A finales de los 50s varias pruebas nucleares con el fin de estudiar el nivel de supervivencia de seres vivos y estructuras en caso de un ataque nuclear fueron realizadas. Si bien los soviéticos fueron más “directos” y detonaron una bomba nuclear cerca de un pueblito en el medio de la nada llamado Orenburg, causando así la muerte de cientos de seres humanos, los estadounidenses, más controlados por la prensa y la opinión publica, desarrollaron el mayor experimento nuclear con animales vivos de la historia: Priscilla.
Al estudiar los resultados, de esta manera, podían elaborarse teorías y planes de contingencia más efectivos si el caso de un ataque nuclear en suelo estadounidense se daba. A pesar de ser biólogo y futuro médico, y comprender que muchas veces este tipo de sacrificios benefician a la humanidad, no puedo dejar de pensar en lo que dijo Descartes: “Las grandes mentes son capaces de las maldades más grandes, así como también de las mayores virtudes”.
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