Cultura Argentina
Cine
Orígenes del Cine Nacional
El 18 de julio de 1896 en el Teatro Odeón de Buenos Aires tuvo lugar la primera exhibición cinematográfica en nuestro país, mediante el uso de la tecnología de los hermanos Lumière, y al año siguiente comenzó la importación de cámaras francesas.
Entre los primeros aficionados se destacó Eugène Py, quien se convirtió en el primer realizador y camarógrafo con el corto La Bandera Argentina, donde se aprecia la enseña patria flameando en el mástil de la Plaza de Mayo. Por su parte, el médico Alejandro Posadas filmó, con afán documental, varias de sus intervenciones quirúrgicas.
Con el arribo del siglo XX se inauguraron las primeras salas y aparecieron los noticieros, entre los que se destacó El Viaje de Campos Salles a Buenos Aires en el que junto al mandatario brasileño aparecían Julio A. Roca y Bartolomé Mitre. En estos años, las temáticas se limitaron a reflejar eventos sociales, paisajes, desfiles militares y grandes sepelios. En estos rubros se destacaron La Revista de la Escuadra Argentina de 1901 y las exequias de Mitre en 1906.
En 1907 se produjeron los primeros ensayos de cine sonoro en los que la imagen era acoplada a un registro fonográfico.
El primer realizador de ficción fue Mario Gallo y su primera película fue El Fusilamiento de Dorrego en 1909. Tras esta producción siguió una serie de trabajos de carácter histórico como La Revolución de Mayo, primer filme de ficción con actores profesionales, y La Batalla de Maipú.
En esa línea, Julio Raúl Alsina produjo Facundo Quiroga y Cielo Centenario, síntesis de los actos realizados durante los festejos de los cien años de la Revolución de Mayo.
Una figura de relieve en el campo del documental fue Federico Valle, creador de Film Revista Valle, un noticiero semanal que apareció entre 1916 y 1931.
Los Primeros Largometrajes
En 1914, Enrique García Velloso filmó el primer largometraje nacional: Amalia. El séptimo arte ganaba espacios y al año siguiente llegó el primer gran éxito de recaudación: Nobleza Gaucha, de Humberto Cairo. En 1917 Federico Valle produjo el primer largometraje de animación del mundo: El Apóstol, una sátira de Hipólito Yrigoyen realizada por Quirino Cristiani, y un año más tarde dirigió Una Noche de Gala en el Colón, caricatura de las celebridades de la época, representadas a través de marionetas.
En este período, la temática oscilaba entre melodramas, policiales, cintas cómicas y temas de campo. Se llevaron a cabo más de doscientas películas, entre las que descollaron las de Agustín Ferreyra, director volcado a la temática tanguera mediante la apelación a los asuntos suburbanos y camperos en una estética en la que confluían el tango, el sainete y las pecadoras redimidas. Entre sus títulos se destaca Muñequitas Porteñas (1931), el primer film sonoro y hablado por sincronización fonográfica rodado en la Argentina.
La Gran Expansión
Tras algunas experimentaciones inconclusas, la recién fundada Argentina Sono Film, produjo Tango en 1933. Esta "cabalgata musical" dirigida por Luis Moglia Barth con Azucena Maizani, Luis Sandrini, Libertad Lamarque, Mercedes Simone, Tita Merello, Pepe Arias y Juan Sarcione, fue la primer producción sonora integral estrenada en nuestro país.
Ese mismo año, la compañía Lumilton estrenó el trabajo de Enrique Susini Los Tres Berretines, en la que aparecían retratados el tango, el fútbol y el cine en el marco de una familia, con la intervención de Luis Sandrini (a esa altura, la estrella del cine nacional) acompañado por Luis Arata y Aníbal Troilo –entre otros–.
Estas películas hicieron que el séptimo arte adquiriese cada vez más popularidad y se integrase a la vida cotidiana de los espectadores. A la vez, las mencionadas empresas contaban con estudios propios y producían una treintena de películas anuales, que eran exportadas a toda Latinoamérica.
Los principales realizadores de esta etapa fueron Manuel Romero (La Vida es un Tango, La Muchacha del Circo, Fuera de la Ley), Mario Soffici (Prisioneros de la Tierra), Leopoldo Torres Ríos (La vuelta al Nido, Aquello que Amamos), Luis César Amadori (Dios se lo Pague, Almafuerte, Hay que Educar a Niní) y Francisco Mugica (Así es la Vida; Los Martes, Orquídeas).
Otros directores que comenzaron su andadura en esta época fueron Carlos Hugo Christensen (Safo, El Ángel Desnudo), Lucas Demare (La Guerra Gaucha, Su Mejor Alumno), Daniel Tinayre (Bajo la Santa Federación, Mateo), Manuel Romero (Noches de Buenos Aires, Los Muchachos de Antes no Usaban Gomina) y Alberto de Zavalía (Dama de Compañía, Rosa de América).
En ese contexto también se multiplicaron las comedias livianas y melodramas especialmente dirigidos a las “damas y damitas”, público femenino que colmaba las salas.
Los '40 vieron el surgimiento de la cooperativa Artistas Argentinos Asociados, donde se agrupó gran parte de la industria. En la extensa filmografía de esta etapa, se destaca especialmente el film de Lucas Demare La Guerra Gaucha (1942), un relato de gran calidad en términos de epopeya.
Sin embargo, la segunda guerra mundial perjudicó notablemente la importación de materia prima, lo que motivó la creciente intervención del Estado en la asignación de créditos y distribución de película virgen. Pese a muchas dificultades, la cinematografía nacional siguió adelante. Hugo del Carril se convierte en la figura destacada de esos años(Las Aguas Bajan Turbias, La Quintrala, Más Allá del Olvido).
La Creación del Instituto de Cine
En 1957 se promulgó la Ley de Cine y se creó el Instituto Nacional de Cinematografía (INC), antecesor del actual Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).
En estos años se afirmaron directores como Leopoldo Torre Nilsson (La Casa del Ángel, La Mano en la Trampa) o la dupla compuesta por Fernando Ayala y Héctor Olivera (El jefe, El candidato), que abrieron camino a la llamada generación del '60, directores independientes que actuaban por fuera del sistema de estudios. Algunos nombres de este período son Simón Feldman (El Negoción), José Martínez Suárez (Dar la Cara), René Mugica (El Hombre de la Esquina Rosada), Lautaro Murúa (Shunko) y Manuel Antín (La Cifra Impar).
Por otros caminos, Fernando Birri impulsó el cine documental de contenido social (Tire Dié, Los Inundados). Son también los años de inicio de Leonardo Favio, actor, cantante y director (Crónica de un Niño Solo, El Dependiente).
A fines de la década comenzaron los ensayos de cine alternativo y experimental, encarados por directores que venían de la publicidad y el cine de denuncia social, simbolizado por el grupo Liberación en el que participaban Fernando "Pino" Solanas y Octavio Gettino (La Hora de los Hornos), sorteando censuras para dar a conocer sus trabajos en exhibiciones clandestinas.
Con el retorno democrático de 1973, el cine nacional tuvo un gran momento, tanto en el afianzamiento de la crítica como en su masividad. Favio volvió a filmar (Juan Moreira), al igual que Lautaro Murúa (La Raulito). Héctor Olivera apuntó al cine histórico (La Patagonia Rebelde) y Sergio Renán logró una candidatura a los premios Oscar (La Tregua).
Este vendaval creativo fue cortado de cuajo por la censura encarnada en el Ente de Calificación Cinematográfica y la represión de la dictadura militar que provocó la muerte, el silencio y el exilio de artistas. Sin embargo, realizadores como Adolfo Aristarain (Tiempo de Revancha) o Fernado Ayala (Plata Dulce)lograron sortear la censura y fueron una bocanada de aire fresco.
El Cine en Democracia
El retorno democrático puso fin a la censura y el INC fue presidido por un hombre de cine: Manuel Antín. Desde allí se generó el retorno de los postergados y el surgimiento de los nuevos. María Luisa Bemberg logró una candidatura al Oscar (Camila), galardón que finalmente obtuvo Luis Puenzo con La Historia Oficial. "Pino" Solanas retornó al país (Tango: El exilio de Gardel) y surgieron Eliseo Subiela (Hombre Mirando al Sudeste) y Miguel Pereira (La Deuda Interna), entre otros. Todos ellos ganaron premios internacionales y fueron elogiados por la crítica y el público en varias partes del mundo.
En 1995, con la sanción de la nueva Ley de Cine que obliga al video y a la televisión a aportar dinero para financiar películas argentinas y establece los regímenes de coproducción internacional, la filmografía argentina tomó un nuevo impulso. Surgió entonces una nueva generación de creadores que renovaron, estética y argumentalmente, nuestro cine. Entre ellos podemos citar a Fabián Bielinsky (Nueve Reinas), Lucrecia Martel (La Ciénaga), Pablo Trapero (Mundo Grúa) y Juan José Campanella (El Hijo de la Novia). Esta camada obtuvo múltiples premios y reconocimientos e hizo del séptimo arte una nueva puerta de entrada a nuestro país.
Literatura
Los Inícios
La Conquista
Si bien algunos estudiosos coinciden en señalar como precursores de nuestras letras a Martín del Barco Centenera, Ruy Díaz de Guzmán o Ulrico Schmidl, lo cierto es que se trata de cronistas cuyas obras revisten más un interés histórico que literario.
La Colônia
La crítica rescata especialmente en el siglo XVII los nombres de Luis de Tejeda, el primer poeta nativo, y el de Reginaldo de Lizárraga (llamado en realidad Baltasar de Obando), el primer viajero del Tucumán.
La Revolución de Mayo
El fervor independentista encontró su expresión bajo la estética neoclásica en las composiciones de Vicente López y Planes, Esteban de Luca y Pantaleón Rivarola. Bajo la misma preceptiva pueden considerarse la dramaturgia de Manuel José de Lavardén o las fábulas de Domingo de Azcuénaga. Cabe recordar que por aquellos años comenzaron a circular los primeros periódicos: El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata; La Gaceta de Buenos Aires; El Correo de Comercio, que incluían páginas literarias, lo que contribuyó a la creación de un público lector.
Con el mismo impulso revolucionario surgió la gauchesca, poesía popular típicamente rioplatense, que tiene como fundador a Bartolomé Hidalgo. El desarrollo del género continuó con Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo (que no alcanzó la cualidad genuina de su predecesor) hasta su culminación, muchos años después, con el Martín Fierro de José Hernández en 1872.
Los Años Posteriores a la Independencia
La ruptura política con la corona española propició también la ruptura estética y la adhesión a los postulados del romanticismo francés. Dos textos centrales iluminan la literatura de este período: El Matadero de Esteban Echeverría, considerado por la crítica como el primer cuento argentino, y el Facundo de Sarmiento. Ambas obras, producto de la pluma de escritores exiliados (Ricardo Rojas definirá a esta generación como la de “los proscritos”), subordinan sus indudables valores estético–literarios a un fuerte cometido ideológico. A este grupo pertenece también la producción de José Mármol, autor de la primera novela argentina: Amalia, o la de ensayistas como Juan Bautista Alberdi con su Bases y puntos de partida para la organización política de la Nación Argentina.
La Organización Nacional
Tras la caída de Rosas en la batalla de Caseros, se inició un período de relativa estabilidad política que encontró su formulación más sólida en la denominada Generación del 80. Sus hombres, destacados dirigentes de “la cosa pública” y dedicados también a las letras, acentuaron la admiración por lo europeo y la primacía cultural porteña.
Las figuras más representativas de este período son Eduardo Wilde (Aguas Abajo), Miguel Cané (Juvenilia), Eugenio Cambaceres (Sin Rumbo), Lucio V. López (La Gran Aldea) y el más lúcido y original de todos: Lucio V. Mansilla (Una Excursión a los Indios Ranqueles).
El Fin de Siglo
Con la llegada al país del poeta nicaragüense Rubén Darío, se produjo la revolución modernista y el nacimiento de una nueva estética, signada por el simbolismo y el preciosismo.
Leopoldo Lugones, autor de Los Crepúsculos del Jardín, se convirtió no sólo en la figura más representativa de estos años, sino en un modelo de emulación con una larga descendencia posterior. A este movimiento adscribieron los primeros escritos de Horacio Quiroga o Alfonsina Storni, quienes luego encontrarán su propia voz en obras como Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte y El Dulce Daño, respectivamente.
Otra corriente, de fuerte raigambre realista y costumbrista, se afirmó por esos años. En la narrativa, tras las huellas de Eduardo Gutiérrez (Juan Moreira) o de Fray Mocho –José Sixto Álvarez– (Memorias de un Vigilante) se destacó especialmente Roberto J. Payró (Divertidas Aventuras del Nieto de Juan Moreira), en tanto que en la lírica se consolida una estética de lo popular que alcanzó su consagración en la poética de Baldomero Fernández Moreno (Por el Amor y por Ella) y de Evaristo Carriego (Misas Herejes).
Horacio Quiroga
Alfonsina Storni
La Primera Mitad del Siglo XX
La primera gran fractura en el campo de la literatura argentina se produjo en torno a la aparición de la revista Martín Fierro, entre 1924 y 1927. Influenciados por las vanguardias europeas posteriores a la primera guerra mundial, Oliverio Girondo (Espantapájaros), Conrado Nalé Roxlo (El Grillo), Norah Lange (El Rumbo de la Rosa), Leopoldo Marechal (Cántico Espiritual) y Jorge Luis Borges (Fervor de Buenos Aires) –entre otros– arremetieron contra "la impermeabilidad hipopotámica del honorable público" y "la funeraria solemnidad del historiador y del catedrático, que todo lo momifican".
La ironía, el desenfado y la irreverencia fueron las armas con que este grupo intentó sepultar la influencia de Lugones, del modernismo ya decadente y de la producción de la generación anterior, de la que sólo reivindicaron a Macedonio Fernández (Historia de la Novela de la Eterna), talento excepcional de las letras argentinas. Bajo la denominación de Florida (todos ellos son habitués de la confitería Richmond ubicada esa calle porteña) desarrollaron sus propuestas estéticas también en las páginas de las revistas Proa o Prisma.
En las antípodas en tanto, se consolida el denominado grupo de Boedo (sus integrantes se reúnen en los cafés del populoso barrio homónimo), que nuclea a Leónidas Barletta (El Barco en la Botella), Elías Castelnuovo (Memorias), Álvaro Yunque –Arístides Gandolfi Herrero– (Barcos de Papel), Roberto Mariani (Cuentos de la Oficina), Raúl González Tuñón (La Rosa Blindada) y Roberto Arlt (Los Siete Locos), identificados todos ellos con una concepción de la literatura como herramienta al servicio de la revolución y el cambio social. Los hijos de los inmigrantes de la generación del 80 fueron destinatarios de esta propuesta estético–ideológica que enunció sus postulados desde las revistas Los Pensadores, Dínamo, Extrema Izquierda y la Editorial Claridad de Antonio Zamora.
Al llegar la década del 30 Victoria Ocampo fundó la cosmopolita revista Sur, que dirigirá hasta 1970. Tributaria de una concepción elitista como la que había enorgullecido a los hombres de Florida, Sur consolidó un espacio para la traducción literaria y la difusión de la obra de los argentinos Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares (La Invención de Morel) o Silvina Ocampo (Las Invitadas).
Las décadas del 40 y del 50 estuvieron marcadas por la aparición de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal (que implica una transformación de la novela). Al mismo tiempo, la revaloración en los ámbitos urbanos de la literatura de las provincias y el paralelo desarrollo de lo nostálgico–descriptivo encontró a sus mejores exponentes en la escritura de Vicente Barbieri (Anillo de Sal), León Benarós (Romances de la Tierra) y muy especialmente en la de Olga Orozco (Los juegos peligrosos).
Adolfo Bioy Casares
El Último Medio Siglo
En los años ´60 la industria cultural produjo en el continente americano una verdadera revolución editorial, conocida como el boom. Dos novelas anteriores pueden considerarse precursoras: Sobre Héroes y Tumbas de Ernesto Sábato y Bomarzo de Manuel Mujica Láinez, que tuvieron una importante repercusión en el público lector. Una relectura de la obra de Roberto Arlt desde la crítica académica, más los importantes cambios político–sociales que caracterizaron a esta década configuraron un campo para la literatura de aquellos años, que tuvo sus mejores expresiones –más allá de las variables de género y estilos– en la producción de Julio Cortázar (Rayuela), Alejandra Pizarnik (Los Trabajos y las Noches), Manuel Puig (La Traición de Rita Hayworth), Juan José Saer (El Limonero Real), Abelardo Castillo (Cuentos Crueles), Tununa Mercado (Celebrar a la Mujer como a una Pascua), Noemí Ulla (Los que Esperan el Alba), Liliana Hecker (Los Bordes de lo Real) y Horacio Salas (La Soledad en Pedazos), entre otros.
La década siguiente se ensombreció con la dictadura militar, que provocó el exilio de notables creadores como el poeta Juan Gelman (Cólera Buey) y los narradores Antonio Di Benedetto (Zama) o Daniel Moyano (El Vuelo del Tigre), y la desaparición forzada de Haroldo Conti (Mascaró), Roberto Santoro (No Negociable) y Rodolfo Walsh (Operación Masacre).
El retorno de la democracia permitió la reedición y relectura de textos y autores, entre ellos: David Viñas (Jauría), Ricardo Piglia (Respiración Artificial), Eduardo Belgrano Rawson (No se Turbe Vuestro Corazón), Miguel Briante (Ley de Juego), conjuntamente con la aparición de una “escritura de la memoria” que intentaba dar cuenta –con dispares resultados– de lo ocurrido en los años de plomo: Pedro Orgambide (Pura Memoria), Osvaldo Soriano (No Habrá Más Penas Ni Olvido), Juan Martini (La Vida Entera), Tomás Eloy Martínez (La Novela de Perón), Javier Torre (Quemar las Naves) o Jorge Manzur (Tinta Roja).
En cuanto a la actualidad, la proximidad temporal impide un análisis equilibrado. Las elecciones de los lectores recaen en la obra de César Aira (La Serpiente), Juan Forn (Nadar de Noche), Alberto Laiseca (Los Soria), Roberto Fontanarrosa (No sé si he sido Claro), Angélica Gorodischer (Menta), Elsa Osorio (Cielo de Tango), Martín Caparrós (El Tercer Cuerpo), Sylvia Iparraguirre (El Parque), Josefina Delgado (Salvadora, la Dueña del Diario Crítica) y Federico Andahazi (El Anatomista) –por citar sólo a algunos–.
Ernesto Sabato
Artes Plásticas
Períodos Pre–hispánico y Colonial
El arte prehispánico antes de la llegada de los españoles se desarrolló especialmente en las poblaciones indígenas de las culturas del Noroeste Argentino (NOA). Conocían técnicas de cerámica, metales y textiles, producción que puede ser vista actualmente en museos y salas de exposición de la región o en el Museo de La Plata.
Los tiempos coloniales estuvieron signados por el arte religioso. En las iglesias de distintos puntos del país quedan valiosos exponentes, tales como esculturas y pinturas de asunto bíblico, retratos de personajes eclesiásticos o de funcionarios civiles. Las obras fueron realizadas por las propias órdenes religiosas, entre las cuales merece destacarse la Compañía de Jesús que mantuvo su primacía hasta 1767, año de expulsión de las posesiones españolas.
Período Independiente
Primera mitad del siglo XIX
A principios del siglo XIX, a instancias de Manuel Belgrano, se creó una efímera Academia de Dibujo que propiciaba la enseñanza de aspectos no sólo estéticos sino morales. Bajo la influencia de la Ilustración, la temática religiosa dio paso a las escenas de costumbres y Francia se convirtió en modelo artístico a emular, como forma de contrarrestar la influencia hispánica.
En 1815 Fray Francisco de Paula Castañeda inauguró otra Academia de Dibujo, que en 1821 pasó a formar parte de la Universidad de Buenos Aires. Instituciones similares se abrieron también en Mendoza y Santa Fe. Durante la presidencia de Rivadavia fueron convocados profesionales europeos que adscribían a criterios artísticos del Neoclacisismo aún imperante. Tras su caída se afianzó el Romanticismo, que buscaba en el pasado la esencia de un país en formación. Este movimiento derivó en un pintoresquismo extremo, con el acento puesto en retratos y paisajes. Los artistas locales encontraron una fuente de formación en pintores extranjeros como Carlos Enrique Pellegrini y Cayetano Descalzi, o en viajeros que apuntaban al exotismo y trabajaban por encargo, como Emeric Essex Vidal y Raymond Quinsac de Monvoisin. También en este período se destacaron los litografistas Jean Douville y César Baclé. Todos ellos hicieron conocer el paisaje y los tipos humanos de nuestra tierra en el viejo continente.
Segunda mitad del siglo XIX
Los primeros pintores formados en la Argentina fueron Carlos Morel y Fernando García del Molino, quienes se enrolaron en un romanticismo ingenuo de cuño local, de corte costumbrista. Se destacó en este período Prilidiano Pueyrredón, otro romántico acrítico y naturalista, dúctil retratista de las figuras de la sociedad porteña y sus costumbres. Le siguieron Juan Manuel Blanes, un riguroso historicista, y Cándido López, quien reflejó con particular estilo la guerra del Paraguay.
Entre fines de 1871 y comienzos de 1872 se realizó en Córdoba la primera muestra de arte en la Argentina, como apéndice de la Exposición Nacional dedicada a producciones agrarias e industriales, donde fueron laureados el cordobés Genaro Pérez y el porteño Martín Boneo. Años más tarde, el gobierno nacional comenzó a estimular a los jóvenes con becas de perfección en Europa, mientras se fundaban centros de enseñanza que fueron creando condiciones para el incremento de la actividad artística y la conformación de un público interesado. Por iniciativa privada se fundaron la Sociedad Estímulo de Bellas Artes (1876) y el Ateneo (1892) y desde la esfera estatal se creó el Museo Nacional de Bellas Artes (1895). La obra de Eduardo Sívori (considerado el introductor de naturalismo en el país), Eduardo Schiaffino, Ernesto de la Cárcova y Reinaldo Giudici, todos ellos de gran capacidad técnica, permite contemplar un arco de temas, desde el historicismo al verismo o el costumbrismo moralizante.
En el campo de la escultura fueron consagrados los nombres de Francisco Cafferata, Lucio Correa Morales y Lola Mora, quienes desarrollaron una interesante labor en el campo de la estatuaria monumental, línea estética en la que después adquirirían relevancia Rogelio Yrurtia y Pedro Zonza Briano.
El siglo XX y la actualidad
Las tendencias impresionistas
El regreso de París de Martín Malharro y su inmediata exposición en 1902, marcó la aparición del impresionismo en nuestro país, al que adhirieron Faustino Brughetti y Ramón Silva. El paisaje luminoso se convirtió en centro de la pintura argentina, elección que compartieron los postimpresionistas Fernando Fader, Cesáreo Bernaldo de Quirós y Pío Collivadino, integrantes del grupo Nexos. Esta agrupación participó activamente en el debate sobre la realización de un arte nacional, estimulado por los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo.
El peso de lo social
Alrededor de 1920 surgieron los Artistas del Pueblo, correlato plástico del grupo literario de Boedo. Alejados del folklorismo o de la nostalgia del pasado propiciados por la generación anterior, este núcleo formado en bibliotecas de izquierda al calor de las obras de Tolstoi, puso el énfasis en los problemas sociales. José Arato, Adolfo Belloq, Guillermo Facio Hébequer, Abraham Vigo y el escultor Agustín Riganelli expusieron en fábricas y barrios y crearon un Salón de Independientes al cual asistió también, pese no compartir íntegramente sus postulados, Benito Quinquela Martín, identificado con el Grupo de La Boca, en el que descollaron Alfredo Lazzari, M. Carlos Victorica, Eugenio Daneri y Víctor Cúnsolo.
Esta tendencia del arte social se intensificó en el realismo crítico de los años 30, que rechazaba la abstracción por considerarla elitista. En esta corriente sobresalieron Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo, Juan Carlos Castagnino, Carlos Alonso y Demetrio Urruchúa, quienes apelaron al mural, a técnicas y procedimientos como el collage, la fotografía y el montaje y desarrollaron una importante tarea educativa en centros de enseñanza artística.
Esta línea será retomada a fines de la década del 50 por el Grupo Espartaco, integrado por Ricardo Carpani, Juan Manuel Sánchez y Mario Mollari, quienes por medio de la monumentalidad buscarán llevar el arte al pueblo.
Quinquela Martin- Actividad en la Boca
Quinquela Martin Amanecer
Link de galeria de fotos de cuadros de Quinquela Martin :
Las vanguardias
Paralelamente al surgimiento de la tendencia realista, en las antípodas de los Artistas del Pueblo, del naturalismo y del impresionismo, otro grupo de creadores se nucleó en torno a la divisa retorno al orden, en busca de formas libres y equilibradas, aunque alejadas del academicismo. Adhirieron a esta tendencia Emilio Petorutti y Xul Solar, sumándose luego Norah Borges, Alfredo Bigatti y Alfredo Guttero, allegados al grupo literario de Florida.
Por su parte, artistas argentinos residentes en Francia: Horacio Butler, Hector Basaldúa, Aquiles Badi, Lino Spilimbergo y Raquel Forner, formaron el Grupo de París bajo la consigna de buscar “lo eminentemente estructural de los valores plásticos”.
Hubo también una tendencia figurativa que puso el acento en la introspección, nutriéndose de lo cotidiano. Raúl Soldi, Fortunato Lacámera y Miguel Diómede, representantes de la denominada pintura sensible, cultivaron la expresión de matices delicados con una fuerte carga de subjetividad.
Mientras se afianzaba el realismo crítico, en las antípodas se fortalecían las propuestas surrealistas del Grupo Orión, compuesto por Vicente Forte, Luis Barragán y Leopoldo Presas, entre otros. No obstante, artistas identificados con los postulados de cambio social adoptaron algunos rasgos vanguardistas como Berni o Spilimbergo, quienes transitaron momentos cuasi surrealistas. Otros en cambio, como José Planas Casas y Juan Batlle Planas fueron exponentes “puros” de esta tendencia.
A partir de los años 50, Roberto Aizemberg, Osvaldo Borda, Jorge Tapia y, posteriormente, Guillermo Roux retomarían esta senda en la que convivían poesía, metafísica y elementos oníricos.
Raúl Soldi
Segunda mitad del siglo XX
En 1944 la revista Arturo se convierte en portavoz de la abstracción geométrica rechazando el arte figurativo. Considerada como una segunda vanguardia, los defensores de la abstracción o arte concreto: Carmelo Arden Quin, Gyula Kosice, Tomás Maldonado y Lidy Prati, se reconocían herederos de Pettoruti. De este grupo luego surgieron otras propuestas como la Asociación Arte Concreto Invención, Madí y el perceptismo.
Hacia 1952 se constituyó el Grupo de Artistas Modernos de la Argentina, con José Fernández Muro, Sarah Grilo y Miguel Ocampo, quienes propugnaban el cambio de la racionalidad geométrica hacia la liberación de los sentimientos y la primacía de lo subjetivo. Sin abandonar la abstracción, pero centrados en nuevas búsquedas, figuras como Martha Peluffo, Víctor Chab, Josefina Robirosa y Osvaldo Borda conformaron a su vez el Grupo Boa.
Todos estos encuentros marcaron una nueva etapa del vanguardismo en el país y prepararon el camino para movimientos como el arte óptico y cinético (Julio Le Parc, Hugo Demarco y Luis Tomasello), el informalismo (Kenneth Kemble, Fernando Maza y Mario Pucciarelli), la Nueva Figuración (Luis Felipe Noé, Jorge de la Vega, Ernesto Deira y Rómulo Macció), el arte destructivo (Barilari Kemble, Jorge López Anaya y Antonio Seguí) y el happening (Marta Minujín, Rodolfo Azaro, Margarita Paksa y León Ferrari) – tendencias propias de la década del 60, que tuvo su epicentro en el Instituto Di Tella–. Dirigido por Enrique Oteiza y Jorge Romero Brest, el Di Tella estimuló no sólo el uso de materiales no convencionales sino el abandono total de formalismos, en un ámbito de absoluta libertad formal, en el que se borraban las fronteras entre creador, obra y vida cotidiana.
Simultáneamente, habían comenzado las primeras manifestaciones del conceptualismoque puso su acento en lo irónico y caótico del desorden cotidiano. Sobre esta línea trabajaron Alberto Greco y Edgardo Antonio Vigo y, en un plano de acción pura: Nicolás García Uriburu y Carlos Ginsburg.
El cierre del Di Tella en 1970 por presión de las autoridades militares, dio lugar al Centro de Arte y Comunicación, donde nacería el Grupo de los 13, luego Grupo CAYC en 1975. Integrado por Jaques Bedel, Jorge Glusberg, Víctor Grippo y Clorindo Testa –entre otros–, propiciaba exposiciones de arte conceptual, arte ecológico, arte pobre, arte de proposiciones y arte cibernético. Sin integrarse en propuestas colectivas, coincidieron desde distintas miradas sobre el concepto Lea Lublin y Liliana Porter, quienes prefigurarían el neococeptualismo, encarnado posteriormente en Jorge Macchi y Juan Paparella.
Contrariamente, otros artistas mantenían el acento en las injusticias sociales. Cabe mencionar entre ellos a Antonio Seguí, Carlos Gorriarena, Alberto Heredia y Jorge Demirjian. El realismo optó por una representación mimética del mundo, exacerbada a veces hasta un hiperrealismo preciosista como el que cultivaron Hugo Laurencena, Carlos Arnaiz, o Héctor Giuffré. En esta línea y protagonizando experiencias vinculadas a la política, se destacó Tucumán arde de Juan Pablo Renzi. Oscar Bony, Pablo Suárez y Diana Dowek pueden ser considerados parte de esta fusión entre arte y compromiso militante. Esta postura implicó retomar la senda del arte concreto basado en los principios de la percepción visual y la reivindicación de géneros tradicionales, como se ve en las obras de Víctor Magariños, María Martorell, Rogelio Polesello y los integrantes del Grupo de Arte Generativo: Eduardo Mac Entyre y Miguel Ángel Vidal. También por estos años se acentuó la expresión de la identidad latinoamericana, a través de técnicas y motivos propios del arte precolombino. En este camino, Marcelo Bonevardi, Alejandro Puente y Pérez Celis alimentaron el denominado constructivismo rioplatense.
Tras la dictadura militar y con el retorno de la democracia, se potenciaron las búsquedas. A principios de la década del ’80 surgió el Grupo de la Abstracción Sensible (Carlos Silva y Raúl Masón) que impulsó el retorno al arte figurativo y al trabajo artesanal, enfatizando los elementos pictóricos decorativos y ornamentales que habían sido desvalorizados por el arte conceptual. Hacia 1982 el Grupo IIIII (Guillermo Kuitca, Osvaldo Monzo y Pablo Bobbio, entre otros) y el Grupo Babel (Nora Dobarro, Juan Lecuona y Gustavo López Armentía, por citar sólo a algunos) cuestionaron el concepto de unidad artística y comenzaron a usar elementos extraídos de la historia del arte como lenguaje.
La década de los 90 estuvo signada por el arte light o kitsch con abundancia de elementos escolares, domésticos, cotidianos y baratos, en una atmósfera de artificio y cinismo, matizada con elementos retrospectivos resignificados y descontextualizados: Jorge Gumier Maier, Graciela Hasper, Román Vitali, Karina El Azem y Fabio Casero cultivaron esta tendencia. Otro grupo eligió recuperar los principios de la abstracción agregando estilos y materiales de campos no artísticos: Fabián Marcaccio, Alejandra Padilla y Silvia Gurfein son algunos de los nombres de esta corriente. Como contrapartida, hubo otros creadores que mostraron una veta sensible a los problemas y miserias sociales de la época y para mostrar ese rostro apelaron a lo abyecto, integraron en sus obras lo perverso y lo feo con alusiones permanentes a la violencia, a lo efímero de la vida y a la degradación corporal. En esa senda expresiva recurrieron a materiales corrompibles de origen animal o humano y a elementos rotos o fuera de contexto. Este fue el camino transitado por Daniel Santoro, Nicola Costantino, Alicia Herrero, Gabriela Sacco y el Grupo Escombros –con su estética de lo roto–.
Guillermo Kuitca
Gabriela Sacco
Teatro
Teatro Pre–hispánico
A diferencia de otras regiones americanas, no hay registros de tales prácticas en nuestro territorio, salvo el ritual anual desarrollado en Sumamao, Provincia de Santiago del Estero, hoy ya desaparecido.
Teatro Colonial
La actividad llegó a estas tierras de la mano de los conquistadores y misioneros españoles. Lope y Calderón fueron los autores más representados, por gozar de prestigio en la metrópoli, mientras al mismo tiempo florecía el teatro de catequesis, impulsado por los religiosos.
Al comenzar el siglo XVIII ya se había perfilado un público para el teatro de entretenimiento. En 1783, el virrey Juan José Vértiz autorizó el funcionamiento de la primera casa de comedias, conocida como Teatro de la Ranchería que funcionó en un galpón de techo de paja, habilitado hasta que se construyera un recinto definitivo, proyecto que nunca llegó a concretarse. Allí debutó en 1788 la actriz María Mercedes González y Benavídez, viuda y madre de tres hijos, quien debió recurrir a la justicia para poder ganarse el pan sobre las tablas, en función de la férrea oposición paterna. Allí también se estrenó un domingo de carnaval de 1789 la loa La Inclusa y el drama principal en cinco actos Siripo del poeta y periodista Manuel José de Lavardén, cuyo texto hoy perdido es considerado el comienzo del teatro culto nativo. De la misma época data una pieza considerada fundacional de la vertiente más popular de la escena nativa: El Amor de la Estanciera, sainete de autor anónimo y de ambientación campesina. En 1792 un incendio determinó el cierre del recinto.
Teatro de la Emancipación
El 1º de mayo de 1804, se inauguró una nueva sala: el Coliseo Provisional.
Tras la Revolución de Mayo, el repertorio español fue dejado de lado –a excepción de Leandro Fernández de Moratín y El Sí de las Niñas– y se impuso el gusto francés, donde brillaba Molière.
En el segundo aniversario de la Revolución, se estrenó allí El 25 de Mayo o El Himno de la Libertad de Luis Ambrosio Morante. También subió a escena el sainete El Detalle de la Acción de Maipú, de autor desconocido, que dramatizaba el parte de San Martín a Pueyrredón anunciándole la victoria. Pero el énfasis rebelde de la época lo marca el estreno de Túpac Amaru, tragedia en verso atribuida a Morante, convertido también en actor, apuntador y director, que daba cuenta de la revolución indígena de 1870 en el Alto Perú.
La Época de Rosas
Durante su gobierno se levantaron el Teatro de la Victoria, el del Buen Orden y el de La Federación; sin embargo, ello no implicó el fortalecimiento de una dramaturgia propia, ya que se llevaban a escena variedades, espectáculos circenses y melodramas. Proliferó el teatro propagandístico y la mejor expresión de estos años fue el Don Tadeo de Claudio Mamerto Cuenca. Los autores que optaron por el exilio (José Mármol, Bartolomé Mitre, Pedro Echagüe) poco aportaron a la escena nacional. La excepción fue Juan Bautista Alberdi, quien prefiguró el grotesco en la dramaturgia argentina con El Gigante Amapolas y sentó además las bases para la crítica teatral desde las páginas de la revista La Moda.
La Organización Nacional y el Fin de Siglo
En los años posteriores a Caseros, las compañías europeas frecuentaron el país con un repertorio prolijo y cuidado que abarcaba diversas especies dramáticas y de la lírica, aunque con poco espacio para los autores nacionales. Martín Coronado (La Piedra del Escándalo; Parientes Pobres) sólo era representado por elencos españoles y Nicolás Granada (¡Al Campo!; Atahualpa) hubo de traducir sus obras al italiano para montarlas en escena. Faltaba pues, la compañía nativa para la dramaturgia nacional. Y llegó de la mano del circo criollo.
Éste, también introducido por compañías europeas, gozaba de gran aceptación popular. El primer artista nacional del género fue Sebastián Suárez, quien levantó su carpa con bolsas de arpillera, iluminándola con tela embebida en grasa combustible de viejos envases. Se trató del Circo Flor América, donde actuaba vestido de forma estrafalaria y con el rostro pintado. Sin embargo, la gran figura fundadora de la arena autóctona fue José “Pepe” Podestá, creador del payaso Pepino el 88, quien desarrolló y dirigió la puesta de la pantomima basada en la novela Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez. Estrenada con parlamentos en Chivilcoy, Provincia de Buenos Aires, en 1866, dio nacimiento al verdadero circo criollo que comenzó a recorrer los caminos del país. Con los años, Pepe se quedó con el repertorio gauchesco (que incluía lenguaje y ambientación rural combinados con danzas folklóricas), variedad que se cerró en 1896 con Calandria de Martiniano Leguizamón.
La inmigración, por su parte, había traído consigo el auge del sainete español, origen del sainete criollo, testigo de los conflictos urbanos que planteaba la nueva realidad circundante: conventillos, calles, cafés, se convirtieron en centro de la escena. Autores como Nemesio Trejo (Los Políticos), Carlos M. Pacheco (Los Disfrazados) o Enrique García Velloso (Gabino el Mayoral) dieron los primeros pasos en el denominado “género chico”, que pasando por Alberto Vacarezza (Los Escrushantes, El Conventillo de la Paloma) concluirá bien entrado el siglo XX en el grotesco de Armando Discépolo (Mustafá, Muñeca, Stéfano).
El Nuevo Siglo
Los comienzos del siglo XX inauguran la época de oro, donde brillaron los nombres de Roberto J. Payró (Sobre las Ruinas; Marco Severi), Florencio Sánchez (Nuestros Hijos; En Familia) y Gregorio de Laferrere (¡Jettatore!; Las de Barranco), quienes dieron gran impulso a la actividad escénica, basados en una estética costumbrista de alto impacto en el público.
El gran hito se produjo en 1930, cuando Leónidas Barletta fundó el Teatro del Pueblo, piedra fundamental del movimiento independiente, ubicado en las antípodas de lo comercial. La iniciativa tuvo su período más fructífero entre 1937 y 1943, con un repertorio universal que no descuidaba la producción de autores nacionales como Roberto Arlt (Saverio el Cruel; 300 Millones; La Isla Desierta), Raúl González Tuñón (El Descosido; La Cueva Caliente), Álvaro Yunque (La Muerte es Hermosa y Blanca; Los Cínicos) y Nicolás Olivari (Un Auxilio en la 34).
La década del 40 se caracterizó por la afirmación del teatro independiente y la proliferación del vocacional. Además de Barletta, cabe citar elencos como La Máscara y el Grupo Juan B. Justo. Nuevos dramaturgos como Andrés Lizarraga (Tres Jueces para un Largo Silencio; Alto Perú), Agustín Cuzzani (Una Libra de Carne; El Centrofoward Murió al Amanecer) o Aurelio Ferreti (La Multitud; Fidela) estrenaron sus primeras obras. Se afianzó también el teatro de títeres, con la producción de Javier Villafañe (Títeres de La Andariega) y Mané Bernardo (Títeres: Magia del Teatro), que luego continuarán Ariel Bufano (Carrusel Titiritero) o Sarah Bianchi (Títeres para Niños).
La Consolidación del Teatro Independiente
Una segunda etapa del teatro independiente se desarrolló en los umbrales de los años 50. A la entrega de la primera época, se agregó el afán de capacitación, estudio y formación por parte de actores, directores y dramaturgos. Los nuevos elencos: Teatro Popular Fray Mocho, dirigido por Oscar Ferrigno; Nuevo Teatro, conducido por Alejandra Boero y Pedro Asquini; Los Independientes, fundado por Onofre Lovero; a los que se sumó la producción del Instituto de Arte Moderno (IAM), de la Organización Latinoamericana de Teatro (OLAT), del Teatro Telón o del Teatro Estudio, encontraron su réplica en el interior del país.
En 1949, Carlos Gorostiza (El Pan de la Locura, Los Prójimos, El Acompañamiento) estrenó El Puente. A esta segunda etapa corresponden también las primeras producciones de autores como Pablo Palant (El Escarabajo), Juan Carlos Ghiano (La Puerta del Río; Narcisa Garay, Mujer para Llorar), Juan Carlos Gené (El Herrero y el Diablo) y Osvaldo Dragún (La Peste viene de Melos; Historias para ser Contadas).
Los ´60, años de cambio y de cuestionamientos sociales, éticos y estéticos, produjeron una renovación en la escritura teatral y en la puesta en escena, que se perfilará en tres direcciones diferentes:
El teatro de vanguardia y experimentación, a la luz de las búsquedas iniciadas en el Instituto Di Tella, con las producciones de Eduardo Pavlosky (Espera Trágica, El Señor Galíndez) y de Griselda Gambaro (El Desatino, El Campo), que vigorizaron nuestra escena;
El realismo social, representado por Soledad para Cuatro de Ricardo Halac, Nuestro Fin de Semana de Roberto Cossa o Réquiem para un Viernes a la Noche de Germán Rozenmacher;
El nuevo grotesco, representado por La Fiaca de Ricardo Talesnik, La Valija de Julio Mauricio o La Nona del propio Cossa.
También en aquella época cobró auge el café concert, que incluía música, varieté y sketches diversos y que tuvo su centro en La Botica del Ángel de Eduardo Bergara Leumann o La Recova, donde se impusieron Carlos Perciavalle, Antonio Gasalla y Edda Díaz.
Edda Diaz
Teatro Abierto
Con la dictadura militar de mediados de los años ´70, soplaron aires sombríos. Muchos actores y gente del oficio se vieron obligados a emigrar, los empresarios sólo llevaron a escena comedias livianas y en los teatros oficiales se impusieron “listas negras” que influyeron en directores y productores.
La resistencia se recluyó en pequeños teatros y fue el movimiento independiente el que oxigenó el ambiente: autores como Osvaldo Dragún, Roberto Cossa, Carlos Somigliana (El Avión Negro, El ex alumno) y Carlos Gorostiza, con el apoyo de otros dramaturgos y actores, crearon Teatro Abierto, inaugurado el 28 de julio de 1981 en el Teatro del Picadero. Desde la primera función la convocatoria desbordó las 300 localidades previstas en un horario insólito y a un precio exiguo. Una semana después un comando de la dictadura incendió la sala y esto provocó la mayor solidaridad social. Casi veinte dueños de salas, incluidas las más comerciales, se ofrecieron para garantizar la continuidad del ciclo y más de cien pintores donaron sus obras para recuperar las pérdidas. Teatro Abierto continuó y cada función fue un acto antifascista cuya repercusión estimuló a otros artistas y así surgieron, a partir de 1982: Danza Abierta, Poesía Abierta y Cine Abierto.
El Regreso a la Democracia
El retorno democrático permitió el surgimiento de nuevas búsquedas. Un teatro trasgresor modificó la estética escénica a partir de las experiencias del Parakultural, que incorporó otros lenguajes, en especial, el humor corrosivo y crítico. Son figuras de este movimiento La Organización Negra (antecedente de De La Guarda), El Clú del Clawn, Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese y Alejandra Flechner, por citar sólo algunos.
El fin de siglo heredó estas propuestas y ofrece además un teatro basado en una mayor destreza física del actor, al que acompañan títeres y muñecos. El caso más emblemático es el de El Periférico de Objetos.
El Teatro Hoy
Actualmente el teatro sigue siendo una actividad muy fecunda en la Argentina.
En cuanto a la dramaturgia, puede decirse que se ha consolidado la producción, a partir de la obra de figuras como Ricardo Monti (Maratón), Mauricio Kartun (Chau Misterix), Eduardo Rovner (Sócrates, el Encantador de Almas), Jorge Goldenberg (Cartas a Moreno), Bernardo Carey (Bar Grill), Roberto Perinelli (Landrú, Asesino de Mujeres), Víctor Winer (Postal de Vuelo), Alejandro Tantanian (Juegos de Damas Crueles) y José Luis Arce (La Conspiración Amarga). Han surgido nuevos talentos como Daniel Veronese (La Noche devora a sus Hijos), Enrique Morales (Huellas), y Javier Daulte (Marta Stutz).
Las mujeres, por su parte, comienzan a ser justamente reconocidas por su quehacer. Al nombre siempre vigente e innovador de Griselda Gambaro, pueden sumarse los de Alicia Muñoz (Un León bajo el Agua), Susana Gutiérrez Posse (Brilla por Ausencia), Adriana Cursi (¿Quién espera a Papá Noel?), Cristina Escofet (Señoritas en Concierto), Patricia Zangaro (Las Razones del Bosque), Amancay Espíndola (Mujeres de Colores), Andrea Garrote (La Ropa), Cecilia Propato (Pieza Veintisiete) y Mariana Trajtenberg (Mar de Margaritas).
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Link de la parte II
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Saludos Buziana2