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Periodista alemán relata la vida en Siria tras dos años de conflicto Durante meses, Christoph Reuter recorrió Siria y fue testigo de la destrucción del país, sumido en una guerra civil desde 2011. Un día de agosto de 2012, estábamos sentados frente a la televisión y el canal estatal de Siria informaba que el Ejército del país luchaba fieramente en las calles de Maraa. En ese mismo instante, según el programa, las tropas del ejército estaban asaltando el centro cultural “donde los últimos terroristas se habían refugiado”. La pantalla mostraba a los soldados corriendo por edificios de tres pisos. Observamos la televisión, fascinados. Habíamos estado en Maraa varios días, esperando que un chofer nos adentrara al interior del país. Ni un solo soldado del gobierno se había visto en mucho tiempo en esa pequeña ciudad al norte de Alepo. Mientras veíamos la televisión, alguien llamó a un conocido que vivía cerca del centro cultural. Todo, sin embargo, seguía tranquilo. ¿Y los edificios de departamentos de varios pisos? No existen edificios de tres pisos en Maraa. El reportaje completo, de varios minutos de duración y relatado en un tono jadeante, era una ficción. Esta vez nosotros mismo éramos testigos de la desinformación y sabíamos la verdad. Cuando el canal estatal de la televisión siria o el canal privado al-Dunya, propiedad de la familia Assad, expone una conspiración satánica en contra de Siria bajo la dirección del Presidente de EE.UU., Barack Obama, nadie en Occidente presta mucha atención. Esos reportajes son propaganda grotesca demasiado obvia. Cuando los eventos reporteados, sin embargo, parecen verosímiles a primera vista, esas versiones obtienen una respuesta en Occidente. A menudo es difícil determinar si las versiones son ciertas o no, porque la guerra civil siria es mucho menos accesible que la de Libia, donde la parte oriental del país alrededor de Bengasi fue liberada en una semana, haciendo posible a los periodistas viajar hasta allá. Pero no hay un Bengasi en Siria. Cualquier rincón de las regiones asediadas del país puede ser blanco de un ataque aéreo en cualquier momento. Al mismo tiempo, la maquinaria orwelliana de relaciones públicas del régimen no sólo les presenta a los periodistas la visión oficial de la situación, sino también nos provee de supuestos testigos de las atrocidades y de combatientes supuestamente capturados. Ninguna otra guerra ha sido tan ubicuamente capturada en video, pero es difícil determinar si estos videos son reales o falsificados. Cualquier cliché, cualquier falacia puede ser ilustrada con un video. Pueblos aislados Los viajes de los reporteros a Siria desde el comienzo de la revolución han sido generalmente expediciones que duran varias semanas en un país bajo condiciones extremas, viajando a la manera en que nuestros ancestros lo hacían hace siglos. Nadie sabe cómo se ve el mundo más allá de la siguiente colina. Nos abrimos camino de pueblo en pueblo, distrito a distrito, viajando en automóvil, camión, motocicleta o a pie, con un elenco cambiante de compañeros. El camino establecido por sí solo ya no es suficiente, no desde que el ejército y las fuerzas de seguridad del régimen comenzaron a instalar “controles volantes”, que florecieron de pronto por las carreteras, y empezaron a arrestar o simplemente a disparar a miembros de la oposición, o incluso a aquellos provenientes de una ciudad controlada por los rebeldes. Mucha gente ya casi no puede salir de sus pueblos o vecindarios y vive aislada. Aquellos que lo hacen, porque quieren o tienen que transportar algo, tratan de explorar la ruta de antemano. Un motociclista puede cubrir la ruta primero. Un vehículo que no levante sospechas conduce uno o dos kilómetros más adelante, o un camión con vegetales avanza primero para chequear la situación. Su chofer permanece en constante contacto telefónico con el segundo vehículo, al menos cuando hay servicio de telefonía móvil. En todas las ciudades más grandes, la gente que ofrece ayuda y viaja con los periodistas cambia en forma constante. Cada comité local, cada grupo rebelde tiene control sobre su propio vecindario, pero nada más. Los viajes que alguna vez habrían tomado pocas horas ahora requieren días o incluso semanas. Pero el beneficio de esta forma de viajar es que permite conocer sin filtro todos los aspectos de la realidad. Viajan profesores y pastores nómadas, estudiantes, choferes de bus, agentes de inteligencia que desertaron y soldados. A veces, incluso rebeldes del Ejército Libre de Siria (FSA) o un chofer de taxi feliz de cobrar un pasaje. Los rebeldes están comenzando a formar comités de medios, especialmente cerca de la frontera con Turquía, donde hay mucha prensa extranjera. Ellos también cuentan sus historias de la guerra civil, pero no tratan de seguir a los periodistas. En cualquier caso sería inútil, dada la frecuencia con que la gente que nos acompaña cambia. A menudo nuestras rutas revelan en sí mismas mucho de la situación que se vive en el país. Los conductores en las provincias de Homs y Hama, por ejemplo, toman la precaución de hacer amplios desvíos alrededor de cualquier pueblo alawita (el grupo minoritario al que pertenece la familia Assad y que dirige el país). “Todos tienen armas del régimen ahí”, explicó un conductor. “Puede que no todos apoyen a Assad, pero hay milicias en cada pueblo”. “Turistas de la yihad” A casi dos años del inicio de las revueltas, algo nuevo ha surgido en Siria. En sus videos, los barbudos comandantes de campo y combatientes con sus constantes gritos de “Allahu akbar” (Dios es grande) se ven como Occidente imagina a los yihadistas radicales. Y así es ciertamente cómo los retratan los reporteros. Los seguidores de Al Qaeda son fáciles de reconocer, escribió el autor Amir Madani en el bien considerado Huffington Post, por sus largas barbas. Sin embargo, hay decenas de miles de rebeldes que están luchando contra el régimen Assad y no calzan con la imagen estereotipada de los superterroristas, de largas barbas y siempre listos para la acción. Los 200 o 300 libios que estaban en el norte de Siria en septiembre, por ejemplo, no llegaron para establecer un Estado islámico, sino simplemente para derrocar a su próximo dictador. Hay también docenas de iraquíes sunitas combatiendo en el lado de los rebeldes, por ejemplo alrededor de la ciudad de Deir el-Zour, cerca de la frontera con Irak. Dos grupos, que se identifican a sí mismos como fundamentalistas, por ejemplo, surgieron en Alepo: “Ahrar al-Sham”, que se transcribe como “Hombres libres de Siria”, y “Al-Nusra Front”. Ambos trabajan juntos con el FSA, pero operan fuera de su estructura de mando. Según las propias afirmaciones de ambas organizaciones y los informes concordantes de testigos presenciales, cada uno de los dos grupos incluye a cerca de 50 extranjeros en sus filas -dagestaníes, tayikos, un británico, paquistaníes, una pareja de tunecinos, libios, iraquíes, yemeníes, sauditas, turcos-, la mayor parte de los cuales se conocieron en Egipto en un programa de un año para predicadores islámicos. Cerca de 30 chechenos también llegaron a Siria por un tiempo, pero se fueron cuando se quedaron sin municiones. Lo que esos extranjeros en Alepo tienen en común, dice un miembro de la brigada Ahrar al-Sham, es menos el odio hacia Assad que la convicción de que deben luchar contra todos los shiítas, a los que consideran traidores al Islam Sunita. “Cuando esto se acabe”, dice el hombre, “ellos quieren seguir adelante y luchar contra Hezbollah (en Líbano)”. En el pueblo de Atmeh, en la frontera con Turquía, por ejemplo, se ven a estos radicales con un atuendo de guerra, cintas en la cabeza y banderas de Al Qaeda, trajes oscuros y nuevos e impecables todoterrenos. Y en Antakya, la adormilada capital provincial turca donde los reporteros, las organizaciones de ayuda y los refugiados sirios se reúnen, estos “turistas de la yihad” pueden verse en la tarde en los patios de sus bonitos hoteles, disfrutando de una Coca Cola y de un pipa de agua. Hoy, el verdadero peligro no es Al Qaeda, sino la creciente brutalidad y barbarie en ambos bandos. Hace un año, Homs, Alepo, Rastan, Talbiseh, Douma, Zabadani, Deir el-Zour, Idlib y otras ciudades y pueblos no se veían aún como pequeños stalingrados mediterráneos. La irresistible fuerza de la venganza crece con cada ola de asesinatos, tanto para los alawitas como para los sunitas. “Si alguien ha perdido a un hijo, aún es posible detenerlo”, dijo un farmacéutico en el pueblo de Martin. “Si perdió a dos, es muy difícil. Con tres, es imposible”. Fuente
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