Hola hoy les traigo huna nota que realizo mi hermano Julián Varsavsky que es estudiante de periodismo esta nota la publico en el diario la nación Imagínense un robot que para la redonda con el pecho, le hace un centro a un compañero y éste, de media chilena, la clava en el ángulo mientras el arquero vuela de palo a palo y la tribuna explota en un grito de gol. Esto, por desgracia, es pura ciencia ficción, salvo la parte de la tribuna, que si bien no es muy numerosa, celebra los goles con timidez en el microestadio del Abierto de Japón RoboCup 2012. "Tenés que tener en cuenta que éstos son robots bebé dando sus primeros pasos", me dice Michael Mayer, un ingeniero electrónico alemán que da clases en la Universidad Chung Cheng de Taiwán, y es parte del equipo de esa institución que compitió en la RoboCup y salió tercero en el género de humanoides tamaño niño. Los humanoides son los robots que caminan, a diferencia de los que se desplazan sobre ruedas, que son más rápidos. Entre ellos están los robots Nao, fabricados por la compañía francesa Aldebaran Robotic, a quienes los llevan a upa hasta una canchita y los ponen a jugar un picadito. Los bebés robot se caen sin que los toquen y ni que hablar si los roza un contrincante. Pero también se paran solos con una habilidad asombrosa. Cuando patean, la pelota sale para cualquier lado y, a veces, hacen un gol La verdad es que, al menos en la categoría humanoides, no hay nada más aburrido que mirar un partido de fútbol que termina 1-0 luego de dos tiempos de interminables 10 minutos en un sector del Instituto de Tecnología de Osaka. "El objetivo de todos nosotros es que en 2050 un equipo de robots le pueda ganar un partido a otro de humanos campeón del Mundial de Fútbol", afirma Mayer con una sonrisa que no queda claro si es de resignada ironía o de desfachatada soberbia. Muchos de los jóvenes integrantes de estos equipos que desarrollan hardware y software están convencidos de que esto es posible, y dedican su vida entera al desarrollo de ciberjugadores. Los avances -muy lentos- se ven cada año en la RoboCup Mundial, que en 2012 se hará en México. Según Mayer, el modelo es la computadora Deep Blue de IBM, que en 1996 derrotó a Gary Kasparov. "Si eso fue posible con el juegociencia, bien podríamos hacerlo nosotros con el fútbol", hipotetiza Mayer, y esta vez trasluce una sonrisa por demás optimista. El concepto bajo el que se mueven estos robots es el de la inteligencia artificial: no son manejados a control remoto, sino programados para que ellos mismos analicen cada situación y tomen decisiones. El nivel de desarrollo es tan elemental todavía que lo único que saben hacer es reconocer un objeto naranja -la pelota de tenis, en este caso- y un rectángulo amarillo al frente, hacia donde deben patear: el arco. Y la cabeza no les da para más (de hecho, no tienen una cabeza útil, sino meramente decorativa). Los humanoides no se hacen pases entre sí y el arquero es casi un poste entre los dos parantes (al menos, en esta categoría). Un relator, micrófono en mano, intenta ponerle gracia al asunto. "¡To, to, to, to, goool!", gritaba el hombre La única intervención humana directa en el partido es la de un árbitro que, apretando un botón, les indica a los seis jugadores que el juego debe detenerse porque la pelota se fue por el lateral. Luego el referí coloca la pelota en la línea, levanta un robot y lo sitúa allí para apurar el trámite. Después les muestra a todos que el partido sigue apretando otra vez el botón. Salvo por esto, los robots juegan de manera autónoma. En el fondo, ésta es una competencia de programación, ya que el hardware es igual en los diferentes equipos. Hay otras categorías en las que cada equipo de trabajo diseña sus propios robots, y la única norma es que todos sean del mismo tamaño. No todo es torpeza y falta de dinamismo en la RoboCup. Hay robots que tienen los reflejos de un gato, o casi. Son aquellos que se desplazan sobre ruedas, entre los que hay dos tipos. Por un lado, una especie de cilindros muy bajitos que juegan con una pelota de golf. Por el otro, unos robots más altos -también sin brazos ni piernas- que juegan con una número 5 en una cancha de papi fútbol. Antes del partido, pude ver a un programador que testeaba -el verbo correcto es testear, aunque parezca que entrenan- a su arquero tirándole penales, algunos de los cuales atajó. En esta categoría, los robots atrapan la pelota y la llevan a toda velocidad, gambeteando incluso a algunos contendientes. Pero a cada rato la pelota se va afuera y el juego se torna aburrido pasada la sorpresa inicial. También hay unos robots del tamaño de un humano adulto -los más torpes y lentos- que pueden sacar un lateral con las manos, pero aún no juegan entre sí porque pierden el centro de gravedad fácilmente y caen. Igual, hay uno solo de estos equipos que se limita a exhibiciones de pateo de penales. Hay un segundo género de robots que compite en habilidades hogareñas. En total, hubo nueve de éstos en el Abierto de Japón, que son algo así como perritos obedientes que hacen mandados. Los robots compitieron en un ambiente con una cama, una mesa, cocina y living. Allí, un joven tirado en la cama le daba órdenes a su robot: "Traeme el diario", le decía, y el robot cumplía. "Andá y tirame la latita de cerveza a la basura", era otra orden. Y Ashai, obediente y gentil como todo japonés, cumplía con premura. Una de las competencias más singulares, llamada Follow Me, consistía en que una persona se parara frente al robot y comenzara a caminar para que el androide lo siguiera hasta el cuarto de al lado. El primer robot -que tenía sombrerito de enfermero- fracasó en el intento, "porque hay mucha gente en el pasillo y se confunde", según los programadores. El resto de los participantes completó bien su tarea. El tercer género de robots en competencia es el de rescates ante terremotos y tsunamis, los únicos que realmente sirven para algo. Hubo nueve robots que competían en una especie de carrera de obstáculos que consistía en subir montañitas de escombros y pendientes complicadas. La idea es que se metan donde no caben los humanos y descubran sobrevivientes por las emisiones de calor de los cuerpos o los gases de la respiración. Uno de ellos se usó en Fukushima para observar áreas afectadas por la radiación. "¿Qué pasará el día que los robots sean realmente autónomos?", le pregunté a Mayer pensando en David, el prototipo de niño robot de la película Inteligencia artificial de Steven Spielberg, que quería dejar de ser androide para ser humano y sentir emociones. Pero el alemán me respondió con una sonrisa angustiada y se fue a preparar sus robots para el partido. Sobre el final de la jornada, me ocurrió algo terrorífico. Yo miraba aburrido un partido de fútbol cuando alguien me tocó la espalda. Giré el cuello y no vi a nadie. Pero bajé la mirada y descubrí a Asahi en persona -el que tiraba latitas a la basura-, quien me parpadeó con sus ojos de foquitos azules. Estábamos solos -cara a cara- y yo sin saber qué hacer. Él tomó la iniciativa y me habló: "Hello, I can speak english", dijo con voz latosa. Yo me quedé petrificado y él arremetió de nuevo: "¿Por qué no me respondés?". A mí me pareció estar ante un fantasma, mientras pensaba que es de locos hablar con un robot (a unos metros, tres japoneses en el suelo alrededor de una laptop le daban letra a Asahi y se retorcían de risa). Entonces junté valor y le dije lo primero que se me ocurrió Texto y fotografías hechas por mi hermano Julián Varsavsky Estudiante de periodismo nota publicada en el diario la nación COMENTEN que les pareció
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