La envidiable practicidad norteamericana
El pulso que mantiene Estados Unidos con Europa a nivel económico no se traduce en cuanto a sociedad se refiere. Los habitantes norteamericanos no rehúyen de sus raíces europeas si las tienen y envidian el estilo de vida y las tradiciones que se han forjado en el viejo continente. La admiración es correspondida: los europeos tienen en Estados Unidos un destino de lujo para sus viajes y para progresar a nivel profesional.
Precisamente en este sentido, en los intercambios entre unos y otros, salen a relucir las virtudes norteamericanas, esas mismas que han convertido una colonia inglesa en la mayor potencia económica a nivel mundial.
Los americanos, como a ellos les gusta que les llamen (demasiado generalizar), han sabido hacerse grandes a través de su sentido práctico del desarrollo y el progreso. Un ciudadado medio no aspira a un nivel alto de cultura ni a un amplio campo de sus conocimientos; más bien sabe alcanzar el éxito en la faceta que le corresponde en el mundo y no se limita a ver más allá de esa rigurosa visión. La especialización llevada hasta el extremo es lo que ha impuesto el nombre de Estados Unidos a lo largo del planeta.
Así se demuestra el polémico pero eficaz sistema educativo estadounidense. Realmente su línea de actuación ha dado lugar a una pasmosa incultura en la sociedad norteamericana en general, pero ha convertido a sus alumnos en futuros hombres de provecho desde el primer momento. Allí se da prácticamente la espalda a la cultura que pueden llegar a transmitir, por ejemplo, la historia, la geografía o la filosofía. Sin embargo, todos aprenden obligatoriamente a conducir, manejar ordenadores o se les encamina para aprender nuevos idiomas; cosas esenciales en la vida mundana que en Europa se acaban aprendiendo demasiado tarde y por cuenta propia.
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