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La creación en tiempos de guerra

Info1/10/2013

Una estatua de Adolf Hitler rezando y una exposición en París plantean interrogantes acerca de la conexión entre el artista y el poder.


La efigie de Hitler rezando sólo se puede ver a través de un agujero.

A través del hoyo se ve a una persona de espaldas, arrodillada, rezando. Un niño, quizá. Una escena que invoca inocencia en medio del gueto de Varsovia, en Polonia, uno de los lugares emblemáticos de la pesadilla nazi y el holocausto judío.

Los sentimientos cambian cuando se sabe que quien reza no es un niño, sino Adolf Hitler, miembro del estado mayor del horror: una estatua del Führer en posición de oración.

La polémica llegó casi de inmediato y con ella las preguntas obvias, como ¿por qué una estatua del líder nazi en un lugar erigido en honor de la memoria de las víctimas? La efigie, parte de una instalación del artista italiano Maurizio Cattelan, también abre, al menos tangencialmente, interrogantes acerca del arte y la guerra, la interpretación artística y el poder.

Esta última es la cuestión central que se plantea una exposición en el Museo de Arte Moderno de París, que por estos días acoge la obra de artistas de la talla de Matisse, Miró, Kandinsky y Picasso, quien no fue detenido por la Gestapo en su estudio parisino por presuntas recomendaciones de amigos suyos ante los oficiales nazis.

Son artistas, pero son hombres. Algunos seducidos por el dinero, guiados por la ambición. Otros, creyentes en una causa, una idea: matarlos a todos, incluso. Unos más escondidos en la resistencia, sea la que sea. En últimas, el producto de sus deseos y sus militancias es el trabajo legado a la historia, el vehículo de expresión en medio de las balas, tanto cuando se es el blanco como el tirador.

La estatua de Hitler rezando en el gueto de Varsovia invoca, claro, la indignación de un sector de la comunidad judía. El Centro Simon Wiesenthal aseguró que la instalación es “una provocación sin sentido que insulta la memoria de las víctimas judías que dejó el régimen nazi”.

Pero, más que el debate evidente, la idea de Cattelan es hablar acerca del mal como fuerza omnipresente, un poder ubicuo encarnado en una forma que genera conflicto y discusión. “La intención no era insultar la memoria judía. Es una pieza de arte que trata de discutir la forma como el mal se puede esconder en cualquier lado”, afirmó Fabio Cavallucci, director del Centro de Arte Contemporáneo de Varsovia.

Michael Schudrich, principal rabino de Polonia, comparte una visión similar sobre el espinoso asunto. El líder religioso asegura que, antes de su realización, se le consultó sobre el proyecto. El veredicto: “Siento que puede haber un valor educativo en la instalación”. Arte para educar, al menos esta vez.
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