FUENTE: http://www.bibliotecapleyades.net/retorno_brujos/retorno_brujos07j.htm
PARTE 1:
La mutación genética desfavorable (caso de los fenilcetónicos) empieza también a sernos conocida. ¿En qué medida podría producirse una mutación favorable?
También aquí cabe distinguir dos aspectos del fenómeno, o, mejor, dos interpretaciones:
1.º Esta mutación, esta aparición de otra raza podría deberse a la casualidad. La radiactividad, entre otras causas, podría originar la modificación de los genes de ciertos individuos. La proteína del gen, ligeramente afectada, dejaría de producir, por ejemplo, ciertos ácidos que son causa de la angustia. Entonces veríamos aparecer otra raza: la raza del hombre tranquilo, del hombre que no teme a nada, que no experimenta nada negativo; que va a la guerra tranquilamente, que mata sin inquietud, que goza sin complejos, una especie de autómata sin ninguna clase de temor interior. No es imposible que asistamos a la aparición de esta raza.
2.° La mutación genética no se debería a la casualidad. Sería dirigida. Iría en el sentido de una asunción espiritual de la Humanidad. Sería el paso de un nivel superior. Los efectos de la radiactividad responderían a una voluntad dirigida hacia lo alto. Las modificaciones que evocábamos hace un instante no serían nada comparadas con lo que espera a la especie humana, sólo un ligero atisbo de los cambios venideros. La proteína del gen se vería afectada en su estructura total, y veríamos nacer una raza cuyo pensamiento estaría profundamente transformado, una raza capaz de dominar el tiempo y el espacio y de situar toda operación intelectual más allá del infinito. Hay, entre la primera y la segunda idea, la misma diferencia que entre el acero templado y el acero sutilmente transformado en banda magnética.
Esta última idea, creadora de un mito moderno del que se ha apoderado la ciencia ficción, se halla curiosamente inscrita en todas las hojas de la espiritualidad contemporánea. Del lado de los luciferinos, hemos visto a Hitler creyendo en la existencia de los Grandes Superiores, y le hemos oído gritar:
«Voy a revelaros el secreto: la mutación de la raza humana ha empezado ya: existen seres sobrehumanos.»
Del lado del hinduismo renovado, el maestro del Ashram de Pondichery, uno de los más grandes pensadores de la nueva India, Sri Aurobindo Ghose, fundó su filosofía y sus comentarios de los textos sagrados sobre la certeza de una evolución ascendente de la Humanidad, realizándose por mutaciones.
Entre otras cosas, escribió:
«La venida a esta tierra de una raza humana nueva —por prodigioso o milagroso que pueda parecer el fenómeno— puede convertirse en una cosa de práctica actualidad.»
En fin, en el seno de un catolicismo abierto a la reflexión científica, Teilhard de Chardin afirmó que creía...
«en una derivación capaz de llevarnos hacia alguna forma Ultrahumana».
Peregrino del camino de lo extraño, más sensible que nadie al paso de corrientes de ideas inquietantes, testigo más que creador, pero testigo hiperlúcido de las aventuras extremas de la inteligencia moderna, el escritor André Bretón, padre del Surrealismo, no vaciló en escribir, en 1942:
«El hombre no es tal vez el centro, el punto de mira del Universo. Se puede llegar a creer que existen por encima de él, en la escala animal, seres cuyo comportamiento le es tan ajeno como puede ser el suyo al insecto o a la ballena. Nada se opone necesariamente a que otros seres escapen de modo perfecto a su sistema sensorial de referencias, gracias a un disfraz de la Naturaleza que se quiera, pero cuya posibilidad se desprende de la teoría de la forma y del estudio de los animales miméticos. No hay duda de que s.e ofrece a esta idea un gran campo de especulación, aunque aquélla tiende a colocar al hombre en las modestas condiciones de interpretación de su propio Universo propias del niño que se complace en imaginar una hormiga subterránea cuando acaba de aplastar con el pie un hormiguero. Considerando las perturbaciones del tipo ciclón en que el hombre no puede ser más que víctima o testigo, o del tipo guerra, respecto al cual se ofrecen nociones notoriamente insuficientes, no sería imposible, en el curso de una vasta obra que debería presidir siempre la inducción más atrevida llegar a hacer verosímiles la estructura y la complexión de tales seres hipotéticos, que se manifiestan oscuramente en nosotros por el miedo y el sentimiento del azar.
»Creo que tengo que hacer notar que no me aparto sensiblemente del testimonio de Novalis: Vivimos en realidad en un animal del que somos parásitos. La constitución de este animal determina la nuestra, y viceversa, y que no hago más que mostrarme de acuerdo con la idea de William James: Quién sabe si no tenemos únicamente, en la Naturaleza, un pequeño lugar junto a seres por nosotros insospechados y distintos de los gatos y los perros que viven a nuestro lado en nuestras casas. Tampoco todos los sabios contradicen esta opinión: Acaso a nuestro alrededor circulan seres creados en el mismo plano que nosotros, pero diferentes; hombres,por ejemplo, cuyas albúminas son rectas. Así habla Emile Declaux, antiguo director del Instituto Pasteur.
»¿Un mito nuevo? ¿Hay que convencer a esos seres de que no son más que un espejismo, o hay que darles ocasión de manifestarse?»
¿Existen entre nosotros seres exteriormente parecidos a nosotros, pero cuyo comportamiento nos sería tan extraño «como el del insecto o de la ballena»? El sentido común responde que lo sabríamos, que si unos individuos superiores viviesen entre nosotros, tendríamos que verlos.
En nuestra opinión, John W. Campbell destruyó este argumento del sentido común en un editorial de la revista Astounding Science Fiction, publicado en 1941:
«Nadie va a visitar a su médico para decirle que se encuentra magníficamente. Nadie va a ver al psiquiatra para decirle que la vida es un juego fácil y delicioso. Nadie llama a la puerta de un psicoanalista para declararle que no padece ningún complejo. Las mutaciones desfavorables pueden observarse. Pero, ¿y las favorables?»
Sin embargo, objeta el sentido común, los mutantes superiores se harían notar por su prodigiosa actividad intelectual.
De ningún modo, responde Campbell. Un hombre genial perteneciente a nuestra especie, un Einstein, por ejemplo, publica los frutos de sus trabajos. Se hace notar. Y esto le vale muchas preocupaciones, hostilidad, incomprensión, amenazas y el destierro. Einstein, al final de su vida, declara: «Si lo hubiese sabido, me habría hecho fontanero.» Por encima de Einstein, el mutante es lo bastante inteligente para ocultarse. Guarda para sí sus descubrimientos. Vive una vida lo más discreta posible, tratando simplemente de mantener contacto con otras inteligencias de su especie. Algunas horas de trabajo a la semana le bastan para subvenir a sus necesidades, y dedica el resto de su tiempo a actividades de las que no tenemos la menor idea.
La hipótesis es seductora. No es en modo alguno comprobable, en el estado actual de la ciencia. Ningún examen anatómico puede aportar información sobre la inteligencia. Anatole France tenía un cerebro anormalmente ligero. No hay, en fin, ninguna razón para hacer la autopsia a un mutante, salvo en caso de accidente. ¿Y cómo descubrir entonces una mutación que afectase a las células del cerebro? Por consiguiente, no es una locura absoluta admitir como posible la existencia de Superiores entre nosotros. Si las mutaciones se rigen sólo por la casualidad, ha habido probablemente algunas favorables. Si se rigen por una fuerza natural organizada, si corresponden a una voluntad de ascensión del ser vivo, como lo creía, por ejemplo, Sri Aurobindo Ghose, debe de haber todavía muchas más. Nuestros sucesores estarían ya aquí.
Todo induce a creer que se nos parecen, o mejor, que nada nos permite distinguirlos. Ciertos autores de ciencia ficción atribuyen naturalmente a los imitantes ciertas particularidades anatómicas. Van Vogt, en su célebre obra Á la Poursuite des Slans, imagina que sus cabellos tienen una estructura singular: una especie de antenas que sirven para las comunicaciones telepáticas, y sobre ello construye una bella y terrible historia de la caza de los Superiores, inspirada en la persecución de los judíos. Pero es el caso que los novelistas añaden cosas a la naturaleza para simplificar los problemas.
Si existe la telepatía, sin duda no se transmite por medio de ondas ni tiene en modo alguno necesidad de antenas. Si creemos en una evolución dirigida, habrá que admitir que el mutante dispone de medios de disfraz casi perfectos, para su propia protección. Es frecuente, en el reino animal, ver al ladrón engañado por las presas «disfrazadas» de hojas muertas, de ramitas y aun de excrementos, con una perfección asombrosa. La «malicia» de las especies suculentas llega incluso, en algunos casos, a imitar el color de las especies no comestibles. Como dice muy bien André Bretón, que presiente entre nosotros a los «Grandes Transparentes», es posible que estos seres escapasen a nuestra observación «gracias a un disfraz de la naturaleza que quiera imaginarse, pero cuya posibilidad nos sugiere la misma teoría de la forma y el estudio de los animales miméticos».
«¡El hombre nuevo vive en medio de nosotros! ¡Está aquí! ¿Basta con ello? Voy a decirle un secreto: yo he visto al hombre nuevo. ¡Es intrépido y cruel! ¡He sentido miedo delante de él!» aulla Hitler, tembloroso.
Otro espíritu atenazado por el terror, asaltado por la locura: Maupassant, lívido y sudoroso, escribe precipitadamente uno de los textos más inquietantes de la literatura francesa: Le Horla.
«Ahora sé, adivino. El reino del hombre ha terminado. Ha venido Aquel que provoca los primeros terrores de los pueblos ingenuos. Aquel a quien exorcizaban los sacerdotes inquietos, el que evocan los brujos en las noches sombrías, sin verle aparecer aún, y a quien los presentimientos de los maestros efímeros del mundo prestaron todas las formas monstruosas o graciosas de los gnomos, de los espíritus, de los genios, de las hadas, de los duendes. Después de los groseros conceptos de los miedos primitivos, los hombres más perspicaces lo han presentido claramente. Mesmer lo había adivinado, y los médicos, desde hace ya diez años, han descubierto la naturaleza de su poder antes de que él mismo lo ejerciera. Han jugado con esta arma del nuevo Señor, el dominio de poderes misteriosos sobre el alma humana, convertida en esclava. Lo han llamado magnetismo, hipnosis, sugestión... ¡qué sé yo! ¡Les he visto divertirse como niños imprudentes con este horrible poder! ¡Desdichados de nosotros! ¡Desdichado del hombre! Ha llegado él..., él... ¿Cómo se llama...? El... Me parece que está gritando su nombre, y no lo entiendo... El..., sí, lo grita..., escucho..., no puedo..., repite..., el... Horla..., lo he oído..., el Horla... Es él..., el Horla... ¡ha llegado!»
En su interpretación balbuciente de esta visión llena de maravilla y de horror, Maupassant, hombre de su época, atribuye al mutante poderes hipnóticos. La literatura moderna de ciencia ficción, más próxima a los trabajos de Rhine, de Soal, de Mac Connel, que a los de Charcot, presta a los mutantes poderes «parapsicológicos»: la telepatía, la telequinesia. Otros autores van todavía más lejos y nos muestran al Superior flotando en el aire o filtrándose por las paredes: aquí ya no hay más que fantasía, ecos placenteros de los arquetipos de los cuentos de hadas. De igual modo que la isla de los mutantes, o la galaxia de los mutantes, corresponde al antiguo sueño de las Islas Afortunadas, los poderes paranormales corresponden al arquetipo de los dioses griegos. Pero si nos colocamos en el plano de lo real nos damos cuenta de que todos estos poderes serían completamente inútiles a los seres vivos en una civilización moderna. ¿Para qué la telepatía cuando disponemos de la radio? ¿Para qué la telequinesia cuando existe el avión? Si existe el mutante, cosa que nos sentimos inclinados a creer, éste dispone de un poder muy superior a todo lo que la imaginación puede soñar. Un poder que el hombre ordinario apenas explota: dispone de la inteligencia.