Antes de que nos pidieran nuestros boletos y nos dejaran entrar a la sala de cine, le dije a mi novia que quería ir al sanitario. Había estado aguantándome las ganas durante tanto tiempo que no podía soportar un minuto más. Le cedí la caja de las palomitas y, tras echar un vistazo a mi reloj, subí corriendo las escaleras. Cuando abrí la puerta del baño, me di cuenta de que algo inusual estaba sucediedo.
Algo parecido a uno de esos cronometros que se acostumbran a ver en las películas estaba pegado a la pared, con un explosivo a su lado. Debajo de él había una nota.
"Tienes hasta que se agote la cuenta regresiva para salir del cine en silencio. Cierra la boca y limitate a salvar tu vida, si corres la voz serás aniquilado. Te estamos vigilando".
No supe qué hacer. Las ganas de usar el baño se esfumaron por completo. Una parte de mí creía que eso de la cuenta regresiva no era más que una broma, la otra parte tenía miedo.
Me dirigí a la fila número dos, donde mi acompañante aguardaba en silencio. Por un instante se me ocurrió salir corriendo del cine, por si las dudas. Pero terminé formado junto a ella, tomado de su mano, esperando nuestro turno de entrar.
No pude concentrarme durante toda la película. En más de dos ocasiones mi novia intento abrazarme o darme un beso, pero me negué a acariciarla tan rotundamente que se cansó de intentarlo. Yo trataba de recordar con precisión las cifras del cronometro digital, aquellas números de luz rojiza que anunciaban nuestro posible fin.
No nos quedamos a ver los créditos, como solíamos hacer por respeto a los autores. Annie me preguntó por qué tenía tanta prisa al notar que la jalaba bruscamente del brazo. No respondí; debía salvar nuestras vidas.
Al salir de la plaza comercial, le conté todo. Nos sentamos en un parque a la máxima distancia posible de los cinemas. Traté de describir lo que vi aunque ella no creyó ni una sola palabra. Frunció el cejo varías veces y se río de mi mala broma. Pero su risa cesó cuando el sonido de una explosión alertó nuestros oídos. La tierra tembló ligeramente y ambos observamos el montón de cenizas que se elevaban en el aire y cubrían todo alrededor. El cielo se tapizó de humo y las calles más cercanas se vieron repletas de escombros. No era ninguna broma.
Hicieron varias investigaciones y prohibieron el paso a la zona durante largo tiempo. La noticia apareció en los periódicos, en revistas y reportajes matutinos. No pudieron resolver el caso, por mucho que intentaron. Solo yo sé lo que realmente sucedió. Y por ello advierto: cuando vayas al cine, revisa los baños, pues al grupo de terroristas les gusta hacer explotar cines.