A la Búsqueda del Relativista
El relativismo está de moda: se trata de uno de esos conceptos que logran traspasar el dominio técnico del especialista (sea filósofo, científico, literato, artista…) y se queda a vivir en el mundo donde finalmente progresa y crece. Jamás hemos vivido en sociedades escépticas, subjetivistas o historicistas. Sin embargo, sí se puede decir que vivamos en sociedades relativistas. Y no sólo por diversos síntomas que podemos encontrar en esta realidad que nos habita. Bastaría preguntar a cualquier hombre de la calle qué es el relativismo para encontrar descripciones vagas e imprecisas, pero mucho más acertadas de lo que podrían decirnos sobre el escepticismo, por poner un caso. No deja de llamar la atención la velocidad y la intensidad con la que se ha extendido esta idea del “todo vale“, que de una forma vaga e imprecisa hay quien extiende al terreno científico (teoría de la relatividad), moral (crisis de valores, falta de normas), político (hundimiento de las ideologías), artístico (todo es arte) y cultural (todas las culturas valen lo mismo).
El caso es que estas generalizaciones pueden ser un tanto traidoras: ¿existe alguien que verdaderamente defienda un relativismo con todas sus consecuencias? Es aquí cuando entran en juego los matices, entre otras cosas porque defender que no hay ninguna verdad puede volverse en contra de la propia tesis defendida. Al final el león no es tan fiero como lo pintan, y el relativismo se ve obligado a retirar sus garras. Se acusó al gobierno de relativista al aceptar toda forma de familia. Recientemente hemos visto cómo desde el mismo gobierno se rechazaba la poligamia como forma de vida (¿qué diría al respecto un antropólogo cultural especializado en antropología del parentesco?). En el terreno moral, podemos ser todo lo críticos que queramos, pero al final toda sociedad incluye también unos valores y unas normas que la definen: como si el relativismo funcionara muy bien en el campo intelectual, pero en el momento en que pisamos la calle se presentaran ante nuestros ojos formas de vida y de conducta, sin las cuales la sociedad no podría existir.
El relativismo se termina convirtiendo en una “amenaza fantasma” (si el señor Lucas nos presta la expresión) porque incluso los artistas más rompedores y más “relativistas” (también aquí estamos abusando del término, ya que no se habla de un “relativismo artístico”, aunque sea una de las consecuencias del arte contemporáneo) utilizan un criterio, con independencia de que lo expresen o no. Aunque pudiera parecer contradictorio la debilidad del relativismo consiste en su absolutismo. Y ocurre que quienes lo defienden no tardan mucho en matizar y rectificar pues no es difícil poner sobre la mesa algunas de sus nefastas consecuencias. Parece que poco a poco se nos va pasando esta especie de sarampión adolescente: es imposible que todas las culturas valgan lo mismo respecto a una misma variable, no todo es arte, existen valores y formas de vida superiores a otras, y sí es posible encontrar verdades más allá del sujeto, el contexto y la historia. Y si nos encontramos algún relativista acérrimo que lo rebata, quizás esté representando una pose, una sencilla impostura. ¿Alguien conoce algún relativista convencido?
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