LA ILUSIÓN “ARGENTINA POTENCIA” RESULTÓ FATAL
Las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos jamás han sido tan buenas y cooperativas como en el presente, y este es un hecho del que todos podemos congratularnos. Sin embargo, estas relaciones nunca fueron fáciles, y aún en los tiempos actuales de fructífera cooperación nos enfrentamos con problemas de difícil solución.
Las dificultades que secularmente han surgido en la relación entre nuestros dos países emergieron de tres conjuntos de factores. Uno tiene que ver con la Argentina. El otro tiene que ver con los Estados Unidos. El tercero tiene que ver con la distancia y las leyes de la economía: desafortunadamente nuestras economías no son complementarias y este hecho, que escapa a nuestra voluntad y a la de ellos, ha producido más de una divergencia de intereses.
Pero prefiero concentrarme en los primeros dos factores. El nuestro es un país que hace algunas décadas fue muy próspero. Hacia 19401a Argentina tenia un producto per capita que era casi tres veces mayor que el italiano y el japonés, un 40% superior al de Austria y apenas un poco mas bajo que el francés. Esa prosperidad nos hizo sentir importantes, poderosos. Nuestro país queda muy lejos de los grandes centros del poder mundial, de manera que el espejismo de nuestro poder no podía ser desmentido por realidades cercanas y palpables. En aquel pasado de riqueza e ilusiones, nuestros recursos alimentarios eran la envidia de una Europa que expulsaba a sus habitantes y los enviaba en busca de una vida mejor a nuestras costas, donde por cierto la encontraban.
Además, territorialmente somos el octavo país mas grande del mundo. La inmensidad de nuestro territorio nos dio seguridad en nosotros mismos y nos aisló del resto del mundo. Creímos que éramos el centro del mundo, que “Dios era criollo”. No comprendimos que nuestra riqueza de entonces , no equivalía a un autentico poderío, sino que era una consecuencia, por un lado, de la existencia de tierras libres, y por otro de una feliz evolución de los términos del intercambio, fenómenos ambos que llegarían a su fin. No comprendimos la fragilidad de aquella prosperidad, ni la vulnerabilidad que subyacía al esplendor engañoso de los tiempos en que, en Europa e incluso en los Estados Unidos, se usaba la expresión “rico como un argentino”.
Nuestra educación primaria se orientó a inculcar en los niños la noción de que nada había mas grande que ser argentino; que la Argentina tenia un rol de enorme trascendencia en el mundo; que el planeta no podía sobrevivir sin el aporte argentino; que ninguna reforma económica mundial podía llevarse a cabo sin consultar con la Argentina. Por cierto, recuerdo haberme educado con textos que decían: “Tengo suerte de haber nacido en un país grande, rico y poderoso”.
Esa ilusión impidió que comprendiéramos en que medida nosotros necesitábamos del mundo. Esa fantasía nos impulsó a adoptar políticas aptas quizás para una gran potencia, pero peligrosas y costosas para un país que dependía, para su prosperidad, de una inserción internacional que le permitiera exportar su producción alimentaría en las mejores condiciones posibles. La dolorosa realidad es que la Argentina estaba en condiciones de aspirar al dignísimo nivel de riqueza y poder de países como Australia o Canadá pero creyó que podía aspirar al juego de una gran potencia y como consecuencia terminó perdiéndolo casi todo.
El país entero cayó en este costoso autoengaño. Desde fecha tan temprana como 1889, cuando se celebró la primera Conferencia Panamericana, gobiernos argentinos de las mas diferentes tendencias cometieron los mismos graves errores. Durante décadas enteras invertimos todo nuestro capital diplomático en una competencia con los Estados Unidos por el liderazgo del hemisferio, sin comprender en que medida dañábamos nuestro propio interés al enfrentar a un país tanto mas poderoso que el nuestro.
Esta sincera autocrítica, que hago mas como ciudadano de mi país que como canciller, me autoriza moralmente a tratar la otra cara de la moneda con igual sinceridad y sin eufemismos diplomáticos. Como sabemos, la buena voluntad es un camino de doble mano y la mala voluntad también lo es. En los Estados Unidos la Argentina no encontr6 cooperación ni comprensión, sino un rival formidable decidido a imponer un “destino manifiesto” no menos arrogante que la fantasía de poder de la Argentina, aunque con mayor base material. Estados Unidos le hizo pagar muy caro a la Argentina su desafío. Historiadores argentinos y norteamericanos han demostrado ya cabalmente que durante la mayor parte de la década de 1940 los Estados Unidos descargaron sobre la Argentina un fulminante boicot econ6mico. Se priv6 a la Argentina de insumos estratégicos para su industria y de divisas imprescindibles para su desarrollo, marginándola de las corrientes centrales del comercio mundial. (¿C6mo olvidar que, según publicaciones del propio Departamento de Estado, en febrero de 1945 la Política de Exportaci6n Nº 1 de los Estados Unidos hacia la Argentina decía textualmente “es esencial no permitir la expansión de la industria pesada argentina?”
Sin embargo, y a pesar de los pavorosos costos que nuestro país pagó por su confrontación con los Estados Unidos —o quizá debido precisamente a la herida nacionalista por ellos provocada— la Argentina no cejó en sus desafíos políticos al liderazgo norteamericano. Una de las pocas y honrosas excepciones a esta tendencia autodestructiva fue la del General Perón, que desde 1953 hasta su derrocamiento en 1955 logr6 recomponer y elevar hasta un nivel de cooperación, otrora desconocido, a las relaciones argentino norteamericanas. A tal punto llegó esa cooperaci6n que, en 1955, la oposición antidemocrática al peronismo acuso a la flota norteamericana de realizar maniobras en el Atlántico Sur para disuadir a la Marina argentina de un intento golpista. Desafortunadamente, el golpe se perpetró y varios acuerdos que estaban pendientes entre los dos países fueron cancelados debido a la instauración del régimen militar.
A partir de entonces, con altibajos, las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos volvieron a ser conflictivas. A nuestro país le resultó muy difícil abandonar la ilusión de la “Argentina Potencia”. Discrepamos con los Estados Unidos no sólo en asuntos comerciales y de política regional, sino también en materias tan sensibles como la política nuclear y misilistica. Caímos varias veces en la dictadura. Y en 1982 le infligimos un grave daño a nuestra justa reivindicaci6n de las islas Malvinas al apelar a la fuerza y lanzarnos a una guerra que no podíamos ganar, contra el aliado mi s confiable de los Estados Unidos. Abril de 1982 es una fecha clave desde el punto de vista de la dolorosa lección histórica que le tocó aprender a mi país, porque esa fecha no sólo marca esa malhadada guerra, sino que también señala la interrupci6n de prácticamente todo el abundante apoyo económico directo que el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos le había brindado al gobierno militar argentino. Abril de 1982 es una fecha que ilustra los costos de la confrontación y el precio del desafío para un país como el nuestro.
Sin embargo, no obstante esos costos y a pesar de la restauración de la democracia en 1983. La Argentina no estaba aún preparada para enfrentarse a la realidad, esa realidad que le indicaba, ya a gritos, que su enfoque confrontacionista de la política exterior sólo le producía daños irreparables al país. Aunque durante los seis anos siguientes los peores excesos de la política exterior del anterior régimen militar fueron eliminados, el gobierno optó por no innovar en varios temas altamente irritativos, entre ellos la política de Malvinas, la política nuclear y la política misilistica. Así, la Argentina continuó pagando los costos de sus desafíos, que se sumaban a las distorsiones acumuladas en su economía durante décadas, al déficit fiscal y a la hiperinflaci6n, para culminar en una transferencia apresurada del mando presidencial, que el presidente saliente entreg6 varios meses antes de lo establecido por el calendario político.
Afortunadamente, la Argentina ha aprendido su leccion y jamás volverá a caer en los errores del pasado, Las políticas de este gobierno, tanto en el piano económico como en el de las relaciones exteriores, sorprendieron a muchos, pero su acierto fundamental y su legitimidad han quedado claramente establecidos con el apoyo brindado por el electorado en los comicios de-setiembre y octubre de este
En materia de política exterior, este gobierno ha optado por un cabal realismo en términos de cual es la medida de nuestro poder y cual es nuestra verdadera posición en el mundo. La Argentina es un Estado mediano en términos de poder y riqueza, con vastas potencialidades de desarrollo siempre y cuando estemos conscientes de nuestras limitaciones. La Argentina es un importante Estado latinoamericano, pero no es ni puede ser, en el futuro previsible, una gran potencia mundial. Los Estados medianos como el nuestro, para insertarse adecuadamente en el mundo y progresar sin crearse a si mismos innecesarios obstáculos políticos externos, deben adaptarse a una comunidad internacional cuya conformacion política es más un dato dado que obra nuestra.
En tal contexto, la aceptacion de liderazgos políticos de parte de una gran potencia de predominio natural en la región del mundo en que un país esta ubicado, lejos de indignidad, es sensatez. Países mucho mas poderosos que la Argentina, como el Reino Unido, Francia, Canadá, Jap6n, Italia, Alemania, Australia y tantos otros, han aceptado el hecho de la potencialidad norteamericana desde 1945 y han crecido y sabido defender con tenacidad sus intereses nacionales en el contexto de esa situaci6n. La Argentina no aspira a otra cosa.
Por otra parte, la política exterior, tal como la concibe este gobierno no es una abstracción lujosa y distante sino que es parte de la gran política nacional que precisamos para devolver a nuestro país la confianza en el porvenir y su mismísima viabilidad económica y política en el complejo mundo actual. Defenderemos con vigor nuestros verdaderos intereses, es decir, aquellos que están relacionados con el bienestar de nuestro pueblo, con su salud y enfermedad, con su felicidad e infortunio. Es por ello que protestamos fuertemente por la injusticia perpetrada contra nuestro comercio y producción por las políticas de subsidios a las exportaciones agropecuarias de Europa y los Estados Unidos.
Pero la nuestra es una política que esta al servicio del pueblo argentino, y es por ello que, aconsejados por la experiencia histórica que ya he resumido, renunciamos a todas aquellas confrontaciones políticas estériles, desvinculadas de nuestros intereses materiales, que antes nos obsesionaron. El único rédito de esas confrontaciones son beneficios emocionales que halagan la vanidad de las dirigencias. Estamos demasiado conscientes de que tales confrontaciones hacen aun mas difícil el trámite de apuntalar un desarrollo que eventualmente alivie a ese pueblo nuestro, tan injustamente perjudicado por el cúmulo de errores políticos y económicos cometidos en las últimas tres décadas.
¿Qué duda cabe de que, para muchos gobernantes y dirigentes políticos, los gestos de desafió a los grandes del mundo generan un intenso placer? Nosotros renunciamos a esa gratificación porque estamos conscientes de que ese beneficio emocional es para el gobernante, mientras a los costos generados por esos gestos los debe soportar el pueblo.
Y la nuestra es, repito, una política exterior al servicio del pueblo. Nuestro pragmatismo esta encuadrado en una escala de valores en la que prima el bienestar de nuestro pueblo, como corresponde a la doctrina que encarna mi partido y mi gobierno. En tal sentido, el “realismo moral” que hemos adoptado para nuestra política exterior esta en las antípodas de la amoralidad que suele atribuirse al realismo en política internacional. Nuestra postura es profundamente moral, porque nada podría haber más inmoral que continuar arriesgando el bienestar de nuestro pueblo con el género de confrontaciones que suele atraer a las elites resentidas de muchos países del Tercer Mundo y que durante tanto tiempo tentó a nuestras dirigencias políticas.
Es importante subrayar, no obstante, que nada de lo que realizamos en materia de política exterior seria fructífero si no lleváramos a buen término las transformaciones internas en que estamos empeñados y que apuntan a extirpar para siempre ciertas perniciosas constantes como la inflaci6n, el Estado ineficaz, generador de un déficit perverso. Desde este punto de vista, la actual política exterior y la actual política económica son complementos que van de la mano. Ambas están inspiradas en un realismo moral que reconoce que, para ser exitosos y poder servir eficientemente al pueblo de la Nación en el largo plazo, es necesario superar un voluntarismo ya tradicional, redimensionar con realismo nuestras expectativas y lanzamos en busca de los objetivos posibles.
De ese modo, para ir a puntos mas concretos, hemos reformulado nuestra relación con los Estados Unidos para tornarla mas cooperativa, estable y madura, convencidos de que tal actitud no conlleva beneficios automáticos pero nos acerca mucho mas a la posibilidad de lograrlos que cualquier enfrentamiento de arcaica raíz y oscura proyección, y nos permite, por otra parte, insistir en temas que pueden tener menor entidad planetaria que aquellos que en el pasado nos obsesionaron, pero que nos afectan mucho mas directamente.
Este acercamiento a nuestro otrora “rival” y el cariz claramente prooccidental que hemos adoptado no implica negar nuestro carácter de país latinoamericano y en vías de desarrollo. Por el contrario, el acuerdo de límites con Chile, que pone fin a todos los problemas de delimitación y de demarcación en nuestra frontera con ese país, atestigua nuestra vocación por la paz y la cooperación en la región. Además, hemos dado importantes pasos hacia la integración regional. En tal sentido, afianzamos en primer lugar nuestra relación bilateral con Brasil, suscribiendo diversos convenios y actas con ese país que tienden a la supresión de toda barrera arancelaria para 1995. Casi inmediatamente después logramos que Uruguay y Paraguay se incorporaran al proyecto común, constituyendo en marzo de este año lo que se bautizó como Mercosur, un Mercado Común del Sur que, aun antes de las respectivas ratificaciones legislativas, constituye una incipiente realidad y una gran esperanza. Este Mercado Común del Sur abarca una población de 190 millones de habitantes y representa un producto bruto de 415.000 millones de dólares, algo más de la mitad de todo el de América Latina y el Caribe. Otros países vecinos, como Chile y Bolivia, con los que ya coordinamos políticas energéticas y gasíferas, podrían incorporarse en el futuro.
Además, firmamos un acuerdo con los Estados Unidos por el que ese país y los cuatro del Mercosur crean un consejo consultivo sobre comercio e inversión: es este un jalón en el camino hacia una mayor integración, no solo en el espíritu de la ALADI, sino también en el de la Iniciativa para las Américas del presidente Bush. Es probable que también se convierta en un instrumento valioso para nuestras relaciones futuras con la Comunidad Económica Europea.
Hemos dado también importantes pasos en materia de seguridad colectiva. Un acuerdo bilateral con Brasil sobre salvaguardias nucleares omnicomprensivas será próximamente seguido por otro de alcance multilateral de los dos países con el Organismo Internacional de Energía Atómica. También hemos anunciado nuestra adhesión al Régimen internacional de Tecnología Misilistica. Hemos propuesto en la Organización de Estados Americanos, junto a Chile, Brasil y Canadá, la eliminación de armamentos no convencionales en la región. Estas medidas se coronan con el restablecimiento de relaciones con el Reino Unido y con los progresos hacia la cooperación en materia de administración de los recursos naturales del Atlántico Sur que hemos alcanzado con ese país.
De tal manera, avanzamos paso a paso a extirpar de nuestra política exterior todos aquellos viejos elementos que contribuyeron a generar una imagen negativa de la Argentina en el exterior, aumentando las percepciones de país riesgoso, ahuyentando inversiones y erigiendo obstáculos diversos para la cooperación, cuando no generando costosas sanciones. Esto no significa, como dije, que tengamos la ingenua expectativa de que abundantes beneficios inmediatos caerán mágicamente sobre nuestro país. Pero si implica la eliminación de obstáculos políticos que habíamos interpuesto entre nosotros y la cooperación internacional, y esto, que equivale a la eliminaci6n de costos innecesarios. es ya de por si un beneficio.
Es por todo esto que albergamos una profunda satisfacción. Sabemos —valga la paradoja— que los cambios pragmáticos que hemos impuesto en nuestra política exterior responden a una concepción moral de la política. Sabemos que obramos inspirados en las necesidades reales de nuestro pueblo, y que nuestro pueblo nos apoya. Y sabemos que nos hemos constituido, en la medida modesta de nuestras posibilidades, en una fuerza que apuntala el orden y el progreso en el mundo.