Lo primero que puede llamar la atención es el look . Ella, un vestido de feria americana, flequillo, unos anteojos Wayfarer o Clubmaster, de Ray Ban, típicos de los años 50, y una cartera de un diseñador importante con un iPhone adentro. El puede llegar a tener un sombrero Fedora, como el que usaba Indiana Jones, el pelo cortito a los costados, jopo a elección, barba, o mejor bigote, una remera gastada con un saco arriba, pantalones chupines y una tradicional libreta Moleskine en el bolsillo por si lo sorprende una idea creativa.
Se trata de los hipsters , un fenómeno que atraviesa muchos síntomas de esta época, una subcultura en ascenso.
Pero fuera de ese estilo cuidado, para ellos, sin duda el valor agregado pasa por otro lado. Es ese bar oculto que llega del boca en boca, ese bodegón de barrio donde te sirven el vino en pingüino y la soda en sifón, esa banda de culto que viene de afuera y toca para no más de 500 personas lo que los hace estar un paso adelante de lo que pronto será tendencia.
Y ni se les ocurra etiquetarlos porque eso sí que no les gusta. Y menos que los llamen hipsters . Lo suyo justamente es huir de lo establecido, de eso que le gusta a la mayoría -lo mainstream- . Ser un hipster es la moda de escaparle a la moda y, de alguna manera, implantar la propia. Sin imperativos, pero con el convencimiento de que tienen la posta. Nunca va a decirte que es mejor, pero seguramente lo piensa.
VENDRÍA A SER ALGO ASI