Cuentos y Leyendas de Honduras
El blasfemo
Jorge Montenegro: [email protected]
Es típico de muchos trabajadores y oficinistas dedicarle culto al dios Baco cada sábado.
San Pedro Sula-Honduras
Se llamaba Salvador y aunque era un hombre dedicado de lleno a su trabajo en una pequeña imprenta que tenía en San Pedro Sula, los fines de semana se reunía con sus amigotes a disfrutar de las bebidas alcohólicas.
Es típico de muchos trabajadores y oficinistas dedicarle culto al dios Baco cada sábado, contar anécdotas amorosas, hablar de negocios y de futuros proyectos fabulosos porque se sienten superiores cuando están bolos. Salvador era uno de ellos.
—Ustedes no saben lo que tengo en mente. No habrá una imprenta más grande que la mía en toda la zona norte. Las mejores imprentas las fabrican en Alemania y un día de estos van a preguntar por mí y yo voy a estar en Alemania en mis negociaciones.
—Eso si Dios lo quiere, Salvador —dijo uno de sus amigos—. Acordate de que uno propone y Dios dispone.
Salvador se tomó un trago y riéndose a carcajadas respondió:
—Mira, Ovidio, no seás tan ignorante. ¿Cuál Dios? Mira cómo estás. ¿Por qué no te ayuda tu Dios? Ja, ja.
—Eso es lo malo tuyo, Salvador. Apenas te cala el guaro comenzás a blasfemar.
Cuando Salvador comenzaba a decir incoherencias, los amigos se iban retirando poco a poco hasta dejarlo solo.
—Me gusta platicar con Salvador. Es un hombre muy inteligente, pero cuando comienza con sus herejías mejor me retiro.
No sé por qué anda en esa onda apenas se emborracha. Además solo habla de grandezas, de grandes empresas y no tiene nada. Los cines son los que lo ayudan porque él les imprime los programas.
Una mañana llegó a la pequeña imprenta un señor alto, delgado, acompañado por una señora también delgada.
—Pues vea, señor Salvador —dijo la mujer—, queremos que nos imprima este pequeño libro que escribió mi esposo. Hemos pensado regalarlo en la iglesia a la que asistimos.
Salvador miró el material, leyó algunas hojas y les dijo:
—Calculo por lo que aquí está escrito que les van a salir unas ochenta páginas. Les daré los costos apuntados para que hagan sus cálculos.
—Muy bien —dijo el hombre delgado—, regresaremos en dos días.
Cuando los clientes abandonaron la imprenta, Salvador hizo sus reflexiones:
—No sé por qué hay gente que gasta su dinero en esas creencias absurdas. A ver, a ver qué dicen estas páginas. Cómo conocer a Dios. Ja, ja. Esto sí que está chistoso. Bueno, yo pongo la imprenta, ellos ponen el pisto y asunto terminado.
Me da pesar que haya gente tan tonta que cree en esas cosas de Dios. Es totalmente absurdo, pero este pistillo no lo voy a dejar escapar.
Dos días más tarde, los clientes regresaron. La señora llevaba la voz cantante.
—Nos parece bien el precio, don Salvador.
Espero que haya leído ese pequeño libro que nos servirá para salvar almas. Le venimos a dejar la mitad del dinero para que comience la impresión.
Decíamos que Salvador era un hombre trabajador y en poco tiempo terminó de imprimir el libro religioso.
Les entregó paquetes a sus clientes que, satisfechos, acabaron de pagarle el valor de los pequeños libros.
—Quédese con estos cinco libros para que se los regale a sus amigos —dijo el señor delgado—. Posiblemente haya almas que se salven.
Salvador agradeció la entrega y fue hasta la puerta principal a despedir a sus clientes.
—Cuídese —dijo la señora— acérquese a Dios. Ah... y lo felicito. Hizo un excelente trabajo.
El sábado, como de costumbre, Salvador se fue a un expendio de aguardiente, donde se reunía con sus amigos para departir unas cuantas horas. Al calor de los tragos comenzó a decir:
—Pues para colmo de males acabo de imprimir un librito que se llama Cómo conocer a Dios. Lo he leído de principio a fin y les voy a regalar estos ejemplares a ustedes, que también son supersticiosos y creen en esa cosa que ustedes llaman Dios. Ja, ja.
Los amigos agradecieron el regalo y lo hojearon.
—Deberías leer de nuevo este librito que vos imprimiste. Tal vez así se te quitan esos malos pensamientos.
—Ja, ja. ¿No te digo? Mejor tomate otro trago conmigo y no hablemos más del tema.
Llegó la nueva semana. Salvador se dedicó a imprimir los programas de los cinemas sampedranos y todo marchó normal. De nuevo al llegar el sábado se fue al estanco para reunirse con sus amigos. Estaban en octubre y el cielo nublado presagiaba una tormenta.
Pidieron aguardiente y comenzaron sus acostumbradas pláticas. A alguien se le ocurrió hablar del pequeño libro.
—Mira, Salvador, ni sabes el gran tesoro que nos has regalado. Ese libro de Dios me está haciendo reflexionar. Los estoy acompañando y no me he tomado ni un trago.
Salvador levantó su vaso lleno de aguardiente, lanzó una carcajada y gritó:
—Cuál Dios, ja, ja, cuál Dios. Aquí delante de ustedes le voy a hacer un reto. Si Dios existe, que impida que me tome este trago. ¿Dónde está su Dios?
No había terminado de reírse cuando una luz fuerte iluminó el estanco y el cuerpo de Salvador cayó fulminado. Afuera se escuchó el estruendo de un trueno y comenzó a caer una terrible tormenta como jamas se había visto en San Pedro Sula. El blasfemo había recibido su castigo.
Lo extraño es que ninguno de los presentes resultó herido. Todos cayeron de rodillas dando gracias a Dios por no haberlos tocado.
Luego abandonaron en silencio aquel lugar y nunca más regresaron a beber aguardiente.
Aún existen personas en la Ciudad del Adelantado que recuerdan ese suceso que dejó una gran lección para todos. Nunca se debe dudar y mucho menos retar al creador de los cielos y la Tierra.
El entierro de un niño
La tumba de aquel niño de cinco años.
San Pedro Sula,
Honduras
Hace muchos años, en la capital de la república, como en pueblos y aldeas de nuestro país, se acostumbraba colocar palmas sobre los ataúdes de los niños cuando estos entregaban sus almas al Creador.
Recuerdo bien que en una aldea de San Marcos de Colón asistí a la vela de un pequeño de cinco años de edad que había fallecido al caerse de un árbol donde jugaba con sus hermanitos.
Era hijo de un buen amigo que también ya no está en este mundo.
Los padrinos del niño llegaron a la casa del duelo con unas palmas artísticamente decoradas y las colocaron sobre el pequeño ataúd después de una breve ceremonia religiosa. Al contrario de lo que yo había pensado, ahí no había lagrimas. El dolor estaba ausente en ese solemne momento de la llegada de los padrinos con las palmas, que fueron bendecidas por una rezadora en el nombre de Dios, del hijo y del Espíritu Santo.
—Es un angelito que ya está en el cielo con mi Diosito. Dios se lo llevó y solo Él sabe por qué.
Los comentarios de los ahí presentes eran hermosos. Todos se abrazaban con cariño y se saludaban en la medida en que iban llegando al velorio. Afuera había una luminaria alimentada con leña de roble y de ocote para pasar la noche jugando naipe, contando chistes o las pasadas graciosas de algún vecino.
Al día siguiente llegó un conjunto de cuerdas pagado por los padrinos, quienes tuvieron el privilegio de cargar al muertecito al panteón. Fue entonces cuando comenzó la música, pero no era música triste, sino la más alegre que se sabían los del conjunto.
Llegamos al cementerio casi a las cuatro de la tarde. Ahí entonaron cantos alegres deseándole suerte al muertecito cuando llegara al cielo. Aquello fue conmovedor porque el campesino hondureño sabe ver la realidad con más tranquilidad que los que se la pican de sabios.
Más o menos a las seis de la tarde regresamos a la casa del niño. Los padrinos llevaban las palmas y al llegar habían sido escogidas dos niñas para que bailaran con las palmas en el sitio donde había sido velado el pequeño.
El conjunto de cuerdas comenzó a tocar una música especial. Los violines iban marcando al baile de las dos muchachitas, que alegremente danzaban con las palmas, acercándose a los presentes. Todos aplaudían con entusiasmo porque según su creencia en ese momento le estaban abriendo las puertas del cielo al niño fallecido, quien era recibido por los ángeles.
Cuando las niñitas terminaron de bailar con las palmas en alto, dejaron en libertad a los presentes para que también bailaran en aquella amplia casa de adobe. El conjunto de cuerdas hizo sonar sus instrumentos y empezó el baile. No podían faltar de nuevo las tacitas de café, la luminaria con leña de ocote y roble, los chistes, los tragos de aguardiente y la alegría. Así acompañamos a aquellas humildes personas que tienen una filosofía sobre la muerte totalmente diferente a lo que pensamos los de la ciudad. La muerte de aquel niño no les causó tristeza.
Allí había un derroche de bendiciones y alegría.
En la madrugada, el padre del niño fallecido anunció con su voz fuerte:
—Estimados vecinos y amigos que nos acompañan, especialmente a usted, don Jorge, con quien mantengo una amistad de años. Quiero agradecerles que nos acompañen en la muerte de mi pequeño hijo. Estamos contentos porque mi Señor se lo llevó y no va a sufrir aquí en la Tierra. Él lo necesitaba en el cielo. Ahora vamos a devolver las palmas al cementerio porque estamos seguros de que el alma de mi muchachito está con los angelitos.
Una gran cantidad de gente se unió a los padrinos, que llevaban las palmas hasta depositarlas en la tumba de aquel niño de cinco años que les había dejado gratos recuerdos a todos. La rezadora cantó una especie de alabanza dando gracias a Dios y luego cada quien se fue a su casa.
Años más tarde encontré a mi amigo en San Marcos de Colón.
—Mire, don Jorge: mi Diosito es lindo con nosotros porque nos mandó este otro niño. A ver, mijito, saluda al amigo.
Abracé al niño. Tenía un parecido extraordinario con el que habíamos visto en el ataúd. Mi amigo comentó:
—Dicen los vecinos que es mi mismito niño que regresó.
Esa costumbre de bailar con las palmas del muertecito se está perdiendo en muchos lugares, pero aún se pueden ver esos entierros con música en ciertos pueblos de Olancho y de la zona sur. Olvidaba contarles que otra costumbre que se está extinguiendo es la de colocar una palma sobre el féretro de una adolescente o una mujer mayor en señal de que murieron señoritas sin conocer hombre alguno.
La pequeña bruja
A doña Rosa, madre de Gertrudis, una vecina le dijo que la muchacha y sus amigos jugaban con la tabla güija.
Esta es una historia real que sucedió en una ciudad de nuestro país, en la actualidad muchos jóvenes hombres y mujeres se han vuelto taciturnos y andan en la onda de los emus, personajes casi silenciosos que visten de negro, se alisan el pelo, no usan maquillaje, aunque algunas muchachas utilizan sombras grises.
Así era Gertrudis Solórzano, niña de 15 años de edad, tenía desconcertados a sus padres que poco a poco vieron el cambio en ella, se apartaba de los demás apenas hablaba, comía y generalmente se encerraba en su habitación.
Salía de su casa vestida de negro y usaba sandalias del mismo color, solo se le oía susurrar cuando llegaban otros jóvenes emus, la gente los miraba con curiosidad pero para ellos eran indiferentes aquellas miradas. Gertrudis era buena alumna en su colegio, sacaba buenas notas, pero a partir de haberse asociado a ese grupo de taciturnos había bajado su rendimiento estudiantil. A doña Rosa, madre de Gertrudis, una vecina le dijo que la muchacha y sus amigos jugaban con la tabla güija y que la reprendiera ya que aquel era un juego peligroso por la presencia de espíritus demoniacos. Doña Rosa le llamó la atención a su hija y esta contestó que se trataba de un inocente juego pero que quien le había llegado con el chisme la iba a pagar muy caro.
Dos días después doña Rosa se enteró que su vecina se encontraba en el hospital víctima de un terrible ataque de nervios, decían sus familiares que todo había sucedido de repente, que ella gritaba aterrorizada en la casa señalando las paredes y diciendo que de ellas salían fantasmas, desde ese momento doña Rosa comenzó a sentir miedo ante la presencia de su hija oraba en silencio para que en su casa no fuera a ocurrir algo tenebroso.
Había en la colonia donde vivía Gertrudis un hombre de 52 años que llamaba la atención de las mujeres que se vestía elegantemente como todo un caballero, era de ojos verdes, bien plantado y de buen físico se llamaba Antonio, Gertrudis jamás había visto con tanto interés a aquel hombre como aquella tarde de octubre al verlo pasar suspiró profundamente, que se va a fijar en mí si soy una niña.
Tiempo después la muchacha se mezcló con otras gentes que se dedicaban a las ciencias ocultas, había entre ellos niños y niñas de doce años en adelante, y muchachos de 20 a 25 años, además de consultar la Güija encendían velas y decían oraciones diabólicas con las que sentenciaban a alguien a conseguir favores, Gertrudis se metió en aquel mundo de sombras y cuando estaba segura de tener contacto con los demonios puso sus ojos en Antonio, este hombre tiene que ser mío aunque sea yo una niña, ni sabe lo que le espera.
La joven estaba parada en la esquina esperando que por ahí pasara Antonio, no tuvo que esperar mucho tiempo, él apareció por la calle elegantemente vestido llevando un maletín en su mano derecha. Al pasar frente a la joven la quedó mirando fijamente y le preguntó ¿Tú eres la hija de doña Rosa, verdad..? ...caramba ...como has crecido y que bonita te ves, se agachó para darle un beso en la mejilla y ella lo hizo en la boca.
De ahí en adelante aquel hombre se volvió loco por aquella niña, se miraban a escondidas y sabían disimular muy bien, lo que Gertrudis no sabía es que Antonio tenía una novia con la que se iba a casar, era una hermosoa y atractiva mujer que trabajaba en la misma oficina donde él laboraba.
Una tarde cuando Gertrudis pasaba por el parque vio a Toño con la mujer y casi se muere cuando los vio besarse apasionadamente, dos días después le reclamó a Toño. ¿Por qué me estaban engañando..? ...el con una sonrisa le respondió... Tú eres una niña, no nos podemos casar, en cambio con la mujer que me viste tengo tres años de estar con ella y próximamente nos vamos a casar, lo nuestro sucedió porque tú me lo pediste... ¿no te acuerdas que me suplicaste cuando te dije que eras una niña?...así que hasta aquí llegamos, por ti puedo ir a la cárcel, ella dijo: No es necesario, yo no diré nada, las sombras se encargaran. Antonio se encogió de hombros sin comprender aquellas palabras.
La noche del 20 de octubre Gertrudis se fue al solar de su casa, se sentó en una silla debajo de un frondoso árbol, encendió una vela roja que tenía el nombre de Antonio con seis alfileres rojos y verdes, dijo unas oraciones tenebrosas mientras soltaba sus cabellos y abría sus piernas.
Todo eso fue visto por su madre que de inmediato entró en su cuarto y comenzó a orar y a reprender a los demonios.
Al siguiente día corrió la noticia de que Antonio fue encontrado muerto antes de entrar en su casa, tenía golpes por todas partes, solo Gertrudis sabía lo que le había pasado.
Tres meses más tarde cuando Gertrudis abandonaba a sus amigos después de consultar a la tabla Güija llegó a su casa, se acostó y apagó la luz, repentinamente sintió que alguien se sentaba sobre su cama, trató de moverse, de gritar y no pudo, unos ojos como brazas brillaron en la oscuridad, era el fantasma de Antonio, pequeña bruja te vengo a cobrar mi muerte con tu locura, así que no te inquietes... jajajajaja.
Gertrudis amaneció como si hubiera estado amarrada con una cuerda, se levantó y con lágrimas contó a su mamá todas las cosas oscuras que había hecho.
Cuando doña Rosa le dio la bendición a Gertrudis enloqueció y comenzó a morderlo todo, los vecinos ayudaron a doña Rosa y aquella aprendiz de bruja fue llevada al manicomio.
Han pasado cinco años, doña Rosa cuenta con tristeza la historia de su difunta hija, de su suicidio en el manicomio, no sabía hasta donde había llegado, ignoraba que estaba en contacto con las ciencias ocultas, que este sea un aviso para todas las madres.
El collar de Lobo
Juanita de Ruiz era una señora amante de los animales.
Juanita de Ruiz era una señora amante de los animales. Vivía en Jesús de Otoro. Aunque no era vecina de ese lugar, había llegado con su compañero y otras personas que esperaban encontrar oro en el río que pasa por esa comunidad. Descubrieron que las pequeñas playas del río se llenaban de arena negra y al ponerla a secar y colocarle un imán se dieron cuenta de que el río arrastraba hierro de algún lugar. A raíz de lo que habían descubierto, viajaron a la capital y regresaron muy bien equipados. Estaban seguros de que encontrarían oro en las montañas cerca de Otoro.
En el pueblo les contaron la leyenda de un norteamericano que había ingresado en una de las montañas en busca de un gallo de oro que en ciertas noches de luna cantaba sobre las ramas de los pinos. Le habían dicho al gringo que quien atrapara al gallo sería dueño de una inmensa fortuna que yacía escondida en la selva.
Los campesinos le aseguraron a Filiberto Ruiz que si él y sus amigos lograban ver y atrapar al gallo de oro, se harían inmensamente ricos. Cuando Filiberto preguntó por el norteamericano le dijeron que aquel hombre jamás regresó de la montaña.
Juanita tenía cinco perros, entre ellos uno de la raza pastor alemán que más que perro parecía un lobo; de ahí el origen del nombre que le pusieron. El perro lucía un collar de cuero con adornos de metal que brillaban en la oscuridad. La gente del pueblo le tenía miedo y comenzaban a decir que aquel animal estaba encantado.
La señora gozaba con las ocurrencias de los campesinos que llegaban a trabajar en la propiedad de su marido. Todos los días por la mañana, don Filiberto y sus amigos colaban grandes cantidades de arena esperando encontrar el precioso metal que los había impulsado a trasladarse a ese lugar. Un día, Juanita comentó entre risas, mientras les servía la cena:
—Muchachos, ¿y qué tal si de verdad existe ese gallo de oroy ustedes lo encuentran? Ya me imagino la cara que pondrían al encontrar un gran tesoro.
Todos se rieron de la ocurrencia. Acababan de cenar y se fueron al amplio corredor de la casa. Comenzaba a caer la noche cuando inesperadamente escucharon a lo lejos, en dirección de la montaña, el canto de un gallo.
—Es él —dijo un campesino—, es el gallo de oro. Teníamos tiempos de no escucharlo.
Hubo un gran silencio. Minutos después se escuchó de nuevo el canto del gallo, esta vez con más fuerza. Todos sintieron que un frío intenso les recorría el cuerpo.
—Pensé que estaban mintiendo —dijo don Filiberto—, pero es verdad. Todos acabamos de escuchar el canto del gallo. Mañana nos vamos a la montaña —prosiguió—. Alistémonos todos desde ahora. Además nos vamos a llevar a Lobo. Es un buen perro.
Fue así que don Fili y sus tres amigos emprendieron la marcha a la montaña donde cantaba el gallo de oro. Llevaron al fiel perro. Se fueron en la madrugada y llegaron a los altos pinos en el otro lado del río: era la entrada del supuesto tesoro.
Eran aproximadamente las nueve de la mañana cuando el perro ladró frenéticamente como si mirara algo desconocido. Los hombres comenzaron a buscar. Creyeron que se trataba de un venado o de otro animal, así que reanudaron la marcha. Llegaron a un sitio húmedo y sombrío. La espesa vegetación cubría la luz del sol y todo se miraba oscuro.
El perro volvió a ladrar.
Entretanto, doña Juanita les contó a los peones del viaje de su esposo y sus amigos en busca del tesoro. Uno de los más viejos dijo:
—Prepárese, doña Juanita. Quién sabe si esa gente va a regresar. Ya les habíamos advertido a él y a sus amigos que todos los que han llegado a ese lugar donde canta el gallo nunca regresan.
La señora pensó que aquellas eran puras supersticiones y no le hizo caso. Se fue a darles de comer a las gallinas, mientras los mozos desgranaban mazorcas de maíz. Llegó la noche y don Filiberto no regresó. Luego se hizo de madrugada y fue pasando el tiempo. Nadie tenía noticias de aquellos hombres.
En la oscura y espesa selva, los exploradores vieron un brillo intenso y el perro comenzó a ladrar furiosamente. Los hombres se adelantaron: enfrente tenían al gallo de oro. El perro pegó un salto y luego solo se escucharon gritos aterradores repetidos por el eco de la montaña.
Doña Juanita creyó escuchar algo en la oscuridad de la noche.
—Lobo... ¿sos vos, Lobo?
Abrió la puerta y el enorme perro cayó al suelo en medio de la casa, mortalmente herido. Doña Juanita llamó a los mozos, que llegaron de inmediato, encendieron candiles y alumbraron al perro con focos de mano. En medio del ensangrentado collar de Lobo encontraron dos plumas de oro y se dieron cuenta de que algo terrible había sucedido. Los hombres nunca más regresaron a Jesús de Otoro. Doña Juanita volvió a la capital llevando en su corazón el recuerdo de su esposo.
Cuentan los viajeros que aún en esta época que estamos viviendo, los cazadores evitan entrar en la montaña y no pasan ni por la orilla del río. Los que se han atrevido a pasar por el lugar dicen que han escuchado disparos y gritos aterradores. Existe un gran misterio en esas montañas de Otoro, pero nadie se atreve a desafiar a la montaña donde supuestamente canta un gallo de oro.
La carga de leña
la chica recogía la leña a los dos días.
Las costumbres de los hondureños a veces resultan divertidas cuando ha pasado el tiempo. Actualmente para enamorar a una cipota se le lanzan los piropos más rebuscados: “Adiós, mamayita linda, usted es la felicidad del pueblo”. “Qué chulada la que va pasando”. “Si así es la muerte, que me lleve”. Antes era muy difícil ver a la mujer que uno amaba. Había un respeto tremendo en los hogares, no se permitía que las hijas se miraran con sus novios o admiradores fuera de la casa. No existía el libertinaje de nuestros días.
Los enamorados se las ingeniaban para comunicarse. Ahí fue cuando surgió el famoso papelito. Se le pagaba a la criada para que llevara el papelito a la muchacha y luego se esperaba la respuesta.
Cuando se recibía al novio en la casa se sentaba alejado de su novia. Los papás estaban presentes y mantenían una estricta vigilancia. Así pasaban las horas y si los viejos se cansaban o les pegaba sueño, se iban al dormitorio. Si el tiempo corría y el novio no se iba, la mamá de la muchacha salía de su habitación con una nica en la mano llena de orines y la colocaba en medio de la sala, señal de que era hora de irse sin apretones de mano ni abrazos. Simplemente buenas noches.
Recuerdo que en el Mercado Los Dolores había un señor que colocaba una mesa y una silla en la acera y anunciaba:
—Se hacen cartas de amor. Esos que están enamorados y se les traba la jeta para hablarle a la muchacha ya no tienen por qué preocuparse. Aquí le hacemos sus cartitas de amor.
Era famoso aquel escribiente que tenía una letra especial y andaba con un bote de perfume para colocar dos gotitas en la carta con el fin de impresionar a la novia o al novio. Escribía con canuto y tinta elaborada con anilina y cobraba diez centavos por cada misiva.
Pronto aparecieron a la venta unos pequeños libros que contenían modelos de cartas de amor: “Desde el momento que tomo la pluma con mano temblorosa es porque estoy pensando en usted...”. Cada librito costaba sesenta centavos.
Pero regresemos en el tiempo y veamos qué sucedía con las viejas costumbres de los enamorados. Ahí es donde entraba la famosa carga de leña.
Cuando en el pueblo había un enamorado que no le había hablado nunca a la cipota, se iba al monte y cortaba una hermosa carga de leña debidamente escogida para agradar, pasaba por la casa de su adorado tormento y tiraba en el solar la ya famosa carga. Allí la dejaba esperando que la respuesta no se hiciera esperar. Se iba con el corazón palpitante de emoción y tejiendo sueños con la lejanía de las montañas.
El supuesto novio esperaba pacientemente y pasaba de lejos mirando el patio de la casa para ver si habían metido la leña. Si pasaba una semana y la leña seguía en el patio, era señal inequívoca de que el muchacho no le agradaba a la joven de la casa ni a sus papás.
Si la leña no estaba en el patio, a los dos días o al día siguiente de que el admirador la había colocado ahí, podía visitar a la muchacha porque había sido aceptado.
Claro que esta costumbre generaba problemas cuando en la casa vivían dos o tres hermanas. Ellas y sus padres se preguntaban para quién era la carga de leña, pero de todos modos las muchachas se encargaban de investigar a quién iba dirigida aquella carga. Luego les correspondía a los padres analizar el comportamiento del joven pretendiente. Si era honrado y trabajador, no tenía vicios y era responsable, no importaba la condición económica: bastaban el buen comportamiento y el cariño. Si la leña se quedaba en el patio, el pretendiente pasaba recogiéndola en señal de que había comprendido el mensaje, pero si lo aceptaban metiendo la leña y utilizándola en el fogón, significaba dejar otra carguita de leña para obtener la aprobación de sus futuros suegros. Sabiendo que era aceptado cuando metían la carga, el joven se presentaba respetuosamente y se le daba la llegada con alegría.
No se perdía mucho tiempo en noviazgos largos. Bastaban el cariño, el deseo de formar una familia con la bendición de Dios y tener unos hijos que fueran una ayuda en las faenas del campo. En aquellos tiempos todavía existía el rubor, ese colorcito rosado que agarraba la cara de la novia o la del novio en el momento de la aceptación. Sentían un calorcito en el rostro que constituía otra señal de cariño y respeto. ¿Ya ven que es bonito viajar por el país para conocer las viejas costumbres de los enamorados?
La muerta
Doña Laura no era de esas mujeres que dejan cabos sueltos...
En los primeros días de enero de 1962, una familia de apellido Laínez alquiló una casa ubicada en el barrio El Centro de la ciudad de Comayagua. Don Rubén, doña Laura y sus hijos Antonio y Raúl se encargaron de colocar las cosas en su lugar. En el cuarto de los muchachos pusieron una mesa redonda en la que ordenaron sus libros de estudio. Tenían planes de vivir en esa casa unos seis meses para luego trasladarse a la ciudad capital.
Todo marchaba bien, los muchachos iban al colegio y por las tardes se reunían con sus padres a la hora de la cena para hablar de sus problemas y buscar las soluciones.
Una mañana, cuando doña Laura estaba barriendo la pequeña sala de la casa, escuchó el ruido de varios objetos que se caían en la habitación de sus hijos; se trataba de dos libros y una vela que mantenían sobre la mesa por si se producía un apagón. La señora recogió las cosas y las puso en su lugar. Después siguió con sus labores domésticas. Mientras barría la casa pensaba que aquellos objetos no se habían caído ellos solos porque estaban en medio de la mesa.
Doña Laura estaba sumida en sus pensamientos cuando de nuevo escuchó que algo se caía en el cuarto de los muchachos.
Se puso nerviosa, pero tuvo el valor de ir a ver lo que había sucedido. De los dos libros, solo uno estaba en el suelo. Era el mismo que ella había colocado debajo del otro.
Hizo la señal de la cruz, colocó el libro en su lugar, abandonó la habitación y cerró con llave. Con los nervios de punta continuó barriendo y nuevamente escuchó que varios objetos se caían al suelo. Miró el reloj. Las manecillas marcaban las diez de la mañana. Para no asustar a sus hijos con lo que había sucedido esa mañana, la señora guardó silencio. Los días pasaron y no sucedió nada.
Doña Laura no era de esas mujeres que dejan cabos sueltos, de manera que comenzó a indagar entre los vecinos con el fin de saber quién había habitado aquella casa antes de su familia.
Un señor llamado Adán Pereira le contó que ahí vivieron varias familias y que la última que vivió en ella estaba compuesta por dos mujeres y un niño.
Se decía que una de ellas recibía la visita de muchas personas, pues se dedicaba a la lectura de la baraja española. Con aquellos datos, doña Laura sabía a qué tenía que enfrentarse. Al regresar a su hogar lo primero que hizo fue ir a la habitación de sus hijos a orar intensamente. Presentía en su corazón que algo iba a pasar. La familia estaba desayunando, los muchachos se hallaban listos para ir al colegio y el padre de familia afilaba un machete después del desayuno. La señora comenzó a arreglar su casa. Era una familia de bien, organizada, todo lo hacían rápido para ganar tiempo y así marchaban las cosas.
Esa mañana, los muchachos regresaron porque habían olvidado unos cuadernos. Uno de ellos le dijo a su mamá que estaban sucediendo cosas extrañas en esa habitación. Los objetos que estaban en un lugar aparecían en otro al día siguiente.
—Sé que no son alucinaciones, mamá. Quería estar seguro antes de decírtelo.
Cuando los jóvenes se fueron de nuevo, la señora llamó a su esposo y le contó lo que había sucedido con los libros de las personas que habían vivido en la casa, del descubrimiento de uno de sus hijos y lo que podían esperar. Don Rubén, que así se llamaba el señor, manifestó que lo más correcto era abandonar la casa y trasladarse a la capital, arreglar el traslado de sus hijos y evitar males mayores. Ambos estuvieron de acuerdo con aquella decisión. Cuando llegó la noche y todos se habían acostado, doña Laura escuchó ruidos en la sala y se levantó. Caminó a la sala silenciosamente, vio un resplandor verdoso junto al televisor y, revestida de valor por sus intensas oraciones, preguntó:
—¿Por qué andas penando en esta casa? Dímelo en el nombre de Dios.
La luz se elevó del suelo y una voz de mujer, hueca, cavernosa, dijo:
—En vida me dediqué a cosas desagradables a los ojos de Dios. Oren para que mi alma sea liberada. Debajo de estos ladrillos está mi liberación. Por favor, señora, quémenlo todo.
Doña Laura no pudo soportar aquella presencia y se desmayó. Su esposo y sus hijos la encontraron en la sala, la sentaron en el sofá y ella comenzó a narrar lo sucedido.
Sus hijos levantaron los ladrillos del piso y encontraron botes de chile molido con fotografías de hombres y mujeres, hechizo que supuestamente se hace para separar matrimonios. En otros botes había puros con cintas de colores y alfileres y seis barajas españolas atadas con cintas rojas y azules. Oraron con fe en el solar de la casa y les prendieron fuego a los embrujos que encontraron. Mientras lo hacían, una ráfaga de viento fuerte salió del interior de la casa. Dos días después, aquella familia abandonó Comayagua. Pocas personas los conocieron por el corto tiempo que ahí vivieron. La historia es real y nos fue contada por el esposo de doña Laura con el permiso de ella y de sus hijos. Los nombres de los protagonistas han sido cambiados.
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El hereje
La gente vivía con pánico. Se comentaba que alguien había sido sorprendido por la presencia de un horrible espectro que hacía un ruido infernal.
Antes de que llegara el inolvidable misionero Subirana, en cierto lugar del pantano, donde se produce la famosa lluvia de peces, se comentaba con miedo que un fantasma estaba sembrando el terror entre los vecinos de la villa de Santiago, en Yoro. Las gentes vivían con un pánico extremo. Casi todos los días se comentaba que alguien había sido sorprendido por la presencia de un horrible espectro que hacía un ruido infernal y enigmáticamente se alejaba.
Acompañada por dos de sus hijos, Fernando y Camilo, doña Crecencia regresaba a su hogar después de visitar a su comadre, doña Altagracia, que se encontraba muy enferma.
—¿Cómo ve a su comadre, mamá?
—Pues, mijo, para serte franca la he visto muy grave. Casi no habla y sus miradas están como extraviadas. Creo que esta vez no me reconoció. Lo malo es que los doctores que la han visto no han dicho la verdad de lo que ella está padeciendo.
—Yo miré que han quitado muebles y todas las cosas de la casa; como que se estuvieran preparando para la muerte de la señora.
—Así es, hijo mío, ya lo tienen todo listo porque según doña Mina solo están esperando que se muera.
Cuando caminaban por la calle principal del pueblo, el reloj marcó las once de la noche. Como ya sabían que acechaba un fantasma, madre e hijos llevaban un crucifijo en las manos. De pronto escucharon que el viento silbó con fuerza entre las ramas de los árboles y los perros comenzaron a aullar.
Las gallinas se alborotaron y unos gatos salieron corriendo sobre las tejas de las casas cercanas.
Una voz cavernosa se escuchó sobre los árboles: “¿Quién es el mortal que se atreve a desafiarme? Ja, ja, ja”.
Instintivamente, las tres personas levantaron los crucifijos de plata, que brillaron intensamente. Entonces se escuchó un ruido infernal entre los árboles cercanos como si sobre ellos caminara algo gigantesco.
—Apretemos el paso, hijos. Esto no es nada bueno.
—Recemos el Padrenuestro, mamá. Yo comienzo. Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
Con los pelos de punta, la quijada pesada y las piernas en un solo temblor, doña Crecencia y sus hijos le dieron gracias a Dios cuando llegaron a casa. Estaban muertos de miedo.
El padre Subirana llegó al lugar. Los vecinos se le acercaron y comenzaron a narrarle las cosas terribles que estaban sucediendo. Uno de los ancianos comenzó a decirle a Subirana:
—Vea, padrecito, lo que está sucediendo aquí es tremendo. A veces escuchamos una voz cavernosa entre los ocotes y sopla el viento con fuerza de huracán.
Todos aquí nos recogemos desde las cinco de la tarde por miedo de que nos salga el fantasma. Hace poco falleció una señora llamada Altagracia. Todos fuimos al entierro a las tres de la tarde.
Tuvimos que salir corriendo después de enterrarla porque nos atacó el viento. Todos sabíamos que estaba a punto de presentarse ese fantasma que tanto daño nos está causando.
Una señora le dijo al padre Subirana que había un lugar especial donde aparecía el fantasma con más frecuencia.
—Ya nadie pasa por ahí por miedo, padrecito...
El padre Subirana trató de calmar a los vecinos, les dijo que rezaran con él mientras se encaminaba al siniestro lugar donde el espectro hacía acto de presencia. El sacerdote alzó los brazos al cielo y exclamó:
—Espíritu de maldad, te invoco en el nombre de Dios.
De pronto, una voz cavernosa le preguntó al padre:
—¿Quién eres?
Inmediatamente, Subirana le respondió:
—¿Eres de esta vida o de la otra?
—Soy de la otra.
Subirana hizo la señal de la cruz y preguntó:
—¿Por qué aterrorizas a estas buenas personas? ¿Cuáles son tus penas?
—Fui en vida un hombre hereje. Estaba casado con una santa mujer que no tenía otro pecado para mí que ser católica. Le había prohibido que rezara y que fuera a misa, pero en mi ausencia hacía lo contrario y en uno de tantos días, cuando regresé, ella no estaba en la casa; andaba en la iglesia.
Mi cólera fue terrible. La castigué severamente por no hacerme caso y, no bastándome, osé pegarle con unas riendas y le puse freno en la boca y la herí con las espuelas.
Desde aquel día no volvió a comer y se entristeció. No pudo sobrevivir. Arrepentido cuando ella murió, tomé un persogo y en ese barranco me ahorqué. Dios no me recibe en su seno y vago como espíritu de Satanás.
Un sollozo prolongado terminó con aquella confesión. El misionero dirigió la mirada al cielo y exclamó con voz fuerte:
—Te conjuro en nombre de mi padre y te mando que te marches de este lugar, que lleves una piedra atada a la cintura y vivas errante en el corazón de la montaña.
Varios indios cuentan que vieron a un hombre misterioso huyendo por las selvas de la montaña del Pijol con una piedra amarrada a la cintura. Así, el padre Subirana decretó el castigo para aquel hereje que provocó la muerte de su esposa y luego se suicidó.
Juntos hasta la muerte
En el pueblo de Jutiquile, Olancho, sucedieron cosas muy extrañas en los años 50, según nos relató el profesor Iván R.
Vivió en el pueblo una joven llamada Antonia. No era bonita, pero por su modo de ser conquistaba el corazón de cualquier hombre. Se celebraban para una Navidad lo que en nuestros pueblos llaman Los Peregrinos y que en México se conoce como Las Posadas. Le tocó el turno de recibir a los peregrinos a la madre de Antonia, doña Severa Gómez, persona muy entregada al catolicismo y vivo ejemplo de bondad y espiritualidad, dones de los que también estaba revestida su hija. Entre los asistentes estaba Rubén, hijo de una familia católica, muy trabajador y honesto, que recibía orientación espiritual en el hogar. El muchacho conoció a Toña cuando habían terminado los rezos y repartían mistela, tamalitos con frijoles, tortilla frita tostada y pedacitos de pastel. Los jóvenes, al verse, sintieron mutua atracción y acordaron verse al día siguiente en la quebrada que pasaba por el pueblo, donde las mujeres lavaban la ropa.
Siguiendo las viejas costumbres, ella llegó a lavar ropa con otras mujeres. Rubén agarraba pequeñas piedras y las tiraba al agua, muy cerca del sitio donde Toña estaba lavando.
Cuando el joven se disponía a lanzarle otra piedrecita a Toña sintió que una mano fuerte lo agarraba del hombro derecho y una voz recia lo amenazó:
—Cuidadito con mi hija Toña. El día que te vea cerca de ella, te mato.
Era la voz de Anselmo, el padre de la muchacha que, aunque no vivía con ella, la mantenía vigilada y la celaba terriblemente. El muchacho se levantó apenado.
—Vea, don Anselmo: Toñita me gusta y no es justo que usted me venga a amenazar si nos acabamos de conocer. Bien sabe quién soy yo; no soy vago ni vicioso.
El viejo se arregló el bigote con la mano derecha y dijo:
—Sé quién sos y a qué familia perteneces. No quiero mancharme las manos con vos. He jurado que aquel que se le acerque a mi hija la muerte lo espera detrás de la puerta, así que ya lo sabes. Cuidadito con engatusarme a mi hija.
Acto seguido, el viejo abandonó el lugar montado en un caballo negro que tenía. Sabiendo que no tenía mucho tiempo, Rubén le salió al paso a la muchacha cuando terminó de lavar.
—Toñita, estoy enamorado de usted, aunque no me lo crea, pero su papá me acaba de amenazar. Dice que me va a matar si me le acerco. La joven colocó la canasta con la ropa sobre una piedra. Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar.
Lo que el viejo no calculó era que aquella acción había sellado un pacto de amor entre su hija y Rubén. En la orilla de la quebrada, Rubén le dijo a Toña:
—Desde este momento nos vamos a jurar amor hasta la muerte. El que se muera primero va a venir por el otro. Lo vamos a sellar con un beso.
Después del juramento se besaron apasionadamente y cerraron los ojos. En ese instante sintieron un aleteo a su alrededor. Aquella fue la última vez que se vieron. El malvado Anselmo regresó a su hogar después de abandonar a su mujer y a su hija durante un año, doña Severa lo recibió no solo porque era el padre de su hija, sino porque aún sentía amor por el hombre. Casi inmediatamente, la vigilancia de Antonia fue extrema. La seguía a escondidas, se le aparecía en cualquier lugar. Todo eso lo sabía Rubén porque él también miraba de lejos al amor de su vida. La ausencia, las amenazas de muerte y el amor frustrado fueron enfermando al muchacho. Ella se había acostumbrado a verlo de lejos y disimuladamene le mandaba besos en el aire. Una mañana, Rubén ya no se pudo levantar. Sus papás le hicieron medicinas de monte y su estado de ánimo seguía siendo el mismo. Dejó de comer y fue adelgazando poco a poco. Pidió en su lecho de muerte que le llevaran a Toñita para despedirse. Un grupo de vecinos fue a solicitar el permiso de Anselmo para llevar a la muchacha, él se negó y los corrió a todos.
—¡Váyanse de aquí, malditos, que mi hija no va a ver a ningún desgraciado!
Extrañamente, Antonia sonreía, no hablaba de Rubén y se dedicaba a las labores de su hogar, pero su padre la vigilaba, así que sin perder el tiempo le preguntó por qué solo pasaba sonriendo. Ella, sin perder la sonrisa, le dijo:
—¿Sabe algo, papá? El día que Rubén se muera va a venir a traerme y usted no lo podrá detener.
El viejo la miró y lanzó una carcajada.
—Vos estás quedando loca, pero de aquí no salís.
Cuenta el profesor Iván R. que Rubén se murió y ese mismo día a las once y media de la noche Anselmo se despertó, escuchó ruidos en el cuarto de su hija, se levantó con la pistola en la mano, abrió la puerta de una patada y lo que vio lo dejó helado:
ahí estaba el fantasma de Rubén llevando de la mano a Toña. Ambos desaparecieron en una luz blanca ante los asombrados ojos del viejo.
Durante varios años, el espectro de los novios aparecía sobre las calles de aquel pueblo y por último se escuchaba la voz del viejo Anselmo pidiéndole perdón a la hija.
—Aunque parezca increíble —dijo el profesor Iván—, fui de los pocos que vieron a esa pareja de fantasmas agarrados de la mano. Así como lo juraron, estuvieron juntos hasta la muerte.
El ayudante
La joven Maribel se dedica a la compra y venta de joyas, con frecuencia viaja entre Tegucigalpa y San Pedro Sula, a veces la acompañan sus dos hermanos, otras viaja sola en su turismo.
Hola Maribel, a tiempo llega, tengo una clienta que me estaba preguntando por las joyas de plata y oro que usted me trae; pero siéntese, ya la atiendo. Don Fredy, vendedor de joyas de la ciudad de San Pedro Sula, era de los principales compradores de la joven vendedora. Minutos después, don Fredy quedaba asombrado de las maravillas que le mostraba: “No sé cómo se las ingenia para que le hagan esas cosas tan maravillosas Maribel, esta vez las compro todas”. La joven comerciante era muy conocida y querida por sus clientes, a veces se quedaba en Siguatepeque, otras en Comayagua y así se ganaba la vida honestamente.
Era el año de 1998, debido al mal tiempo que imperaba se quedó a dormir en un hotel de Siguatepeque, fue a visitar a ciertas amistades y luego regresó al hotel para pasar lo noche, en esa ocasión la acompañaban sus dos hermanos.
“Ya ven muchachos que hoy no nos fue tan mal, lástima por el mal tiempo, es peligroso bajar esa cuesta hacia Comayagua, porque a esta hora circulan rastras y camiones y ha habido muchos accidentes”, dijo la vendedora. Una semana después, Maribel viajó de nuevo a San Pedro Sula, no tenía que ir a regatear con sus clientes, la mercadería que llevaba era de encargo. Llegó a la ciudad de los zorzales, visitó a sus clientes, entregó las joyas y decidió regresar a Tegucigalpa a las tres de la tarde, calculando que estaría llegando a las seis y media o siete de la noche. Había neblina en el trayecto del Lago de Yojoa desde Taulabé hacia el cerro de las Caleras, por fortuna era temprano y se podía ver con claridad la carretera. Se aproximaba a Siguatepeque cuando Maribel tuvo que hacer una difícil maniobra con el timón, se le ponchó una llanta delantera del vehículo, había un hombre en la orilla de la carretera que corrió a auxiliar a la muchacha: “Disculpe... está bien.... no le pasó nada...?” “por suerte no...pero me llevé un gran susto, respondió ella. “Vale más que venía despacio señorita, saque la gata y los fierros le ayudaré a cambiar la llanta”, le indicó el individuo.
El desconocido cambió la llanta, aseguró bien los tornillos: “Listo señorita, ¿se fija que soy buen ayudante...? ella sonrió agradecida, metió la mano en su cartera y, “...no, ...no señorita, guarde su dinero que un favor a cualquier persona se le hace, mejor invíteme a un café en el comedor Suyapa que queda ahí adelante...”, aclaró el desconocido. “Está bien... súbase...”. Llegaron al comedor, se tomaron el café y conversaron. “A propósito, ¿cuál es su nombre...?, preguntó ñs mujer. “Me llamo Raúl, vivo en una casa que está cerca de donde se le ponchó la llanta, estaba esperando a un amigo porque mañana tenemos que cortar unas naranjas para venderlas en la orilla de la carretera”, contestó el desconocido. “¿Y usted qué hace...cómo se llama...?, interrogó el hombre. “Mi nombre es Maribel y me dedico a la compra y venta de cosas, viajo una o dos veces por semana a San Pedro Sula, a veces me tardo hasta un mes en viajar y regularmente me acompañan mis hermanos, esta vez les dije que viajaría sola”, declaró la comerciante. ¿Pero se da cuenta que es bueno andar acompañado?, señaló el hombre. “Bueno, Raúl tengo que irme porque se me va hace tarde, muchas gracias por todo”. “Al contrario, gracias a usted por el cafecito”, expresó Raúl. Una semana después, Maribel viajaba con sus dos hermanos a San Pedro Sula, les había contado del incidente en la carretera y de la amabilidad de aquel inesperado ayudante.
Al regreso de San Pedro Sula y cerca del comedor Suyapa vio a Raúl y estacionó el vehículo: “Hola, Raúl... le presento a mis dos hermanos... veo que hoy si tiene naranjas a la venta... así que le vamos a comprar”. Conversaron un rato con Raúl, luego se despidieron de él con mucha alegría. “Mmmm, me parece que le gustas a tu ayudante, Maribel, casi te comía con los ojos, jejejeje”, bromeó uno de los hermanos. “Uy vos, no seas mal pensado, si apenas acabo de conocerlo, aunque a decir verdad es un hombre joven y no es feo”. Los hermanos se rieron y contando chistes regresaron a Tegucigalpa. “Saben qué...la próxima vez que vaya a San Pedro Sula le voy a llevar un regalito a Raúl por lo bien que se portó conmigo”, dijo la muchacha. “Mmm, es lo que yo digo, a esta le gustó el ayudante, jajaja”, todos se rieron de la ocurrencia. Quince días más tarde pasó Maribel por el comedor Suyapa y siguió mirando hacia los lados de la carretera buscando a Raúl, pero no lo vio. “A lo mejor lo encuentro al regreso, uno tiene que ser agradecido con la gente”. Esa vez estuvo tres días en San Pedro. Partió temprano, aproximadamente a las nueve de la mañana tomó rumbo hacia la capital, iba alegre porque los negocios marchaban bien.
“No sé si le quedará la camisa que le llevo a Raúl, pero calculadamente ese es el número”. Llegó al lugar adonde Raúl vendía naranjas y no lo encontró, se estacionó esperando verlo y pensó... “a lo mejor está en el comedor tomando café, si no lo encuentro ahí, le voy a dejar la camisa”. Llegó al comedor, saludó a los comensales y buscó a Raúl, luego se acercó a una muchacha y le preguntó por él, le dio la descripción. “¿Qué le pasa?, preguntó Maribel, La muchacha se sostuvo en una mesa y dijo: “Raúl era mi hermano, murió atropellado ahí donde usted dice que le ayudó a cambiar la llanta, el falleció hace dos años”. Cuando Maribel llegó a la capital mandó a oficiar misas por el eterno descanso del alma de aquel que inesperadamente fue su ayudante en la carretera. Increíble historia pero...¡cierta..!
Espero que les haya gustado pontro sera la parte 2