Pueblo PILAGA
ORIGEN
Los Pilagá son descendientes de los Guaycurúes, aborígenes que habitaban
en los montes, en el norte del actual territorio argentino y aún mas al norte del mismo.
El nombre de Guaycurú se aplicó a todos los grupos descendientes de esta familia
que vivían desde el siglo XVI frente a lo que hoy es Asunción del Paraguay.
Los Pilagá son los únicos Guaycurúes que todavía en gran parte han conservado una cultura autóctona. Son de estatura alta y complexión fuerte.
COSTUMBRES
Fueron cazadores y recolectores de frutos del algarrobo, del chañar, del mistol, de la tuna y del molle, de los higos de tuna, pequeños ananaes silvestres, porotos de monte, raíces y cogollos de palmera, y han practicado el cultivo del suelo. Trabajan como cosecheros (en la zafra del algodón y otros cultivos), hacheros y realizan artesanías típicas como tejidos , tallas de madera (en carandillo y chaguar) y cestería las cuales venden para ayudar a su subsistencia. Practícan la agricultura y la ganadería (crian cabras y ovejas), además de aprovechar los frutos del monte como base de su alimentación.
Hablan su lengua nativa. Existiendo escuelas bilingües y biculturales, tratan de conservar su cultura y discuten sus problemas y las soluciones comunitarias a los mismos, participan de experiencias y aprendizajes conjuntos. Un ejemplo de sus actividades es la presentación de trabajos y propuestas por parte de la Intercomisión Pilagá en la modificación de la Constitución de la Provincia de Formosa.
UBICACIÓN
Actualmente existen alrededor de cinco mil Pilagá en las provincias de Formosa y Chaco, se agrupan en comunidades en zonas rurales con sus líderes, obteniendo el reconocimiento como asociaciones civiles ó comunitarias de las cuales es un ejemplo la Intercomisión Pilagá. Habitan en el Chaco y la parte central de Formosa (Ver mapa), sobre el margen derecho del Pilcomayo, en la zona anegadiza del estero Patiño, soportan un clima riguroso con temperaturas de hasta 40ºC en verano, con fuertes lluvias y sequias en otras temporadas y con inviernos donde se alternan días muy frios (- 5ºC) con días calurosos y fuertes vientos siendo una región de suelo semiárido.
La masacre de los Pilagá
Fotografías y texto de Sebastián Hacher
"Nos rodearon los gendarmes y nos tenían apuntados. Decían ‘a estos perros lo vamos a matar’. Había muchos muertos y no sabíamos qué hacer para que no vengan los cuervos a comerlos.”
Era una noticia vieja. En Octubre de 1947, cientos de aborígenes Pilagá que marchaban con grandes retratos de Perón y Evita fueron atacados con ametralladoras por la gendarmería. Hubo más 500 muertos y 200 desaparecidos, pero los hechos salieron a la luz recién en el 2005, a partir de una demanda de la Federación Pilagá contra el estado nacional. Esa historia escueta, contada en lenguaje legal, me obsesionó. Intenté ir a Formosa en Enero, pero desistí: me advirtieron a tiempo que el calor del verano reduce la actividad de los formoseños al mínimo y convierte al visitante en materia prima de chicharrón. Recién en Septiembre, tuve la oportunidad de ir a conocer a los sobrevivientes de la masacre. Tomé un micro hasta Corrientes, paré para dormir un rato, después tomé otro, y otro más, y luego de 24 horas, el sábado por la mañana llegué hasta Las Lomitas, provincia de Formosa, el centro urbano más cercano a las comunidades Pilagá.
Y aquí estoy. Las Lomitas es un pueblo de 10.000 habitantes, sin cines ni lugares para comprar libros. Durante la semana, además de dos cibercafés que abren hasta la madrugada, la única diversión urbana es un pequeño casino electrónico donde siempre hay bicicletas jornaleras estacionadas. El lugar parece maldito. “Ahí”, me advierte la dueña del único bar que encuentro, “entrás con todo el sueldo y salís sin una moneda”. Yo, por las dudas, trato de ni pasar por la puerta. Porque si en otros pueblos suelo entregarme a los video juegos, aquí la necesidad de quemar neuronas ociosas puede resultar mucho más cara que ser humillado en el counter strike por un niño de doce años. El problema, la tentación, es que en mi primer día allí tengo poco y nada que hacer. Llegué casi de improviso, y todos mis contactos están de viaje, enfermos o con otras ocupaciones más importantes que recibir a un porteño.
El domingo por la tarde, por fin, llego hasta una comunidad Pilagá. Me lleva Cesar, un criollo que trabaja en el proyecto de asesoría jurídica para indígena. Desde hace dos días Cesar tiene gripe, pero ante mi insistencia se levanta de la cama y vamos hasta Ayo La Bomba, a tres kilómetros del pueblo y a dos de donde comenzó la masacre. Al volver a la zona, varios de los sobrevivientes se instalaron en esos campos, y hoy Ayo la Bomba es una comunidad con más de 200 habitantes, un templo, un centro comunitario y una escuela que quiere ser bilingüe.
Allí también hay un traductor: Juan Luis Arce. Como es domingo, el lugar para encontrarlo es el templo. Casi todos los Pilagá son evangelistas, y la iglesia es el edificio más grande de la comunidad, un salón de ladrillo sin revocar y por ahora sin techo. Cerca del mediodía todavía hay poca gente. Un niño va a buscar a Juan Luis, y mientras tanto yo converso con su padre, el pastor Antonio Arce. Hoy Antonio viste una camisa Yves Saint Laurent, pero mañana lo voy a encontrar volviendo del monte con medio carpincho al hombro, bañado en tierra y sudor. Al igual que muchos de los Pilagá de su edad, Antonio se crió entre la marisca -así llaman aquí a la caza y recolección- y el trabajo en los ingenios azucareros de Salta, a cientos de kilómetros de su lugar de origen.
Juan Luis no tarda en llegar. Tiene 22 años y me mira con desconfianza. Más tarde sabré que está acostumbrado a tratar con criollos, y que por eso acumuló motivos para mantener distancia. Antes fue agente de salud de su comunidad, luego se fue a trabajar en una panchería del Gran Buenos Aires, y volvió a sus pagos para formar parte de la asesoría jurídica indígena. Ahora, cuando hay un juicio donde intervienen indígenas, Juan Luis está ahí para traducir y ayudar a sus paisanos.
A primera vista, me recuerda a los jóvenes Mapuche que conocí en el sur. Son nuevos referentes comunitarios que, además de sentir orgullo de su sangre, ponen distancia del hombre blanco y sus valores. Por eso no me sorprendo cuando me pide el teléfono celular, y chequea que yo sea quién digo ser. En el monte, por suerte, también hay señal.
La primera entrevista es con Melitón Domínguez, un testigo que al momento de la masacre tenía poco más de 10 años. Ahora, con más de 70, descansa en una silla mecedora a la sombra de un árbol. A su alrededor varios niños comen un guiso, pero lo interrumpen y se esconden ni bien nos ven llegar. Melitón se para, nos saluda, acomoda unas banquetas para que no sentemaos y vuelve a su mecedora. Juan Luis le habla en su lengua: supongo que le explica para qué estamos ahí. Melitón, en cambio, responde en castellano. Dice que llegamos en mal momento: justito que estaba por empezar a comer. Si se pasa la hora del almuerzo, se queja, se olvida del hambre, y si no tiene hambre a veces se queda un día entero sin probar bocado. Le pregunto si prefiere que volvamos más tarde. No quiero, le digo, ser recordado como el porteño que no lo dejó alimentarse. Se ríe y dice que no, que ya está. Respira profundo y, sin otro preámbulo, empieza contar su historia. No hace falta que hagamos preguntas: Melitón bucea en su memoria y entrecierra los ojos para encontrar palabras.
" Yo trabajaba en la gendarmería. Un finado que era porteño, un sargento ayudante que nos quería mucho, nos dice chiquitos, avísenle a su mamá porque mañana como a las 7 de la tarde le van a atacar. Nosotros vinimos, le contamos a nuestra madre y le dijimos que teníamos que ir ahí. No hijo, decía ella, le van a matar si van ahí. Y nosotros nos quedamos, porque teníamos que respetar a nuestra madre. Esa tarde, como a las siete y algo, ahí sobre el puente que están haciendo ahora, en esos algarrobos pusieron las ametralladoras y empezaron a los tiros. La gente escapaba para los montes. Un cuñado nuestro nos dijo “agáchense y pongan la cabeza en un árbol grande”. Tenemos que respetar, y ahí nos agachamos y pusimos la cabeza en un palo, que palo será, no se, pero ahí pasamos la noche. Después escapamos hasta la entrada de Campo de Cielo. En un lugar donde llegamos cayó un pájaro y un viejo que entendía, dijo que el pájaro era como un teléfono, que le traía mensajes. Magayi se llamaba el viejito, era un rengo. El viejito nos dijo ‘prepárense, que ya nos encontró la huella la gendarmería”. Ahora ya no hay más gente que sepa hacer esas cosas. Nos escondimos al costado del camino y pasaron los camiones de gendarmería. Los gendarmes cantaban el nombre del Cacique General Pablito, porque lo querían encontrar para matarlo…"
Cada Pilagá que entrevisto habla de los Ingenios. Lo hacen con desgano, como quien conversa de cosas demasiado asumidas. Melitón, por ejemplo, nos muestra su violín de lata y crin de caballo, en el que ejecuta melodías con las que supo entretener a sus compañeros durante la zafra. Fueron tantas, me dice, que ya perdió la cuenta de los años que pasó cortando caña y ganando terreno de monte para el patrón.
La industria azucarera de la zona se nutrió de la mano de obra indígena, lo mismo que la minería en Bolivia y en Perú. Viajar cientos de kilómetros en tren, caminar largas jornadas y trabajar en las peores condiciones es parte de la rutina Pilagá del último siglo. “Nos llevaban”, me explica Melitón, “porque decían que no somos flojos como otras razas”. También me cuenta que fue a trabajar desde los 15 años, y que al principio lo hacía a cambio de “ropa, comida y poquita plata, porque qué iba a saber uno cuánto le tenían que pagar”, y que dejó de hacerlo por viejo, pero sobre todo porque en los 90’ los ingenios se achicaron y compraron máquinas.
El que no dice nada es Pedro Palavecino. Ese Pilagá alto y flaco, de mandíbula ancha, me clava sus ojos claros y se queda en silencio. Ni su edad quiere decirme. Pasan unos segundos, esboza una sonrisa irónica y me explica que ya no confía ni en su sombra, y que para entrevistarlo a él tengo que ir con los abogados de la causa. Y no los que son del pueblo, aclara, sino los que están en Chaco. Le digo que bueno, que para otra vez será. “Yo estoy quemado”, me responde, “ya no tengo filo, mi amor”. Me río de su ocurrencia, pero tengo el mismo temor que al llegar a Las Lomitas: no poder saltar por sobre mi propia cultura para entender su historia.
Después del fracaso, volvemos hasta el templo y Juan Luis se declara con dolor de estómago. Le propongo que descansemos un poco, pero al rato le digo que mejor no, que si quiere sigamos mañana. El se va, y yo me siento a esperar que comience el culto. Hay poca gente, así que aprovecho para jugar con mi cámara y los niños. Es algo que nunca falla: me acerco a un grupo, les saco una foto y se las muestro. Los pibes se alborotan. La operación se vuelve a repetir varias veces.
Mientras hago fotos, intentan enseñarme su idioma: ellos dominan el Pilagá y el castellano con naturalidad. A mi me parece imposible. Cada tanto, trato que alguna imagen salga buena, pero me doy cuenta de que todas son la típica foto del norte que se muestra en Buenos Aires: el chico de cara redonda y flequillo, con el rostro embarrado y sonrisa tierna. Desespero un poco. No quiero colaborar con ese estereotipo falso, lastimero. Los porteños algún día tendrán que entender que cuando uno juega en la tierra, se embarra, y que eso no significa más que lo que significa: que se jugó en la tierra. Ajeno a la polémica, uno de los chicos posa haciendo un gesto extraño con la mano. ¿Y eso?. Soy el hombre araña, me dice. Entonces todos se acomodan para la foto con esa pose.
De fondo a nuestro juego, la música anuncia el principio del culto. El templo sin techo está adornado con globos de varios colores. Más tarde habrá un cumpleaños de quince. Por ahora, medio centenar de personas entonan canciones religiosas bajo los rayos del sol. Se canta cumbia y polca paraguaya, al compás de órganos electrónicos y un bombo criollo. Saco algunas fotos. La tarde siguiente, cuando se las muestre a Juan Luis, sabré que ese abuelo de corbata amarilla y la señora del fondo son sobrevivientes de la masacre. Pero ese día no me entero de más nada: al tercer tema me vuelvo al hotel.
Lunes por la mañana. Me encuentro con Bartolo Fernandez en Las Lomitas. Bartolo es representante de la Federación Pilagá y está por viajar a un encuentro de comunicadores en Formosa. Tenemos una breve charla, pero enseguida llega más gente: Santiago y Benjamín, que vienen de lejos y van a la misma reunión que Bartolo. Uno de ellos ceba tereré -mate con agua fría- pero a mí no me convida. En algún momento, el ambiente se pone espeso y todos hacen silencio. Trato de pensar que es un silencio natural, que nadie está incómodo, pero el sonido nunca llega. Pienso cómo podría escribir esa situación: decir, por ejemplo, que pasó un ángel, cebó una ronda para todos, y a mí me dejó afuera. Por suerte, suena mi teléfono: me salva la campana. Es Juan Luis, y dice que podemos seguir con el recorrido por su comunidad. Le cuento la novedad a Bartolo y también se ofrece a llevarnos a la suya por la tarde. De repente, parece que todo va a salir bien.
Una hora después, nos encontramos con Juan Luis y caminamos un kilómetro por una calle de tierra hasta llegar al riacho que todos llaman Madrejón. Aquí, me dice, empezó la masacre. Todavía no había ni monte ni camino. Tampoco estaban el puente de quebracho por el que cruzamos, ni los carteles de propiedad privada que hace unos meses plantaron los gendarmes. Era todo pampa, y apenas si existían los algarrobos, esos árboles centenarios que algunos ancianos Pilagá llaman sobrevivientes y principales testigos de su historia.
En los alrededores, apenas hay dos o tres casas con paredes de barro y techos de chapa. Uno de esos ranchos es el de Juan Córdoba, que volvió a esas tierras hace menos de un año. Su vuelta no es un hecho más: ese hombre corpulento, de rostro curtido pero tierno, es el hijo de Luciano, uno de los personajes claves para entender esta historia.
Luciano fue el líder de un movimiento religioso que entusiasmó a los pueblos originarios de la zona y alimentó los resquemores de los blancos. “Cuando no existía la ciudad grande en Lomitas”, narra Juan Córdoba, “había seis casas nada más, y estaban los gendarmes. Todos estaban en contra de la creencia de dios. Por eso mi papá, Luciano, lo observaba ocultamente”. Esa creencia comenzó en 1942, cuando Luciano viajó en tren hasta Formosa y después hasta Chaco. Allí se encontró con John Lagar, un misionero pentecostal oriundo de Norteamérica. Lagar se hizo conocido en la zona por bautizar indígenas. Se dice que más de 10.000 Tobas, Wichis y Pilagá recibieron su bendición, y que a varios de ellos les entregó biblias para ser vendidas en sus lugares de origen.
Luciano no sabía hablar y mucho menos leer castellano, pero volvió a Las Lomitas con una de esas biblias bajo el brazo. “Empezaron a evangelizar y se instalaron acá, en la orilla del Madrejón”, explica su hijo. “En vez de hacer una iglesia, levantaron un montículo de tierra, una corona”. Desde allí, Luciano dirigía ceremonias en lengua Pilagá, que comenzaban antes del amanecer y terminaban por la noche. “Cuando veían el lucero de la mañana”, dice Juan Córboda, “empezaban a orar, a hacer bulla, a cantar, a gritar”.
En los testimonios que recopiló el antropólogo Pablo Wright, se sostiene que en 1946 Luciano tuvo una la revelación: la Biblia le habló. Otras versiones señalan que Luciano “se fue en una chalana por el Río Pilcomayo hasta cruzar el gran agua que rodea la tierra, allí murió y se fue al primer cielo”. De allí, volvió convertido, y su pueblo lo llamó dios, el dios Luciano.
Quienes lo conocieron, lo describen como un “hombre alto, grandote, muy serio, que no era charlatán, que observaba mucho”. Algunos hablan de que tenía “poder de sanidad”, al estilo evangelista actual, y otros le atribuyen características propias de un shamán, lo que los Pilagá llaman pi’ogonaq. “Sanaba enfermos de distintas clases” apunta su hijo, “y venía gente de otras comunidades, y se quedaban a vivir acá. Entonces él dejó del ir al ingenio, porque la gente lo entretenía y la traía ayuda”. En su prédica, Luciano tomó algunos elementos de la moral evangélica: no fumar, no tomar, no robar, y las mezcló con ceremonias propias de los Pilagá. Era una época intermedia, un pasaje lento entre las viejas tradiciones indígenas y las creencias introducidas por el hombre blanco.
Pero la gendarmería no lo entendía así. Del lado de los criollos el malestar no era sólo por miedo a lo desconocido. Los indígenas eran mano de obra barata para la zafra, y los movimientos religiosos, incluso los evangelistas, eran vistos en toda la región como una amenaza. Cualquier acción colectiva tenía que ser sofocada.
Caminamos por el monte. Juan Luis me cuenta de su experiencia como agente sanitario. Las enfermeras, me dice, discriminan mucho a los indígenas. Varias veces escuchó que alguna le decía “pata sucia” a sus paisanos. Que se bañen ellas en invierno con agua fría, respondía Juan Luis, que siempre está dispuesto a defender a los suyos. Porque él es, me dicen, “de los duros de la nueva generación”. Para demostrarlo, en el brazo tiene tres cicatrices de quemadura de cigarrillo, la prueba que algunos adolescentes Pilagá se infligen como prueba de su valor. En algún momento, esos jóvenes se organizaban para que los criollos no entrasen a la comunidad a molestar o robar animales.
Mientras conversamos, llegamos a la casa de Santiago Cabrera. Pero él no está: se fue a buscar leña, y recién al tiempo de dar vueltas por ahí lo vemos bajar del monte con una carretilla cargada de quebracho. Cada diez metros se para, suelta la carretilla, se escupe las manos y vuelve a levantarla. Cuando lo alcanzamos, noto que es muy viejo: hace rato, me dice Juan Luis, que pasó los 80. A simple vista, uno podría pensar que es uno de esos músicos cubanos que parecen inmortales. Tal vez me engañe la sonrisa gigante, o la camisa prendida por un solo botón que le queda tan canchera. Pero su historia no tiene nada que ver con la música.
Santiago Cabrera volvió a Las Lomitas apenas terminó la masacre. Aquel hombre flaco, por entonces sin arrugas en el rostro, venía de pasar una temporada en los ingenios de Salta, allí donde aprendió a “aguantar el hambre comiendo lo dulce de la caña”. Al bajar del tren, un gendarme le apuntó con un arma, y le preguntó si era Pilagá. Santiago no supo qué decir. Después, cuando llegó hasta el Madrejón, se dio cuenta que había pasado algo terrible. Su testimonio será la base, seis décadas después, para que los abogados escriban la presentación judicial. “Con las primeras luces del alba”, dirá el escrito, “la imagen es dantesca. Más de 300 cadáveres yacen. Los heridos son rematados. Niños de corta edad, desnudos, caminan o gatean, sucios…envueltos en llanto”.
Muchos de esos muertos eran trabajadores que volvieron de los Ingenios antes que Santiago . En un diario de la época citado por Wright, se narra la situación de 150 aborígenes que caminaron desde El Tabacal, provincia de Salta hasta Las Lomitas, luego de ser despedidos del Ingenio San Martín. Los Pilagá habían sido convocados para trabajar por seis pesos el día, pero al llegar al lugar les dijeron que cobrarían menos de la mitad. Intentaron reclamar y a la mayoría los despidieron sin piedad. La salvación de Santiago Cabrera, lo que le permitió ser testigo, fue llegar a Las Lomitas después que sus compañeros.
En el idioma de los Pilagá, la comunidad Kilómetro 14 tiene otro nombre. Juan Luis me lo repite tres, cuatro veces, hasta que intuyo que su paciencia roza el límite. Me resigno a llamarla así, por su ubicación en el mapa. Son las cinco de la tarde y el sol quema con furia. Yo tengo puesto un gorro de explorador, una remera de fútbol y pantalones anchos. Es ropa fresca y holgada, ideal para sacar fotos con comodidad, pero parece que no es suficiente contra el calor. Me siento un habitante del Polo en el Caribe: todo lo que haga mi afiebrado cuerpo puede ser motivo de risa, y con razón.
Por estar más alejado del pueblo, el monte aquí se conserva mejor y el clima parece un poco más fresco. En la entrada del Kilómetro 14 nos reciben Julio Quiroga y Norma Navarrete, ambos sobrevivientes de la masacre. Con nosotros vienen Bartolo Fernández, Juan Luis, Santiago y Benjamín, los dos que no me convidaron tereré esta mañana. Pronto, voy a descubrir que ese gesto fue pura timidez.
Le explicamos a los ancianos que hacemos en la zona, y enseguida se arma una ronda a la que se suman otros miembros de la comunidad. Julio Quiroga avisa que para contarnos todo lo que pasó tendríamos que quedarnos dos o tres días, pero que va a intentar darnos una idea. Y que nos va a hablar en su idioma, porque está cansado y el Pilagá es mucho más fácil. Juan Luis y Santiago me dicen que está todo bien, que entre los dos pueden traducir. El diálogo que comienza es desordenado. Los ancianos hablan, se interrumpen y a veces lo siguen haciendo mientras Juan Luis y Santiago traducen al castellano. En otros tramos, conversamos entre nosotros y no llegamos a entender las cosas que los ancianos explican. Lo que sigue, entonces, es un rompecabezas armado con fragmentos de varias voces mezcladas en una pequeña babel en el monte formoseño.
La toldería de los Pilagá crecía al ritmo de los milagros de Luciano, pero las plegarias no alcanzaban para llenar los estómagos. Lo único que se multiplicaba a orillas del Madrejón eran bocas que alimentar, y la llegada de los desplazados del Ingenio San Martín había agudizado el problema.
Se pidió ayuda. Primero comida en el pueblo, a veces casa por casa, y cuando ya no fue suficiente apelaron al gobierno nacional. Desde Buenos Aires enviaron tres vagones con alimentos, medicina y ropas, pero el tren quedó varado en la ciudad de Formosa. A Las Lomitas llegó, diez días después, un solo vagón cargado de harina con gorgojos, grasa derretida y galletas verdes. La intoxicación fue una peste. Los gendarmes dirán luego que se trató de una indigestión masiva “por comer demasiado”. Para los Pilagá, fue un intento de envenenarlos: aún hoy, si se les pregunta, muchos de ellos sostienen que la comida “estaba maldecida por un cura, para que nos debilitemos”.
El temor crecía de uno y otro lado del Madrejón. En el pueblo la gendarmería emitía bandos y repartía armas entre los civiles. En la toldería de los Pilagá, los ritos y las canciones se multiplicaban: dios nos protegerá de todo, decía Luciano, incluso del hambre y las balas.
Cuando el Sargento Ayudante Salazar dió su versión de la masacre, escribió que los Pilagá “dejaban oír sus músicas y tambores, metiendo aun más miedo con sus rostros pintados en franca actitud agresiva”. En la misma publicación, Salazar dirá que “en realidad, estos indios eran salvajes, como animales”. Su compañero, el suboficial Perloff, sostendrá que “llamaba la atención la cantidad de indios Pilagá reunidos, procedentes indudablemente de distintos lugares, pintarrajeados y danzando, como lo hacen según su estilo, momentos previos a la pelea”.
El gobierno nacional volvió a intervenir. Esta vez, pedían que el cacique Paulino Navarro, conocido como Pablito, viajase a Buenos Aires para una entrevista con Perón. Pablito era un hombre joven, con un aro en cada oreja y una cualidad lo distinguía: podía hablar y leer castellano.
“Pero nunca falta un sueño”, se queja Bartolo Fernandez. Lo dice con bronca, con resignación, como para hacerme entender lo que muchos creen: que fue el sueño de una anciana el que terminó de torcer la historia en contra de los Pilagá. Se llamaba Aurora, y se lo narró al cacique Pablito en forma de premonición. “No te vayas Pablito”, le advirtió, “porque mi visión es que cuando ustedes vayan a Buenos Aires, antes de llegar te van a matar”. Pablito no supo cómo reaccionar. Cuando un comandante de la gendarmería fue a su toldería y le entregó la ropa para viajar, el cacique se vistió de criollo y pidió que lo dejasen sólo con Juanita, su mujer, Al rato salió y le dijo al gendarme que no pensaba ir a ningún lado. El rostro del mensajero se transformó. Le dijo “vos no te vas, pero sabé bien que les vamos a dar caramelos”. Nadie sabe por qué, pero así llamaban a las balas en la zona.
Julio Quiroga lo supo enseguida. Tenía casi 15 años, y limpiaba la cocina de la Gendarmería. La mañana de la masacre, llegó al trabajo y se encontró con un hallazgo: los gendarmes habían confiscado todo lo que los Pilagá podían usar para defenderse. “Habían escopetas, machetes, hachas y biblias”, recuerda, “tenían tres cajonadas con las cosas que le habían sacado a la gente”. La suerte ya estaba echada. “El patrón dijo que me iba a preparar un bolso con mercadería para que me fuera. Me dijeron que a las 6 me tenía que ir, pero cuando llegué cerca del Madrejón ya estaban los gendarmes cuerpo a tierra”.
Cincuenta años después, el suboficial Perloff dará su versión de esos instantes previos en una revista de la gendarmería. Allí escribirá que “…el cacique Pablito pidió hablar con el Jefe (del escuadrón), por lo que concerté una entrevista a campo abierto. Los indios, ubicados detrás de un madrejón, nos enfrentaban a su vez, hallándonos con dos ametralladoras pesadas, apuntando hacia arriba. Entre los aborígenes (más de 1.000) se notaba la existencia de gran cantidad de mujeres y niños, quienes portando grandes retratos de Perón y Evita avanzaban desplegados en dirección nuestra”.
A las 5 de la tarde, recuerda Julio Quiroga, “empezaron a tirarnos, y escapamos, uno para cada lado, algunos para Pampa del Indio, otros para Campo del Cielo”.
La matanza no terminará en esa tierra regada de cadáveres. Los Pilagá serán perseguidos durante varias semanas y cientos de kilómetros a la redonda. El Sargento Salazar, el único gendarme herido durante la masacre, escribirá años más tarde que, luego del fuego de las ametralladoras, “el grueso de la unidad, acompañado por algunos civiles, penetró en el bosque abriéndose en abanico”. El objetivo era que no quedasen testigos.
Pero quedaron. El cacique Pablito vagó por el monte junto a cien indígenas desesperados y se refugió en Paraguay. El dios Luciano, que para salvar su vida se escondió en un pozo, fue rescatado por sus seguidores y se instaló en Laguna Pato. Allí continuó con su prédica, pero a los pocos años murió. Según su hijo, Luciano se enfermó de miedo y tristeza. Gran parte de los sobrevivientes quedaron marcados. Como explica Bartolo Fernandez, “muchas personas no querían volver para esta zona, porque tenían miedo que los vuelvan a matar. Los ancianos a veces dicen dos palabras, dicen tres palabras largas y lloran. Ya no es como antes”.
Los diarios de la época hablaron de “levantamiento indígena”. El diario el Intransigente del 12 de Octubre de 1947, decía que “la sublevación obedecería a una prédica infiltrada entre los aborígenes haciéndoles ver las posibilidades de mejoramiento a que tendrían derecho como nativos y dueños de la tierra que habitan…”. Aunque diez días más tarde, en el mismo diario, tuvieron que reconocer que “no resultan tan ciertas las versiones que los indios hubiesen asesinado. Se los persiguió y se los sigue persiguiendo. En cuanto a los muertos, nada se sabe en forma oficial porque después de la masacre fueron quemados los cadáveres”. La gendarmería, en cambio, publicó un trabajo sobre el tema a principios de los 90 , al que tituló“el último alzamiento indígena”.
Hoy el pueblo Pilagá es considerado en extinción: en toda la región chaqueña no quedan más de 5000 . Lo que parece no haber cambiado es la adhesión a la figura de Perón. Cada vez que intenté indagar sobre que responsabilidad tenía el entonces presidente en la masacre, las respuestas fueron evasivas. Al final, Juan Córdoba me explicó que opinaban del General. “Creemos”, me dijo, “que era un hombre muy honesto, que ayudaba a los pobres, y que nos enroló y nos dio los documentos”.
Norma Navarrete está sentada sobre un pequeño tronco, casi al ras del suelo. Cuando el relato de los otros ancianos está por terminar, ella se levanta y mira al centro de la ronda. Yo quiero hablar, dice, y sus palabras se clavan en la atmósfera caliente del atardecer. Voy a hablar, repite, pero quiero que me den tiempo para hacerlo, por lo menos dos o tres días. No hay tiempo, le decimos: yo me voy por la mañana y no se cuándo podré volver. Entonces hablo ahora, contesta. Santiago, el del tereré, se ofrece para traducir. Norma habla como si cantara. Es una mujer sabia en sus tristezas, y nadie se anima a interrumpirla.
“Era de noche y tiraron bengalas para iluminar y saber donde estábamos. Eso pasó porque buscábamos un dios. Nosotros fuimos a un lugar que se llama Pampa del Indio. Escapamos ahí. En ese época yo era joven y soltera. Yo llevaba la mercadería y mi mamá el agua. Veníamos escapando, por ahí nos escondíamos, corríamos, llorábamos. Nos fuimos a meter en un estero, durante el día estábamos en una cueva para que no nos vieran los gendarmes. Primero yo llevaba mercadería y mi madre llevaba agua, pero después de algunos días se acabó y pasábamos hambre. Mi abuelo tenía un amuleto de hueso para tener garra, fuerza, para que no te caigas o te demores. Me metía unos chuzazos con eso, muy fuerte, cosa que el hueso del animal penetre en la carne, para que no me duerma, y así lograba escapar día a día, hora a hora. Así llegamos hasta Campo del Cielo. En ese mismo lugar nos rodearon. Y no sé como no nos mataron. Había gente que levantaba nervios, que se preguntaba que iba a pasar con ellos. Nos rodearon los gendarmes y nos tenían apuntados. Decían ‘a estos perros lo vamos a matar’. Había muchos muertos y no sabíamos qué hacer para que no vengan los cuervos a comerlos.”
La voz de Norma es una montaña al borde del derrumbe. Cuando termina de hablar, ya es de noche y apenas nos vemos las caras. Santiago, el del tereré, está conmocionado: apenas puede emitir sonido. Nos quedamos en silencio, pero no es el silencio incómodo de esta mañana: es uno suave, lleno de murmullos y roto de a ratos por la voz de los ancianos que conversan sobre sus recuerdos, como si nosotros ya no estuviésemos allí.
Operatividad actual de los derechos de los pueblos indígenas
Graciela Beatriz Alba
Introducción
Este trabajo de investigación, tiene como objeto de estudio el Pueblo Pilagá, que se encuentra ubicado en la provincia de Formosa.
Comenzaré en primer lugar con una breve reseña, sobre su ubicación geográfica y sus diferentes agrupaciones.
Describiré seguidamente, un análisis del art. 75 inc. 17 de la Constitución Nacional, las normas de derechos humanos incorporadas con jerarquía constitucional, el convenio 169 de la OIT sobre Pueblos Indígenas y Tribales, la ley nacional 23.302 Ley integral del Indígena, las Constituciones y leyes provinciales.
Mi idea es tratar de descubrir si la provincia de Formosa escucha a las comunidades, si han incorporado en su Constitución, los convenios internacionales firmados por Argentina.
Saber a través de una entrevista, cuales son sus preocupaciones más urgentes, y poder darlas a conocer.
Pilagás
Pocas culturas etnográficas han sido tan escasamente estudiadas como la de los pilagá, con la voz guaraní “Guaicurú” se designó a tobas y pilagás, no porque haya nación guaicurú, sino porque significa inhumanidad o fiereza. Los españoles hallaron a los pilagás en el centro del gran Chaco. Parientes linguisticos de los tobas y de los wichis, compartieron con ellos el nomadismo propio de los pueblos que viven en el monte, agravado por la búsqueda de agua, las luchas con los macás (hoy extinguidos) , la guerra entre Bolivia y Paraguay (siglo XIX), y las persecuciones de la gendarmería argentina (siglo XX) . Hoy en día sólo quedan 16 comunidades, en el centro de la provincia de Formosa.
De las primeras familias que fueron 192, hoy en día son 7915 (relato del Sr. Andrés Madariaga), distribuídas en ocho agrupaciones: seis de ellas limitadamente autónomas, y dos reducciones estatales. Las agrupaciones pilagás limitadamente autónomas son: Pozo Navagán, Pozo de los Chanchos, Campo del cielo, El descanso, Colonia Ensanche Ibarreta (agrupación toba pilagá), todas ellas en el departamento Patiño; y Pozo Molina, en el departamento Bermejo. Los pilagás reducidos pertenecen a la Colonia Francisco Javier Muñiz (lote 14 y su barrio marginal La Bomba) y a la Colonia Juan Bautista Alberdi, situadas ambas en el departamento de Patiño de la provincia de Formosa.
Los Indígenas después de la nueva Constitución Nacional
Para poder entender la relación existente entre el Estado argentino y los Pueblos indígenas, hay que tener en cuenta el conjunto de disposiciones que se interrelacionan e integran la regulación.
El art. 75, inc. 17 de la C.N. a través de la reforma del año 1994, introdujo una sustancial modificación en materia indígena al incluir el texto…
“Corresponde al Congreso… Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes y embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones”.
El inc. 17 reemplazó al inc. 15 del anterior art. 67 de la C.N. que decía: “ conservar el trato pacífico con los indios, y promover la conversión de ellos al catolicismo”.
Casi ciento cincuenta años han pasado entre uno y otro texto de los incisos. Durante todo este tiempo los pueblos indígenas fueron ignorados,librándolos a un estado de abandono y marginación hasta nuestros días. Pero como comentamos al principio, las normas no están aisladas, existe una interrelación y un juego armónico entre ellas. La reforma de l994 incorporó a la Constitución Nacional 10 Pactos y Tratados sobre Derechos Humanos a los que se les reconoce jerarquía constitucional y cuyas disposiciones regulan lo relacionado a la lucha contra toda forma de opresión, desigualdad, discriminación y racismo.
Formando parte de esta interrelación de normas se encuentra el convenio 169 de la OIT, el que fue aprobado por ley Nº 24.071, promulgada el 7 de abril de 1992, y ratificado por nuestro país el 17 de abril de 2000 habiendose comunicado a la OIT el 3 de julio de 2000. Constituye la normativa internacional que regula los derechos de los pueblos indígenas. Este convenio es un reclamo permanente de las comunidades y organizaciones aborígenes argentinas, el mismo establece que cada Estado Nacional que firme deberá reconocer y respetar la diversidad cultural y étnica de los pueblos indígenas que habitan su territorio, así como garantizar el cumplimiento de los siguientes derechos: propiedad comunitaria de las tierras que ocupan originariamente, acceso a la educación bilingüe intercultural, igualdad de condiciones de empleo y contratación, seguridad social y salud, entre otros.
Su artículo 38 establece:
l. Los gobiernos deberán asumir la responsabilidad de descon la participación de los pueblos interesados, una acción coordinada y sistemática con miras a proteger los derechos de esos pueblos y a garantizar el respeto de integridad.
2.Esta acción deberá incluir medidas:
a)que aseguren a los miembros de dichos pueblos gozar, en pie de igde los derechos y oportunidades que la legislación nacional otorga a los demás miembros de la población;
b)que promuevan la plena efectividad de los derechos sociales, económicos y culturales de esos pueblos, respetando su identidad social y cultural, sus costumbres y tradiciones, y sus instituciones.
c)que ayuden a los miembros de los pueblos interesados a eliminar las diferencias socioeconómicas que puedan existir entre los miembros indígenas y los demás miembros de la comunidad nacional, de una manera compatible con sus aspiraciones y formas de vida.
Es interesante el convenio 169 de la OIT, especialmente en lo que hace a los recursos naturales. En el art. 15 señala:
“En caso de que pertenezcan al Estado la propiedad de los minerales o de los recursos del subsuelo, o tenga derecho sobre otros recursos existentes en la tierra, los gobiernos deberán establecer o mantener procedimientos con miras a consultar a los pueblos interesados, a fin de determinar si los intereses de estos pueblos serían perjudicados, y en que medida, antes de emprender o autorizar cualquier programa de prospección o explotación de los recursos existentes en sus tierras.
Los pueblos interesados deberán participar siempre que sea posible en los beneficios que reporten estas actividades, y percibir una indemnización equitativa por cualquier daño que puedan sufrir como resultado de esas actividades.”
El primer avance legislativo de nuestro país, fue la ley 23.302 de Política Indígena y Apoyo a las Comunidades Aborígenes, que consagra en su art. lº la participación del indígena con sus propias pautas culturales en la vida del país:
“Declárase de interés nacional la atención y apoyo a los aborígenes y a las comunidades indígenas existentes en el país, y su defensa y desarrollo para su plena participación en el proceso socioeconómico y cultural de la Nación, respetando sus propios valores y modalidades. A ese fin, se implementarán planes que permitan su acceso a la propiedad de la tierra y el fomento de su producción agropecuaria, forestal, minera, industrial o artesanal en cualquiera de sus especializaciones, la preservación de sus pautas culturales en los planes de enseñanza y la protección de la salud de sus integrantes”.
La ley 23.302 estableció dos puntos fundamentales:
a)el reconocimiento de la personería jurídica de las comunidades indígenas radicadas en el país cuyos miembros fueran descendientes de pobladores que habitaran el territorio nacional antes de la etapa de la conquista y colonización; y
b)la adjudicación de tierras en condiciones inembargables e inejecutables a las comunidades que no las poseyeran.
Dispuso la creación del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), órgano de aplicación de la ley, compuesto por un consejo de coordinación y un consejo asesor integrado por funcionarios del poder ejecutivo nacional y provincial y por representantes de las comunidades aborígenes. El artículo 5º de la ley 23.302 establece que el mismo estará compuesto por:
a)un representante del Ministerio del Interior.
b)un representante del Ministerio de Economía
c)un representante del Ministerio de Trabajo
d)un representante del Ministerio de Educación y Justicia
e)representante elegidos por las comunidades aborígenes cuyo número, requisitos y procedimiento electivo, determinará la reglamentación.
f)un representante por cada una de las provincias que adhieran a la presente ley.
El INAI es responsable de la implementación del Registro Nacional de Comunidades, la elaboración e implementación de los planes de adjudicación de tierras y el asesoramiento de las comunidades en materia de promoción y desarrollo, mediante planes de educación, salud, vivienda y derechos previsionales.
Al no implementarse el INAI hasta mediados de los años 90, fueron surgiendo organizaciones promotoras de la causa indígena, como ENDEPA, Equipo Nacional de Pastoral Aborígen, y la Comisión de Asuntos Indígenas de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, en l992. Paralelamente, la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA) y el Consejo Mundial de Pueblos Indígenas (CMPI) demandaron al Poder Ejecutivo Nacional por la creación del INAI, resuelto en 1992, año en el cual tras la participación de la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA) en las sesiones de la OIT en Ginebra que aprobaron el Convenio 169
En el ámbito provincial, la primer constitución de Formosa fue dictada en 1957, y luego modificada en 1991 . En su art. 79 dice:
“La Provincia reconoce al aborigen su identidad étnica y cultural, siempre que con ello no se violen otros derechos reconocidos por esta Constitución; y asegura el respeto ,desarrollo social; cultural y económico de sus pueblos, así como su efectivo protagonismo en la toma de decisiones que se vinculen con su realidad en la vida provincial y nacional.
La primer ley sobre comunidades aborígenes fue promulgada en Formosa, y su elaboración tuvo un gran protagonismo indígena.
En 1984 se crea una comisión conocida como “de los veintiuno”, siete representantes por cada una de las tres etnias aborígenes, (pilagá, toba y wichi) de la provincia. Estos realizan una consulta a todas las comunidades de sus etnias, sobre la tierra, cultura educación, salud etc. Con la finalidad de insertar el pensamiento aborígen en una ley.
Este proceso culmina con una gran movilización a la ciudad de Formosa para la presentación al Poder Legislativo del proyecto de Ley Integral Aborígen conjuntamente con el Poder Ejecutivo.
Esta ley se aprueba con el Nº 426 que otorga reconocimiento jurídico a las organizaciones aborígenes como asociaciones civiles, y con ella, la posibilidad de recuperar la tierra como “reparación histórica”.
Este instrumento tiende a la preservación social y cultural de las comunidades aborígenes, la defensa de su patrimonio y sus tradiciones, mejoramiento de sus condiciones económicas, la efectiva participación en el desarrollo nacional y su acceso a un régimen jurídico que les garantice la propiedad de la tierra y otros recursos productivos en igualdad de derechos con los demás ciudadanos.
También está contemplado sus modos de organización y costumbres, el asentamiento de las comunidades, atendiendo en lo posible a la posesión actual o tradicional de las tierras. Estas fracciones no podrán ser embargadas ni enajenadas, ni arrendadas a terceros sin la autorización de la Asamblea Comunitaria, su aprobación por el Instituto de Comunidades Aborígenes y ratificados por la legislatura provincial.
Con la ley 426, se crea el Instituto de Comunidades Aborígenes cuyas funciones son: organización de las comunidades, incentivar el dictado de leyes específicas, acciones de amparo en áreas de salud, vivienda, trabajo, seguridad social y justicia, y promover su autogestión para que cada uno decida sobre su propio destino, rescatando la cultura aborígen.
Su artículo 1º dice: “Esta ley tiene por objeto la preservación social y cultural de las comunidades aborígenes, la defensa de su patrimonio y sus tradiciones, el mejoramiento de sus condiciones económicas, su efectiva participación en el proceso de desarrollo nacional y provincial; y su acceso a un régimen jurídico que les garantice la propiedad de la tierra y otros recursos productivos en igualdad de derechos con los demás ciudadanos”.
Formosa y la Legislación vigente
Una vez presentado todo el derecho vigente, tanto Internacional, Nacional, como Provincial, mi intención es averiguar si la Provincia de Formosa adecuó su legislación a la Constitución Nacional (ref.1994), Tratados y convenios, y ley 23.302.
La legislación provincial es concordante con el espíritu de la ley 23.302, a través de la ley Nº 426 de la Provincia de Formosa (Ley Integral del Aborígen), que reconoce la existencia legal de las comunidades aborígenes y le otorga personería (art.6). Esta provincia es considerada como la que dio el primer paso en Derecho de los Pueblos Indígenas, la ley 426 fue reglamentada por decreto Nº 574 de 1986. Cuando uno realiza una lectura de la ley, en paralelo con el decreto reglamentario puede observar que todo lo realmente importante no se encuentra reglamentado todavía, paso a detallar algunos de los arts. Más importantes :
Art. lº-……y su acceso a un régimen jurídico que les garantice la propiedad de la tierra y otros recursos productivos en igualdad de derechos con los demás ciudadanos. El decreto 574 aún no lo reglamentó.
Art. 5º-En los procesos en que los aborígenes sean parte, los jueces tendrán en cuenta sus usos y costumbres, ……. El beneficio de la duda favorecerá al aborígen……
No reglamentado.
Art. 6º-El estado reconoce la existencia legal de las comunidades aborígenes y les otorgará personería jurídica conforme a las disposiciones específicas en la materia. Sin reglamentar.
Art. 7º-El pedido de reconocimiento de la personería jurídica será presentado al instituto por los caciques y/o delegados de la comunidad con los siguientes datos: a)denominación de la comunidad…….. El art.7º reglamentó La denominación de la comunidad….( obviando totalmente todo lo concerniente al reconocimiento de la personería jurídica.
Art. 8º-El instituto inscribirá el decreto que reconozca la personería jurídica de la comunidad aborígen en un libro que se llevará al efecto. Sin reglamentar.
Art. 11º-El asentamiento de las comunidades aborígenes atenderá en lo posible a la posesión actual o tradicional de las tierras….. Las comunidades que tienen título o Decretos históricos, nacionales o provinciales que estén vigentes sobre tierras que les fueron desposeídas, tendrán derecho a intentar la recuperación de las mismas…….
Sin reglamentar.
Art. 12º-La adjudicación de tierras fiscales a las comunidades aborígenes será gratuita y en forma individual o comunitaria según el interés de cada grupo, la fracción no podrá ser embargada, arrendada a terceros ni comprometidos en garantía real de crédito alguno, en todo o en parte bajo pena de nulidad absoluta. La tierra que se les otorgue no podrá ser enajenada (art. 57, in fine, Constitución Provincial).
El decreto reglamentó: El Instituto Provincial de Colonización y Tierras Fiscales adjudicará a las comunidades aborígenes que obtengan la personería jurídica, el dominio de las tierras que posean mensura aprobada, en forma gratuita y sin exigencias……
En el Area Educación, se establece al igual que en el art. 75 inc 17 de la CN, la enseñanza bilingüe (castellano-lengua aborígen), los planes y contenidos pedagógicos conforme a la cosmovisión e historia aborígen, las becas estímulo para poder acceder a estudios secundario y terciario. La formación de docentes aborígenes.
El decreto 574 lo único que detalla es: ..se conformará la Comisión Provincial de Educación Aborígen que se integrará con representantes del Ministerio de Cultura y Educación, Consejo General de Educación y el Instituto de Comunidades Aborígenes, uno por cada uno de ellos. El art. 75 inc 17 de la CN, ausente.
En el Area Jurídica, la ley establece que El Instituto arbitrará los medios para asistir al aborígen, brindandole en forma gratuita atención profesional en derecho en todas las circunscripciones, comprendiendo las instancias extrajudiciales o judiciales cuando el aborígen sea parte de un proceso. El decreto reglamentó: La asistencia estará a cargo del Departamento Jurídico del Instituto de Comunidades aborígenes.
La Constitución de Formosa
La Constitución de la Provincia de Formosa fue reformada en 1991, esto abrió la posibilidad para que delegados de los pueblos Pilagá,toba y wichi presentasen una propuesta de reforma en materia aborígen con seis puntos básicos que incluían : la introducción en el preámbulo de la Constitución de Formosa como una provincia multiétnica y pluricultural, la inclusión del Convenio 169 de la OIT y la reformulación del art. 79 . No se respetó la propuesta original de los Pueblos Indígenas , era el producto de dos años de trabajo con talleres de capacitación en toda la provincia implementados a través del Convenio 169 aprobado por la Constitución Nacional. Algunos de los puntos fundamentales a ser incorporados en la reforma de la Constitución eran :
l)Reconocimiento de la preexistencia no solo de los pueblos indígenas, sino de sus organizaciones e instituciones.
2)El otorgamiento de títulos en forma gratuita.
3)Reconocimiento del Convenio 169 de la OIT, reconocido por el art. 75 de la Constitución Nacional.
4)Verdadero derecho de participación en todos los niveles y prestar consentimiento en todo aquello que afecte a sus interéses.
5)La personería jurídica de sus organizaciones y formas tradicionales de hacer política, económica y jurídica.
6)La posesión, uso y propiedad no solo de las tierras que tradicionalmente ocupan, sino de otras tierras aptas para el desarrollo humano, los territorios y recursos naturales.
Por mi parte pienso que el Convenio 169 de la OIT, que nuestro país ha adherido por ley 24071 del año 1992, debería haber sido traducido a los idiomas propios de cada pueblo indígena, para poder comprender mejor el texto del Convenio, y saber cuales son sus derechos.
Entrevista a don Andrés Madariaga (cacique Pilagá) ir a la entrevista
Entrevista con las autoridades en el ámbito nacional
Antes de entrevistar a Don Andrés Madariaga, fui tres veces al INAI, quería realizarles una entrevista a fin de poder llegar a comparar entre los pedidos y solicitudes del pueblo Pilagá, y el organismo que debe velar por el cumplimiento de la ley 23.302.
No obtuve mucha respuesta, todos dicen estar ocupados, y no tener tiempo para poder contestar unas simples preguntas.
No saben con que presupuesto cuentan, el organismo que debería velar por los intereses de los pueblos indígenas no se ha formado todavía, hoy el Consejo de Coordinación, que es el que debería estar integrado por representantes de distintas comunidades, solo repiten un eslogan sobre los proyectos de huertas, cultivos y artes que ellos tienen a su cargo, y cuando uno quiere averiguar algo más, entonces la respuesta es que hay que hablar con cada técnico en el tema. Acto seguido todos están ocupados y no pueden perder dos segundos en gente, que está estudiando sobre el tema que debería ser su especialidad.
Conclusión
El artículo 75 inc. 17 de la Constitución Nacional, es por fin el reconocimiento constitucional que merecían los pueblos indígenas argentinos, es una reivindicación muy merecida.
El Congreso debe a la mayor brevedad conferirle operatividad, (si bien hay doctrinarios que sostienen que ya lo es).
A casi diez años de la sanción de la nueva Constitución, el olvido, la marginalidad, y la pobreza por la que atraviesa el pueblo Pilagá, entre otros, requiere en forma inmediata que no haya más demora y se cristalice el inc. 17 del art. 75.
Que se reconozca la preexistencia étnica y cultural, que la palabra garantizar se convierta en efectivo cumplimiento por parte del Estado Argentino en un verdadero respeto de su identidad cultural, una educación bilingüe, la restitución de tierras, asegurarles en la realidad, la participación en los recursos naturales que afectan sus territorios, y todo esto podrá recién llevarse a cabo, cuando exista una verdadera voluntad política que hoy parece abandonada por el gobierno Nacional, y sobre todo por gobiernos provinciales, que tienen más características de feudos que de democracia participativa.
Para poder llegar a cumplir fielmente el inciso 17 del art. 75, también es necesario, que los Institutos que llevan adelante una política de desarrollo, y promoción, como el INAI (Instituto Nacional de Asuntos Indígenas), el Ministerio de Educación, etc, permitan una debida representación de los pueblos indígenas en todas los asuntos que los relacionen.
Espero que el Congreso de la Nación establezca en poco tiempo una legislación rápida y sencilla sin dependencia burocrática y que el art. 75. inc 17, no siga vulnerandose por los gobiernos provinciales, porque mientras no lo haga está concediendo en forma inconsciente a las Legislaciones Provinciales, facultades extraordinarias (art. 29 CN).
Para terminar, unos videos con música para terminar un poco relajados después de tanta lectura
Federacion Pilaga
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=o5PdviYnL1I
Comunidad Pilaga Campo del Cielo
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=3q0bV0raXdw
Derechos Indigenas
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=etQ0tQ97QEg
Masacre en Rincon Bomba
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=4ZIVNXhBElE
Este lo deje para el final, Heave Metal. Muy buena letra
Malon – Grito de Pilaga
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=M_mR5tmwAtY
Mapa de las lenguas indigenas que se hablan en Argentina
Gracias y ha no olvidar.