El mito sobre la sexualidad de Belgrano
Frente a las versiones que construyeron una idea falsa de su sexualidad, el creador de la Bandera fue un adelantado. Romances ocultos, conflictos íntimos y el hijo que nunca conoció y fue criado por Rosas, en un adelanto de Amores prohibidos (Planeta), de Florencia Canale. Nota de Revista Veintitrés.
Desde que se habían instalado en Tucumán, Pepa empezó a sentir que las cosas no estaban demasiado bien. No podía entender por qué, pero le parecía que Manuel estaba distante. Algo le decía que ya no la miraba con los mismos ojos. No había querido hacerle ningún reclamo, la situación no daba como para que se transformara en una caprichosa mujer demandante. Prefería no molestarlo con asuntos domésticos. Luego de la victoria en el campo de batalla, prácticamente lo había visto poco y nada. Cuando se despertaba temprano por la mañana, él ya no estaba en la cama. Durante el día lo pasaba sola. Manuel se reunía con sus compañeros de armas y ella tenía la entrada prohibida. No se lo habían dicho, pero sabía que ese no era lugar para una dama. Bastante que aguantaban su presencia casi invisible en el campamento.
Había pasado Navidad prácticamente en soledad. Recordó la celebración que se hacía en su casa. Era una fiesta de guardar, pero la familia se reunía. Iban a misa bien temprano y se ocupaban todo el día de la preparación de los manjares. Este, precisamente, no era el caso. Para nada. Manuel se había instalado junto a la tropa y se había ocupado –como casi todos los días– de controlar el estado de las armas, el ánimo de sus hombres, la moral. En fin, todo aquello que lo tenía absorbido.
La angustia le había afectado el cuerpo y las puntadas que perforaban su pecho regresaban con asiduidad. Tal había sido su tristeza que se había atrevido a escribirle a su madre. Había recibido respuesta de Buenos Aires, pero le había ocultado el rechazo de su padre. Se había enterado vía Encarnación. Su hermana le había confiado todo lo que había sucedido luego de su fuga. Se carteaban a menudo y la llenaba de afecto. Como siempre.
Había salido a caminar por las cercanías del campamento. El sol había caído y el calor amainaba. Luego de un rato, se sentó contra el tronco de un árbol y quedó guarecida por la hojarasca. Sacó la carta de su madre de un bolsillo, y la releyó. Y no pudo evitarlo, las lágrimas corrieron por sus mejillas. Extrañaba su casa, pero sobre todo extrañaba a Manuel. Algo se había quebrado entre ellos. La bravura que la había llevado a vivir la aventura de perseguir su amor hasta las últimas consecuencias comenzaba a diluirse. Creyó que nunca podría pasarle una cosa así, que su amante se apagara, pero era verdad. No podía mentirse más. Y escuchó un crujir de hojas. A unos pasos de la arboleda, unos pasos de hombre. Levantó la vista nublada por las lágrimas y lo vio. Manuel se acercaba con paso firme.