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El dueño del terror




CULTURA / A 100 años del nacimiento de Narciso Ibáñez Menta, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata le rinde homenaje. Su biógrafa Graciela Restelli y actrices que lo acompañaron revelan el perfil del actor que supo imponer el miedo a varias generaciones de argentinos.

Por Mariana Merlo



Su fisonomía, su voz, la osadía que tuvo para incursionar en un género antes inexplorado en la Argentina, todo eso hizo que Narciso Ibáñez Menta quedara históricamente asociado al terror. “El hombre que volvió de la muerte”, “El pulpo negro” y “El fantasma de la ópera” marcaron a fuego a toda una generación que aprendió lo que era sentir miedo frente a una pantalla. Pero Narciso era también el hombre que trajo por primera vez al país una obra de Arthur Miller y que salía a pasear a su Fox Terrier por el barrio de San Nicolás, donde vivía y recibía a sus amigos en pijama. El mismo que había sido niño prodigio en sainetes y zarzuelas. “A las generaciones más jóvenes les ha quedado todo aquello contra lo que él renegaba –explica Graciela Restelli, biógrafa oficial–. Él pedía por favor, ya en sus últimos años, casi como una súplica, que se lo recordara por todos sus trabajos y no sólo por los hechos dentro del género del terror. Él había aportado al arte escénico otro montón de cosas que no quedaron en la retina de la gente. En el imaginario popular quedó el binomio Narciso Ibáñez Menta/Terror”.

Narcisín, como lo llamaban de pequeño, nació el 25 de agosto de 1912 en Sama de Langreo, Asturias. Su padre era actor y su madre cantante lírica, por lo que su lugar de nacimiento fue circunstancial dentro de las giras que hacían, y no llegó al mundo arriba de un escenario casi de milagro. Su madre estaba en plena función cuando empezó a sentir contracciones y la llevaron a una pensión cercana al teatro para que estuviera cómoda. La actuación fue lo que mamó y a eso se dedicó toda su vida. “Le fastidiaba que lo encasillasen y decía que primero lo etiquetaron como niño prodigio. Cuando volvió a la Argentina después de 8 años, volvió como un señor y, sin embargo, la gente esperaba a Narcisín”, explica Restelli, quien fue amiga de él y de su familia hasta sus últimos días.

Graciela tenía apenas 14 años cuando comenzó a enviarle escritos dedicados a su trabajo, pruebas de su admiración, y unos 17 cuando él la llamó a su casa a las 3 de la mañana para agradecerle su devoción. Desde ese momento comenzaron una relación epistolar a pesar de la diferencia de edad -él tenía 45 años más que ella-, y el mismo Ibáñez Menta reconoció al tiempo que el archivo de Restelli era aún más detallado del que él mismo tenía sobre su carrera. “Era muy profundo, muy bueno y humilde, pese a que en algunos medios llegaron a decir que tenía demasiado ego”, explica.

“Era un hombre de muy buen carácter, muy correcto y cariñoso”, agrega Lilian Valmar, actriz que trabajó con él en “Obras maestras del terror”, y comparte una anécdota para describirlo como persona: “En esa época mi papá tenía problemas con el trabajo y no podía acompañarme a las grabaciones, entonces Narciso me dijo que me venía a buscar. Un día tocaron bocina a las 8 de la mañana, mi mamá se asoma a la ventana y ahí estaba él con su auto en la puerta. Desde ese momento todos los días, desde que empezamos de filmar hasta que terminamos, me llevaba y me traía a mi casa”.

Gran compañero. Mientras que vivió en Buenos Aires, lo hizo en un departamento modesto de la calle Viamonte al 1400. Era amante de los animales y siempre tuvo perros. No llevaba una vida de lujos, ni acá ni en España, donde pasó los últimos años de su vida hasta morir el 15 de mayo de 2004. “Él lo dijo en más de una ocasión: siempre necesitó trabajar. Narciso nunca se dio el lujo de rechazar tal o cual trabajo porque no se lo podía dar, tenía que trabajar para comer”, explica Restelli. De hecho, una gran crisis económica en 1963 lo llevó a trasladarse a Madrid, donde ya vivía su hijo, Narciso Ibáñez Serrador –fruto de su primer matrimonio con la también actriz Pepita Serrador–. “Como actor y como persona era maravilloso, para mí fue un segundo padre”, afirma Beatriz Día Quiroga, protagonista de “El fantasma de la ópera” y de “El muñeco maldito”. “Fue mi maestro, lo tomé como ejemplo por su concepto actoral. Recuerdo que la última noche de ‘El fantasma...’ él venía de su casa de maquillarse durante 6 horas, y me llamó a su camarín y se sacó la máscara para que yo lo viera antes de la escena. Te digo que en el momento me asusté un poco, el trabajo era extraordinario. Lo que él quería era que yo madurara como actriz ese momento, que elaborara la reacción. Esa fue una gran enseñanza para mí”. Para Valmar trabajar junto a Narciso Ibáñez Menta también fue toda una experiencia: “Trabajé en ‘Obras maestras del terror’ y me dijo que me veía justa para el personaje pero que me iban a tener que enrollar con algo para engordarme. Yo tenía 22 años y pesaba apenas 45 kilos, fue toda una vivencia. Era un hombre extraordinario en todo sentido. Como actor era genial, como director tenía una paciencia y un sentido tan claro para explicar y decir lo que quería que era maravilloso también”.

Lejano final. Aunque se sentía tan argentino como cualquier otro habitante de este país, y pese a que desde chico decía que deseaba morir acá, el “Pulpo Negro” pasó sus últimos días en Madrid. Estuvo más de dos años en cama después de sufrir un infarto y un edema pulmonar y en 2004 su cuerpo dijo basta. Recordado por el público como el hombre que marcó un antes y un después en la historia de la televisión, y por sus colegas como un profesional disciplinado, “el primero en llegar a las grabaciones”, Narciso Ibáñez Menta sentía devoción por su trabajo e intentaba abarcar todo lo que podía desde la interpretación, la dirección o el maquillaje. “Era actor intrínsecamente, estaba siempre actuando”, explica Día Quiroga. Su propio hijo, “Chicho” Ibáñez Serrador, reconoció que durante la filmación de “Almafuerte” le costaba salirse del personaje; y Restelli recuerda la anécdota de un niño que se le acercó en la playa para confesarle que se había perdido el final de “¿Es usted el asesino?” y terminó sentado en sus piernas escuchando el relato del mismo protagonista que interpretó con todas sus voces a los diferentes personajes para una función privada e inolvidable. “Era un ser excepcional”, concluye Día Quiroga, “pero también era una de esas personas a las que si la defraudabas, te hacía la cruz. Era un hombre fiel y esperaba fidelidad del otro lado. Eso no lo hacía una mala persona, al contrario, se entregaba mucho a la gente y eso lo hacía muy generoso, en lo personal y en lo laboral. Era y será único”.
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