¿No les ha pasado? A veces uno se conecta al Facebook y le invade una especie de sensación de tristeza al ver a todo el mundo tan feliz. Uno que ha subido las fotos de su nuevo retoño, otro que está de viajes en las Maldivas, aquel de más allá que está disfrutando de una magnífica caldereta de mariscos…
Todo el mundo parece ajeno a los problemas que nos asedian. Esta sensación es recíproca ¿Cuántas veces has subido una referencia banal al trabajo o a la familia y la gente se ha volcado el alabar tu éxito profesional o lo bien que te va en la vida, cuando en realidad todo es una mierda?
Facebook, automáticamente, nos convierte en la mejor versión de nosotros mismos. Y eso es un problemón, pues compararnos con gente que luce muy feliz lo único que hace es agrandar nuestra propia infelicidad.
Alex Jordan, un doctorado en el departamento de Psicología de la Universidad de Stanford (EEUU), lo explica muy claro en el número de enero del Personality and Social Psychology Bulletin, en un estudio llamado “La miseria tiene más compañía de lo que la gente cree”:
“Bien haríamos en considerar los perfiles de Facebook como algo parecido a las fotos retocadas de las portadas de las revistas femeninas. Usted nunca tendrá que esas piernas, porque nadie tiene esos muslos. Usted nunca será tan feliz como sus amigos de Facebook, porque nadie puede ser tan feliz”.
El hábito humano de sobreestimar la felicidad de otras personas no es nada nuevo, por supuesto. Jordan apunta a una cita de Montesquieu: “Si sólo quisiésemos ser felices sería fácil; pero queremos ser más felices que los demás, y eso es dificilísimo, porque siempre les imaginamos mucho más felices de lo que son en realidad”.
Al parecer, las redes sociales pueden estar haciendo que esta tendencia vaya a peor, ya que al mostrar las versiones más ingeniosas y alegres de vida de las personas, nos invitan a hacer comparaciones constantes en las que tendemos a vernos como los perdedores; Facebook parece explotar, inconscientemente, este talón de Aquiles de la naturaleza humana.
Mucha de la culpa le corresponde al botón “Me gusta” y la constante negativa a introducir su Némesis, el botón “No me gusta un carajo” o, directamente, “lo odio”, que daría mucha salida a sensaciones reprimidas. En definitiva, Facebook, y la forma en que tiene de mostrar nuestros perfiles, tiene la intención de mostrar la alegría de la vida.
Y esta tendencia, según los psicólogos de Stanford, termina irremediablemente haciéndonos sentir peor. Esa constante “ansiedad de presentación”, de mostrar continuamente lo mejor de lo que nos pasa, hace que nos sintamos alienados de nosotros mismos y terminemos interpretando una obra de teatro, donde lo único que hacemos es un alegre personaje.

Y vos ahí, en Facebook
Todo el mundo parece ajeno a los problemas que nos asedian. Esta sensación es recíproca ¿Cuántas veces has subido una referencia banal al trabajo o a la familia y la gente se ha volcado el alabar tu éxito profesional o lo bien que te va en la vida, cuando en realidad todo es una mierda?
Facebook, automáticamente, nos convierte en la mejor versión de nosotros mismos. Y eso es un problemón, pues compararnos con gente que luce muy feliz lo único que hace es agrandar nuestra propia infelicidad.
Alex Jordan, un doctorado en el departamento de Psicología de la Universidad de Stanford (EEUU), lo explica muy claro en el número de enero del Personality and Social Psychology Bulletin, en un estudio llamado “La miseria tiene más compañía de lo que la gente cree”:
“Bien haríamos en considerar los perfiles de Facebook como algo parecido a las fotos retocadas de las portadas de las revistas femeninas. Usted nunca tendrá que esas piernas, porque nadie tiene esos muslos. Usted nunca será tan feliz como sus amigos de Facebook, porque nadie puede ser tan feliz”.
El hábito humano de sobreestimar la felicidad de otras personas no es nada nuevo, por supuesto. Jordan apunta a una cita de Montesquieu: “Si sólo quisiésemos ser felices sería fácil; pero queremos ser más felices que los demás, y eso es dificilísimo, porque siempre les imaginamos mucho más felices de lo que son en realidad”.
Al parecer, las redes sociales pueden estar haciendo que esta tendencia vaya a peor, ya que al mostrar las versiones más ingeniosas y alegres de vida de las personas, nos invitan a hacer comparaciones constantes en las que tendemos a vernos como los perdedores; Facebook parece explotar, inconscientemente, este talón de Aquiles de la naturaleza humana.
Mucha de la culpa le corresponde al botón “Me gusta” y la constante negativa a introducir su Némesis, el botón “No me gusta un carajo” o, directamente, “lo odio”, que daría mucha salida a sensaciones reprimidas. En definitiva, Facebook, y la forma en que tiene de mostrar nuestros perfiles, tiene la intención de mostrar la alegría de la vida.
Y esta tendencia, según los psicólogos de Stanford, termina irremediablemente haciéndonos sentir peor. Esa constante “ansiedad de presentación”, de mostrar continuamente lo mejor de lo que nos pasa, hace que nos sintamos alienados de nosotros mismos y terminemos interpretando una obra de teatro, donde lo único que hacemos es un alegre personaje.
