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Historias De La Historia Parte 1

Info•11/27/2012



Buenos dias gente de taringa les traigo un post sobre historias interesantes que han ocurrido atraves de los años.espero les gusten.



Canibalismo en Rusia



El canibalismo alcanzó entre la población cotas hasta ahora insospechadas.

El historiador británico Michael Jones acaba de publicar el libro “El sitio de Leningrado, 1941-1944″ donde aporta nuevos y escalofriantes datos sobre el impenetrable cerco alemán que sufrió la ciudad soviética durante 872 días. Según ha descubierto Jones durante el sitio de Leningrado la falta de alimento hizo que se diera un elevado número de casos de canibalismo. 1.400 personas fueron arrestadas por ello y 300 ejecutadas por el Gobierno de Stalin. “Las cifras reales son sin duda mucho más altas. Durante el peor periodo del asedio, a finales de enero del 42 y principios de febrero, distritos enteros de Leningrado fueron invadidos por caníbales”.

Valentina Rothmann, de 12 años, descubrió horrorizada que a muchos de los cadáveres que acarreaba les habían cortado las nalgas. Eso no fue nada comparado con la experiencia de otra joven, Vera Rogova, a la que persiguió un caníbal con ojos extraviados de hambre y un hacha. Maria Ivanovna se sorprendió al ver que, en medio de la carestía, unos inquilinos cocinaban carne; le dijeron que era cordero pero al levantar la tapa de la olla entre el caldo asomó una mano humana.

En enero de 1942 distritos enteros fueron invadidos por antropófagos


Aqui tenemos una fotografía tomada en una villa de la región del Volga en 1921. Muestra a una pareja de campesinos que raptaba niños para alimentarse de su carne.

Parecen cuentos de terror. Sin embargo, son experiencias reales vividas durante el sitio de Leningrado, conocido como el de los 900 días (en realidad 872), uno de los peores asedios que recuerda la historia y en el que el frío -hasta 40 grados bajo cero- y el hambre se sumaron a la guerra y la oscuridad para configurar un cuadro de penalidad y espanto apocalíptico. Nadie sabe cuánta gente murió. Las autoridades reconocieron más de 600.000 ciudadanos muertos, pero otras cifras superan 1.200.000. En un libro recién aparecido que constituye un verdadero descenso a los infiernos (El sitio de Leningrado, 1941-1944 ), aunque también un asombroso testimonio de la capacidad de supervivencia del ser humano y un conmovedor canto a la esperanza, el historiador británico Michael Jones, de la Universidad de Bristol, revive extraordinariamente aquel asedio -en buena parte a través del relato directo de los supervivientes y sus diarios- y ofrece datos nuevos que revelan toda la crudeza de un episodio de la II Guerra Mundial que fue manipulado por la historia oficial soviética y que desde hace tiempo sufría el olvido historiográfico.


Según el texto de las anotaciones en ruso y chino, se trata de campesinos hambrientos que se alimentaban de carne humana

Jones señala que había bandas organizadas, que un grupo de 20 caníbales se dedicaba a interceptar a los correos militares (para comérselos) y que en un lugar de la calle de Zelenaya donde se vendían patatas se pedía al comprador que mirara donde se guardaban y cuando éste se agachaba le golpeaban con el hacha en la nuca.



La NKVD (comisariado del pueblo ruso), advirtió de que en los mercados se vendía carne humana. “Cruzar la ciudad era peligroso, y costaba confiar en los demás”, recordaba una superviviente, que señalaba que se veían cadáveres mutilados por todas partes. A las mujeres les cortaban especialmente los pechos.

La extensión del canibalismo da la medida de la desesperación que provocó la carestía de alimentos. La gente se desmoronaba de hambre. La vida se redujo a tratar de encontrar comida. “El horror de lo que se vivió en Leningrado es casi inimaginable”, dice Jones. La gente comía hierba, cola de carpintero, hervía el papel de las paredes, los cinturones de cuero, ¡los libros…! La “cocina de asedio” reveló una macabra imaginación. “Se cambia gato por pegamento”, rezaba un cartel. Llegó un momento en que morían 3.000 personas al día de inanición, luego 15.000, 25.000… Nadie tenía fuerzas para enterrarlos. Una madre sólo pudo arrastrar a su hijo muerto hasta el alféizar y allí lo dejó. Faltaba tanta gente que una obra de teatro sobre los tres mosqueteros se montó sólo con dos, y no es broma. Hubo epidemias de disentería, de tifus, etc.



Los alemanes, y ésta es otra de las aportaciones de Jones, no querían meramente tomar la ciudad -Petersburgo, como la llamaba Hitler-. “El objetivo de los nazis era sellar la ciudad y matar de inanición a toda la población civil, dos millones y medio de personas. Incluidos medio millón de niños”, recalca el historiador. “Esta decisión estaba motivada por el odio ideológico y racial. Y a ella se aplicaron con rigor casi científico. Los alemanes no hubieran aceptado ni siquiera la rendición incondicional de Leningrado”.



Pero el asedio a Leningrado no es un caso aislado. Los casos de canibalismo humano registrados durante el siglo XX en Rusia y la Unión Soviética abundan sobremanera. Durante la Segunda Guerra Mundial se registraron también otros casos: en el campo nazi Stalag , situado en Ucrania, los alemanes documentaron prácticas caníbales entre los prisioneros de guerra soviéticos



También se sabe de actos de antropofagia ocurridos durante el Holocausto Ucraniano: una hambruna provocada artificialmente por Stalin para someter al campesinado ucraniano que asoló el territorio de aquella República Socialista durante los años de 1932 y 1933. Murieron unos 3′5 millones de personas victimas de la inanición y la malnutrición.



El comunismo de guerra adoptado por los bolcheviques durante la Guerra Civil Rusa causo la Hambruna Rusa de 1921, extendida por toda la región del Volga y los Urales. Murieron unos 5 millones de personas. Aquel desastre humanitario impulso a muchas personas a la práctica del canibalismo humano.

Entre los prisioneros rusos también se cometieron actos de canibalismo y en el asedio de Leningrado los cadáveres de los niños desaparecían de las calles



En un documental de Stalingrado hubo un testimonio de una civil rusa que narraba como empezaron a comerse los caballos, después los perros siguiendo con los gatos y cuando estos se acabaron ….

La mayoría de imágenes las proceden de una exhibición pública y oficial sobre el hambre en la región del Volga que se realizo en el Kremlin en 1922. Dicha exhibición incluía fotografías de campesinos practicantes del canibalismo que habían sido capturados por la Checa (policía secreta soviética). Puede que formara parte de una campaña para conseguir ayuda internacional. Diversas organizaciones occidentales enviaron alimentos a Rusia, hasta que se percataron de que los bolcheviques vendían el grano a países extranjeros en vez de utilizarlo para acabar con la hambruna.

Dado que muchos combates del Frente Oriental se desarrollaron en unas condiciones extremas, no es de extrañar que se llegara a un comportamiento tan extremo como el canibalismo.



El poderoso rey que condenó a muerte a un río.



La curiosa sentencia de un rey que estaba acostumbrado a ganar.

A lo largo de la Historia, los reyes han condenado a muerte a muchas personas, pero un poderoso rey condenó a un rio a muerte, y lo más curioso es que la pena fue ejecutada. El rey en cuestión Ciro II el Grande, y su victima, el río Gyndes, hoy llamado Diyala, situado entre Irak e Irán.

Lo cuenta Heródoto de Halicarnaso en el primero de sus nueve libros de Historia (apartados CLXXXIX y CXC), considerado por muchos como la fuente griega más fiable sobre Ciro II el Grande de Persia.



Alrededor del año 540 a.C, el Rey persa Ciro II el Grande, estaba barriendo con sus ejércitos el este de Europa y muchos territorios del cercano oriente. Ahora avanzaba hacia la ciudad de Babilonia. Un día, él y su ejército llegaron a las orillas del río Gyndes (probablemente el actual río Diyala que fluye entre Irán e Irak y desemboca en el río Tigris).


Localizacion actual del rio Diyala.

Antes de que se terminaran los preparativos para cruzarlo (lo cual no podía hacerse sino con barcas), uno de sus caballos blancos sagrados se lanzó al agua y trató de cruzar a nado, pero sumergido entre los remolinos, murió ahogado.


Ciro entrando en Babilonia

El gran rey Ciro no estaba acostumbrado a recibir el desafío de nadie – ni siquiera de un río – y enfurecido por la muerte del caballo, le condenó con dejarle tan pobre y desvalido que hasta las mujeres pudiesen atravesarlo sin que les llegase el agua a las rodillas.


Bajorrelieve de Ciro II

Ciro aplazó su campaña contra Babilonia y ordenó ejecutar la sentencia. Para ello dividió en dos partes su ejército, cada uno en una orilla del Gyndes, marcando con cordeles 180 acequias a cada lado del río… y les ordenó que comenzasen a cavar…


Imperio de Ciro

Cerca de tres meses duró la empresa, hasta que al final las acequias se convirtieron en 360 canales que desangraron el río. Al final de la colosal obra, Ciro marchó en señal de triunfo con sus hombres sobre el Gyndes, que quedó reducido a una red de arroyos insignificantes.


Tumba de Ciro en Pasargada, Irán.



Por suerte, la Naturaleza quiso que muchos años después el río volviese de nuevo a su cauce revocando la sentencia de muerte de aquel poderoso rey.



Finisterre, un cementerio de barcos con más de un milenio de antigüedad



La costa de los barcos olvidados

Finisterre, la costa da morte y el actual parque de las islas atlánticas esconden bajo sus aguas una verdadera colección histórica de hundimientos navales. Durante el último milenio sus peligrosas costas han dado buena cuenta de todos aquellos navíos que quizás subestimaron los peligros mortales de su accidentada orografía y que por ello, hoy descansan en sus fondos marinos.



Galicia sabe bien de ese aforismo en historia que dice que la civilización cabalga sobre las olas. Se puede decir que todas las culturas importantes de Europa, desde la Roma de Julio César, han cruzado las Islas Atlánticas en algún momento y han dejado su huella involuntariamente a través de naufragios. Así lo recoge el estudio elaborado por Parques Nacionales.


Parque nacional de las Islas Atlánticas, Galicia, España.

Los barcos hundidos en torno a los tres archipiélagos conforman un auténtico cementerio naval y humano. Son parte de la memoria histórica de Galicia, en este caso memoria sumergida.

Los primeros naufragios de los que se tienen noticias en las Cíes datan del año 899, cuando una flota musulmana al mando de Ben Abdelhamid se dirigía al norte de la Península y fue sorprendida por una tempestad a la altura de la desembocadura del Miño. Casi todas las naves se estrellaron contra las islas, se perdieron en alta mar o fueron atacadas por galeras pontevedresas.

El barco que sin duda tiene más fama es el Santo Cristo de Maracaibo, por la leyenda del tesoro que transportaba y que se supone se hundió con él en la batalla de Rande. También conocido como el galeón Mounmouth, hoy en día se sabe que «mucho de lo que creíamos conocer no es verdad», según el arqueólogo submarino Miguel San Claudio.


Sonografía de pecios hundidos en la batalla de Rande en la ría de Vigo

Choques

De singular importancia es también el Júpiter, un navío de la Armada británica de cincuenta cañones que naufragó en 1808 en los bajos de Carrumeiro. En los bajos Forcados se perdió el vapor Bonika en 1874 y en la playa de San Martín embarrancó el Adriano en 1886. Otro vapor francés, el Asturianne, naufragó en 1917 al escapar de un submarino alemán que había avistado. Fue en los Biduidos, que tienen un larga tradición de hundimientos: por ejemplo el vapor español Itálica y el griego Spyridon, ambos en 1922 y a causa de la niebla, y el pesquero Cuatro Hermanos, en 1934.


Vapor Itálica

También marcados por el signo de la tragedia fueron los pesqueros Laureano Montenegro (seis muertos en 1928), Ave del Mar (26 muertos de Moaña en 1956) y Marbel (27 desaparecidos en 1978). La lista incluye dos vapores embarrancados, el Samwater inglés en 1947 tras incendiarse y el Cabo de la Plata español, en 1952, y el petrolero noruego Polycommander, que vertió 12.000 toneladas de crudo en la boca de la ría provocando una catástrofe ecológica en 1970.




El Polycommander, antes y durante el desastre que causó la marea negra del 70

El primer naufragio documentado fehacientemente en Sálvora es el de la goleta santanderina María Vicenta y data de 1907. Sorprendida por un temporal, fallecieron el patrón y dos tripulantes. En 1910 se hundió el quechemarín coruñés Juan Federico junto al islote Noro. Cargado de licores, vino y harina, su tripulación se puso a salvo en un velero que la llevó a Ribeira. Dos años después embarrancó el vapor barcelonés Juan Cunningham en la punta Lagos, al rompérsele los guardines del timón.

Catástrofes

Uno de los naufragios más famosos y trágicos de la reciente historia naval española ocurrió en 1921. En la catástrofe del vapor de correo Santa Isabel, que encalló contra las piedras de Pegar en medio de un fuerte temporal, perdieron la vida 213 personas. Fue el particular Titanic de la costa gallega, con tripulantes que se tiraron por la borda y la partición del casco en dos.


Vapor correo Santa Isabel

En el hundimiento de otro vapor en 1922, el Cataluña, no hubo que lamentar víctimas, lo mismo que con el mercante costero Orozko Tar Miker, que se dirigía de Vilagaría a Gijón con 320 toneladas de pino en 1930.

Ya en 1963 se perdió el mercante portugués San Silverio en Punta Pirula y en 1966, el pesquero Atlántico en medio de un tormenta con un solo superviviente.

Los dos últimos naufragios de consideración en Sálvora fueron los del costero vasco Urmaya, en 1984, y del pesquero Nuevo Torre de Likona, en 1993. El primero acabó sus días en Besugueiros y el segundo, en Figueiriño. Ocurrieron al sur de la isla.

El archipiélago de Ons también ha sido escenario de luctuosos accidentes marítimos. Como el del vapor mercante francés Barsac, que había sido requisado por la Armada francesa y reconvertido en crucero auxiliar. Embarrancó en Onza en 1940, en medio de un violento temporal, quedando destrozado y sin posibilidad de pedir ayuda por radio porque un golpe de mar le arrancó el puente. Los tripulantes lanzaron bengalas y varios barcos que acudieron al lugar. Se salvaron muchas vidas, pero se perdieron 18.



Militaress

En 1952, el que había sido el mayor remolcador perteneciente a la Armada Española, el Cíclope, se partió en dos al topar con los bajos situados en Borneira. Le habían fallado las calderas cuando se dirigía a la Escuela Naval de Marín. Esta embarcación había transportado el submarino Isaac Peral de Cádiz a Cartagena.

El caso es que Ons y Onza son un auténtico camposanto de buques militares porque en ellas, además de los dos citados, también se hundió el submarino General Mola. En realidad era italiano. Se lo cedió Mussolini a Franco durante la Guerra Civil para combatir al potente Ejército Republicano en lo que concernía a fuerzas submarinas. Ya había llegado al límite de su vida activa y estaba siendo remolcado para su desguace. Fue en 1959, cuando chocó contra Ons al romperse el cable que lo mantenía unido al remolcador. Los habitantes de la isla lo despiezaron en múltiples ocasiones para fabricar extraños artilugios.


Submarino General Mola

En el archipiélago buenense también hay restos de antiguos naufragios. Uno de ellos el de la goleta corsaria Brilliant en 1799, que explotó repentinamente cuando combatía con el corsario británico Revenge. Y en 1801 quedaron destruidos por fuerzas británicas el paquebote El Raposo y la corbeta Alcudia. El bergantín San Juan Bautista se hundió a consecuencia de un temporal en 1893.

La relación concluye con los pesqueros Azaña, Campos, Europa número 4, Santiago Cerviño y Nuevo Maruja Costa.

En el catálogo de naufragios acaecidos en el ámbito del actual Parque Nacional Marítimo-Terrestre Illas Atlánticas que ha realizado Miguel San Claudio se incluyen 32 siniestros registrados desde el siglo IX hasta el 15 de septiembre de 1993, cuando el pesquero Nuevo Torre de Likona se hundió en punta Figueiriño, al sudeste de la isla de Sálvora, cerrando, hasta el momento, esta memoria de infortuna.

El autor refiere la posibilidad de que un navío turco se perdiese en Ons en 1634 y dedica varias páginas al pecio cuya leyenda ha atraído desde hace décadas a la Ría a codiciosos buscadores de tesoros: el Santo Cristo de Maracaibo, caído en desgracia cerca de las Cíes durante la Batalla de Rande en 1702.



El arqueólogo submarino Miguel San Claudio también revela las dudas que existen hoy sobre el auténtico nombre del galeón y su verdadera carga. Refiere la hipótesis según la cual parte del tesoro habría sido puesto a salvo antes de que los británicos pusiesen sus manos sobre él y que éstos mintieron sobre la cuantía real para no tener que justificarse por tan escaso botín.

Junto con el naufragio del Santo Cristo, el experto destaca por la «riqueza patrimonial» que depositó en nuestros fondos la tragedia de la flota de la Armada que se dirigía en 1719 hacia Escocia. Huyendo de una tormenta, los buques que la integraban se hundieron o chocaron contra las rocas a lo largo de la costa gallega. Es posible que alguno de ellos se encuentre en los fondos del parque.


El Prestige

En 2007 el parque impulsó una campaña arqueológica subacuática para conocer la potencialidad de sus fondos y así poder protegerlos. Fruto de aquellas inmersiones, se localizó en Cíes el pecio Rodas I, compuesto por elementos metálicos de un naufragio ocurrido a partir de mediados del siglo XIX. Los expertos también documentaron otro pecio compuesto por piezas metálicas y un tercero formado por un motor de combustión. El estudio también incluye la localización del «H.S.M. Jupiter», un navío militar británico del siglo XVIII, descubierto en 1956. Tampoco olvidemos el Prestige, que causó la peor marea negra de los últimos tiempos en las rías gallegas.



La mayor matanza de humanos provocada por animales.



La masacre de Ramree

Hoy es diecinueve de febrero de 1945 y probablemente, estas sean las últimas palabras que escribo en este diario. Tras varios días bombardeando las costas de la isla que mis compañeros y yo estamos intentando defender, las tropas británicas junto a algunas brigadas indias han conseguido desembarcar en la zona norte.

Hemos resistido más de lo que lo hubiesen hecho los soldados de cualquier país y nuestra patria, Japón, nos recordará con orgullo por siempre. Tras el desembarco, y con la cobertura aérea y naval que tenían los británicos, todos los que quedábamos nos vimos obligados a replegarnos hacia el interior de la isla. Las comunicaciones por radio señalaban a nuestros mandos que nuestras brigadas de la zona sur todavía estaban intactas y resistían el asedio y las órdenes fueron claras y certeras; cruzar a cualquier precio los dieciséis kilómetros que nos separaban de ellos y unirnos para la batalla final.



Al anochecer, alrededor de mil soldados nos adentremos en los manglares poniéndonos a salvo de la artillería enemiga y de los disparos que, como una maldita lluvia de plomo, caía sobre nosotros desde la playa. A los pocos minutos, las explosiones y los disparos comenzaron a sonar sordos y alejados y un extraño silencio, tan solo roto por los jadeos extenuados de algunos compañeros, se adueño del oscuro y pantanoso bosque.

En los meses que llevamos en esta isla nunca nos habíamos adentrado tanto en los manglares y los movimientos de una zona a otra siempre los habíamos hecho por las zonas secas de los laterales o por la costa. Todos éramos conscientes de los peligros de estos pantanos. Este bosque es el hogar de todo tipo de alimañas venenosas como serpientes, escorpiones y arañas de todo tipo y el peor de todos ellos, unas bestias que podían llegar a medir diez metros de largo y partirte en dos de una sola dentellada, los cocodrilos marinos.



Avanzar por este lugar es terriblemente costoso y los batallones que entraron al bosque más o menos agrupados no han tardado mucho en disgregarse en pequeños grupos. Doce compañeros y yo, caminamos a duras penas en fila india, con el agua por la cintura y en la más total oscuridad. Intermitentemente, el resplandor de algún proyectil disparado desde los buques que están fondeados a algunas millas, ilumina brevemente el cielo y nos permite guiarnos de un modo torpe y poco seguro. A cada paso, los pies se nos clavan en el fondo lodoso del pantanal y nos cuesta más esfuerzo avanzar.

Paralelamente a nuestro grupo, avanzan el resto. Algunos de ellos tienen pequeñas linternas con las que guiarse e intentamos no perder sus débiles destellos de vista como punto de orientación. De repente, a escasos metros de nosotros se escuchan unos terribles gritos y comienzan a sonar disparos. Entre la espesura de plantas y raíces altas podemos ver el resplandor rojizo de los fogonazos. Todos en el grupo nos quedamos paralizados y en silencio, preparando nuestros fusiles para el inminente ataque. ¿Cómo han podido rodearnos los ingleses tan rápido?… Los disparos cesan tras un par de minutos y en su lugar comienzan a llegarnos unos sonidos extraños desde el mismo lugar, unos sonidos como de enormes chapoteos en el agua mezclados con aterradores rugidos y cacofonías. De pronto, la misma escena se repite en otro grupo a unos treinta metros detrás de nosotros. Gritos histéricos rasgan el húmedo ambiente y el eco de los disparos a discreción rebotan por todo el bosque. Uno de mis compañeros se desploma de golpe sobre mí, el desconcierto es total y cuando me ayudan a levantarlo comprobamos que ha recibido un balazo en la frente.



Tenemos que alejarnos de allí lo más rápido posible si no queremos acabar como él y recibir una bala pérdida de las que, sin todavía entender porqué, están comenzando a llegar desde todas las zonas del manglar. La locura se dispara en pocos minutos y los gritos y las explosiones se escuchan ya por todos los lados. El terror en nuestro grupo, casi de forma inconsciente, nos hace dirigirnos hacía el exterior del manglar incumpliendo las órdenes que nos han dado. Un terrible alarido destaca del resto gritando una palabra que llega con total nitidez hasta nuestros oídos que nos hiela la sangre al instante… ¡COCODRILOS!

De repente comprendemos que los ingleses no tienen nada que ver en lo que está sucediendo en el interior del manglar y que la lucha encarnizada que se está librando allí dentro es mucho más terrible. La zona que cruzamos ahora es más profunda y el agua nos llega hasta el pecho, a nuestra derecha, unas enormes sombras se deslizan hacia el agua desde lo alto de unos matorrales y antes de que nos dé tiempo a reaccionar, los dos últimos integrantes del grupo son literalmente engullidos hacia el fondo fangoso. El pánico se apodera del resto y también nosotros comenzamos a descargar nuestra munición hacia las sombras que se mueve bajo el agua, a nuestro alrededor. A unos veinte metros a nuestra derecha vemos una zona de pantano más clara y alta que parece tierra seca, si conseguimos llegar hasta allí quizás podamos salir de esta.



De reojo veo que Hiro, mi mejor compañero y que camina justo detrás de mí, está quitando el seguro a una granada y se dispone a lanzarla hacia atrás, donde los gigantescos cocodrilos están acabando sistemáticamente con los compañeros del grupo más rezagados. Cuando tiene el brazo completamente estirado para lanzar la granada, unas enormes mandíbulas emergen del fondo del lodazal y con un crujido estremecedor le arrancan de cuajo el brazo a mi amigo.

Hiro ha quedado tan estupefacto que ni tan siquiera grita o se queja por el dolor, observo durante unos segundos su mirada perdida en las oscuras aguas mientras que un chorro de sangre brota desde el boquete que ha quedado a la altura su hombro. De repente, la granada que se ha tragado el cocodrilo junto con el brazo de Hiro hace explosión y tras el fogonazo y el estruendo apagado bajo las aguas, una lluvia de barro, sangre y vísceras de cocodrilo cae sobre todos nosotros. Agarrando a Hiro del único brazo que le queda y prácticamente a empellones conseguimos llegar hasta la zona seca. Tan solo quedamos cinco y si no conseguimos salir de allí, pronto seremos cuatro porque mi amigo se está desangrando a una velocidad aterradora.

Al fondo, entre lo poco que se filtra por la espesura de la vegetación, nos parece ver algo de claridad. Allí termina el manglar se sale a terreno abierto, a poca distancia de la playa oeste. Ahora que caminamos sobre terreno seco avanzamos más rápido y sin el temor de las bestias que nos acechan a nuestro paso desde las zonas húmedas de los laterales.

Por fin conseguimos fuera del bosque, ahora solo debemos de caminar bordeándolo hacia el sur hasta llegar hasta la zona donde están nuestros compañeros de la resistencia. Apenas hemos caminado un par de centenares de metros cuando desde la playa comienzan a dispararnos. Los silbidos de las balas pasan a escasos centímetros de nosotros y antes de que nos dé tiempo a reaccionar, dos de nosotros reciben los impactos.



Los británicos han rodeado el manglar y los francotiradores tienen orden de disparar a todos los que intentemos salir de este infierno.

Volvemos de nuevo a introducirnos en la oscuridad del pantano, mientras arrastro literalmente a mi amigo, el tercer compañero dispara hacia la playa intentando cubrir nuestra retirada. Hiro y yo conseguimos llegar, pero él no tiene tanta suerte, un balazo le atraviesa el corazón en el último momento.

Estoy completamente exhausto, he vuelto a introducirme en la zona húmeda hasta alcanzar una pequeña zona seca de un par de metros de diámetro con un enorme árbol en el centro. Sentados y apoyando nuestras espaldas contra el tronco, intentamos descansar unos minutos para volver a reemprender el camino. Hiro, lentamente se escora hasta que su cuerpo queda inerte apoyado contra mi hombro… ha muerto. Un reguero de sangre todavía corre desde su hombro, bajando por la pendiente de nuestro improvisado islote y adentrándose en el agua. A mi alrededor, decenas de lomos comienzan a emerger del agua, atraídos por la sangre de mi amigo y lentamente, se dirigen hacia mí.

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Esto ha sido un relato ficticio de unos hechos reales que acontecieron en la isla de Ramree, junto a Birmania, en febrero de 1945. La isla de Ramree, defendida por los japoneses, tenía un puerto y un aeropuerto que eran un punto estratégico para la reconquista británica de la bahía de Hunter.

Los británicos no escatimaron en medios en la toma de esta isla; el acorazado Queen Elizabeth junto con los escuadrones de la RAAF del portaaviones Ameer, bombardearon sin compasión las costas de la isla antes del multitudinario desembarco de las tropas británicas e indias. Alrededor de mil japoneses se vieron obligados a internarse en los manglares del interior sin posibilidad de huída, pues al salir se veían cazados por los soldados ingleses que flanquearon todo el pantano. Tan solo unos veinte soldados japoneses sobrevivieron aquella noche. No hay datos reales sobre lo que ocurrió allí, porque nadie entró jamás a hacer un recuento de víctimas, pero se supone que la inmensa mayoría de los soldados imperiales murieron bajo las fauces de estas terribles y gigantescas bestias. Otros muchos corrieron mejor suerte, muriendo por su propio fuego cruzado y otros, los menos, al intentar salir de allí fueron tiroteados por los británicos.



Todo lo que se sabe de aquella lejana noche de 1945, es lo que contaron los soldados británicos que escucharon estupefactos lo que ocurría en el interior del manglar. A día de hoy, no hay ningún testimonio directo de ninguno de los supuestos supervivientes japoneses.

El naturalista y miembro de las tropas británicas en ese momento, Bruce Wright, lo describió así:

“Esa noche (la del 19 de Febrero de 1945) fue la más horrible que cualquiera de la dotación de la ML [lanchón de desembarco de la infantería de marina] haya visto nunca. Entre el esporádico sonido de los disparos podían oírse los gritos de los hombres heridos, aplastados en las fauces de los enormes reptiles, y el vago, inquietante y alarmante sonido de de los cocodrilos girando creaba una cacofonía infernal que rara vez se ha igualado en la Tierra. Al amanecer llegaron los buitres para limpiar lo que los cocodrilos habían dejado… entraron en los pantanos de Ramree, sólo unos 20 fueron encontrados con vida.”

Se dice que más de 1000 litros de sangre humana se derramaron aquella noche en los pantanosos manglares de la isla de Ramree y los hechos que allí sucedieron, están inscritos hoy en día en los anales de la historia como la mayor matanza de seres humanos provocada por animales.



El coche maldito en el que se desencadenó la primera guerra mundial.



Un coche que solo ha traido muerte y desgracia a sus propietarios.

Junto al Porsche de James Dean, y del que nos ocuparemos otro día, esta limusina nacida en 1910 es considerada otro de los más famosos automóviles malditos de la historia. Su color rojo sangre parecía augurar un futuro de desgracia para todo aquel que lo poseyera.

El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando y su esposa la archiduquesa Sophie, fueron asesinados a tiros por Gavrilo Princip, miembro del grupo radical ‘La joven Bosnia’ , mientras iban en un bonito coche de época de seis plazas al descubierto fabricado por la marca austriaca Graef und Stift. Este fue el evento que dio inicio a la Primera Guerra Mundial y las primeras muertes en las que el automóvil estuvo involucrado.

La leyenda cuenta que todos los dueños de este Graef und Stift han sido víctimas de la mala suerte. El General Portiorek fue el siguiente en poseer este maldito coche. Después de una derrota militar enorme y un amargo viaje a Viena, comenzó a tener problemas mentales y murió en un manicomio.



El nombre de la siguiente persona propietaria de este coche no se conoce. Todo lo que se sabe es que él era un capitán del ejército. Un día mientras conducía el coche se encontró con dos campesinos que caminaban por la carretera frente a él. Intentó esquivarlos y desviar la dirección del vehiculo, ello hizo que se saliera de la carretera y chocara contra un árbol. Los tres murieron en el accidente.

El coche llegó hasta el gobernador de Yugoslavia. Durante el tiempo que tuvo este coche, sufrió cuatro accidentes distintos en uno de los cuales perdió el brazo. Llegó a la conclusión de que el coche traía mala suerte y su amigo el Dr. Srikis se lo compra riéndose de las ideas de su amigo sobre el coche. A los seis meses de la compra, el Dr. Srikis moriría al volcar con el coche.



Posteriormente, fue adquirido por Simon Mantharides, un joyero coleccionista de antigüedades. Al comprarlo como pieza de colección, no perdió la vida a su volante, pero se suicidó seis meses después por causas desconocidas.

El Graef und Stift pasó a manos de otro coleccionista. Se trataba de un médico y, al parecer, comenzó a perder pacientes y a tener problemas económicos. Por este motivo, lo puso en venta. El coche se convirtió en propiedad de un corredor suizo nada supersticioso: quería probar que aquel modelo no era el portador de ninguna maldición. Tardó pocos días en morir en carretera .



La historia más curiosa de este caso es la de un rico terrateniente residente en Sarajevo. Un día, mientras paseaba feliz con su nueva adquisición, el Graef und Stift se quedó parado sin motivo aparente. Cuando estaban atándolo a un carro de bueyes para transportarlo al taller, aquel vehículo infernal se puso en marcha súbitamente, atropelló a su dueño y cayó por un barranco.

Pero la ‘leyenda’ no termina aquí. Aún estando destrozado, Tiber Hirshfield, propietario de un negocio de vehículos de alquiler, lo adquirió, lo restauró y lo pintó de azul. Quizá esperaba que el cambio de color acabase con sus ‘instintos asesinos’. No fue así. Las características de este modelo austriaco lo convertían en el coche perfecto de una boda. La primera vez que fue utilizado para este fin, trató de pasar una larga fila de coches cuando el coche misteriosamente se salió de control y se estrelló. Cuatro de los cinco murieron en el accidente. Hirshfield, hacia las veces de chófer, fue su último dueño en fallecer.



Este coche maldito está expuesto en el “Heereschichtliches Museo de Viena”. El edificio parecía un imán para las bombas aliadas en la II Guerra Mundial: la mayor parte de la colección fue arruinada en la contienda. Casi toda, menos el Graef und Sift de los archiduques de Austria: un perfecto superviviente que bien podría compararse con un asesino en serie.

Sin duda un enigmático vehiculo que por suerte ve pasar el paso del tiempo dentro de las cuatro paredes de un museo, maldito o no, mejor que se quede ahí para siempre.



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