Susana Trimarco: cazadora de tratantes
Susana Trimarco
/ Vivió la pesadilla de cualquier madre cuando unos traficantes secuestraron a su hija Marita, pero Susana Trimarco, nominada al Nobel de la Paz, nunca dejará de buscarla. Y en la búsqueda ayudó a rescatar a más de mil chicas en once años de redadas a prostíbulos y transformó la esclavitud sexual en delito. Retrato de una mujer que sufre y no se permite llorar.
125 mujeres de impacto
Nuestras mujeres de impacto provienen de todo el mundo: de Malawi a Egipto, de Birmania a Afganistán, de India a Estados Unidos. Algunos de sus nombres han aparecido en los titulares, mientras que otros pasaron inadvertidos. Han equilibrado carreras notables con mucha pasión por la libertad. Muchas de sus historias son terribles, pero todas son inspiradoras.
Desde las CEOs que se lanzan de cabeza a la innovación hasta las activistas que se oponen a los abusos contra los derechos humanos, estas mujeres influirán a incontables generaciones. Sus logros parecen a veces hercúleas muestras de resistencia física, como la saga de Claire Lomas, quien se sobrepuso a la parálisis para completar una maratón. Otras son transgresoras, como Ellinah Wamukoya, la primera obispa de África, o las veteranas de combate estadounidenses que presentaron una demanda para obtener el derecho a luchar en el frente. Cada uno de sus éxitos demuestra que la acción de unas pocas personas puede expandirse hacia el exterior. Son mujeres emancipadas capaces de hacer frente a los desafíos globales.
Asimismo, en nuestra lista de este año aparecen 25 chicas menores de 25 años que desafían los roles tradicionales y luchan por su derecho a un futuro mejor. Ya están dejando huella en el mundo. Pese a la oposición de todo tipo, ninguna de estas mujeres será silenciada, lo cual es una prueba de que en 2013 no hay nada que las mujeres no pueden hacer.
La Fundación Women in the World, Newsweek y The Daily Beast premiaron a luchadoras de todo el mundo. Quiénes son, de Susana Trimarco a Salma Hayek.
Susana Trimarco, cazadora de tratantes
Vivió la pesadilla de cualquier madre cuando unos traficantes secuestraron a su hija Marita, pero Susana Trimarco, nominada al Nobel de la Paz, nunca dejará de buscarla. Y en la búsqueda ayudó a rescatar a más de mil chicas en once años de redadas a prostíbulos y transformó la esclavitud sexual en delito. Retrato de una mujer que sufre y no se permite llorar.
Por Exequiel Siddig
Son cerca de las 7 de la tarde. La ruta se va abriendo a través del enjambre de un anochecer frío y seco. Es junio de 2002, es el noroeste argentino. Tres autos y una camioneta blanca transportan a unos quince policías. El comisario Jorge Tobar, líder del convoy, maneja su Renault 21 gris. Lleva consigo a un papá con instinto asesino, a una mamá desesperada. Se acercan a la ciudad de La Rioja, capital de provincia, que recibe a sus visitantes sobre la Ruta Nacional 38 con un conglomerado de prostíbulos presuntuosos. A lo lejos, parecen como castillos podridos en medio de un basural. Susana Trimarco siente que el corazón se le desboca. Le dijeron que Marita, su hija, está secuestrada allí. Se lo había dicho a su esposo una mujer obligada a prostituirse, en la zona roja de San Miguel de Tucumán. No sabe que esa muchacha aparecerá —más tarde en esta historia— degollada. Susana tampoco sabe que a su hija, María de los Ángeles Verón —secuestrada a pocas cuadras de su casa en Tucumán, el 3 de abril a la mañana—, la sacaron hace tres horas por una escalera trasera que baja del segundo piso de El Desafío, uno de esos cabarets en los que decenas de chicas están siendo prostituidas a la fuerza. “Dónde estás, Marita. Dónde estás”.
Llegan 7 y media, se dividen. Algunos van al Candy, otros al Candilejas, otros al Five Stars. Adentro de El Desafío hay dos guardias empleados por los proxenetas que dejan sus pistolas enganchadas al cinto, inmutables, como si nada pasara. Es que nadie, ninguna autoridad policial osa desarmarlos. A Susana, el friso de mujeres semidesnudas que ve sobre una pared le causa espanto: chicas mirando al suelo, vestidas con bombacha y corpiño, sentadas en un banco de cemento cubierto por una colchoneta fina. “La que esté en contra de su voluntad, que dé un paso al frente”, dice Daniel Verón, esposo de Susana, con ese vozarrón que lo caracteriza y que en la aridez de ese mundo perverso resuena como un rayo de Zeus.
Nadie se mueve. Las chicas han aprendido la lección: “Si se aparecen policías, la jeta contra el suelo, hijas de puta”, las amedrentaron. “Y si les preguntan que qué hacen acá, les dicen que vinieron por voluntad propia, porque necesitaban la guita… ¿Entendido?”.
Es el primer allanamiento en que participa Susana Trimarco. “Es una oportunidad que tal vez no vuelva a repetirse”, conmina a las mujercitas encorvadas Daniel Verón. En el fondo es un ruego. Marita no está en la fila, eso ya está claro. De pronto dos nenas de unos 12 ó 13 años se les abalanzan, los abrazan fuerte. Al papá con autoridad, a la mamá que da cobijo. Y luego replica la escena otra adolescente. Y una chica a la que han cambiado el nombre por “Anahí Manassero”, mayor de edad, también se adelanta, con un ojo en compota. A Marita la habían sacado unas cuatro horas antes.
Susana Trimarco tiene mirada de toro. De toro reconcentrado en su bufido, ojos firmes, mirada señera. Sólo existe una cosa en su vida, un objetivo: encontrar a su hija. Desde el 3 de abril de 2002, nunca más bailó ni un pasito, ni siquiera las chacareras de los Hermanos Ábalos que tanto amaba, y que le enseñó su abuelo, quien la crió en el pueblo de Bella Vista, a 25 kilómetros de la capital tucumana.
Ahora el aire es diáfano y el cielo azul, y es jueves 18 de abril de 2013 en el noroeste argentino. Susana sostiene el micrófono y mira fijamente, reconcentrada en el momento político. Está inaugurando el centro maternal “Los Ángeles de María” en la Casa Briones, una antigua vivienda de techos con tejas españolas en el Parque 9 de Julio. El lugar dará amparo, alimentación y juego a los hijos de las mujeres rescatadas mientras trabajan, vuelven a la escuela, hacen el tratamiento psicológico.
Acompañan a Trimarco el gobernador de Tucumán, José Alperovich, y otros funcionarios. Cuando Marita desapareció, Alperovich era ministro de Economía del gobierno menemista de Julio Miranda, en Tucumán.
A principios de diciembre de 2012, luego de diez meses de juicio oral, los jueces de la Sala II de la Cámara Penal —Emiliano Herrera Molina, Alberto Piedrabuena y Eduardo Romero Lascano—
declararon inocentes a los 13 imputados por el secuestro, tortura y explotación sexual de María de los Ángeles Verón. Hubo ocho testigos, mujeres victimizadas por el delito de trata, que señalaron a esa cofradía siniestra como parte de la red delictiva. Tres días después del fallo, el mensaje político fue claro. La senadora Beatriz Rojkés de Alperovich, mujer del gobernador, dejó de ser la presidente provisional del Senado y fue desplazada por Miguel Ángel Pichetto.
El centro maternal es fruto de muchos apoyos que han dado a Susana. Sobre todo, del Gobierno nacional, que la asiste financieramente. Cuando la presidente Cristina Kirchner aparece en una pantalla por teleconferencia en el Parque 9 de Julio, dice a Susana: “Vos transformaste el dolor en amor y militancia”. Susana, afiliada al peronismo desde su juventud más temprana, la reconoce. “Señora Presidenta, la amamos”, le dice. Es un mensaje político a Alperovich, que hoy debió esperar media hora a la Madre Coraje.
La Fundación está construyendo casas para las chicas rescatadas en el barrio Virgen del Huerto del Departamento de Las Talitas, Tucumán. Tendrá un centro comunitario al que llamarán “Néstor Kirchner”. Mientras, la Fundación paga tratamientos psicológicos, la secundaria, los talleres de oficios. Una chica estudia pintura; otra, para ser enfermera.
“Vale aclarar esto”, apunta con una firmeza heredada Micaela Verón, la hija de Marita, de 14 años. “Mucha gente dice que estamos haciendo política con nuestra lucha. No es así. Militar en La Cámpora, en mi caso, es una cosa, y luchar contra la trata es otra. Es como hacer danza y teatro, son dos cosas diferentes que se sirven una a otra. La política sirve para ayudar a las causas”.
Esa noche de junio de 2002, tenían el dato de que Marita estaba en los prostíbulos de La Rioja. El comisario Tobar y Daniel Verón habían ido unos días antes a la capital de la provincia, pero las autoridades judiciales les habían dicho que ellos usaban otra terminología para realizar allanamientos, que regresaran con la orden a Tucumán y que volvieran con las correcciones.
Eso sirvió a los proxenetas para ganar tiempo. Cuando vuelven ese atardecer de junio, a Marita se la llevaron a las 4 de la tarde. Ahora son las 8 y anochece sobre la ruta riojana.
Susana no sabe todavía —pero lo comprobará más tarde— que su hija fue llevada por el comisario Rosa —más conocido como “el Pájaro” Rosa— en su Fiat Duna blanco. La fue a esconder a su casa en Chamical, a pocos kilómetros de donde ahora se encuentran. Eso es lo que se comprueba después. Tampoco sabe todavía Susana —pero lo sabrá— que el padre del “Pájaro” tenía una pensión graciable gracias al arbitrio de Eduardo Menem, hermano del ex presidente que embruteció al país en los ‘90.
La noche comienza a escanciar su bilis. Anahí, la mayor de las chicas que han pedido auxilio, se va de aquella cárcel tapada con la campera verde de abrigo de Daniel Verón. Declara ante el juez Alejandro Arce en La Rioja: que oyó cómo desde el prostíbulo hablaban con el juez Daniel Moreno (quien más tarde en esta historia perdería su cargo —pero no su libertad— por las denuncias de Susana); que las chicas raptadas son previamente atemorizadas con rituales satánicos, con holocaustos de animales que impregnan con su sangre el tercer piso de El Desafío, donde hay un altar con cadenas de oro y estatuillas de Pompa Yira y San La Muerte, deidades diabólicas a las que rinden tributo.
Cuando llegaron a la casa de los Verón, en San Miguel, pusieron la cama de Marita en el cuarto del matrimonio y durmieron Susana, la hija de Marita —Micaela, de tres años— y Anahí arrumbadas contra el miedo. Todas las luces de la casa debieron permanecer prendidas. Anahí tenía por primera vez en once años un piyama limpio, un hogar. Y también conservaba unos moretones en las piernas.
Esa noche Susana Trimarco no sabe que pasará los próximos once años buscando a su hija. Ni sabe que salvará a más de mil chicas en el camino. Susana no sabe que tendrá el coraje de socializar su maternidad, como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo lo hicieron antes, en otro capítulo de la misma novela que corroe el subsuelo de un país que todavía no ha vencido la impunidad.
El caso de Marita Verón, la lucha de su madre, contribuyó a que el 9 de abril de 2008 se votase en el Congreso la Ley de Prevención y Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas, más conocida como la Ley 26.364. La trata de personas consiste en el ofrecimiento, la captación, el traslado, la recepción o acogida de personas con fines de explotación. Según la Oficina de Rescate y Acompañamiento de Víctimas de Trata, creada en 2008 en el ámbito del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, si en 2009 hubo 439 rescates de personas sojuzgadas, en 2012 fueron 1.568. El total de víctimas rescatadas desde la sanción de la Ley hasta la actualidad es de 4.602. Según la Organización Internacional del Trabajo, en el mundo hay casi 21 millones de personas esclavizadas con fines de trata sexual o laboral, tráfico de migrantes, de órganos, reclutamiento de menores con fines delictivos, servidumbre asociada a migraciones y pornografía infantil.
Susana Trimarco ha dejado de ser Marilyn. De chica, su abuelo materno le veía esa frescura veleidosa de Monroe, el carisma, la belleza, por eso la bautizó con el sobrenombre de la diva. No es la única que dejó jirones en el camino. Marita Verón fue arrancada de su grupo de seis amigas —con ella— que se conocían de la secundaria del colegio católico Guillermina Leston de Guzmán. “Cuando hablo de ella, siempre me debato entre el ‘es’ y el ‘era’”, dice María Rosa Ponce, la mejor amiga del secundario y abogada de la Fundación María de los Ángeles.
“No acepto la idea de que esté muerta, porque nos obligaría a pensar el modo… De lo que sí estoy segura es que ella no es la misma que era antes, porque no se sale ilesa de una situación de tanta violencia. En una semana, te pueden hacer un daño irreparable. Imaginate años. Entonces cuando hablo del ‘era’ no hablo de la muerte, sino de una pérdida, de esa tremenda felicidad que tenía la Marita”.
Esa lucha inclaudicable que hace once años emprendió Susana por encontrarla —Daniel Verón murió de pena el 18 de junio de 2010— es una historia que si fuera al cine merecería ser representada por Meryl Streep, por la carnadura, la profundidad de Streep.
Cuando Trimarco fue a Nueva York a recibir su premio, en marzo de 2013, como “Mujer Internacional de Impacto”, la esperaba, justamente, la Meryl. La trascendencia de Trimarco tal vez la confiera una anécdota de ese encuentro. La hija de Meryl Streep pidió encarecidamente a su madre que la llamara cuando Susana estuviere presente, la quería conocer en persona. La chica había estudiado un posgrado en la Argentina, conocía a pie juntillas la lucha de la Madre Coraje. Cuando la vio, no pudo contener el llanto. La abrazó y la abrazó. “Cuánto la admiro, usted es una santa”, dijo a Susana la hija de la actriz que en 2006 protagonizó la obra de teatro “Madre coraje y sus hijos”, de Bertolt Brecht. También la fueron a saludar estudiantes guatemaltecos, mexicanos y uruguayos residentes en EE. UU., así como seguidores de su cuenta de Twitter.
—Lo que le agradezco a Dios es no tener odio en el corazón —dice Susana, mientras toma mate en un departamento de Barrio Norte, donde se aloja cuando está en Buenos Aires—. Me dio el temple y la calma para avanzar. Cuando grito estoy limpiando mi alma, lo necesito, después vuelvo a mi tranquilidad habitual. Pero también sirve para que los otros se movilicen y hagan algo, para que no les pase a otras familias lo mismo que ha padecido la mía.
Susana nunca llora, no se lo permite. Tampoco llora Micaela, la hija de Marita, que es referente en trata de personas de La Cámpora a nivel nacional. Micaela lloró, sí, desconsoladamente, cuando esos tres jueces cuestionados dictaminaron la absolución de los acusados del crimen por el que su mamá está ausente desde que tenía tres años.
Ese día que Susana llegó de Tribunales —recuerda el abogado de la Fundación Carlos Garmendia—, calmó a su nieta y entró en la sala donde los abogados deliberaban acerca de cuál sería su postura. Uno de ellos, José Miguel D’Antona, al ver entrar a Susana comenzó a decirle que asumía la responsabilidad…
—No, doctor, no se lo permito. No vamos a derramar ni una lágrima por estos corruptos, vamos a seguir luchando.
Y acá y allá, entonces, sigue Susana buscando a Marita sin descanso. En la continuación trágica de un pasado inconcluso, Susana Trimarco es como la Estela de Carlotto para las chicas desaparecidas en democracia.
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