Gol de Perú, estalla el estadio Monumental de Lima, Messi se toma la cabeza, Gago se tira al suelo desconsolado, Riquelme menea su cabeza y se muerde el labio inferior sin entender por qué se pasó de un segundo a otro a perder dos puntos…
Gol de Perú, estalla el estadio Monumental de Lima, Messi se toma la cabeza, Gago se tira al suelo desconsolado, Riquelme menea su cabeza y se muerde el labio inferior sin entender por qué se pasó de un segundo a otro a perder dos puntos…
Se viene un clásico argentino, péguele al Coco Basile, como un puching ball, algunos con razón, otros esperando agazapados el momento para hacerle atención a domicilio.
Otro partido, el quinto consecutivo sin victorias y los opinólogos de turno, profesionales o no, se ensañan duramente con Basile: Que a Heinze lo fueron a abrazar, que Román y Messi están peleados, que los jugadores no quieren. Oportunistas de ocasión que por mirar el árbol no ven el bosque. Nadie apunta que la pelota se perdió allá arriba, que nadie tuvo el coraje de marcar con infracción en el mediocampo o cerca del área para evitar el centro gol peruano. Ya es tarde.
Será un mes a pura crítica a los jugadores, a Basile y a todo aquél que se cruce en el camino. ¿El técnico es el culpable de todos los males de argentina? Obviamente que no de todos, pero sí de parte. ¿Cómo se soluciona? Con paciencia y trabajo. ¿Habrá tiempo y posibilidades? En un mes se viene Uruguay y después Chile de la mano de Bielsa.
En estos momentos cuando muchos piden que empiecen a rodar cabezas, de jugadores y técnico, me viene a la memoria más que nunca la frase de un preparador físico que supo estar en la selección: “El que venga detrás mío dignificará mi trabajo”.
Siempre lo tengo en cuenta. Jugar mejor, ganar y aceptar las críticas, un combo que jugadores y cuerpo técnico deberán comprender para que la frase de aquél preparador físico pierda vigencia.
Por Sergio Gendler