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Homenaje a Nicolás Casullo

Info10/10/2008

Tuve de profesor a Casullo en la facu y creo que lo primero que pensaba cualquier alumno despues de ecuchar una clase suya era : "cómo sabe este tipo!!!".... Era impresionate lo que sabía y cómo lo enseñaba...

Mas alla de las posturas politicas que haya adoptado en los ultimos tiempos (las cuales yo personalmente no comparto) hay que destacar la honestidad que tenia. En estos tiempos en que todoes por conveniencia estoy seguro de que si el apoyaba a un gobierno es porque de verdad creia que era lo mejor.

Dejo algunas notas sobre él....





Casullo, por Martín Caparrós.

Era un polemista inmejorable, alguien que manejaba como pocos el placer de encarar un problema y ensayarle todas las miradas.


Últimamente no estábamos de acuerdo –Nicolás Casullo era uno de los animadores de Carta Abierta– pero no era grave: una buena razón para seguir las discusiones. Igual, prefiero recordarlo hace diez años, en ese estudio chiquitito y ahumado donde hacíamos Las Pelotas de la Patria. No recuerdo a quién se le ocurrió la idea, pero a los cuatro nos entusiasmó: transmitiríamos por FM La Isla las eliminatorias para el Mundial 98. Lo hacíamos a los ponchazos, mirando los partidos en una tele chiquitita, pero intentando un tono y una forma distintos de lo que suele ser el fútbol en la radio. Martín Zubieta llevaba el peso del relato; Nicolás y Elvio Vitali comentaban, cada uno en su estilo; yo hacía como que conducía, y todos discutíamos. Se nos habían ocurrido cosas que entonces nos parecían audaces y ahora, quizás, un poco tontas: el grito de gol del relator, por ejemplo, se fundía con los aullidos de un orgasmo.

Nos habíamos conocido años antes: Nicolás recién volvía de México y paraba en el barcito de la librería Gandhi, Montevideo y Corrientes, que acababa de abrir su gran amigo Elvio con el Negro Tula. A todos nosotros, exiliados de vuelta, nos fascinaba recuperar esa idea tan porteña de “parar”, de tener un lugar donde poder ir –o no ir– a encontrarse con amigos y no tanto para beber, fumar y hablar de lo humano y lo divino y el culo de esa rubia. Nicolás era un polemista inmejorable; alguien que manejaba como pocos el placer de encarar un problema –político, social, literario, futbolístico– y darle todas las vueltas, ensayarle todas las miradas.

Así fue cómo se hizo cargo de una cátedra en Comunicación –Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo, nada menos– donde Horacio González, Christian Ferrer, Ricardo Ibarlucía, Ricardo Forster, Miguel Wiñazki y yo lo acompañamos: los seminarios internos eran la excusa para seguir las discusiones. Que podían ser interminables: en esos días el país estaba, como siempre, al borde del abismo, y nos pasábamos las tardes tratando de pensar cómo sería un futuro sin futuro. Poco después le propuse que me contara su historia para La voluntad. Fueron horas y horas de más charlas y rememoraciones. Hoy, desde Bogotá, donde acabo de enterarme de su muerte –un puto cáncer–, quiero recordarlo con los primeros párrafos de su presencia en esa historia:

“–¿Te parece que vale la pena seguir acá?

–¿Acá? ¿En esta mesa?

–No, acá, en esta inmensidad pampeana. Los milicos te bañan todos los días en agua bendita para que vayas a misa limpito y de uno en fondo, y parece como si nadie se opusiera en serio. El país está hecho una mierda, ¿no?

Ya hacía tiempo que Nicolás estaba decepcionado y buscaba una respuesta imposible. Eran las dos de la mañana; el salón estaba repleto de barbudos, poetisas y escepticismo. Cafés y cigarrillos humeaban en medio de charlas, ironías y ginebras: el clima de La Comedia, en Corrientes y Paraná, pretendía parecerse al de antes del golpe de Onganía pero no era el mismo. Manolo, el mozo, que seguramente se llamaba Rubén, le preguntó si quería otra. Nicolás volvió a mirar embelesado a la morocha de la segunda mesa a la derecha, sus labios, su pelo lacio. Se aflojó el nudo de la corbata e insistió en que nada era lo mismo.

–Esto que le pasa al país debe ser culpa de alguno de nosotros cuatro, además de las tendencias del capitalismo mundial. Reconozco: como intelectuales desgarrados no somos perfectos. Seguir sacando la revista no tiene sentido, quizás sí hacer el amor un par de veces más antes de irnos de la patria. Pero da un poco de vergüenza seguir así como andamos, ¿no? Esto sofoca, corroe, provoca caries: si parece que nos fuéramos a aguantar cualquier cosa...

Hacía unos días que Nicolás Casullo había cumplido veintitrés años y, por primera vez, tenía la sensación de que el tiempo se le iba sin remedio. Nicolás había nacido en el barrio de Almagro el 10 de septiembre de 1944, en la casa de tres plantas y treinta habitaciones de su abuelo Nicolás, un extraño inmigrante italiano intelectual que prosperó como puestero de frutas y verduras en el mercado del Abasto y llegó a tener una empresa con media docena de barcos que remontaban el Paraná transportando naranjas. (…)

Nicolás tenía once años cuando el barrio se puso de fiesta para celebrar la caída del tirano. En la calle, almaceneros y carniceros bailaban alrededor de una fogata donde quemaban las fotos de Perón y Evita que, por años, habían exhibido en sus negocios. En la casa, su padre y sus tíos y tías brindaban con champán y se felicitaban a las carcajadas; sólo faltaba su madre, Mercedes, encerrada en su pieza, ausente, dolorida. Casi de golpe, Nicolás se encontró con algo que llamaban política: esos gritos y silencios, los nombres prohibidos, el recuerdo de unos bombardeos, los insultos y la alegría despiadada.

Meses después, Mercedes volvió con dos obreros que traían un busto de Evita envuelto en cartón y escondido en una chata gasolera. Su marido, que solía tolerarle casi todo, pensó que hasta ahí se podía llegar:

–¿Qué hacés con eso?

–Era el busto que teníamos en la fábrica. Si no me lo llevaba lo iban a romper en pedacitos.

–Vos no vas a guardar en esta casa la estatua de ésa.

–¿No?

Durante un tiempo el busto de Eva Perón estuvo escondido en un rincón del altillo. (…) En la casa grande había una buena biblioteca del finado abuelo. Cuando tenía catorce o quince años, Nicolás volvía del Nacional Sarmiento y, muchas tardes, se ponía a leer los libros que encontraba, o los que le daba su hermana que ya estudiaba Psicología. Así desfilaron Hesse, Thomas Mann, Kafka, Sartre, Maupassant, Homero, Poe, Milton, el Dante, Leopardi y los primeros cuentos de Cortázar o los segundos de Borges. A veces, se pasaba tardes enteras escribiendo historias que después rompía o no rompía: por el momento, le importaba menos el resultado que el raro éxtasis de hacerlo.

Después, cuando se cansaba, Nicolás salía a la vereda: Almagro todavía era un barrio bravo y las barras solían agarrarse en la esquina de la lechería o en la canchita, detrás de la Algodonera de Córdoba. Ahí se daban como en bolsa, se fumaban los primeros cigarrillos, se acababan las tres cuartos de Quilmes y se contaban historias de mujeres perfectamente falsas. Ahí se respiraba un peronismo natural, sin teoría, silvestre, trasmitido a veces por los padres de aquellos once adolescentes que los domingos se ponían la misma camiseta. Nicolás era flaco pero fuerte, se defendía bastante bien con la redonda según el modelo de su ídolo Corbatta y no le molestaba una buena pelea de tanto en tanto. Por eso armó con algún otro el equipo del barrio, donde también hacía de director técnico para aplicar el 4-2-4 de Vicente Feola en los entrenamientos de Parque Centenario. Aunque también sabía que la barra era otro mundo y que no podía hablarles de Leopardi o de esa frase que se le había ocurrido un rato antes y le parecía tan enigmáticamente bella. No había que mezclar los tantos: Nicolás sabía que si los muchachos llegaban a enterarse de sus aficiones literarias lo menos que le iban a decir sería que era puto.

En 1964, los Casullo dejaron la casa grande. La familia se había ido disgregando y ya no tenía sentido seguir ahí. Se la vendieron a un grupo que planeaba instalar un colegio, y le pusieron una sola condición: que el instituto se llamara William Morris, un educador y utopista inglés de fin de siglo que había sido el gran héroe del abuelo. Poco antes, cuando Nicolás tuvo que empezar la universidad, aceptó cursar Derecho. No era lo suyo; lo dejó al cabo de un par de materias y al año siguiente se fue a anotar en Letras.”

Ahí, en realidad, empezaba el relato: sus búsquedas, sus días en el mayo de París, sus amores, sus trabajos como periodista, su primera novela, su militancia, las decepciones, la partida. Y después la vuelta y este cuarto de siglo de más libros, cátedras, Racing, la familia, más militancias y el esfuerzo largo, sostenido, por entender la patria: sus pelos, sus pelotas, sus pelotazos al vacío. Ayer se terminó una parte de esa historia; quedan las novelas, los ensayos, las revistas. Un abrazo, Casullo. Desde lejos, con esa rara presencia de la ausencia, sé que vamos a seguir discutiendo tantas cosas.

FUENTE


Un intelectual sin miedo a la política


Estudiantes y activistas se asomaron gracias a él por primera vez al pensamieto crítico. Tuvo que exiliarse durante la dictadura y en 2004 ganó el Konex al Ensayo Filosófico. Fue uno de los impulsores del espacio Carta Abierta.

Nicolás Casullo falleció ayer a los sesenta y cuatro años, víctima de un cáncer. Los libros van a recordar al intelectual comprometido que se centró en temas como la memoria, el peronismo, la escritura y la crítica cultural. Pero hay otra dimensión igualmente intensa por la que el investigador, docente y escritor merece quedar para la posteridad: la lucidez con la que encaraba sus intervenciones políticas, y la calidad de sus clases en la universidad pública –donde aunaba erudición y giros callejeros– permanecerán en el recuerdo de los miles de estudiantes y activistas que gracias a él se asomaron por primera vez al pensamiento crítico.

El maestro, nacido en Buenos Aires en 1944, era de los que se cuentan con los dedos de la mano. Pocos saben que su abuelo había sido pastor metodista, por lo que la frecuentación de la Biblia era casi obligatoria en su casa de infancia. “Cosa que agradezco –decía él– porque quizá lo que le falta en un noventa y cinco por ciento al pensamiento científico social, al pensamiento de las humanidades, es una lectura de lo bíblico, una lectura en cuanto a darse cuenta de que todo proviene de ahí.”

Junto a una inteligencia vivaz, Casullo era capaz dar sentido a las emociones, al plano mítico y las fiestas del cuerpo. Confesaba que en Almagro había aprendido desde temprano los rudimentos del peronismo. Y no asimilando frías concepciones, sino pateando veredas y relojeando las cantinas. Su familia, de origen vasco-italiano, era un polvorín cuando se hablaba del asunto. Su madre era partidaria de Evita y su papá, un antiperonista recalcitrante. Avanzando en ese terreno minado, el hijo supo ver en el movimiento de los descamisados una senda posible para el cambio social.

La juventud confirmó el amor por las letras y las reivindicaciones populares. A los veinticuatro años Nicolás está en París, con el entusiasmo inflamándole la sangre. Corre Mayo del ’68 y el muchacho presencia, emocionado, una rebelión que intuye histórica. Las anotaciones en su diario íntimo llegarán a las librerías tres décadas después, en París 68. Las escrituras, el recuerdo y el olvido. Mao, Sartre, el Che, Lumumba, todos están en esas hojitas que ya muestran la pasión de quien quiere fundar un vivir-razonando a partir de las herramientas que daban las grandes figuras, pero también con trozos de política argentina concreta e impresiones personales.

Su primera novela carga un título de oro. Para hacer el amor en los parques se publicó en 1970 y casi inmediatamente fue prohibida y requisada. También en este caso hubo que esperar más de treinta años para conseguir el texto en las librerías; y a medida que las nuevas generaciones descubren ese relato salpicado de irreverencias, se remueve una porción del velo histórico que se impuso sobre el ambiente universitario de principios de los setenta. “Sentíamos que la revolución estaba a la vuelta de la esquina”, solía sincerarse el autor.

En noviembre del ’74 la onda estaba tan pesada que Casullo debió exiliarse. Venezuela, Cuba y finalmente México fueron las sedes de una nostalgia que se haría más fuerte a medida que se conocían los desmadres de la dictadura. Como fundador de la revista Controversia (1979-1981), el investigador fue protagonista de un proceso de análisis sobre el sentido de la progresía, que se dividía entre apoyar al peronismo o construir un proyecto más cercano a la ortodoxia marxista.

El retorno de la democracia fue una luz que en su reverso trajo ciertas decepciones. El peronismo, con su flamante ala de caudillos neoliberales, estaba justo en las antípodas de lo soñado por Casullo en el ostracismo. De esa etapa es El frutero de los ojos radiantes, una historia de inmigración y exilio en clave de novela familiar. Siguió una serie ilustre. Obras como Pensar entre épocas –donde Casullo se preguntó acerca del porqué de la hecatombe progresista– o Sobre la marcha –que recupera las entrevistas que le hicieron en su carrera– quedarán como referencia obligada para los que se atrevan a observar el país por fuera de las torres de marfil que ofrecen las teorías cerradas.

Y hubo más. Casullo desarrolló una reconocida labor docente en las universidades de Buenos Aires, Quilmes, Entre Ríos y Córdoba, al tiempo que editaba la revista Pensamiento de los Confines. Asimismo, pasó por la Universidad de México (UNAM) y fue consultor de la Universidad de París. Publicó Comunicación, la democracia difícil en 1985; El debate modernidad–posmodernidad en 1989; Viena del 900, la remoción de lo moderno, en 1990, Itinerarios de la modernidad en 1994; París 68, las escrituras y el olvido en 1998 y Modernidad y cultura crítica, en ese mismo año. A esto hay que sumarle una catarata de trabajos periodísticos, muchos de los cuales aparecieron en PáginaI12.

Con La cátedra (2000), el querido cultor del bigote y el jopo aflequillado se despachó con una narración que alcanzaba proporciones alquímicas de calle y erudición. Más tarde, en vísperas del 19 de diciembre del 2001, Casullo ofreció una clase extraordinaria, fuera de horario y abierta a quien quisiera pasarse por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Los que estuvieron ahí guardan esas dos horas como un tesoro para todo el viaje. El orador destiló romanticismo y conciencia social, y los que lo escucharon salieron convencidos de que había que integrarse, de una u otra forma, en los conflictos que se avecinaban.

Esa efervescencia provocaba Casullo. Salir de una de sus charlas era sentir que se abría un universo de capítulos, discusiones trasnochadas, cambios colectivos y señoritas que habían empezado a leer a Sade y deseaban romper la rutina burguesa. Su talento se fue perfeccionando, y no es casualidad que los últimos años hayan sido consagratorios. Ganó el premio Konex 2004 al Ensayo Filosófico, y en obras como Las cuestiones o Peronismo. Militancia y Crítica (1973-2008) apostó por los vientos de cambio que recorren la región. “Lo que no se le perdona al populismo –denunciaba– es que restituya el terreno de la política a un primer plano.”

La enfermedad no lo alejó del compromiso. Recientemente seguía difundiendo sus aportes en este diario; y se había ligado al grupo Carta Abierta, que defendió los postulados del Gobierno frente al lockout rural y se perfila como un polo de apoyo crítico a Cristina Kirchner. “Los medios, que evidentemente forman parte del establishment, se han convertido en los reales partidos de derecha”, se quejaba.

Los restos de Casullo –que según trascendió padecía cáncer de pulmón– fueron velados en la Biblioteca Nacional y recibirán sepultura hoy en el Cementerio Británico. Su ausencia será un desafío, no sólo para su esposa y sus dos hijas. Los que lo leen añorarán sus consideraciones siempre reactualizadas. Los que disfrutaron sus clases echarán de menos al docente que convocaba a “los fantasmas de Nietzsche, de Baudelaire o de Sartre” como si fueran sus amigos de Racing.

Y si el dolor permanece es porque el que se fue era un tipo generoso. Un tramo elegido al azar, en este caso de París 68. Las escrituras, el recuerdo y el olvido, sirve para demostrarlo. Semiocultas, las líneas tienen ya diez años y hablan de cómo el hombre registraba minuciosamente su propio crecimiento: “Cambió mi manera de marcar los párrafos. Ahora es con un lápiz suave y atildado, por si alguna vez les doy cualquiera de esas páginas a mis alumnos. Antes era con birome fuerte, definitiva, para ninguna otra cosa, calculo, que para esa gran historia que no habría de saber nunca de tal gesto”.

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Nicolás, por Horacio González


No podemos saber qué cultura, qué subsuelo, en qué mercado de frutos se produce alguien como Nicolás Casullo. Cómo viene a ser, de qué manera especial viene a formarse un puesto, un encargo en el que se habla con un sentido tal que no podemos dejar de verlo como algo elaborado por toda clase de elementos o matices de la sociedad argentina, del mundo real de la existencia del que habla, del que escribe en un país. No otro país. Este. Casullo fue antes que nada un novelista, y de las varias novelas que escribió, El frutero de los ojos radiantes tiene un aire extenso, toma el tiempo largo de una familia de inmigrantes, en lo que puede ser entendido como una crónica aluvional de la espera de un lenguaje, mientras como un largo espectáculo se expone la política y la cultura del país durante más de un siglo. En La cátedra, escrita en los últimos años, un grupo de profesores, como si fuera también una familia de exilados, se desdobla en una conspiración que ocurre en el tiempo, donde desfilan asimismo fantasmas salidos de nuestra propia conciencia insatisfecha.

En las novelas de Casullo siempre hay personajes a ser liberados de un lenguaje irrisorio. Los instrumentos del novelista para invitar a esa liberación son el sarcasmo, la melancolía, los poderes del absurdo que no nos permiten comprender nunca en qué realidad última estamos envueltos. Casullo dio mil vueltas, con artilugios de extrema fineza, a una lengua que expuso con sabia elevación. Así investigó el otro polo de las culturas, a los hombres y mujeres que no se deciden a abordar su oscura rusticidad, el problema de sus pasiones más groseras o ridículas, su lenguaje más animal.

Por eso, Casullo podía descender a los últimos confines del idioma y encontrar allí la base del ludibrio, de la carnavalada, la fábrica oprobiosa de nuestras relaciones diarias. La descubría y la mostraba en él y en los demás. Y con asombro, podíamos percibir en una inesperada vuelta de sentido que todo podía transformarse en una narración viva sobre un mundo desencantado y con sus fisuras filosóficas a la espera de su cronista. Casullo fue uno de esos cronistas con una secreta piedad sobre las cosas y las personas, sentimiento guardado íntimamente en su inconfesable suma teológica –la teología del Abasto, de Racing, de la política, las cenas amistosas, Musil o Breton, los populismos latinoamericanos o el cine de Tarkowsky–, conjunto entreverado en la ciudad argentina y expresado en grandes panoramas imaginativos y amargos sobre la civilización contemporánea, hasta la exasperación de un camino sin salida. Pero todo era un juego amoroso apenas entrevisto y en su forma extrema de pudor.

Todos los ensayos de Nicolás –y hubiera sido inútil buscar si el ensayista estaba al acecho en el novelista o del otro modo, el inverso, en que muchos prefirieron verlo– tienen la elegancia de un montaje en que finalmente, luego de que el filósofo autodidacta hace su gran trabajo, se expone un descripcionismo radical, chispeante, jocoso, como el que pudiésemos encontrar en la mejor exposición de las existencias cómicas. Como los grandes optimistas encubiertos, Nicolás hacía reír para pensar. Así lo recomiendan los sabios entre sabios. Como estilo intelectual, recordaba las atmósferas románticas del siglo XIX, en medio de grandes salones de debate, entre añoradas humaredas de cigarros y poetas de estilizadas enfermedades. Pero a la distancia, se escucharía el gol de las canchas argentinas. Casullo estaba en la feria abigarrada y en la forma exquisita del espíritu, si es que ambas cosas no son la misma. Ausentes en nuestro medio los grandes atrevimientos de lenguaje y la gran filosofía hecha con medios intelectuales propios, Casullo –que provenía de los elocuentes fervores del país convulsionado y que había trabajado con Alicia Eguren, para poner un nombre posible, ahora, al lado del suyo– repartió esos frutos con toda clase de estilos, el llano, el áspero, el erudito, el sensitivo, el conceptual, y muchos ni se habían dado cuenta.

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