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No sé...
A mi me pillaron en la cuneta escribiendo profecías diabólicas en contra de los Opus Dei, cuando se me acabó el Faber Castell número dos y macheteando para comprar donde la vieja de la esquina un cabito del lápiz azul de cera, me topé con dos personajes vestidos de cuello y corbata. No sé, pero me huele a rancio. No creo que sea yo, porque llevo meses sin entrar al quirófano, pero había maldad en esos latifundistas con olor a vinagrillo. Decían ser ideólogos de un nuevo mundo de paz y creación. Me sonaba a In vitro. O a queso de cabeza. No compren de esa mortaja. La cosa es que me dijeron que tenía linda letra y que el dueño de este espacio estaba en Tangamandapio, recolectando votos debajo de las conchas pétreas de los acantilados y la conchamimama. Yo no entiendo de eso. Nunca me gustó la Trigonometría, pero a veces miro a la gente y me da miedo. No se lo lavan. El Hociqueis. No quiero tomarme la pastilla, se queda trabada en mi garganta, cómo con la moneda de un peso que jugué el otro día. Un beso para la Luisa. Que se lo lave. No quiero tomarme la pastilla.
Esto huele mal. Quizás deba remojarme.
Al menos tengo la posibilidad de tocar la tecnología. Yaaaaaaaaaaa... botones súper locos, aprieto y se ven en la tele. Pero tengo labia, aunque la Silvia, la que me tocaba allá adentro, tenía varios. Jaja... botones, labia, labios, letras... no sé...
¿Serán mis quince minutos de fama?
Me dijeron que escribiera lo que sintiera.
Quiero hacer caca.
Después les cuento.
Besitos en la comisura. Si eres fallado, en la tele hay un loco que te deja genial y sin gastar un peso. He pensado en cocerme el culo. Gran tajo.
En Brasil nacieron dos.
Ah... se me olvidaba... este es mi diario...
Soy el Nico.
Día 1
Querido diario:
Es de noche y hace frío. Al menos, eso dicen las voces que retumban por los pasillos del infierno. Al parecer, tendré que creerles, porque no puedo articular mis ideas y eso solo ocurre cuando se congela mi azotea.
Como dije en un comienzo, esos desconocidos tipos que se acercaron a mí, me encerraron para que dijera lo que pienso. Yo no entiendo que pretenden. ¿Estudiarme? ¿Acaso soy un conejillo de indias? No lo sé. Capaz lo sea y no me he dado cuenta. Quizás todos somos conejillos de indias de los demás... todos somos juguetes de los demás. Interesante, muy interesante. Pero si fuera un conejillo, tendría que estar disfrazado como uno, pero estos tipejos no lo creen así y ni siquiera me han traído una chombita para abrigarme.
No puedo pensar. Debe ser ese frío de la calle. Mis brazos están peludos, cosa que nunca pasa. Pareciera que estoy cubierto de algún chiporro o que soy un tipo de mono o algún ser licántropo, además que mis gónadas han desaparecido casi por completo, refugiándose en los cuarteles de invierno. Están tan escondidas, que si forcejeo un poco y las estimulo, siento que saldrán por mi ombligo. Eso fue una exageración, pero mi onanismo me invita a explorar tal situación. Hay que reconocer que se ve bastante mal ese apéndice que sobra de mí sin sus dos edecanes, pero tendré que esperar hasta la primavera, cuando las brevas den su flor y luego cuelguen de la mata.
¿Estaré haciendo bien el trabajo? Capaz que los ene – ene lean esto y no me traigan mi disfraz de conejo, pero no importa, me tendré que hacer uno. El forro de ese viejo colchón va a servir. El forro. Recuerdo esa frase... uhm... “Usá forros”. Maldita perra, parecías ser tan señorita, casta y pura, que ese brillo que tenías era por tu pureza y no por la pus que corría por tus poros... bien cara me salió la tirada... para eso es mejor dejarme morado el estomago.
Cuando te vi la otra vez en la plaza quedé re loco. Nos miramos y te aseguro que pensaste lo mismo que mí. “Maldito, me pingaste”... porque eso fue lo que pensé al verte, aunque estabas bien linda y si te acercabas, te la mandaba a guardar de nuevo.
Ay, tan caliente que me han de ver. Uhm, ahora voy entendiendo... quizás por eso es lo de conejo... tendré que hacer algo al respecto.
Pero no nos desviemos, tengo que comenzar lo encomendado, pero no puedo.
Frío, conejo, onanismo, gonorrea, diazepam y el olor del pedo que me acabo de tirar. Puras ideas sueltas y nada concreto, solo estas paredes que no puedo destruir. A ratos me da miedo, porque perdí esa libertad que tanto tiempo me costó obtener. Pero no importa, porque como torta y pronto me comeré a tu hermana. No es que tenga instintos antropófagos, pero tengo una herramienta dentada, producto de la mutación de conejo de la india y como tu hermana es una india, quizás comiéndomela se me pase.
Bueno, es hora de tomarme la pastilla, aunque un tequilita estaría mejor.
¿Y si los mezclo?
Día 2
Querido diario:
Hoy quería contarte algo, pero las voces del infierno me confundieron y mi mente quedó en blanco. Ya no se si es de mañana o de noche, el frío ya pasó o al menos ya me hice inmune a él. Pedazos de escombros comienzan a caer del fondo de la habitación, roídos por la humedad. Humedad del mundo, insoportable, que detona todos mis impulsos nocivos. Definitivamente, hoy no es mi día. Noche. Día. Qué se yo.
Mi traje de conejo se ha ensuciado. Heces petrificadas en mi calzón dan cuenta del horrible espectáculo de unas horas atrás. Cago seco, tan seco que creo que mis hemorroides se saldrán y cobrarán vida propia. La imagen me recuerda a las mejores donas de Homero. Homero me recuerda a las mejores cervezas que probé en libertad. Las cervezas me recuerdan que debo mear, pero no puedo. Setenta y siete veces setenta y siete. Sacaré esa cuenta. Algo debe significar.
Hoy, los hombres de cuello y corbata, aparecieron en la habitación. no me dijeron nada, solo observaron lo que había escrito anteriormente y me dejaron un mendrugo de pan, pan que no he consumido, porque como buen conejo, solo debo comer zanahorias y otros vegetales. Leyeron y se fueron. Una leve sonrisa apareció en los labios de uno de ellos. El otro ni se inmutó, pero insistía en rascarse un huevo.
Ecos, son ecos de otra dimensión las que me han estado atormentando desde un tiempo a esta parte. Cada paso que doy en círculos, demuestran que son eso... pasos en círculo. Y eso que no me gustan las redondeces, basta con mi redonda barriga, que ha crecido segundo a segundo desde que se fueron los ene-ene. Quizás tenga alguna relación con las voces del infierno, que auguran las más terribles tormentas invernales desde que el mundo es mundo y desde que ese mundo se volvió inmundo.
¿Las hemorroides tendrán relación con los fríos inviernos? ¿En el planeta gonorrea existen los inviernos? ¿Y las hemorroides? Lo único que se de ahí, es de la pileta de puses de colores, como esas de la Plaza de Armas, que danzaban al ritmo de los monótonos sonsonetes de la orquesta de turno. Muchos Do, pocas La.
Los ecos han oscurecido la habitación y mi los escalofríos han arribado a mi piel. Mi aura se desvanece mientras mis pupilas se eyectan en unos imponentes obelisco que se clavan en las espantosas escenas que se reflejan en las húmedas paredes de la habitación. Ecos. Echoes. Ecos alaridos, aullidos, escabrosas flatulencias, todo mezclado y mis ojos no se despegan de las dantescas imágenes. Papá, mamá, sombras, diluidas entre la humedad.
Creo que me afeitaré mi zona púbica. ¿Quién sabe si los hombres de cuello y corbata me mandan una coneja para poder tirar un rato? Zona púbica, zona pública. Que promiscuo he sido, especialmente cuando viajé en el Gonomóvil por las callecitas color bermellón, donde lujuria, hedonismo y onanismo se mezclaban con mi misantropía y una leve misoginia.
Los ecos se van, la paz regresa. Mi corazón se calma. Es hora de la pastilla.
Quizás duplique dosis y la mezcle con lo poco que queda de mi orina. ¡Salud!
No sé...
A mi me pillaron en la cuneta escribiendo profecías diabólicas en contra de los Opus Dei, cuando se me acabó el Faber Castell número dos y macheteando para comprar donde la vieja de la esquina un cabito del lápiz azul de cera, me topé con dos personajes vestidos de cuello y corbata. No sé, pero me huele a rancio. No creo que sea yo, porque llevo meses sin entrar al quirófano, pero había maldad en esos latifundistas con olor a vinagrillo. Decían ser ideólogos de un nuevo mundo de paz y creación. Me sonaba a In vitro. O a queso de cabeza. No compren de esa mortaja. La cosa es que me dijeron que tenía linda letra y que el dueño de este espacio estaba en Tangamandapio, recolectando votos debajo de las conchas pétreas de los acantilados y la conchamimama. Yo no entiendo de eso. Nunca me gustó la Trigonometría, pero a veces miro a la gente y me da miedo. No se lo lavan. El Hociqueis. No quiero tomarme la pastilla, se queda trabada en mi garganta, cómo con la moneda de un peso que jugué el otro día. Un beso para la Luisa. Que se lo lave. No quiero tomarme la pastilla.
Esto huele mal. Quizás deba remojarme.
Al menos tengo la posibilidad de tocar la tecnología. Yaaaaaaaaaaa... botones súper locos, aprieto y se ven en la tele. Pero tengo labia, aunque la Silvia, la que me tocaba allá adentro, tenía varios. Jaja... botones, labia, labios, letras... no sé...
¿Serán mis quince minutos de fama?
Me dijeron que escribiera lo que sintiera.
Quiero hacer caca.
Después les cuento.
Besitos en la comisura. Si eres fallado, en la tele hay un loco que te deja genial y sin gastar un peso. He pensado en cocerme el culo. Gran tajo.
En Brasil nacieron dos.
Ah... se me olvidaba... este es mi diario...
Soy el Nico.
Día 1
Querido diario:
Es de noche y hace frío. Al menos, eso dicen las voces que retumban por los pasillos del infierno. Al parecer, tendré que creerles, porque no puedo articular mis ideas y eso solo ocurre cuando se congela mi azotea.
Como dije en un comienzo, esos desconocidos tipos que se acercaron a mí, me encerraron para que dijera lo que pienso. Yo no entiendo que pretenden. ¿Estudiarme? ¿Acaso soy un conejillo de indias? No lo sé. Capaz lo sea y no me he dado cuenta. Quizás todos somos conejillos de indias de los demás... todos somos juguetes de los demás. Interesante, muy interesante. Pero si fuera un conejillo, tendría que estar disfrazado como uno, pero estos tipejos no lo creen así y ni siquiera me han traído una chombita para abrigarme.
No puedo pensar. Debe ser ese frío de la calle. Mis brazos están peludos, cosa que nunca pasa. Pareciera que estoy cubierto de algún chiporro o que soy un tipo de mono o algún ser licántropo, además que mis gónadas han desaparecido casi por completo, refugiándose en los cuarteles de invierno. Están tan escondidas, que si forcejeo un poco y las estimulo, siento que saldrán por mi ombligo. Eso fue una exageración, pero mi onanismo me invita a explorar tal situación. Hay que reconocer que se ve bastante mal ese apéndice que sobra de mí sin sus dos edecanes, pero tendré que esperar hasta la primavera, cuando las brevas den su flor y luego cuelguen de la mata.
¿Estaré haciendo bien el trabajo? Capaz que los ene – ene lean esto y no me traigan mi disfraz de conejo, pero no importa, me tendré que hacer uno. El forro de ese viejo colchón va a servir. El forro. Recuerdo esa frase... uhm... “Usá forros”. Maldita perra, parecías ser tan señorita, casta y pura, que ese brillo que tenías era por tu pureza y no por la pus que corría por tus poros... bien cara me salió la tirada... para eso es mejor dejarme morado el estomago.
Cuando te vi la otra vez en la plaza quedé re loco. Nos miramos y te aseguro que pensaste lo mismo que mí. “Maldito, me pingaste”... porque eso fue lo que pensé al verte, aunque estabas bien linda y si te acercabas, te la mandaba a guardar de nuevo.
Ay, tan caliente que me han de ver. Uhm, ahora voy entendiendo... quizás por eso es lo de conejo... tendré que hacer algo al respecto.
Pero no nos desviemos, tengo que comenzar lo encomendado, pero no puedo.
Frío, conejo, onanismo, gonorrea, diazepam y el olor del pedo que me acabo de tirar. Puras ideas sueltas y nada concreto, solo estas paredes que no puedo destruir. A ratos me da miedo, porque perdí esa libertad que tanto tiempo me costó obtener. Pero no importa, porque como torta y pronto me comeré a tu hermana. No es que tenga instintos antropófagos, pero tengo una herramienta dentada, producto de la mutación de conejo de la india y como tu hermana es una india, quizás comiéndomela se me pase.
Bueno, es hora de tomarme la pastilla, aunque un tequilita estaría mejor.
¿Y si los mezclo?
Día 2
Querido diario:
Hoy quería contarte algo, pero las voces del infierno me confundieron y mi mente quedó en blanco. Ya no se si es de mañana o de noche, el frío ya pasó o al menos ya me hice inmune a él. Pedazos de escombros comienzan a caer del fondo de la habitación, roídos por la humedad. Humedad del mundo, insoportable, que detona todos mis impulsos nocivos. Definitivamente, hoy no es mi día. Noche. Día. Qué se yo.
Mi traje de conejo se ha ensuciado. Heces petrificadas en mi calzón dan cuenta del horrible espectáculo de unas horas atrás. Cago seco, tan seco que creo que mis hemorroides se saldrán y cobrarán vida propia. La imagen me recuerda a las mejores donas de Homero. Homero me recuerda a las mejores cervezas que probé en libertad. Las cervezas me recuerdan que debo mear, pero no puedo. Setenta y siete veces setenta y siete. Sacaré esa cuenta. Algo debe significar.
Hoy, los hombres de cuello y corbata, aparecieron en la habitación. no me dijeron nada, solo observaron lo que había escrito anteriormente y me dejaron un mendrugo de pan, pan que no he consumido, porque como buen conejo, solo debo comer zanahorias y otros vegetales. Leyeron y se fueron. Una leve sonrisa apareció en los labios de uno de ellos. El otro ni se inmutó, pero insistía en rascarse un huevo.
Ecos, son ecos de otra dimensión las que me han estado atormentando desde un tiempo a esta parte. Cada paso que doy en círculos, demuestran que son eso... pasos en círculo. Y eso que no me gustan las redondeces, basta con mi redonda barriga, que ha crecido segundo a segundo desde que se fueron los ene-ene. Quizás tenga alguna relación con las voces del infierno, que auguran las más terribles tormentas invernales desde que el mundo es mundo y desde que ese mundo se volvió inmundo.
¿Las hemorroides tendrán relación con los fríos inviernos? ¿En el planeta gonorrea existen los inviernos? ¿Y las hemorroides? Lo único que se de ahí, es de la pileta de puses de colores, como esas de la Plaza de Armas, que danzaban al ritmo de los monótonos sonsonetes de la orquesta de turno. Muchos Do, pocas La.
Los ecos han oscurecido la habitación y mi los escalofríos han arribado a mi piel. Mi aura se desvanece mientras mis pupilas se eyectan en unos imponentes obelisco que se clavan en las espantosas escenas que se reflejan en las húmedas paredes de la habitación. Ecos. Echoes. Ecos alaridos, aullidos, escabrosas flatulencias, todo mezclado y mis ojos no se despegan de las dantescas imágenes. Papá, mamá, sombras, diluidas entre la humedad.
Creo que me afeitaré mi zona púbica. ¿Quién sabe si los hombres de cuello y corbata me mandan una coneja para poder tirar un rato? Zona púbica, zona pública. Que promiscuo he sido, especialmente cuando viajé en el Gonomóvil por las callecitas color bermellón, donde lujuria, hedonismo y onanismo se mezclaban con mi misantropía y una leve misoginia.
Los ecos se van, la paz regresa. Mi corazón se calma. Es hora de la pastilla.
Quizás duplique dosis y la mezcle con lo poco que queda de mi orina. ¡Salud!
Si se ve aceptado el post, subiré los siguientes días del diario... ojala que si.