InicioInfoUna historia real, impactante y conmovedora
Sucedió hace más de tres cuartos de siglo, el 9 de mayo de 1929, y fue uno de los hechos más trágicos de nuestras crónicas policiales, pero a su vez también, una de las más increíbles historias de amor y coraje jamás protagonizada por un niño de apenas 9 años de edad, criado entre la soledad de las praderas y las costas agrestes de un arroyo perdido en el paisaje treintaitresino a dos leguas del rancherío más cercano y a unas siete de la capital departamental.

Nació el 8 de abril de 1920 en el pequeño poblado de Arroyo de Oro (hoy Mendizábal) en el departamento de Treinta y Tres. Vivía con su madre, su tío, su abuelo y su pequeña hermana a la que él adoraba; en una pequeña extension de campo en la que trabajaban y con cuyos productos sobrevivían.








Dionisio con su madre María Luisa







Dionisio Diaz







Monumento de Dionisio Diaz con su hermana cargada en brazos (Marina Diaz)







Caballito de Dionisio







Marina Diaz en la actualidad






Lapida de Dionisio Diaz





Para aquellos poco lectores y vagos, les traigo una versión resumida de esta historia:



La noche del 9 de mayo de 1929 a Dionisio Díaz lo despertó un ruido. Caminó a oscuras hacia la pieza de su madre y tropezó con su cuerpo en el suelo. Bajo el parral del patio oyó a dos personas luchando. Desde las sombras su tío Eduardo le pidió que le trajera un cuchillo y, cuando se lo alcanzaba, el niño sintió un dolor en el abdomen: alguien lo había apuñalado.

Entonces vendó su herida con una sábana, levantó de la cuna a su hermanita de 11 meses y esperó escondido el amanecer para caminar hacia el poblado del Oro (hoy poblado Mendizábal).

Recorrió 7 kms. llevando a su hermana en brazos. El 11 de mayo entró en coma y murió sin atención médica mientras era trasladado desde la comisaría al hospital de Treinta y Tres en un auto que pasaba por la carretera.

Nació el 8/5/1920 en un rancho cerca del arroyo del Oro, en la 2ª sección del departamento de Treinta y Tres. Hijo de María Luisa Díaz y nieto de Juan Díaz, a quien se atribuye un ataque de locura que derivó en la tragedia del 9 de mayo de 1929.

Dionisio Murió a los dos días de haber cumplido nueve años. Su tío Eduardo: Se llamaba Eduardo Fasciolo y era nieto de la fallecida esposa de Juan Díaz. Fue quien construyó desde la cuna hasta los juguetes de Dionisio, uno de los cuales, un caballito de madera, se conserva en el Museo Agustín Araújo de la ciudad de Treinta y Tres.

En la Comisaría: La Policía preguntó a Dionisio si había reconocido a su agresor; respondió que la oscuridad no le había permitido distinguirlo, pero pensaba que podía haber sido su abuelo.

En el Hospital: En la tarde del 10 de mayo un médico curó las heridas de Dionisio pero ordenó su traslado al hospital de Treinta y Tres, lo que no se hizo hasta el día 11, cuando el niño ya había entrado en coma.









Y ahora sí la historia con mas detalles:


Pueblo Mendizábal o El Oro, era por aquellos años un rancherío perdido en la rústica geografía olimareña, en una zona de llanuras que caen desde unas agrestes y pedregosas serranías que llamaron luego Cuchilla de Dionisio, cerca también del arroyo El Oro, afluente de la margen derecha del arroyo el Parao. Allí en dos humildes ranchos de barro y paja, con mobiliario que no iba más allá de algún catre de guasca con jergones de cojinillos de oveja y arpillera, uno que otro escobillón de chircas secas, cajones en desuso, bancos de tronco o de cadera, candiles de grasa que dejaban un lamparón de humo en las paredes apenas encaladas y muy pocos “lujos” más, vivía el protagonista de nuestra historia, junto a su madre viuda, nieta de la primera esposa de don Juan Díaz, el viejo y Eduardo Fasciolo medio hermano de María, artesano en madera que tenía un pie de palo porque debió amputárselo tras la mordedura de una de las tantas cruceras que abundaban por aquellos pedregales.

Con la madre de Dionisio (María) vivía (“de ajuntao”) un tal Luis Ramos hijo de un añejo enemigo del viejo Juan y al que éste nunca le perdonó a pesar de haber ya fallecido. De esa unión entre Luis Ramos y María había nacido una niña, Marina Ramos, que cuando sucedió esta historia tenía apenas un año.

Dionisio, que compartía el rancho con su abuelo, lo sentía llegar y se dormía escuchando sus maldiciones y sus amenazas. Había llegado a tenerle miedo y mucho más aún cuando a veces lo sentía juguetear en las penumbras con su afilado facón “caronero” que jamás se le desprendía de la cintura. A veces, el acero del largo cuchillo brillaba a la luz de la luna que se metía por los agujeros de la quincha del rancho y el niño, que casi había aprendido a dormir “a medias” con un ojo abierto igual que los bichos del campo, cuidaba siempre la mano del viejo blandiendo su faca amenazante.

Y entonces, la noche del 8 al 9 de aquel año 1929 se desataría la tragedia. En las costas de El Parao había llovido mucho y la crecida había sacado de madre al arroyo El Oro. Un viento fuerte que arrancaba árboles de cuajo y hacía volar muchas frágiles viviendas cercanas, convertía el paisaje en algo así como el presagio de un desastre que nadie se atrevía a imaginar. Pocos podían creer que entre aquella agua desmadrada que inundaba el llano, correría también abundantemente la sangre aquella noche. Porque además, por la tormenta, no estuvieron los reflejos de la luna para alumbrar el acero del facón que el viejo blandía en su delirio ante los ojos casi siempre alertas de su nieto.

María (madre de Dionisio y Marina) arrullaba en voz baja a la pequeña Marina Gabina que finalmente se había quedado dormida en su cunita de madera rústica. Dionisio al irse a dormir notó que su abuelo no estaba en el rancho. Entonces salió a buscarlo al patio y lo encontró maldiciendo como tantas veces, pero en su mano el largo facón de acero alemán relumbraba en las sombras, mientras el viejo largaba puñaladas al aire tal como si estuviera en pleno duelo con un fantasma. Cuando el niño abrió la puerta el anciano se abalanzó sobre ella y se dirigió a María con los ojos como escapados de sus órbitas. Y fue entonces que le asestó a la muchacha una brutal puñalada diciéndole con furia:-”¡Esto es para vos perra!…”

Dionisio entonces comprendió lo que sucedía. Sus temores se habían confirmado y trató de impedir que el abuelo hiriera más a su madre interponiéndose entre ambos mientras le gritaba: “¡No abuelito, a ella no!”, pero el anciano con su fuerza multiplicada por su estado lo apartó varias veces con manotazos frenéticos , pero el niño volvía a interponerse y a rogarle que no dañara a su madre. La hoja del facón chocó varias veces con su cuerpo y recibió profundas heridas en sus brazos, en su ingle y en una feroz arremetida le abrió su vientre. Bañado en sangre vio como el abuelo destrozaba a puñaladas a su madre que apenas pudo oponer resistencia tratando de cubrir la cunita de la niña.

Mientras el anciano continuaba con su furia sangrienta, Dionisio como pudo logró entre las sombras arrastrarse hasta la cunita de su hermana para protegerla. La madre, aún con un resto de vida trataba de impedir que el viejo siguiera atacándola y en ese intento tomó la hoja del facón para detenerlo con su mano derecha y ésta le fue casi cercenada por el filo implacable del acero alemán. Dionisio logró sacar a la pequeña de la cunita y arrastrándose salió con ella tratando de dirigirse al rancho donde dormía su tío Eduardo quien ante los gritos ya estaba acudiendo sin saber exactamente lo que pasaba, caminando dificultosamente con aquel pie de madera tallado por el mismo. Mientras su tío al descubrir la razón de todo trataba de detener al anciano en su furia demencial, el gurí llegó a la choza, se trancó por dentro con un grueso albardón y envolvió a su hermanita en unos trapos, mientras él con una camisa de se fajó fuertemente el vientre al notar que parte de sus vísceras se le estaban escapando por la profunda herida. Apagó el candil y en silencio se acurrucó debajo del catre con su hermanita apretada entre los brazos.

En ese instante sintió a su tío en el patio clamar por un cuchillo buscó uno en la oscuridad y se lo alcanzó. Volvió a encerrarse. Escuchó a ambos hombres luchando. Maldiciones y quejidos llenaban la noche. En unos instantes sintió unos pasos acercándose a la puerta y a alguien que daba unos fuertes golpes. Era su abuelo que lo llamaba. Guardó silencio. Pocos minutos después escuchó los pasos del viejo alejándose entre maldiciones, hasta que el silencio se apoderó del lugar.


Dionisio, afiebrado, bañado en sangre continuaba taponándose sus heridas con trapos. Hasta que sintió un ruido, como el de algo que se arrastraba del otro lado de la puerta y unos golpes muy débiles en ella. Sin moverse de su escondite trató de aguzar su oído y entonces reconoció la voz de su tío Eduardo que le decía: “¡Abrí Ãatito… soy yo…!”, mientras un lamento de dolor lo conmovía. Como pudo Dionisio llegó hasta la puerta, la abrió, ayudó a su tío a entrar y volvió a trancar por dentro. El hombre apenas tuvo fuerzas para decirle: “¡Cuidá la nena! Cuando amanezca llevála a la comisaría…” Dionisio trató de reanimarlo pero lo vio morir en sus brazos.

El dolor de sus propias heridas parecía vencerlo cuando los primeros resplandores del sol se dejaron ver por debajo de la puerta y decidió emprender viaje. Con una tijera de esquilar cortó parte de sus propios intestinos que al salirse le impedían vendarse fuertemente y aún le quedaron fuerzas para ir hasta el rancho donde estaba el cuerpo sin vida de su madre para juntar unas ropitas de la niña. Hizo un atadito con ellas luego cubrió con una sábana el cuerpo semidesnudo y destrozado de su madre y regresó a buscar la pequeña.

Desde el rancherío del Oro hasta la comisaría de la segunda sección olimareña había aproximadamente unos cinco kilómetros a campo traviesa. Lentamente con su hermana en brazos, ardiendo en fiebre y dejando tras de sí un rastro de sangre entre pastos y cardos, avanzó lentamente. Debió cruzar algunas cañadas crecidas, montes y pajonales, caminar por terrenos pedregosos y por bañados traicioneros.

De a ratos se detenía para tomar aliento y luego continuaba, siempre con la niña apretada entre los brazos. Algunos vecinos aseguran que se encontraron restos de sus vísceras enganchados en algunos alambrados.

Finalmente llegó hasta la comisaría. Tiempo después algunos de aquellos curtidos milicos de campaña recordarían la escena manifestando que la imagen de Dionisio con su cuerpo destrozado y la pequeña en brazos, cuando irrumpió en el rancho de la seccional diciendo: “Abuelito está loco… anoche mató a mamita y a mi tío… yo salvé a mi hermanita y la traje pa’ que ustedes la cuiden… estoy cansado… quiero agua…” jamás podrían olvidarla.

Inmediatamente llamaron al médico más cercano -cercano en aquellos tiempos y parajes significaba varias leguas- y cuando al fin llegó, milagrosamente el niño aún estaba con vida y en su afiebrado delirio solamente repetía: “¡salven a la gurisa… que el viejo no toque a mi nena…!”.Cuando decidieron llevarlo hasta Treinta y Tres ya era tarde. Dionisio murió apenas iniciado el viaje hacia la ciudad.

Unos quince días después en las aguas de una laguna fue encontrado el cuerpo sin vida del viejo Juan Díaz, y en el pago llegaron a la conclusión que el anciano al recuperar su lucidez y comprender la tragedia, se habría suicidado.

La niña, rescatada, creció ,estudió, se recibió y jubiló de maestra y nunca se fue definitivamente de los pagos olimareños.

La historia de Dionisio Díaz comenzó a andar por todos los pagos, hasta los más lejanos y finalmente la noticia llegó a los diarios y conmovió a todo el país. Como era común en aquellos
años el drama fue recogido por payadores y cantores trashumantes que lo transformaron en coplas y así de boca en boca fue creciendo la leyenda. Así fue como ingresó en la inmortalidad aquel criollito de nueve años, analfabeto, medio ” mestizao” de nariz chata, pelo rubio y ojos celestes, criado entre los breñales montaraces del arroyo o la cañada del Oro, los montes del Parao cercano y la tremenda soledad de aquellos contornos. Hoy por hoy hay escuelas públicas que llevan su nombre, los poetas le han cantado (y lo siguen haciendo) y en la plaza Colón de Treinta y Tres hay un monumento perpetuando su recuerdo. En la misma costa del Oro hay un mojón plantado en su memoria en el sitio de la tragedia. Omar Díaz, un poeta olimareño diría:”¡Cómo no ha de ser fecundo, suelo de la patria mía, regado con sangre gaucha, sangre de Dionisio Díaz”


Versión cinematográfica de esta historia:









Para los más curiosos:

Entrevista al hermano de Dionisio - http://treintaytres.gub.uy/web/index.php?option=com_content&view=article&id=337&Itemid=151

Investigación mas profunda de este tema por Matías Castro - http://www.180.com.uy/articulo/Nueva-mirada-sobre-el-mito-de-Dionisio-Diaz

Poema dedicado a Donisio Diaz - http://treintaytres.gub.uy/web/index.php?option=com_content&view=article&id=340&Itemid=150

Mas info de Marina Diaz - http://treintaytres.gub.uy/web/index.php?option=com_content&view=article&id=334&Itemid=144

Entrevista a Marina Diaz (hermana de Donisio) -

Se recuerda como un hecho que marco un antes y un después -


Espero que les conmueva como a mi lo hizo
Datos archivados del Taringa! original
28puntos
0visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
4visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

B
Brunomanya2🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts5
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.