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Para desatar el enorme poder de atracción que incuestionablemente se encierra tras el principio psicológico de escasez y el concepto de limitación voluntaria de tu disponibilidad, debes comprender con exactitud cuáles son sus límites de aplicación válidos.
La respuesta está, como en muchas otras ocasiones y facetas de la vida, en ser capaz de encontrar un término medio adecuado: ni demasiado disponible, ni demasiado inaccesible. Tu meta debe ser situarte en un virtuoso punto de equilibrio intermedio. Ese deseado equilibrio se alcanza, paradójicamente, a través de la oscilación efectiva entre opuestos: interés y desinterés, ataque y retroceso.
La dilación en la entrega de placer es la quintaesencia de la seducción. Su estrategia consiste en no ofrecer jamás una satisfacción total.
Un seductor competente evita conscientemente desvelar íntegramente la naturaleza de sus sentimientos hacia una mujer. Sí, los sugiere y deja entrever, pero se cuida mucho de revelarlos abierta y detalladamente en una fase inicial de la relación. Comprende bien que esa carencia de certeza provoca en ellas una tensa duda, detrás de la cual se esconde el secreto de su poder seductivo. Por eso, de un modo inteligente, se niega a entregarlo de forma gratuita.
¡Qué diferente es en esto al común de los hombres!
La mayoría de ellos, cuando se sienten atraídos por una mujer, la persiguen, la agasajan, le hacen regalos, la llaman insistentemente, la atosigan. En sus torpes intentos, pierden totalmente cualquier poder sobre ella y evidencian no comprender una propiedad esencial de la atracción y el deseo: cuanto más se persigue a una mujer, más probable es que se la espante. Puede que una atención excesiva resulte estimulante por un tiempo, pero en seguida se vuelve empalagosa y asfixiante. Transmite debilidad y necesidad, dos rasgos tan alejados de la idea de seducción como ningún otro pueda estarlo.
Debes sustituir aquella errónea presencia insistente y empalagosa por una perfeccionada destreza en la retirada selectiva y en la indiferencia calculada. Aprende a retirarte y a fingir cierta frialdad para confundirla e intrigarla. Lejos de enfriar la relación, esos distanciamientos premeditados fortalecerán sus emociones. La harás sentir insegura y desconcertada como a una niña. Pensará: “Quizás no le guste”, “Puede que haya perdido el interés por mí” Esas inseguridades juegan a tu favor.
Cuando finalice el ciclo de distanciamiento emocional al que calculadamente la has sometido, e inicies el siguiente ciclo de aproximación, ella se mostrará más dispuesta y accesible a tus acciones. Sus dudas e inseguridades la llevarán a querer demostrarse a sí misma que continúa siendo deseable para ti, y tú aprovecharás esa vulnerabilidad para demostrarle que, efectivamente, así es. Sigue siéndolo.
Para desatar el enorme poder de atracción que incuestionablemente se encierra tras el principio psicológico de escasez y el concepto de limitación voluntaria de tu disponibilidad, debes comprender con exactitud cuáles son sus límites de aplicación válidos.
La respuesta está, como en muchas otras ocasiones y facetas de la vida, en ser capaz de encontrar un término medio adecuado: ni demasiado disponible, ni demasiado inaccesible. Tu meta debe ser situarte en un virtuoso punto de equilibrio intermedio. Ese deseado equilibrio se alcanza, paradójicamente, a través de la oscilación efectiva entre opuestos: interés y desinterés, ataque y retroceso.
La dilación en la entrega de placer es la quintaesencia de la seducción. Su estrategia consiste en no ofrecer jamás una satisfacción total.
Un seductor competente evita conscientemente desvelar íntegramente la naturaleza de sus sentimientos hacia una mujer. Sí, los sugiere y deja entrever, pero se cuida mucho de revelarlos abierta y detalladamente en una fase inicial de la relación. Comprende bien que esa carencia de certeza provoca en ellas una tensa duda, detrás de la cual se esconde el secreto de su poder seductivo. Por eso, de un modo inteligente, se niega a entregarlo de forma gratuita.
¡Qué diferente es en esto al común de los hombres!
La mayoría de ellos, cuando se sienten atraídos por una mujer, la persiguen, la agasajan, le hacen regalos, la llaman insistentemente, la atosigan. En sus torpes intentos, pierden totalmente cualquier poder sobre ella y evidencian no comprender una propiedad esencial de la atracción y el deseo: cuanto más se persigue a una mujer, más probable es que se la espante. Puede que una atención excesiva resulte estimulante por un tiempo, pero en seguida se vuelve empalagosa y asfixiante. Transmite debilidad y necesidad, dos rasgos tan alejados de la idea de seducción como ningún otro pueda estarlo.
Debes sustituir aquella errónea presencia insistente y empalagosa por una perfeccionada destreza en la retirada selectiva y en la indiferencia calculada. Aprende a retirarte y a fingir cierta frialdad para confundirla e intrigarla. Lejos de enfriar la relación, esos distanciamientos premeditados fortalecerán sus emociones. La harás sentir insegura y desconcertada como a una niña. Pensará: “Quizás no le guste”, “Puede que haya perdido el interés por mí” Esas inseguridades juegan a tu favor.
Cuando finalice el ciclo de distanciamiento emocional al que calculadamente la has sometido, e inicies el siguiente ciclo de aproximación, ella se mostrará más dispuesta y accesible a tus acciones. Sus dudas e inseguridades la llevarán a querer demostrarse a sí misma que continúa siendo deseable para ti, y tú aprovecharás esa vulnerabilidad para demostrarle que, efectivamente, así es. Sigue siéndolo.