La vida con enemigos es mucho más interesante.
Para que una persona deba ocupar partes importantes de su tiempo en atacarnos, debemos de ser personas muy importantes y potencialmente envidiables. No provocamos indiferencia.
Parece una fantasía pensar así, pero la realidad cotidiana muestra una y otra vez lo contrario.
Constantes confabulaciones, manipulaciones, estrategias de opinión, todo lo ve el ojo perspicaz, y de todo eso se habla como si fuera normal.
Lo cierto que nuestra atención es engañosa: Cualquier cosa que nos concentremos en ver, la veremos.
Otro aspecto que delata lo fantástico de este pensar, son las capacidades que se le da al enemigo, siempre es alguien que nunca falla, todo lo tiene calculado, y todo lo puede hacer, omnipotente. Siempre vigilándonos.
No hay que decir mucho más acerca de esto. Se desmantela solo.
Pero es algo que entre las personas se nota que no se ha superado, además gracias a cosas como estas llegamos a creer en conspiraciones ridículas, donde hay empresarios omnipotentes que todos lo saben y todo lo hacen bien, mientras que la verdad muchas veces es que todos esos problemas nacen de la incompetencia, el miedo, la pereza, etc.
¿Para que necesita un empresario más y más millones? El dinero es un papel, no sirve por si solo, hay que ver en qué se lo utiliza, para ver donde esta el problema.
En resumen, que una persona haga algo contra nosotros una vez, o incluso miles de veces no garantiza de ningún modo que volverá a hacerlo. No existen los enemigos.
Las personas tienen vidas propias, tienen elecciones.
Incluso si eligen "atacarte" es su propia elección, no es resultado directo de tu aspecto envidiable, o del grandioso efecto que produces sobre los demás.