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Un cuento sobre el hincha de River Plate

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De Reyes y Príncipes




Los domingos a media mañana toda la familia sabía que tenía que estar lista para emprender el viaje a la casa del abuelo.
El camino no era mucho pero a mi me parecía tan largo como largos eran los asientos de aquel Falcon 66.

Cuando llegábamos yo era el primero en bajar para sentir el olorcito y adivinar lo que la abuela estaba cocinando. Siempre eran ravioles, salvo los 29, pero a mi me gustaba gritarlo desde la puerta para que el abuelo se diera cuenta que habíamos llegado.

La puerta siempre estaba abierta y yo corría a buscar al abuelo para que sus manos enormes me alzaran llevándome como un avión. Un bombardero que desde sus brazos era el primero en mojar el pan en la salsa que todavía se estaba cocinando. La abuela hacia como si se enojara y en seguida me revolvía toda la cabeza con las manos enharinadas.

Los domingos no solo era el día del fútbol, único tema para la sobremesa, era también el día de River. Las mujeres preparaban el café mientras yo me aburría escuchando a papá y al abuelo hablando durante horas de quien sabe qué personajes de la historia futbolera.
El abuelo nombraba siempre a un tal Bernabé y papá se le reía cuando decía que jugaba de centrofoward. Decía que el mortero de no se dónde, que la fiera no se qué...Después hablaba de un tal insai que se llamaba Moreno y en seguida como quien estudió una poesía de memoria empezaba a recitar: Barrios, Vaghi y Ferreyra, Yácomo, Rodolfi y Ramos, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.
De tanto en tanto se oía un Beto Alonso, un Passarella y un J.J al que el abuelo respondía con no se qué Saeta rubia, un tal Pipo Rossi y un Amadeo que parece que se atajaba todo.

Entre esas cosas raras que decía el abuelo como: centrojás, win o fulbác, aparecían los nombres de Artime o de Ermindo Onega. ! Qué jugadores ! decía mientras levantaba los brazos como festejando un recuerdo. Después venía el retruque de la mano del pato Fillol y los goles de Ramón, la patada del Mencho, la fuerza del búfalo Funes y una lista de no se cuantas campañas, copas y golazos. Del equipo del Bambino, de la gloriosa máquina y de aquellas tardes donde el Monumental estallaba en alegrías.
Los dos hablaban de esa franja roja que cruza el pecho blanco. Esa franja que venia como herencia igual que el apellido.

Esas charlas eran eternas y a los dos se les escapaba un brillito especial de los ojos.

Recién ahora, después de varios años, puedo entender de que se hablaba en esas sobremesas, porque cada vez que voy a la cancha y lo veo jugar al Enzo no veo la hora de que llegue el próximo domingo para sentarme a hablar de fútbol con mi viejo y el abuelo.


por José M. Pascual


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Cuentos cortos
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