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El hombre que volvió al pasado: Rosellini

Info8/19/2012

Esta es una historia muy interesante sobre un hombre que quiso vivir como en la edad de piedra. Está extraído del libro "Hacia Rutas salvajes" de Jon Krakauer y aunque es largo, vale la pena leerlo como curiosidad


[Experimento] El hombre que volvió al pasado: Rosellini



Yo había acampado en un bosque de los alrededores de Cordova, Alaska, intentando en vano que me dieran trabajo de tripulante en algún pesquero y matando el tiempo mientras esperaba que el Departamento de Pesca y Caza anunciara lo que allí se conoce como la «primera captura», el comienzo de la temporada comercial de pesca del salmón. Una tarde lluviosa, mientras paseaba por la ciudad, me crucé con un hombre desaliñado y nervioso de unos 40 años. Llevaba una poblada barba negra y el pelo, largo hasta los hombros, sujeto con una sucia cinta de nailon. Avanzaba hacia mí con paso enérgico, encorvado bajo el peso considerable de un tronco de dos metros que se balanceaba sobre uno de sus hombros.



Cazadores


Lo saludé mientras se acercaba, me respondió con un murmullo y nos pusimos a charlar bajo la llovizna. No le pregunté por qué transportaba aquel tronco húmedo hacia el bosque, donde se suponía que ya había troncos de sobra. Tras pasar unos minutos intercambiando comentarios triviales, cada uno se fue por su lado.

primitivo


Deduje por nuestra breve conversación que acababa de conocer a una celebridad local, el excéntrico al que los lugareños llamaban el Alcalde de la Ensenada de los Hippies, en referencia a una ensenada que se formaba con la pleamar y atraía a todos los melenudos de paso como un imán. El Alcalde vivía junto a ella desde hacía varios años. La mayoría de los habitantes de la Ensenada de los Hippies eran transeúntes que recalaban en Cordova durante el verano con la esperanza de conseguir un empleo bien remunerado en un pesquero o, a falta de eso, entrar en alguna de las fábricas conserveras de salmón. Pero el Alcalde estaba allí por otras razones.



Hacia Rutas Salvajes



Su nombre auténtico era Gene Rosellini. Era el mayor de los hijos adoptivos de Victor Rosellini, propietario de un famoso restaurante de Seattle y primo del que fuera gobernador del estado de Washington entre 1957 y 1965, Albert Rosellini, un político que había gozado de una enorme popularidad.

recolectores


De joven, Gene Rosellini había sido un estudiante brillante y un buen atleta. Era un lector insaciable, practicaba el yoga y llegó a ser un experto en artes marciales. Tras sacar unas notas de bachillerato muy altas, se matriculó primero en la Universidad de Washington y luego en la de Seattle, donde realizó extensos estudios de antropología, historia, filosofía y lingüística y acumuló centenares de créditos que no se molestó en convalidar para obtener el correspondiente título académico. No veía ninguna razón para hacerlo. Sostenía que la búsqueda del conocimiento era una actividad que tenía valor en sí misma, sin necesidad de validación externa alguna.






Al cabo de pocos años, Rosellini dejó la universidad, abandonó Seattle y se encaminó hacia el norte por la costa. Atravesó la Columbia Británica, fue subiendo por la estrecha franja del estado de Alaska que se interna en Canadá, y en 1977 alcanzó Cordova. Allí, en un bosque de las afueras, decidió que consagraría su vida a un ambicioso experimento antropológico.




«Me interesaba saber si era posible prescindir de la moderna tecnología», contaba en una entrevista que concedió a una periodista del Anchorage Daily News, Debra McKinney, diez años después de llegar a Cordova. Quería averiguar si los humanos podían vivir tal como lo había hecho el hombre prehistórico en los tiempos en que los mamuts y smilodones poblaban la Tierra o si la especie humana se había alejado tanto de sus orígenes que le era imposible sobrevivir sin la pólvora, el acero o cualquier otro invento de la civilización.




Con la atención obsesiva por los detalles que suele ser propia de los caracteres obstinados, Rosellini desterró cualquier utensilio o producto artificial de su vida salvo las herramientas más primitivas, que él mismo confeccionaba con los materiales que encontraba en el lugar.


Cazadores



«Tenía el convencimiento de que los seres humanos se habían vuelto progresivamente inferiores a causa de la técnica —explica McKinney—. Su meta era regresar al estado natural del hombre. Fue probando con la tecnología de diferentes épocas: la Roma antigua, la Edad de Hierro, la Edad de Bronce. Al final, adoptó un estilo de vida en el que predominaban los elementos del Neolítico.»



Se alimentaba de raíces, bayas y algas marinas, cazaba con lanzas y trampas, pescaba con arpones y soportaba los crudos inviernos de Alaska vestido con harapos. Parecía disfrutar con las privaciones. Su alojamiento sobre la Ensenada de los Hippies consistía en una choza sin ventanas que había construido sin beneficiarse de la ayuda de una sierra o un hacha. «A veces se pasaba días y días desbastando y puliendo un tronco con una piedra afilada», dice McKinney.



Hacia Rutas Salvajes



Como si subsistir con las normas que se había auto impuesto no fuera lo bastante agotador, Rosellini hacía ejercicio físico de un modo compulsivo cuando no estaba buscando alimento. Hacía gimnasia, levantaba pesos y corría, a veces con piedras cargadas a la espalda. En la entrevista, explicaba que durante un verano normal recorría 30 kilómetros diarios.
El «experimento» de Rosellini se alargó durante más de una década, pero al final consideró que la pregunta que lo había inspirado ya había sido respondida. En una carta a un amigo, escribió:


recolectores


Empecé mi vida de adulto con la hipótesis de que sería posible adoptar las costumbres del hombre de la Edad de Piedra. Durante más de 30 años, me instruí y entrené a mí mismo para alcanzar esta meta. En los últimos diez años, puedo decir que he experimentado con verismo la realidad física, mental y emocional de la Edad de Piedra. Para tomar prestada una expresión budista, al final tuve que enfrentarme cara a cara con la pura realidad. He aprendido que es imposible que los seres humanos tal como los conocemos en la actualidad sean capaces de vivir como recolectores y cazadores.






Pareció aceptar con serenidad el fracaso de su hipótesis. A los 49 años anunció alegremente que había «redefinido» sus metas y que lo siguiente que se proponía era «dar la vuelta al mundo, sobreviviendo con lo que lleve en la mochila». «Quiero recorrer de 30 a 40 kilómetros diarios siete días a la semana durante 365 días al año.»





El viaje nunca llegó a concretarse. En noviembre de 1991, el cuerpo de Rosellini fue descubierto boca abajo en el suelo de la choza con un cuchillo clavado en el corazón. El médico forense estableció que él mismo se había infligido la puñalada. No se encontró ninguna nota de suicidio. Rosellini no dejó pista alguna sobre el motivo por el cual había decidido poner fin a su vida y de qué modo. Lo más probable es que nunca lo sepamos.


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