Dolor de pierna
—Ese dolor en la pierna es causada por el paso de los años, le dice el doctor a Nasrudin.
—Eso no puede ser, replica el Mullah, La otra pierna tiene la misma edad y no me duele.
Hay mucho donde elegir
Estando Nasrudín en la corte de Tamerlán, le llegó la noticia que su esposa había dado a luz.
—¿Qué ha tenido tu mujer esta vez?, preguntó el Conquistador al Mullah.
—A diferencia de vuestra majestad, un hombre humilde como yo será padre de un niño o de una niña, contestó el Mullah.
—¿Y qué piensas que tienen los emperadores como mi propio padre?, preguntó Timur con una sonrisa.
—Tiranos, opresores, dictadores, déspotas. Hay mucho donde elegir.
Experto
Un grupo de ciudadanas estaba parloteando en la plaza del mercado:
—Mi marido siempre cree que lo sabe todo, se quejaba una.
—Sin duda no es más sabelotodo que el mío, dijo otra.
—Es imposible que alguno de ellos presuma ser tan experto como mi marido, intervino la mujer de Nasrudín.
Precisamente en ese momento, el Mullah vio a su mujer y fue a unirse a la conversación.
—¿Cuál es el tema de la charla?, preguntó.
—La cocción en el horno, dijeron las mujeres, evitando comentar que se estaban quejando de sus respectivos maridos.
—Oh, exclamó Nasrudín, ¡da la casualidad que soy el pastelero más experto de la ciudad!
Su mujer intercambió una mirada con sus compañeras.
—Dinos, marido, ¿qué ingredientes elegirías?
—Bien, puede ser bastante complicado, porque todo depende de los ingredientes que uno tenga. Pues, habitualmente descubro que si hay mantequilla, no hay huevos. Si hay huevos, no hay mantequilla.
Si hay huevos y mantequilla, no hay harina o azúcar. Y si todos estos ingredientes están presentes, entonces no estoy yo.
El otro mundo
Un hombre ávido de instrucción visita a Nasrudín.
—He oído que eres un sabio respetado. ¿Dime, por favor, qué sucede en el otro mundo?
—Te sugiero que preguntes a alguno de ellos, respondió el Mullah, señalando el cementerio.
El arma más importante
Las fuerzas del emperador se estaban preparando para la batalla.
—Nasrudín, observa las armas de mis hombres. Mira su reluciente armadura, sus poderosos cañones y brillantes espadas.
—Desgraciadamente, dijo Nasrudín, no llevan el arma más importante de todas.
—¿Cuál es?
—Valor en sus corazones.
Un cumplido
—Nasrudín, dijo el rey lanzándole una mirada furiosa, he oído que andas diciendo que cuando muera, iré derecho al infierno.
—Habéis oído correctamente, Majestad.
—¿No temes por tu vida?
—Pero, señor, no era una crítica, sino un cumplido.
—¿Cómo es eso?
—Simplemente anunciaba que Satanás se prepara a recibirte en el infierno renunciando a su trono y entregándotelo a ti.
Manos ocupadas
Durante la conquista tártara de Asia Occidental, el Mullah Nasrudin fue movilizado y alistado en el ejército. Un día, se encontró formando parte de una división enviada a reprimir una rebelión en una ciudad de la frontera. Alentados por el resentimiento, los habitantes de la ciudad derrotaron fácilmente a las tropas del emperador. Los pocos que sobrevivieron se vieron obligados a huir. En conclusión, Nasrudin regresó al palacio cubierto de cortes y contusiones.
El tirano Tamerlán le increpó duramente.
—¿Por qué no has podido impedir que te golpearan de esta manera? ¡Tenías espada y mosquete!
—Ellos fueron mi perdición, contestó el Mullah. Con las armas en una mano y mi conciencia en la otra, no me quedaba mano libre con que luchar.
Pesadilla
El rey era terriblemente supersticioso y adivinos y astrólogos eran frecuentemente consultados.
Un día, pidió a Nasrudín que interpretara su último sueño:
—Oh, tuve una pesadilla aterradora en la que me transformaba en el mismísimo Diablo.
—Impresionante, respondió el Mullah, ¿dime, cómo era su presencia, a qué se parecía el diablo?
—Es difícil definirlo, pero digamos que se parecía a un asno.
—No os preocupéis, Alteza. En vuestro sueño no os asustaba Satanás, sino vuestra propia sombra, advirtió Nasrudín.
—Ese dolor en la pierna es causada por el paso de los años, le dice el doctor a Nasrudin.
—Eso no puede ser, replica el Mullah, La otra pierna tiene la misma edad y no me duele.
Hay mucho donde elegir
Estando Nasrudín en la corte de Tamerlán, le llegó la noticia que su esposa había dado a luz.
—¿Qué ha tenido tu mujer esta vez?, preguntó el Conquistador al Mullah.
—A diferencia de vuestra majestad, un hombre humilde como yo será padre de un niño o de una niña, contestó el Mullah.
—¿Y qué piensas que tienen los emperadores como mi propio padre?, preguntó Timur con una sonrisa.
—Tiranos, opresores, dictadores, déspotas. Hay mucho donde elegir.
Experto
Un grupo de ciudadanas estaba parloteando en la plaza del mercado:
—Mi marido siempre cree que lo sabe todo, se quejaba una.
—Sin duda no es más sabelotodo que el mío, dijo otra.
—Es imposible que alguno de ellos presuma ser tan experto como mi marido, intervino la mujer de Nasrudín.
Precisamente en ese momento, el Mullah vio a su mujer y fue a unirse a la conversación.
—¿Cuál es el tema de la charla?, preguntó.
—La cocción en el horno, dijeron las mujeres, evitando comentar que se estaban quejando de sus respectivos maridos.
—Oh, exclamó Nasrudín, ¡da la casualidad que soy el pastelero más experto de la ciudad!
Su mujer intercambió una mirada con sus compañeras.
—Dinos, marido, ¿qué ingredientes elegirías?
—Bien, puede ser bastante complicado, porque todo depende de los ingredientes que uno tenga. Pues, habitualmente descubro que si hay mantequilla, no hay huevos. Si hay huevos, no hay mantequilla.
Si hay huevos y mantequilla, no hay harina o azúcar. Y si todos estos ingredientes están presentes, entonces no estoy yo.
El otro mundo
Un hombre ávido de instrucción visita a Nasrudín.
—He oído que eres un sabio respetado. ¿Dime, por favor, qué sucede en el otro mundo?
—Te sugiero que preguntes a alguno de ellos, respondió el Mullah, señalando el cementerio.
El arma más importante
Las fuerzas del emperador se estaban preparando para la batalla.
—Nasrudín, observa las armas de mis hombres. Mira su reluciente armadura, sus poderosos cañones y brillantes espadas.
—Desgraciadamente, dijo Nasrudín, no llevan el arma más importante de todas.
—¿Cuál es?
—Valor en sus corazones.
Un cumplido
—Nasrudín, dijo el rey lanzándole una mirada furiosa, he oído que andas diciendo que cuando muera, iré derecho al infierno.
—Habéis oído correctamente, Majestad.
—¿No temes por tu vida?
—Pero, señor, no era una crítica, sino un cumplido.
—¿Cómo es eso?
—Simplemente anunciaba que Satanás se prepara a recibirte en el infierno renunciando a su trono y entregándotelo a ti.
Manos ocupadas
Durante la conquista tártara de Asia Occidental, el Mullah Nasrudin fue movilizado y alistado en el ejército. Un día, se encontró formando parte de una división enviada a reprimir una rebelión en una ciudad de la frontera. Alentados por el resentimiento, los habitantes de la ciudad derrotaron fácilmente a las tropas del emperador. Los pocos que sobrevivieron se vieron obligados a huir. En conclusión, Nasrudin regresó al palacio cubierto de cortes y contusiones.
El tirano Tamerlán le increpó duramente.
—¿Por qué no has podido impedir que te golpearan de esta manera? ¡Tenías espada y mosquete!
—Ellos fueron mi perdición, contestó el Mullah. Con las armas en una mano y mi conciencia en la otra, no me quedaba mano libre con que luchar.
Pesadilla
El rey era terriblemente supersticioso y adivinos y astrólogos eran frecuentemente consultados.
Un día, pidió a Nasrudín que interpretara su último sueño:
—Oh, tuve una pesadilla aterradora en la que me transformaba en el mismísimo Diablo.
—Impresionante, respondió el Mullah, ¿dime, cómo era su presencia, a qué se parecía el diablo?
—Es difícil definirlo, pero digamos que se parecía a un asno.
—No os preocupéis, Alteza. En vuestro sueño no os asustaba Satanás, sino vuestra propia sombra, advirtió Nasrudín.