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El asesino serial más ingenioso..

Info7/25/2013
Hola taringueros, ¿Cómo va? Espero que bien. Hoy en este post les traigo info sobre uno de los asesinos seriales más psicópata, pero sin embargo con gran ingenio y astucia. Su nombre, Herman Webser Mudgett. Con aproximadamente 200 muertes en su haber, este sádico asesino y obseso sexual puede ser considerado como el hombre récord en todas las categorías criminales. Su mansión del suburbio de Englewood en Chicago, conocida como “El Castillo Holmes” es aún hoy la casa de asesinatos más sofisticada de toda la historia de la criminología. El 1 de mayo de 1893 la ciudad de Chicago se vio conmovida por la inauguración de la Exposición Universal, una muestra magnífica que debía reflejar el gigantesco progreso que había conseguido la humanidad en las industrias y en las ciencias. No era para menos: había llegado la era de la seguridad y el optimismo. Por aquellos días, también se inauguraba en la ciudad un fastuoso hotel. Se trataba de una obra formidable que había sido proyectada por un tal Campbell y realizada bajo la dirección de un tal Dr. Holmes. Ambos tenían algo en común: No existían. Habían sido creados por Herman Webster Mudgett, quien se valía de esa argucia para estafar a albañiles y proveedores de materiales de construcción y equipamiento para el suntuoso establecimiento. Si los clientes hubiesen tenido la oportunidad de curiosear por los sótanos, seguramente habrían salido despavoridos sin perder tiempo recogiendo sus equipajes. Allí había habrían descubierto un horno crematorio, una tinaja con ácido sulfúrico, y una mesa de disección anatómica con decenas de bisturís, sierras y otras herramientas no muy comunes en la industria hotelera. Aunque nadie advertía las desapariciones, mucho menos podían llamar la atención las cartas falsificadas que Mudgett enviaba a los conocidos de sus huéspedes solicitándoles a familiares o socios que les girasen más fondos, porque lo estaban pasando fantásticamente bien. El doctor Holmes, cuyo verdadero nombre era Herman Webster Mudgett, nació en 1860 en Gilmanton, y era integrante de una honrada y muy puritana familia de New Hampshire. A pesar de su educación conservadora, pronto manifestó su interés muy particular por las mujeres, sobre todo por las que gozaban de una buena fortuna. Así fue como paulatinamente se fue convirtiendo en un verdadero donjuán del crimen. A los 18 años se casó con Clara Louering, una joven acaudalada, a la que, después de arruinar económicamente para pagar sus estudios de medicina y conseguir sus ansiados diplomas de la Universidad de Michigan, abandonó para irse a vivir con una deslumbrante viuda, que pareció complacida de solventar sus necesidades con las rentas de su respetable casa de huéspedes. Gozando oficialmente de su título de médico, dejó a su segunda conquista sin derramar una lágrima, y ejerció su flamante profesión durante un año en el estado de Nueva York, para establecerse después en Chicago. De elevada estatura, atractivo, con aspecto distinguido y siempre elegantemente vestido, Mudgett no tenía inconvenientes en sumar éxitos amorosos. Al llegar a su nueva ciudad no tardó en seducir a una joven encantadora (y que casualmente era millonaria) llamada Myrta Belknap. Para concretar sus objetivos, tomó en nombre de Holmes, se casó con ella y, por medio de unas prolijas falsificaciones de escrituras, logró estafar rápidamente en 5000 dólares a su familia política, haciéndose construir en Wilmate una casa lujosa. Empleando ya su distintiva habilidad, consiguió en las afueras de Englewood la gerencia de una farmacia cuya propietaria era una viuda excesivamente ingenua, de quién se convirtió fácilmente en su amante y hombre de confianza. A través de falsificaciones contables y malversaciones de fondos, logró adueñarse de la totalidad de los bienes de la desgraciada viuda, y después de hacerla “desaparecer” se dispuso a concretar su gran proyecto. Para construir su castillo personal, el doctor Holmes tuvo que recurrir a varias empresas, que nunca recibían su pago y terminaban interrumpiendo sus obras. De esta manera, conseguía que solo el propietario fuera siempre el único en conocer los pormenores de la construcción de un edificio, cuya extraña edificación podía despertar sospechas. Se apuraban los preparativos de la exposición de 1893m que se calculaba atraería a Chicago a una muchedumbre considerable, entre la que habría inevitablemente, una gran cantidad de mujeres hermosas, ricas y solas. Naturalmente, Holmes decidió aprovechar esa situación. Valiéndose de una serie de ingeniosas estafas compró un terreno y puso en marcha la construcción de un enorme hotel con aspecto de fortaleza medieval, cuya disposición interior se ocupó de concebir personalmente. Cada una de las habitaciones del singular edificio estaba provista de trampas y de puertas corredizas que daban a un laberinto inextricable, plagado de pasillos secretos desde los que, por unas pequeñas ventanitas disimuladas en las paredes, el doctor podía observar oculto el movimiento de sus clientes y, sobre todo, de sus clientas. Cuidadosamente disimulada debajo del entarimado, una instalación eléctrica perfeccionada le permitía seguir en un panel indicador que había sido instalado en su despacho cualquier desplazamiento de sus futuras víctimas. Finalmente, con solo abrir unas llaves de gas, podía asfixiar a los ocupantes de varias habitaciones, sin necesidad de desplazarse. Un montacargas y dos toboganes estaban estratégicamente dispuestos para hacer descender los cadáveres a una bodega, donde, según los casos, los cuerpos eran disueltos en un recipiente de ácido sulfúrico, reducidos a polvo en un incinerador o sencillamente hundidos en un barril colmado de cal viva. Una habitación especial bautizada como “El Calabozo”, contaba con un impresionante arsenal de instumentos de tortura. Entre las máquinas inconcebibles que solo pudo idear un genio morboso como el Dr Holmes, había una que llamó particularmente la atención de los periodistas. Era un autómata que permitía cosquillear la planta de los pies de las víctimas hasta hacerles literalmente morir de risa. El castillo de Homes fue finalmente terminado en 1892, y, como ya hemos mencionado, la exposición de Chicago fue inaugurada el 1 mayo de 1893. Durante los seis meses que permaneció abierta, la fábrica de matar del doctor Holmes nunca estuvo desocupada. El voraz verdugo seleccionaba a sus clientas con esmerado detenimiento, Para él era primordial que fueran ricas, jóvenes, bonitas, no tuvieran compañía y, para asegurar que no recibieran visitas inoportunas de amigos o de familiares, su domicilio tenía que estar situado en un estado lo más alejado posible de Chicago. Es prácticamente imposible saber con exactitud cuántas mujeres fueron violadas, torturadas y asesinadas en el castillo del Dr. Holmes. Resulta verosímil hablar de una cifra cercana a 200 víctimas. Aunque el médico tal vez por modestia confesó sólo 27, número que naturalmente es exiguo si tenemos en cuenta la envergadura de las instalaciones encaradas. Cuando la exposición llegó a su término, las rentas del hotel se derrumbaron estrepitosamente, y el Dr. Holmes se encontró de pronto con poco dinero. Lo primero que se le ocurrió para obtener rápidos ingresos en forma sencilla fue prenderle fuego al último piso de su opulento edificio y reclamar a la compañía de seguros una prima de 60 mil dólares, sin tener en cuenta que la empresa aseguradora inevitablemente iniciaría una investigación antes de soltar el más mísero dólar. Una vez descubierto, médico se fugó y se refugió en Texas, donde se dedicó a realizar algunas estafas imprudentes que lo llevaron por primera vez a la cárcel. Después de pagar la fianza exigida, salió unos meses después y sin pérdida de tiempo se puso a pergeñar un nuevo plan delictivo. Esta vez, si bien la idea era sencilla, no dejaba de ser ingeniosa. Un cómplice, de nombre Pitzel, debía sacar un seguro de vida de una compañía de Filadelfia . Una vez otorgado, harían aparecer como suyo un cadáver anónimo desfigurado por un accidente. De este modo, la señora Pitzel cobraría la prima, que repartirían en partes iguales, mientras que el falso muerto permanecía oculto durante un tiempo en algún lugar de Sudamérica. Pero para desgracia de Pitzel, Holmes tuvo la mala idea de cambiar reestrategia a último momento y de matarlo de verdad. El cambio de planes tenía en su opinión, la ventaja de ahorrarle la peligrosa búsqueda de un cadáver y, sobre todo, de permitirle quedarse con la totalidad de la prima después de deshacerse de la Señora Pitzel y de sus hijos, lo que para él no era más que un simple trabajo de rutina. Fingiendo colaborar con la Justicia, Holmes fue voluntariamente a la morgue para reconocer el cuerpo de su amigo. Muy compasivo con la viuda, acudió a Boston para buscarla y la trajo a Filadelfia para que cobrara el dinero. Pero entre tanto, una denuncia de Marion Hedgepeth, un antiguo compañero de celda, arrojó una infinidad de dudas en las oficinas de los aseguradores. La policía encaró una profunda investigación, remontando uno por uno todos los eslabones de la larga cadena. Finalmente, el Dr. Holmes no tuvo mñas demedio que confesar la estafa a la compañía aseguradora, creyendo que ahí se acabaría todo. Volvió a equivocarse. Ante las pruebas abrumadoras que se habían reunido en su contra, también tuvo que confesar los asesinatos de los Pitzel y de sus hijos. Holmes fue condenado a muerte por el tribunal de Filadelfia y ahorcado el 7 mayo de 1897, cuando solo tenía 35 años.
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