InicioParanormalStephen King: Todo oscuro sin estrellas - Parte 1



Lo nuevo de Stephen King: Todo oscuro sin estrellas




Cuatro novelas cortas sumamente sorprendentes y enormemente impactantes.


1922: Wilfred Leland Jones mató a su mujer y escondió su cadáver en un viejo pozo. El remordimiento le persigue día a día.

Camionero grande: Tess es escritora. Una mañana, mientras conducía, pincha una rueda y se ve obligada a aceptar la ayuda de un hombre fornido que conduce una furgoneta y que la violará repetidamente hasta darla por muerta.

Una extensión justa: Streeter tiene cáncer. Un día conoce a Elvid, quien le ofrece una extraña «extensión de vida» a cambio del 15% de todo el dinero que gane en quinze años.

Un buen matrimonio: Darcy y Bob llevan veinticinco años casados. Llevan una vida tranquila, algo aburrida. Todo cambiará cuando Darcy descubra que su esposo es un asesino en serie.






1922

Hotel Magnolia Omaha, Nebraska 11 de abril de 1930


A QUIEN PUEDA INTERESAR:

Me llamo Wilfred Leland James, y esta es mi confesión. En junio de 1922 asesiné a mi esposa, Arlette Christina Winters James, y sepulté su cadáver en un viejo pozo. Mi hijo, Henry Freeman James, me asistió en este crimen, aunque a sus catorce años no se le puede atribuir ninguna responsabilidad; yo lo em¬bauqué para hacerlo, jugando con sus miedos, destruyendo sus naturales objeciones a lo largo de un período de dos meses. Es algo de lo que me arrepiento aún más amargamente que del cri¬men, por razones que este documento revelará.
El motivo que me indujo a cometer el asesinato, y ha supues¬to mi perdición, consistía en cuarenta hectáreas de buena tierra en Hemingford Home, Nebraska. Mi esposa la heredó de su pa¬dre, John Henry Winters. Yo deseaba incorporar ese terreno a nuestra hacienda en propiedad, que en 1922 totalizaba treinta y dos hectáreas. Mi mujer, quien nunca se adaptó a la vida en una granja (o a ser la esposa de un granjero), ansiaba vendérsela a la compañía Farrington a cambio de dinero contante y sonante. Cuando le pregunté si francamente deseaba vivir junto a un ma¬tadero de Farrington, me sugirió que, además del terreno, tam¬bién podíamos vender la granja... ¡la granja que perteneció a mi padre, y antes al suyo! Cuando le pregunté qué haríamos con dinero y sin tierra, contestó que podíamos mudarnos a Omaha, o incluso a Saint Louis, y abrir una tienda.
—Nunca viviré en Omaha —le aseguré yo—. Las ciudades son para idiotas.
Resulta irónico, considerando el lugar donde vivo ahora, pero no duraré aquí mucho más tiempo; lo sé tan bien como sé cuál es el origen del ruido que oigo en las paredes. Y sé dónde me encontraré cuando esta vida terrenal termine. Me pregunto si el Infierno puede ser peor que la ciudad de Omaha. Acaso sea la ciudad de Omaha, pero sin una buena campiña en derredor; solo un vacío humeante, apestando a azufre, atestado de almas perdi¬das como la mía.
Discutimos amargamente por esas cuarenta hectáreas duran¬te el invierno y la primavera de 1922. Henry quedó atrapado en medio, si bien se decantaba más hacia mi lado; en los rasgos físi¬cos salió a su madre, pero en su amor por la tierra se parecía a mí. Era un muchacho dócil sin nada de la arrogancia de su madre. Una y otra vez le decía que no albergaba deseo alguno de vivir en Omaha, ni en cualquier otra ciudad, y que solo se iría si ella y yo llegábamos a un acuerdo, lo cual nunca logramos.
Consideré la posibilidad de acudir a la ley, con la convicción de que, como marido en la disputa, cualquier tribunal del país confirmaría mi

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derecho a decidir qué uso y propósito se daría a esa tierra. Pero algo me frenaba. No era el miedo a las habladu¬rías de los vecinos, no me importaban los chismorreos de la gen¬te del campo; se trataba de otra cosa. Yo había llegado a odiarla, ya sabe. Había llegado a anhelar su muerte, y por tal razón me contenía.
Creo que existe otro hombre dentro de cada hombre, un ex¬traño, un Hombre Maquinador. Y también que hacia marzo de 1922, cuando el cielo del condado de Hemingford era blanco, y todos los campos, lodazales de nieve derretida, el Hombre Maquinador que moraba en el interior del Granjero Wilfred James ya había juzgado y decidido el destino de su mujer. Encarnaba, además, una suerte de justicia con capucha negra. La Biblia dice que más peligroso que colmillo de serpiente es el hijo desagradecido, pero una esposa ingrata y rezongona es siempre mucho más afilada.
No soy un monstruo; intenté salvarla del Hombre Maqui¬nados Le sugerí que si no podíamos ponernos de acuerdo, de¬bería irse con su madre a Lincoln, a unos noventa kilómetros al oeste; una buena distancia para una separación que no es estric¬tamente un divorcio, pero que implica una disolución de la so¬ciedad marital.
—Y dejarte la tierra de mi padre, supongo, ¿no? —preguntó, y sacudió la cabeza. Cómo odiaba el descaro con que levantaba la cabeza, tan similar al de una yegua mal domada, y el pequeño bufido que siempre lo acompañaba—. Eso nunca va a pasar, Wilf.
Propuse comprarle la tierra, si insistía. Tendría que ponerla a plazos, ocho años, quizá diez, pero le pagaría hasta el último centavo.
—El dinero que entra a cuentagotas es peor que el que no entra —replicó (con otro bufido y otro descarado movimiento de cabeza)—. Eso lo saben todas las mujeres. La compañía Farrington pagará a tocateja, y calculo que su oferta será muchí¬simo más generosa que la tuya. Y no viviré en Lincoln jamás. Eso no es una ciudad, solo un pueblucho con más iglesias que casas.
¿Se da cuenta de mi situación? ¿No entiende en qué «aprie¬to» me puso? ¿No puedo contar al menos con un poco de com¬pasión por su parte? ¿No? Pues preste atención.
A principios de abril de ese año (por cuanto sé, hoy mismo se cumplen ocho años), se acercó a mí toda radiante y reluciente. Había pasado la mayor parte del día en el «salón de belleza» de McCook, y su cabello colgaba alrededor de sus mejillas en espe¬sos rizos que me recordaron a los rollos de papel higiénico que uno encuentra en hoteles y posadas. Dijo que había tenido una idea. Deberíamos venderle las cuarenta hectáreas y la granja al grupo industrial Farrington. Estaba segura de que lo comprarían
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todo para conseguir la parcela de su padre, que prácticamente lindaba con la vía del ferrocarril (y probablemente tuviera razón).
—Después —prosiguió la insolente arpía—, nos repartimos el dinero, solicitamos el divorcio, y empezamos una nueva vida cada uno por su lado. Los dos sabemos que eso es lo que quieres.
Como si ella no.
—Oh, bueno... —dije, simulando que me tomaba la idea en serio—. ¿Y con quién se irá el chico?
—Conmigo, claro —respondió, con los ojos muy abier¬tos—. Un muchacho de catorce años necesita a su madre.
Empecé a «trabajarme» a Henry ese mismo día, relatándole la última ocurrencia de su madre. Estábamos sentados en el al¬miar de heno. Adopté mi semblante más triste y hablé con mi voz más triste, pintando un retrato de cómo sería su vida si su madre lograba continuar adelante con su plan: cómo se quedaría sin granja ni padre; cómo tendría que asistir a una escuela mucho más grande, separado de todos sus amigos (la mayoría de la pri¬mera infancia); cómo, en esa nueva escuela, tendría que luchar para hacerse un sitio entre extraños que se reirían de él y le lla¬marían paleto. Por el contrario, añadí, si pudiéramos conservar todo el terreno, estaba convencido de que para 1925 ya habría¬mos cancelado nuestros pagarés en el banco y viviríamos felices y libres de deudas, respirando aire puro en lugar de estar obliga¬dos a ver cómo tripas de cerdo flotaban en nuestro arroyo otrora limpio desde la salida hasta la puesta del sol.
—Ahora bien, ¿qué es lo que quieres? —pregunté después de dibujar este panorama con tanto detalle como fui capaz.
—Quedarme aquí con usted, padre —dijo. Las lágrimas ro¬daban por sus mejillas—. ¿Por qué ha de ser tan..., tan...?
—Adelante —le animé—. La verdad nunca es una grosería, hijo.
—¡Tan zorral
—Porque casi todas las mujeres lo son —dije yo—. Forma parte de su naturaleza. La cuestión es qué vamos a hacer al res¬pecto.
No obstante, el Hombre Maquinador en mi interior ya había pensado en el viejo pozo detrás del establo de las vacas, el que solamente usábamos como recolector de aguas porque era de¬masiado turbio y no muy hondo; apenas seis metros de profun¬didad, poco más que un desagüe. Tan solo era cuestión de inci¬tarle a ello. Y debía hacerlo, seguro que usted lo comprende; yo podía matar a mi mujer, pero debía salvar a mi amado hijo. ¿De qué sirve poseer setenta y dos hectáreas, o cuatrocientas, si no tienes a nadie con quien compartirlas y a quien legárselas?
Fingí que meditaba el absurdo plan de Arlette de ver una buena tierra para el maíz convertida en un matadero de cerdos. Le pedí que me diera
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tiempo para acostumbrarme a la idea. Ella consintió. Y durante los dos meses siguientes seguí hablando con Henry, inculcándole una idea muy diferente. No resultó tan difícil como habría cabido esperar; poseía la belleza de su madre (la belleza de una mujer es como la miel, ¿sabe?, que atrae a los hombres hasta la colmena repleta de aguijones), pero no su mal¬dita terquedad. Bastó con describirle el cuadro de cómo sería su vida en Omaha o en Saint Louis. Planteé la posibilidad de que quizá ni siquiera esos dos abarrotados hormigueros la satisfa¬rían; quizá decidiera que solo le valdría Chicago.
—Entonces —añadí—, podrías encontrarte yendo a la escue¬la secundaria con negros.
Empezó a mostrarse frío para con su madre; tras unos pocos intentos (todos torpes, todos rechazados) por recuperar el afec¬to de su hijo, Arlette le correspondió con la misma frialdad. Yo (o más bien el Hombre Maquinador) me regocijé por ello. A principios de junio le comuniqué que, tras mucho recapacitar, había decidido que no le permitiría vender esas cuarenta hectá¬reas sin presentar batalla; que sería cápaz de enviarnos a todos a la ruina y a la mendicidad si hacía falta.
Reaccionó con tranquilidad. Se decidió a solicitar consejo le¬gal por cuenta propia (pues la ley, como sabemos, ofrecerá su amistad a quienquiera que pague). Yo ya lo había previsto. ¡Y me congratulo por ello! Porque no podía costearse tal consejo. Para entonces yo guardaba con celo el poco dinero que poseía¬mos. Incluso Henry me entregó su cerdito hucha cuando se lo requerí, para impedir que sisara también de esa fuente, por míse¬ra que fuese. Por supuesto, Arlette acudió a las oficinas de la compañía Farrington en Deland, convencida (igual que yo) de que aquellos que tanto tenían que ganar asumirían con gusto la minuta legal.
—Así será, y entonces ella habrá ganado —le dije a Henry en el almiar, que se había convertido en nuestro sitio habitual de con-versación. No estaba completamente seguro, pero yo ya había to¬mado mi decisión, aunque no llegaré a definirla como «plan».
—Pero, padre, ¡no es justo! —lloró. Sentado en el heno, apa-rentaba una edad muy joven, más próxima a los diez años que a los catorce.
—La vida nunca lo es —le dije—. A veces la única acción posible es aferrarte a lo que es tuyo por necesidad. Aunque al¬guien salga herido. —Hice una pausa, evaluando su rostro—. Aunque alguien muera.
Se puso blanco.
—¡Padre!
—Si se marchara —proseguí—, todo sería igual que antes. Cesarían todas las discusiones. Podríamos vivir aquí en paz. Le he ofrecido todo
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cuanto me ha sido posible para que se marche, pero no lo aceptará. Solo queda una cosa que pueda hacer. Que podamos hacer.
—¡Pero yo la quiero!
—Yo también la quiero —dije. Lo cual, pese al poco crédito que usted pueda concederme, era cierto. El odio que sentía hacia ella aquel año de 1922 era mayor que cualquiera que pueda pro¬fesar un hombre por una mujer a menos que el amor forme parte de ese sentimiento. Y, aun siendo resentida y obstinada, Arlette era una mujer de naturaleza cariñosa. Nuestras «relaciones ma¬ritales» no se interrumpieron en ningún momento, aunque, des¬de que comenzaran las discusiones por las cuarenta hectáreas, nuestras escaramuzas en la oscuridad habían ido pareciéndose cada vez más al apareamiento de dos animales en celo.
—No tiene por qué ser doloroso —dije—. Y cuando esté he¬cho..., bueno...
Le conduje a la parte de atrás del establo y le enseñé el pozo, donde prorrumpió en un amargo llanto.
—No, padre. Da igual lo que pase, pero eso no.
Pero cuando ella regresó de Deland (Harían Cotterie, nues¬tro vecino más próximo, la transportó en su Ford casi todo el camino, menos los tres últimos kilómetros, que recorrió a pie) y Henry le imploró que cediera «para que pudiéramos volver a ser una familia», Arlette perdió los nervios, le pegó en la boca, y le dijo que dejara de gimotear como un perro.
—Tu padre te ha contagiado su timidez. Peor, te ha conta¬giado su avaricia.
¡Como si ella fuera inocente de ese pecado!
—El abogado me asegura que la tierra es mía para hacer lo que me venga en gana, y voy a venderla. Y en cuanto a voso¬tros dos, podéis quedaros aquí sentados y oler cómo se asan los cerdos y haceros vuestra comida y haceros vuestras camas. Tú, hijo mío, puedes pasarte todo el día arando y toda la noche le¬yendo sus interminables libros. A tu padre le han servido de bien poco, pero puede que a ti te vaya mejor. ¿Quién sabe?
—¡Madre, eso no es justo!
Arlette miró a su hijo igual que una mujer podría mirar a un extraño que se hubiera atrevido a tocarle un brazo. Y cómo se regocijó mi corazón cuando advertí que el muchacho le devolvía la mirada con la misma frialdad.
—Podéis iros al infierno, los dos. Yo me voy a Omaha y abriré una tienda de ropa. Eso es lo que yo entiendo por justo.
Esta conversación tuvo lugar en el patio polvoriento entre la casa y el establo, y su idea de lo que era justo para ella fue la últi¬ma palabra. Cruzó el patio, levantando polvo con sus refinados zapatos de ciudad, entró en la
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casa y cerró de un portazo. Henry se volvió a mirarme. Tenía sangre en la comisura de la boca y el labio inferior empezaba a hincharse. La furia en sus ojos era sal¬vaje, pura, de la clase que solo los adolescentes pueden experi¬mentar. Es una furia que no repara en los costes. Asintió con la cabeza. Le devolví el gesto con la misma seriedad, pero dentro de mí el Hombre Maquinador sonreía.
Aquella bofetada selló su sentencia de muerte.
Dos días más tarde, cuando Henry se me acercó en el maizal, observé que su determinación flaqueaba de nuevo. Este hecho no me produjo consternación ni sorpresa; los años entre la niñez y la edad adulta son cual viento racheado, y aquellos que los vi¬ven giran como las veletas que algunos granjeros del Medio Oeste solían instalar en lo alto de sus silos de grano.
—No podemos —dijo—. Padre, ella está en Error. Y Shan- non dice que aquellos que mueren en Error van al Infierno.
Dios maldiga a la Iglesia metodista y a las Juventudes Metodistas, pensé... pero el Hombre Maquinador tan solo son¬reía. Durante los diez minutos siguientes hablamos sobre teolo¬gía entre el maíz verde, mientras las nubes de principio de vera¬no (las mejores nubes, las que flotan como goletas) navegaban lentamente sobre nosotros, proyectando una estela de sombras. Le expliqué que significaba todo lo contrario a enviar a Arlette al Infierno; la enviaríamos al Cielo.
—Pues un hombre o una mujer asesinada no muere en el tiempo de Dios, sino en el del Hombre —dije—. Su vida es ses¬gada antes de que él..., o ella..., pueda expiar sus pecados, y por eso todos los errores deben ser perdonados. Si lo miras de ese modo, cada asesinato es una Puerta al Cielo.
—¿Y qué pasa con nosotros, padre? ¿No iríamos al Infierno?
Señalé los campos, soberbios con sus nuevos brotes.
—¿Cómo puedes decir eso cuando estás viendo el Cielo alre¬dedor nuestro? Pero ella pretende expulsarnos de aquí con la misma certeza que el ángel con la espada llameante expulsó a Adán y Eva del Paraíso.
Me dirigió una mirada de preocupación. Oscura. Detestaba ensombrecer a mi hijo de esa manera, pero parte de mí creía en¬tonces, y lo sigue creyendo, que no fui yo el causante, sino Arlette.
—Y piensa —proseguí—. Si se va a Omaha, ella misma se cavará una fosa aún más profunda en el Sheol. Si te lleva con ella, te convertirás en un chico de ciudad...
Dos días más tarde, cuando Henry se me acercó en el maizal, observé que su determinación flaqueaba de nuevo. Este hecho no me produjo consternación ni sorpresa; los años entre la niñez y la edad adulta son cual viento racheado, y aquellos que los vi¬ven giran como las veletas que
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algunos granjeros del Medio Oeste solían instalar en lo alto de sus silos de grano.
—No podemos —dijo—. Padre, ella está en Error. Y Shan- non dice que aquellos que mueren en Error van al Infierno.
Dios maldiga a la Iglesia metodista y a las Juventudes Metodistas, pensé... pero el Hombre Maquinador tan solo son¬reía. Durante los diez minutos siguientes hablamos sobre teolo¬gía entre el maíz verde, mientras las nubes de principio de vera¬no (las mejores nubes, las que flotan como goletas) navegaban lentamente sobre nosotros, proyectando una estela de sombras. Le expliqué que significaba todo lo contrario a enviar a Arlette al Infierno; la enviaríamos al Cielo.
—Pues un hombre o una mujer asesinada no muere en el tiempo de Dios, sino en el del Hombre —dije—. Su vida es ses¬gada antes de que él..., o ella..., pueda expiar sus pecados, y por eso todos los errores deben ser perdonados. Si lo miras de ese modo, cada asesinato es una Puerta al Cielo.
—¿Y qué pasa con nosotros, padre? ¿No iríamos al Infierno?
Señalé los campos, soberbios con sus nuevos brotes.
—¿Cómo puedes decir eso cuando estás viendo el Cielo alre¬dedor nuestro? Pero ella pretende expulsarnos de aquí con la misma certeza que el ángel con la espada llameante expulsó a Adán y Eva del Paraíso.
Me dirigió una mirada de preocupación. Oscura. Detestaba ensombrecer a mi hijo de esa manera, pero parte de mí creía en¬tonces, y lo sigue creyendo, que no fui yo el causante, sino Arlette.
—Y piensa —proseguí—. Si se va a Omaha, ella misma se cavará una fosa aún más profunda en el Sheol. Si te lleva con ella, te convertirás en un chico de ciudad...
—¡Nunca! —Gritó tan fuerte que los cuervos alzaron el vue¬lo del cercado y se alejaron revoloteando en el cielo azul como papel quemado.
—Eres joven, y lo harás —le dije—. Te olvidarás de todo esto..., aprenderás las costumbres de la ciudad... y empezarás a cavar tu propia tumba.
Si hubiera replicado que los asesinos no tenían ninguna espe¬ranza de reunirse con sus víctimas en el Cielo, podría haberme dejado sin respuesta. Sin embargo, o su teología no alcanzaba tal extremo, o no quiso plantearse la cuestión. ¿Y existe el Infierno, o acaso nos forjamos uno propio en la tierra? Cuando repaso los últimos ocho años de mi vida, opto por lo segundo.
—¿Cómo?—preguntó—. ¿Cuándo?
Se lo conté.
—¿Y podremos seguir viviendo aquí después?
Respondí afirmativamente.
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—¿Y no le dolerá?
—No —aseguré—. Será rápido.
Parecía satisfecho. Y todavía se podría haber evitado, de no ser por la propia Arlette.
Acordamos actuar un sábado por la noche, hacia mediados de un junio que estaba siendo tan bueno como cualquiera que re¬cuerde. Algunas noches de verano, Arlette bebía una copa de vino, aunque raramente más. Existía un buen motivo para ello. Pertenecía a esa clase de personas que nunca se toman dos copas sin tomarse cuatro, luego seis, luego la botella entera. Y después otra botella, si es que había otra.
—Tengo que ser muy cuidadosa, Wilf. Me gusta demasiado. Por fortuna, mi voluntad es fuerte.
Aquella noche nos acomodamos en el porche, contemplando la última luz que persistía sobre los campos, escuchando el sora- noliento cricrí de los grillos. Henry se recluyó en su habitación. Apenas había tocado la cena, y cuando Arlette y yo nos sentamos en las mecedoras a juego del porche, con las letras MA y PA bor¬dadas en los cojines, me pareció oír un débil sonido que tal vez fueran arcadas. Recuerdo haber pensado que cuando llegara el momento se vería incapaz de afrontarlo. Su madre se levantaría malhumorada a la mañana siguiente, con «resaca» e ignorando lo cerca que había estado de no volver a presenciar jamás un amane¬cer en Nebraska. No obstante, seguí adelante con el plan. ¿Porque yo era como una de esas muñecas rusas? Quizá. Quizá todos los hombres sean así. Dentro de mí habitaba el Hombre Maquinador, pero dentro del Hombre Maquinador habitaba un Hombre Esperanzado. Ese tipo murió en algún momento entre 1922 y 1930. El Hombre Maquinador, una vez consumado el daño, se desvaneció. Sin sus confabulaciones y ambiciones, la vida se había manifestado como un espacio hueco.
Saqué la botella al porche, pero cuando intenté llenarle su vaso vacío, lo cubrió con la mano.
—No hace falta que me emborraches para conseguir lo que quieres. Yo también lo quiero. Me pica.
Separó los muslos y se puso la mano en la entrepierna para indicar dónde crecía ese picor. Encerraba Arlette una Mujer Vulgar dentro de sí, tal vez incluso una Ramera, y el vino siem¬pre la desataba.
—Tómate otro vasito de todas formas —insistí—. Tenemos algo que celebrar.
Me miró con recelo. Una única copa de vino bastaba para humedecerle los ojos (como si una parte de su ser llorara por todo el vino
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que ansiaba y que no podía tener), y a la luz del oca¬so brillaban anaranjados, como ojos en un fanal de calabaza con una vela en su interior.
—No habrá pleito —le comuniqué—, y no habrá divorcio. Si la compañía Farrington puede permitirse pagar por mis trein¬ta y dos hectáreas además de las cuarenta, doy por finiquitada nuestra disputa.
Por primera y única vez en nuestro turbulento matrimonio, se quedó verdaderamente boquiabierta.
—¿Qué estás diciendo? ¿Es lo que creo que dices? ¡No jue¬gues conmigo, Wilf!
—No lo hago —declaró el Hombre Maquinador. Hablaba con una desbordante sinceridad—. Henry y yo hemos manteni¬do muchas conversaciones sobre ello...
—Habéis sido uña y carne, eso es verdad —dijo ella. Había retirado la mano del vaso y aproveché la oportunidad para lle¬narlo—. Siempre en el almiar, o sentados en la pila de leña, o con las cabezas juntas en el campo de atrás. Pensaba que tendría algo que ver con Shannon Cotterie.
Bufido y respingo de cabeza. Sin embargo, intuí en sus ade¬manes cierta nostalgia también. Bebió un sorbo de su segundo vaso de vino. Dos sorbos de un segundo vaso y aún sería capaz de dejar el vaso e irse a la cama. Cuatro y bien podría yo ofrecer¬le la botella entera. Por no mencionar las otras dos que mantenía en reserva.
—No —dije yo—. No hablábamos sobre Shannon. —Aun¬que había descubierto a Henry cogiéndola de la mano en algu¬na ocasión, mientras caminaban los tres kilómetros hasta la es¬cuela de Hemingford Home—. Hemos estado hablando sobre Omaha. El chico quiere ir, supongo. —No convenía exagerar la mentira, no tras un solo vaso de vino y dos sorbos de otro. Ella era desconfiada por naturaleza, así era mi Arlette, siempre bus¬cando un motivo más profundo. Y, desde luego, en este caso existía uno—. Por lo menos para probar si le gusta. Y Omaha no queda tan lejos de Hemingford...
—No. No está tan lejos. Como ya te tengo dicho mil veces. —Otro sorbo de vino, y en lugar de soltar el vaso como hiciera antes, la sostuvo en la mano. Hacia el oeste, mientras oscurecía, la luz anaranjada sobre el horizonte se teñía de un púrpura ver¬doso preternatural que parecía arder en el cristal.
—Si fuera Saint Louis, eso ya sería distinto.
—He renunciado a esa idea —dijo Arlette. Lo que significa¬ba, por supuesto, que había investigado la posibilidad y la había encontrado problemática. A mis espaldas, claro. Todo ello a mis espaldas excepto la visita al abogado de la compañía. Y eso tam¬bién me lo habría ocultado si no hubiera pretendido utilizarlo como un garrote con el cual atizarme.
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—¿Comprarán el lote completo? ¿Tú qué opinas? —pregun¬té—. ¿Las setenta y dos hectáreas?
—¿Cómo voy a saberlo?
Sorbito. El segundo vaso medio vacío. Si en este momento intentara quitárselo, alegando que ya había bebido suficiente, se resistiría a dejarlo.
—Lo sabes, no me cabe duda —contesté—. Las setenta y dos hectáreas no son diferentes a Saint Louis. Lo has investigado.
Me dirigió una perspicaz mirada de soslayo... y entonces prorrumpió en una cruel carcajada.
—Tal vez sí.
—Supongo que podríamos buscar una casa en las afueras de la ciudad —dije yo—. Donde al menos tuviéramos vistas a un prado o dos.
—Donde aposentarás tu culo en una mecedora del porche todo el día mientras tu mujer hace el trabajo para variar, ¿no? Eh, llena esto. Si vamos a celebrar, celebremos.
Rellené ambos vasos. El mío solo requirió un chorrito, pues no había dado sino un único trago.
—Creo que podría conseguir trabajo como mecánico. Coches y camiones, pero sobre todo maquinaria agrícola. Si puedo hacer que funcione ese viejo Farmall —señalé con el vaso hacia la oscura mole del tractor detenido junto al granero—, en¬tonces supongo que podré hacer que funcione cualquier cosa.
—Y Henry te convenció.
—Me hizo ver que sería mejor aprovechar la oportunidad de ser feliz en la ciudad que quedarme aquí solo en la miseria.
—¡El chico muestra sentido común y el hombre escucha! ¡Por fin! ¡Aleluya! —Apuró su vaso y lo tendió en busca de más. Me asió por el brazo y se inclinó tan cerca de mí que percibí el olor a uvas agrias en su aliento—. Es posible que esta noche con¬sigas esa cosa que te gusta, Wilf. —Se tocó el labio superior con la lengua manchada de púrpura—. Esa cosa asquerosa.
—Lo estoy deseando. —Si me ceñía a mi plan, esa noche iba a ocurrir algo todavía más asqueroso en la cama que habíamos compartido durante quince años.
—Que venga Henry —demandó ella. Empezaba a arrastrar las palabras—. Quiero felicitarle por ver finalmente la luz. —¿He mencionado que el verbo «agradecer» no formaba parte del vocabulario de mi mujer? Tal vez no. A estas alturas tal vez ya no sea necesario)—. ¡Le invitaremos a una copa de vino! ¡Ya es lo bastante mayor! —Me propinó un codazo como uno de esos ancianos que observas sentados en los bancos que flan¬quean las escalinatas del palacio de justicia, contándose chistes verdes unos
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Continura....


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