LOS CIEN DIAS DE GENOCIDIO, QUE NO CONMOVIERON AL MUNDO.
Tutsi es un pueblo que conformaba la elite gobernante en los reinos africanos tradicionales situados en el sur de la zona occidental interlacustre de África centro-oriental, en los actuales Ruanda y Burundi y en una pequeña parte de la vecina Tanzania.
Al parecer, conformaban una minoría que no sobrepasaba el 16% de las sociedades que dominaban; es decir, de 7 millones de personas que poblaban Ruanda en 1994, los tutsis no llegaban al millón.
Hutu es un pueblo de agricultores que forman el núcleo de población de los reinos tradicionalmente situados entre el lago Victoria Nyanza y la serie de lagos que hay al oeste del Rift Valley de África centro-oriental, en los actuales Ruanda y Burundi.
Los twa forman parte de los pueblos 'pigmeos' de África central pero la mayoría, aunque de pequeña estatura, no son tan bajos como para distinguirlos fácilmente de otros ruandeses. Según el censo de 1991 había 29.000 twa en Ruanda, pero probablemente la cifra es inferior a la real. Se calcula que quedan ahora 11.000 en el país. Los twa estaban ya marginados de la sociedad ruandesa antes de que estallase la violencia en 1994.

Oficialmente, el genocidio de los tutsis en Ruanda, tuvo lugar en 1994, mas anteriormente hubo varias matanzas (progroms), hasta llegar a la de 1994 que se saldó con un millón de tutsis asesinados. El diario belga «Le Soir», escribía al respecto « ...se trataba de arrastrar al mayor número posible de personas [de hutus] en esa locura criminal, con el doble propósito de comprometer al máximo de gente, y de ser lo más eficaces posible. El resultado es elocuente: un millón de muertos y miles de asesinos».

Las causas de esa matanza, cómo no, tiene que ver con la posesión de las riquezas naturales del país. Los tutsis, en su mayoría ganaderos, habían sido favorecidos por los colonialistas alemanes, y cuando estos fueron derrotados en la I GM, fueron sustituidos por los belgas, que siguieron con la misma política, en detrimento de los hutus. Así, mientras los tutsis recibían una cierta educación y sus jefes eran alzados a puestos políticos con sus migajas económicas, los hutus –agricultores- eran relegados, se les negaba el acceso a las escuelas, enseñanza, etc.,. Siendo mayoritarios en el país, eran sometidos por la minoría tutsi que los trataba como a siervos.
Los misioneros los católicos, se dedicaron a adoctrinar a los hutus y a inculcarles el sentimiento de ocupar su lugar mayoritario en el país. Ambas etnias estaban repartidas en dos países Ruanda y Burundi, curiosamente los dos únicos países cuyas fronteras existían antes de la llegada de los colonizadores. Y no fueron modificadas. En 1962, al acceder a la «independencia» Burundi, los jefes y cabecillas hutus, fueron casi exterminados por los tutsis. Al mismo tiempo, en Ruanda, fueron los hutus los que masacraron a miles de tutsis, exilándose otros cuantos miles a Uganda y Ruanda.
La horrible masacre de 1994 en Ruanda en la que perecieron un millón de tutsis fue impulsada, y luego permitida por las potencias extranjeras presentes en la zona, que en vez de intervenir y parar la matanza, retiraron sus tropas bajo el pretexto de no ingerencia... La ONU, se limitó a redactar alguna resolución que, naturalmente, no fue aplicada.

LA NIÑA QUE DURMIO ENTRE LOS MUERTOS.

El genocidio de Ruanda. Una marca indeleble de infamia en el corazón del medro humano. Valentina Iribagiza tiene ahora 27 años y es ejemplo vivo de la memoria de aquella barbarie.
Valentina, con 12 años, fue una de las escasas supervivientes tutsis de la matanza de Nyarubuye.Sobrevivió a los machetazos hutus y permaneció escondida entre más de 2.000 cadáveres en la Iglesia del pueblo durante 43 días; mimetizando un hilo de vida entre el hedor a muerte y el odio racial e irracional que emborrachó a toda una nación.

Cráneos de tutsis asesinados en el interior de la iglesia de Nyarubuye (hoy memorial).
Valentina vivía con sus padres y seis hermanos en Nyarubuye, una tranquila aldea al sureste deRuanda. Hasta principios de los 90 la convivencia entre las etnias hutus u tutsis se basaba en el respeto simbiótico heredado de siglos de enfrentamientos y polémicas sin sentido. Los hutus no olvidan las afrentas de los antepasados tutsis quienes protagonizaron en el siglo XVI diversas campañas militares para acabar con los príncipes hutus y colgar sus genitales en los tambores de guerra que luego tronaban por todo el país.
“En 1993, todo cambió. Estabas en clase, por ejemplo, y la gente te preguntará si eras tutsi. Siendo sólo un niño, no lo entiendes, y terminas por decir que sí. A partir de entonces, eras intimidado, especialmente por los niños hutus mayores, que te quitaban tus cosas y te amenazan”. (ValentinaIribagiza).
El asesinato del presidente Habyarimana y el avance del Frente Patriótico Ruandés desencadenó el derrame de odio e inquina por toda Ruanda. Empezaron las matanzas y la quema de casas por parte de las milicias hutus, obligando a un desplazamiento masivo de personas hacia campos de refugiados situados en la frontera con los países vecinos. Valentina y su familia se resguardan en la iglesia de Nyarubuye al cobijo de una inmunidad ficticia junto con 2.000 tustis y hutus moderados.

cinos hutus entre los más de 30 hombres que rodeaban la iglesia. Llevaban cuchillos y machetes [...] Primero nos pidieron entregar dinero, diciendo que aquellos que pagaran se librarían de la muerte. Pero después de coger el dinero les dieron muerte a todos . Comenzaron entonces a arrojar granadas. Vi a un hombre reventado volado por los aires, en trozos. Decían que éramos serpientes y que para matar a las serpientes tenían que romper la cabeza. [...]” (Valentina Iribagiza)

Libro Bautismal sobre cama de huesos humanos en la iglesia de Nyarubuye.
Esa tarde (15 de Abril de 1994) comenzó la carnicería en la Iglesia. Por la noche desaparecieron los asesinos pero volvieron al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… con más refugiados y los machetes entre los dientes. Más de 10.000 personas murieron en Nyarubuye; unos 2.000 cuerpos descansaban en la Iglesia.

Valentina, siguiendo el instinto maternal, se había escondido entre aquellos cadáveres, junto a su madre y fingió estar muerta. Antes de eso había recibido muchos golpes, un profundo hachazo en la cabeza y le habían seccionado cuatro dedos de la mano derecha. La sangre y la calma eran el mejor de sus disfraces y, a la postre, lo que le salvó la vida.

Iglesia de Nyarubuye (Hoy memorial del genocidio) lugar de la matanza.
Cuatro días estuvo apenas sin moverse, aguantando la respiración al menor movimiento y siempre arropada por los cuerpos de su propia familia y bebiendo el sucio agua de lluvia de abril que se colaba por las heridas de la propia iglesia. Presa del pánico, sus escasos movimientos eran calculados al compás del silencio del enemigo.

” [...] Era muy tarde, alrededor de las 2:00 am, cuando los hutus regresaron [...] Si encontraban a alguien con vida, le aplastaban la cabeza con piedras. Vi como golpeaban (una contra otra) las cabezas a dos hermanos conocidos hasta su muerte [...].
Uno de ellos pisó mi cabeza. Agitó su pie para ver si yo estaba viva. Dijo, “Esto está muerto”, y se fue. Viví entre los muertos por un largo tiempo. Por la noche, los perros venían a comerse los cuerpos. Una vez noté que el perro se estaba comiendo a alguien a mi lado. Le tiré algo y huyó mientras los soldados vigilaban el perímetro para que nadie escapara. Me escondí en una dependencia más pequeña y con menor número de cadáveres. Ahí es donde dormité y aguanté durante 43 días.” (Valentina Iribagiza)

Valentina pasó su cuarentena más difícil entre cadáveres, amparada por la muerte que tanto temía. Su cobijo y su defensa eran los cuerpos putrefactos de toda la comunidad junto a la que había crecido y a la que seguía viendo día a día, pero ahora con los párpados ya caídos para siempre.
El poco alimento que recibía se lo entregó algún que otro niño sano, pero también escondido, en las inmediaciones de la iglesia y que aprovechaban su clandestinidad para llevar a su compañera frutos silvestres y semillas maduras del campo.
Su cuerpo, maltratado a golpes y heridas (apenas se podía arrastrar), se iba descomponiendo en vida, infestándose de larvas, piojos y toda la herrumbre que precede a la muerte. Con mucha dignidad y consciencia, esperaba el acecho del más temido de los tránsitos; al fin y al cabo nada podría ser peor que aquel infierno. Se consolaba.

A la mañana del cuatrigésimo tercer día un soldado de la ‘Interahamwe‘ que entró a reconocer la iglesia se topó, en un descuido, con una Valentina viva pero seminconsciente y demacrada. La levantó con una sola mano y dijo : “Ha llegado tu hora te voy a ahorcar y dejar en el mismo sitio”.

El único resquicio de suerte en la vida de Valentina ocurrió cuando más lo necesitaba. Un grupo de militantes del FPR, acompañados de un soldado francés, interrumpió la maniobra del salvaje y rescató a la niña de su última batalla, a desventaja, con la muerte. Se la llevaron a Kibungo, donde pasó más de seis meses en el hospital recuperándose de las terribles heridas.

Valentina Iribagiza poco después de ser rescatada y unos años más tarde.

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