Con o sin uniforme, igual gozan de impunidad Marcos Nahuel Arias, de 20 años, fue asesinado en Mendoza de una balazo en el tórax, por un policía de civil. Cristian Corvalán, de 23, fue asesinado en González Catán con un disparo en la cabeza, propinado por otro policía de civil. Ramón Alberto Cruz, de 35 años, fue asesinado en Misiones por otro no uniformado; el balazo, para variar, fue por la espalda. Julio Luna tenía 60 años cuando un federal de civil le disparó en el pecho. A Mauricio Araujo, de 19 años, a quien encima le terminaron plantando un arma a pesar de los vecinos testigos de la masacre, lo mataron entre dos policías de civil que se movían en un auto sin identificación, en Mar del Plata. En Moreno, Miriam Fronza, de 49 años, recibió un tiro en la nuca del bonaerense Claudio Fernando Vadalá, que no lucía su uniforme reglamentario sino que manejaba su espléndido Hyundai Génesis valuado en $200.000. La lista sigue. Estos casos seguramente suenen conocidos. Es porque, como todo hecho represivo, los hemos denunciado en sus respectivos momentos, junto con otros miles de casos de gatillo fácil que, a la par de las torturas sufridas por los presos en las cárceles y los detenidos en las comisarías, las detenciones arbitrarias y hostigamiento que sufren los pibes de los barrios pobres, conforman un siniestro espectro de violencia que desata la clase dominante para disciplinar a la clase trabajadora y mantenerla calladita. De civil, también, estaban los policías que persiguieron, disparos de bala de goma mediante, golpearon y detuvieron a Claudio Morel Rodríguez, la semana pasada en la localidad de Avellaneda. Él tiene la suerte, no como los casos que recordábamos arriba, de ser un famoso jugador de fútbol y el caso trascendió. Trascendió, además, por el horror que causó en algunos la idea de que un policía de civil persiga y dispare a su antojo por la calle, sin identificación. Pero esto es algo que, en realidad, no sorprende, no sólo por los ejemplos mencionados, sino porque sabemos que, uniformados o no, los policías y todas las fuerzas represivas estatales cuentan con la impunidad que sólo un sistema de desigualdad e injusticia puede garantizarles. Y, claro está, no es por nada, sino para que cumplan libremente con la tarea que les ha sido encomendada: cuidar las riquezas de quienes se apropian del trabajo ajeno, tanto a través de infundir el miedo en los barrios como de acallar violentamente los cánticos de una marcha popular que reclama dignidad y amenaza el poder de los ricos. “Suponemos que, con todos los peritajes y demás, las autoridades van a relacionar esto con cierta brutalidad policial. El ministerio de Seguridad bonaerense actuó rápidamente y me notificaron, las personas que intervinieron en el hecho, que son dos, han sido desafectadas”, fue la declaración de Florencia Arietto, responsable de seguridad del Club Atlético Independiente (equipo del que Rodríguez forma parte). Ninguna “brutalidad policial” se esconde detrás de este hecho y ninguna desafectación va a evitar que esto siga pasando. Tanto jueces y fiscales, seguramente, se encarguen de reordenar a los policías donde más les convenga, como pasa con cada represor en este sistema. Pero, como siempre decimos, sólo organizarnos y luchar contra esta gigante máquina de matar es la salida que nos queda a los de abajo para que los de arriba no nos sigan persiguiendo y baleando.
Gatillo fácil de civil o con uniforme
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