hizo estallar un forúnculo por accidente realmente me ahorró con algo de dolor una semana de padecimiento— y ninguna de mis compañeritas dejaba de sentirse atraída por mí por eso (lo cual todavía, por suerte, sigue pasando). Aunque me acuerdo que tuve algún orzuelo —otra palabra del género realista que podía dejarme un ojo al estilo Rocky Balboa— también sé que no fue grave. Los forúnculos aparecerían no más de dos o tres veces en todo el año. Y nunca inhibieron mi capacidad para estigmatizar a otros por sus defectos. En la cadena darwiniana de la infancia, el verdadero inadaptado es el hipersensible que no se anima a experimentar la crueldad. Por su lado, lo que mis padres —médicos— me explicaban era que mi piel era muy sensible —algo que más adelante se matizaría con términos menos elegantes como grasosa— y que no me hiciera problema. En definitiva, no era grave. Y eso, repetido por padres médicos, disuelve con eficacia muchas inquietudes. De haber preguntado más, me habría preparado para el verdadero escenario bélico que me esperaba: la pubertad.
Durante esta etapa más beligerante de mi relación con la piel ambos embajadores fueron retirados de sus respectivos territorios. El diálogo fue interrumpido y la Convención de Ginebra se transformó en una ficción inicua (del latín iniqŭus, contrario a la equidad). Oh, sí, habría muchos secuestros clandestinos, muchas torturas ilegales, muchas ejecuciones y muchos bombardeos con armas químicas sobre poblaciones civiles durante la etapa de la pubertad. Cruda y verdadera y rejuvenecedora guerra. En las palabras de Cormac McCarthy: “It makes no difference what men think of war, said the judge. War endures. As well ask men what they think of stone. War was always here. Before man was, war waited for him. The ultimate trade awaiting it´s ultimate practitioner. That is the way it was and will be. That way and not some other way”. Fue la época de una piel eruptiva e irritable y de un arsenal de nuevos sustantivos como acné (del griego aχνη, eflorescencia), foliculitis, eccema (del griego eκζεμα, erupción) y celulitis, que en su acepción clínica se refiere a la inflamación del tejido conjuntivo subcutáneo, y también de muchos adjetivos del género dramático como nodular y papuloso. Este despliegue de violencia fue posible —por mi parte— gracias al exilio simultáneo del mundo donde había mujeres, ocurrido entre los últimos años de la escuela primaria y toda la secundaria. Para la mirada de los jesuitas entre los que fui educado, el acne vulgaris era irrelevante porque la mirada masculina registraba —y registra— únicamente tres instancias: la fraternidad masculina (el amor), la ausencia de fraternidad masculina (el odio) y las mujeres, cuyos cuerpos sirven para la multiplicación de lo primero o lo segundo. La ausencia de testigos interesados, por lo tanto, me permitió recurrir a tristes e indignas fórmulas —todas las cremas, pomadas, lociones y ungüentos que puso a mi alcance un acceso irrestricto a la industria farmacológica— al punto tal que, por un lado, aunque nunca tuve confirmación clínica, mi piel se hipersensibilizó para siempre, y por otro llegué a convertirme en un gran sommelier de ácidos fusídicos aromatizados. A pesar de todo, como ocurre con nuestros olores íntimos, desde el sudor y la cera de los oídos hasta la mierda, también llegó a haber en aquel aroma mutante algo satisfactorio, una fetidez personal que me decía quién era.
Había una pomada de color rojizo que se solidificaba sobre la piel como si fuera revoque y un ungüento que brillaba en la oscuridad. Oír sobre un grano o un punto negro me resultaba tan enternecedor como a un rescatista especializado en terremotos oír sobre el polvo que se acumula todos los días sobre un televisor. Lo mío era una guerra de ocupación, con avanzadas y retrocesos, tierras robadas y rescatadas, períodos de paz y ataques sorpresa. La guerra, de hecho, me obligó a convertirme en alguien suspicaz. Mi piel se hacía cada vez más sensible a cualquier contacto y yo me hice cada vez más sensible al radar de los agentes patógenos. La guerra me cambió. Desarrollé el hábito de entrar a un lugar, detectar el baño y lavarme las manos. No es asquerosidad: es inteligencia y contrainteligencia. Desarrollé la disciplina de no tocar a nadie —otro hábito perdurable— a menos que sea inevitable —la mano para los hombres, besito distante para las mujeres— y no tocar billetes, barandas ni pasamanos —las plataformas de gérmenes más populares del mundo— y no me preocupa que eso pueda interpretarse como repugnancia al género humano (más allá de la guerra, el género humano es bastante repugnante).
Una de las lecciones más duras fue aprender a no responder el llamado del trabajo, las reuniones sociales y el sexo si la guerra lo requería. Evitar todo lo que fuera necesario por la piel, que basa casi todos sus ataques en factores psicológicos. Esto, como toda disciplina, requiere voluntad. La gimnasia cotidiana de medir el tiempo de exposición social, controlar el brillo y la grasitud y conocer los efectos inmediatos de la sudoración requiere astucia y voluntad. En la guerra, por otro lado, cualquier distracción se paga. En verano, el calor y la piel pueden derivar en un desastre. En invierno, el frío y la piel pueden derivar en un desastre. Los pañuelos que se usan durante un resfrío son una desgracia para la piel de la nariz. Las toallas de tela reseca: otro elemento desmoralizador. Piercings y tatuajes son tan ajenos para mi existencia como las leyes del matrimonio igualitario. Un whisky barato puede convertirme en un árbol de Navidad, mientras que el Lagavulin es el verdadero néctar de los dioses. En 2002, cuando la guerra atravesaba un período de alto el fuego, por algún tipo de distracción conocí cara a cara a uno de los hermanos más inadaptados de estafilococo: se llama estreptococo y le gusta comer carne. Sé que está ahí afuera, sé que está haciéndose más fuerte.
III
¿Qué enseña la guerra con la piel? ¿A estar en alerta permanente? ¿A desconfiar de lo que no parezca libre de patógenos? ¿A descubrir la fuerza de la negatividad vitalicia? En mi caso, la guerra me educó en el arte de envidiar la piel de los otros. Una piel cetrina (del latín citrīnus, de citrus, cidra) es más inmune al flagelo que una piel negra. Tampoco tengo registro de asiáticos con la piel afectada, al margen de las asiáticas que quieren occidentalizarse con cosmetología y se destruyen la piel. Pero incluso eso es meramente reactivo y basta saberlo para curarse. (Y los asiáticos no tardan demasiado en descubrir lo que les conviene). Los pobres, por ejemplo, tienen buenas pieles, pieles resistentes por las que sí estaría dispuesto a dar algunas monedas. Imaginar la locura es un problema gnoseológico para las mentes sanas, pero imaginar una piel inmune es ontológicamente imposible para una piel en guerra. ¿Cómo será vivir en el descuido? ¿Cómo será caminar sobre un territorio virgen sin pensar en las minas terrestres de aceponato de meilpresdnisolona? ¿En qué ocupa su energía una mente para la que la doxiciclina y el clotrimazol son palabras con las que no va a cruzarse ni cuando juegue al ahorcado con un toxicólogo? Desde hace años, después de bañarme, uso un secador sobre la piel. La recomendación la hizo una dermatóloga de guardia uruguaya en Punta del Este a la que tuvieron que llevarme durante una urgencia. De esto hay testigos.
El mayor descubrimiento de mi guerra con la piel, sin embargo, es reciente. En términos léxicos, compone una hermosa combinación de palabras. En mi mente se representan con luces de neón. Dermatitis seborreica (del latín sebum, sebo) crónica. Tres divinidades infernales, tres gorgonas que se pasean sobre mi piel. La dermatóloga que me diagnosticó la enfermedad —un término fuerte para un trastorno que no es contagioso ni debilitante pero que de todos modos tiene la volatilidad de una enfermedad, la sensación de que otra presencia comparte tu cuerpo—, una catedrática amable, tampoco se ahorró una frase: “Como decía un profesor en la universidad, es algo que va con uno de la cuna al cajón”. Cicerón no habría encontrado una fórmula más elocuente. Cuando se lo conté, mi padre —un hombre con el que nos tratamos de usted sin ironía— se permitió cierto optimismo. Dijo que nunca le creyera a nadie, en especial a un médico. Dijo que el trabajo de un médico es asustar al paciente para que obedezca y no fracase el tratamiento. Por su lado, la dermatóloga dijo que se trataba de algo genético. Como nacer negro o asiático, como nacer mujer o como nacer homosexual o gnomo; algo inevitable, algo que me esperaba desde antes que yo pudiera saberlo; en pocas palabras, me comunicó que no había salvación: la guerra estaba perdida. (“Se podía salvar a la gran masa aunque solamente a costa de enormes sacrificios de tiempo y de perseverancia. Pero a un judío, en cambio, jamás se le podría liberar de su criterio”, escribió Hitler en Mi lucha).
La relación con mi piel evolucionó hacia un matrimonio indisoluble. Lo llevo como puedo y trato de no chocar demasiado. Vivimos en el mismo lugar pero cada uno tiene su televisor y su heladera, cada uno intenta hacer su vida sin molestar demasiado al otro —aunque el General Ceporexin, al que estoy dispuesto a defender en cualquier corte marcial, es capaz de volver si lo provocan—, cada uno intenta que los saludos en el living y los encontronazos inevitables en la cama, un par de veces cada uno o dos meses, sean civilizados. Es un vínculo católico tradicional: solo la muerte nos va a separar. Nuestros embajadores, por supuesto, se tratan con cortesía y con dureza porque los términos de la rendición no son fáciles. Nadie quiere ceder. Así que juegan al ajedrez pero con fichas distintas. El movimiento de un antibiótico de mediano plazo, por ejemplo, tiene como respuesta un antimicótico de corto. Algo así como cuando los soviéticos sacaron sus misiles de Cuba para que después los norteamericanos sacaran sus misiles de Turquía. Por su lado, la dermatitis seborreica crónica genera narcisismo —como la crónica en la que creen los periodistas—, siempre que se pueda imaginar un Narciso a quien no le gusta lo que ve —algo imposible para la insensatez de los periodistas— y también establece una forma propia de mirar. Los espejos de los baños y los retrovisores de los autos son despiadados, mientras que los espejos ahumados de los aviones elogian y consuelan. Lo que yo repito es que mi piel es muy sensible, mi piel es muy sensible, mi piel es muy sensible. Para terminar: mi padre mencionó que se trataba de una enfermedad psicosomática, pero esa no es más que la ideología romántica del adversario. La percepción de que la piel y uno no son enemigos sino partes del mismo sujeto y que pensarse desde el desdoblamiento de una batalla absurda no es más que neurosis fuera de control. Fascinante, sin dudas. Pero yo no hablo con psicólogos sobre mi piel porque estoy en guerra hasta el cajón//////PACO
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